Capítulo 25
Cecilia
Se va y yo me