Sin cobertura Capítulo 36
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Capítulo 36

Lara

El último día de junio llega sin pedir permiso.

Recojo las cosas del aula despacio, como si al hacerlo más lento pudiera alargar el tiempo. Está todo listo; los niños hace días que ya no tienen clase y yo simplemente cierro esta etapa de mi vida. Dejo todo listo para la persona que venga después.

Cuando salgo con la caja donde he metido mis cosas —la taza que me regaló Carmen, la planta que me trajo Eloísa el primer día diciendo que un aula sin verde no es un sitio para aprender— me encuentro a medio pueblo en la puerta de salida mirándome con cara de funeral.

—No me he muerto —digo intentando contener las lágrimas.

—Pero te vas —dice Fermín.

—No me voy a ningún sitio —respondo, aunque mientras lo digo no sé exactamente qué significa eso, porque mi contrato ha terminado, mi casa está vinculada al contrato, aunque Sergio ha conseguido que me dejen quedarme hasta que empiece el nuevo curso.

Ahora me veo frente a ellos y no tengo contrato, no tengo casa y tampoco tengo un plan, porque he evitado hablar con Cecilia sobre este momento, he evitado mil veces esto, pero el tiempo corre y llega.

Eloísa viene a casa por la tarde. Entra sin que le dé permiso, ella es así, y se sienta en el sofá.

—Tengo la casa de mi hermana —dice según se sienta—. Lleva cerrada ocho años, necesita algunos arreglos, pero es tuya si quieres.

—Eloísa, no puedo…

—Puedes y punto. No la está usando nadie, y una casa cerrada muere; es más, me haces un favor viviendo allí.

Me hace un favor. Claro. Como cuando Carmen me hace un favor dejándome comer en el bar sin cobrarme, o cuando Fermín me hace un favor arreglándome la caldera gratis. Este pueblo y sus favores, que no son favores, sino una red invisible que te sostiene sin que te des cuenta.

—Déjame pensarlo —le digo.

—Piénsalo rápido, que el verano pasa volando.

Subo a la finca de Cecilia después de hablar con Eloísa. Ella está en el porche, Drago viene a saludarme como si no me hubiera visto en días, y ayer estuve aquí con él mientras le tiraba un palo y él me lo traía.

Llego y me siento al lado de ella mirando al frente.

—Se acabó —digo, sin necesidad de explicar el qué.

Cecilia asiente y no me mira, sabe que he evitado esta conversación durante meses y ahora estamos aquí, porque junio ya se ha terminado.

—Eloísa me ha ofrecido la casa de su hermana —digo.

—Quédate aquí —dice sin mirarme.

—Cecilia…

—Quédate aquí —repite, y esta vez sí me mira—. Conmigo, vive aquí.

—No tengo trabajo —digo, porque es lo que hay que decir, aunque el cuerpo entero me esté gritando que diga que sí—. Voy a tener que estudiar para la plaza. Van a ser meses, Cecilia. Meses sin ingresos, estudiando horas y horas, siendo un peso muerto…

—Ya lo sé —me corta—. Ya lo sé y quiero apoyarte. Quiero que estés aquí mientras lo haces.

—Pero…

—Lara —comienza a decir—. Quiero esto. Quiero que vivas aquí, levantarme contigo y acostarme contigo y que estudies en la mesa mientras yo hago queso y que esto sea nuestra vida. Si tú quieres.

La beso con ganas de un presente y un futuro juntas.

—Sí quiero —digo contra su boca—. Claro que quiero.

Julio llega y con él una nueva rutina.

Me levanto con Cecilia a las seis de la mañana, no porque tenga que hacerlo, sino porque descubro que me gusta. Me gusta que desayunemos juntas en la cocina, y después nos despedimos, ella se va a ordeñar mientras yo me quedo con mis apuntes.

Estudio durante horas. El temario es un monstruo inabarcable y hay días en los que me ahogo, en los que siento que nunca voy a retener todo eso, que es demasiado, que he sido una ilusa por pensar que podía conseguirlo.

Pedagogía, didáctica, legislación educativa, programaciones, unidades didácticas, atención a la diversidad, psicología del desarrollo.

Y además la programación didáctica entera que hay que presentar y defender ante el tribunal, página por página, justificando cada decisión, cada objetivo, cada criterio de evaluación.

Pero todo ese agobio se me va cuando ella vuelve de hacer sus cosas, entra y me pregunta qué tal va todo y yo le cuento, le cuento todo, aunque ella no entienda ni la mitad de las cosas, pero escucha con atención y me dice que yo puedo con todo y que lo voy a conseguir, y eso es lo que me hace poder seguir.

Las tardes me las guardo para ella, para nosotras.

Cecilia me enseña a hacer queso, y es un proceso lento, meticuloso.

Me enseña a calentar la leche a la temperatura exacta, a añadir el cuajo, a cortar la cuajada; me enseña a prensar, a salar, a dar la vuelta a las piezas cada día en la cueva de maduración.

—Tienes buenas manos —me dice.

Yo sonrío, porque con Cecilia no he parado de sonreír.

También me enseña a plantar. El huerto de Cecilia es un caos organizado que solo ella entiende: hileras de tomates junto a albahaca, calabacines enormes devorando espacio, lechugas de tres tipos distintos, hierbas aromáticas por todas partes.

Me enseña a preparar la tierra, a hacer surcos, a regar en las horas correctas.

Me dice que la luna importa para plantar, y yo le digo que eso no tiene base científica, y ella se encoge de hombros y dice que sus tomates le dan la razón cada agosto.

El pueblo no nos deja caer.

Eloísa aparece cada martes con un tarro de mermelada de ciruela, melocotón, higo, con una etiqueta escrita a mano y siempre dice lo mismo:

—Me ha salido demasiado; hazme el favor de quitarme esto de en medio.

Le salen demasiadas cosas. Mermelada, huevos, patatas, judías verdes del huerto. Todo le sobra misteriosamente justo en las cantidades que necesitamos.

Carmen, es menos sutil, cada vez que Cecilia baja al pueblo, vuelve con un táper, a veces dos.

—Carmen te manda esto —dice dejándolo en la encimera, y cuando lo abro son lentejas, o estofado, o pollo al horno.

—Dile que no hace falta.

—Se lo he dicho seis veces y me ha dicho que, como vuelva a decírselo, no me va a pagar las cosas que le llevo.

Paco ha subido leña para el invierno, Antonio nos ha traído vino y también aceite. La mujer de Tomás me pasa apuntes que encontró de su sobrina que hizo la misma oposición hace dos años y sacó la plaza a la primera.

Nadie va a cobrarme esto, nadie pregunta cuándo me voy a examinar; esto simplemente es lo que se hace aquí. Si alguien del pueblo necesita algo, ellos responden, así de simple.

Hay días que me siento en la mesa con mis apuntes y miro por la ventana y la veo a ella moviéndose entre las ovejas y pienso que no tengo ningún derecho a tener tanta suerte. Que no he hecho nada para merecerme esto, que la vida es absurda e injusta y a veces esa injusticia cae del lado bueno.

Agosto es duro; el calor es asfixiante. Estudio con el ventilador apuntando a mi cara y las ventanas abiertas, pero no es suficiente, estudiar con este calor es agotador.

Hay veces que tengo bloqueo, no puedo más, me siento delante de los apuntes y las letras se mueven y no dicen nada, me entran ganas de llorar de frustración, miedo y cansancio.

Pero Cecilia lo nota y no me dice nada, solo viene, me hace que me ponga las botas y cambiamos al ganado, corremos por las montañas, apenas hablamos, pero reímos y eso hace que mi cabeza se vacíe.

Caminamos durante horas y llego cansada a la casa y con las ideas limpias para el día siguiente poder volver a sentarme frente a los libros.

Así es, Cecilia, no me dice palabras motivacionales, no me da una charla, ella va con presencia, con actos, dejándome siempre espacio, pero estando ahí.

Septiembre, octubre, noviembre…

Las noches se acortan y empieza el frío; estudio junto a la estufa de leña y con una manta en los pies.

Cecilia termina antes porque los días se acortan.

Se sienta a leer junto a mí, a veces levanto la vista de los apuntes y ella ya me está mirando.

Yo sonrío; no necesitamos decir nada, solo estar así, juntas en casa.

Porque esto es eso, nuestra casa.

En diciembre ensayo la defensa de la programación con ella de público. Me pongo de pie en la cocina con mis folios y hablo durante al menos una hora sobre competencias clave y Cecilia me escucha sentada en la silla con los brazos cruzados.

—¿Qué tal? —pregunto al terminar.

—No he entendido la mitad, pero te ves segura y eso es importante.

La fecha del examen llega. Marzo, el primer sábado a las ocho de la mañana.

La noche antes no puedo dormir, estoy en la cama con los ojos abiertos mirando al techo y el corazón me late demasiado rápido y tengo la certeza de que no me sé nada. De que voy a llegar y no voy a saber responder porque mi cabeza se quedará en blanco y todo esto habrá sido para nada.

—Te lo sabes —dice abrazándome en la cama—. Te lo sabes y ahora tienes que dormir.

Me acaricia el pelo y yo termino acurrucándome en su lado y por fin me duermo.

A las cinco de la mañana suena el despertador. Nos levantamos; ella me hace el café mientras yo me ducho. Cuando salgo, ya tengo la taza lista.

—Vas a arrasar —dice dejando un beso en mi frente.

Bajamos a las seis de la mañana, todavía es de noche y cuando llegamos a la plaza del pueblo no me lo puedo creer. Están todos. A las seis de la mañana un sábado de marzo. Bajo del coche y casi no puedo contener las lágrimas.

—Pero ¿qué hacen aquí? —digo, y la voz me sale rota.

—¿Tú qué crees? —dice Eloísa—. Estamos aquí para desearte mucha suerte.

—Que no me voy a la guerra, que es un examen —digo riéndome con los ojos llenos de lágrimas.

—Pues nada, ánimo, y como no apruebes, no vuelvas —dice Antonio, y Carmen le da un manotazo en el brazo.

Se acercan uno por uno. Me abrazan, me dan besos, me aprietan las manos. Me dicen que puedo, que soy la mejor profesora que ha tenido este pueblo, que la plaza es mía. Y yo les creo. Con toda esta gente detrás, les creo.

Cecilia está apoyada en la camioneta, un poco apartada, dejando que el pueblo haga lo suyo. La miro por encima de todas esas cabezas y ella me sostiene la mirada y asiente una sola vez. Una vez que contiene todo.

Me subo a la camioneta y Cecilia arranca. Por el retrovisor veo al pueblo entero de pie en la plaza agitando las manos en la luz primera del amanecer y me muerdo el labio para no llorar porque si lloro no voy a parar.

Las oposiciones son varios días. El primer día, la prueba escrita: dos temas al azar de los veinticinco. Me tocan el de atención a la diversidad y el de la lectoescritura en educación primaria. Lo sé. Lo sé bien. Escribo durante cuatro horas sin levantar la cabeza.

El segundo día, la defensa de la programación.

Me pongo delante del tribunal —tres personas con cara de llevar escuchando opositores una semana entera— y algo hace clic dentro de mí.

Hablo de mi programación como si hablara de algo vivo, porque lo es.

Porque cada unidad didáctica la escribí pensando en los niños de este pueblo, en sus caras, en lo que necesitan, en lo que les hace reír y preguntar y querer saber más.

Cuando salgo, tengo las manos temblando, la boca seca y una sensación extraña en el pecho, algo entre el alivio y el vértigo de no saber todavía.

Cecilia me espera apoyada en la camioneta, con las manos en los bolsillos, esperando sin prisa, como si pudiera esperarme toda la vida sin que le importara.

—¿Qué tal? —dice.

—Creo que bien —digo—. Creo que ha salido bien.

Sonríe y me abraza, con fuerza, con ese apoyo que ha sido todos estos meses.

Las semanas de espera son un infierno. No puedo hacer otra cosa que esperar. Vuelvo a la rutina de la finca, ayudo con las ovejas, con el queso, con el huerto, pero el teléfono me quema en el bolsillo. Cada notificación me da un vuelco en el estómago.

El pueblo tampoco ayuda. Cada vez que bajo, alguien me pregunta si ya hay noticias. Carmen, cada mañana, asomándose por la puerta del bar:

—¿Ya?

—Todavía no, Carmen.

—Pues avisa, ¿eh? Que tengo cava guardado.

La lista sale un jueves de abril a las once de la mañana.

Estoy en la cocina y Cecilia está fuera. Miro la pantalla del móvil y las manos me tiemblan tanto que casi se me cae; busco mi DNI en la lista, bajo, bajo más y ahí está. Mi nombre, mi DNI y el aprobado.

Lo leo una vez más para asegurarme de que no me he equivocado de lista, de convocatoria, de comunidad autónoma.

No me he equivocado.

Salgo corriendo de la casa, sin chaqueta, descalza, hacia donde está Cecilia. Ella me ve venir y se para, se pone recta y no entiendo qué es lo que pasa.

—Es mía. La plaza es mía —digo abrazándome a su cuello.

Cecilia me levanta del suelo con sus brazos y me aprieta contra ella mientras se ríe.

—Claro que es tuya —dice cuando me baja, con la frente pegada a la mía—. Claro que es tuya, joder.

Me besa en medio del campo, rodeada de animales y de todo lo que es nuestra vida ahora, y sé que me quedo. Que ya no hay contrato temporal ni fecha de caducidad ni incertidumbre. Que soy profesora de este pueblo, que esta es mi casa, que ella es mi casa y que las dos estamos formando un hogar.

Me quedo.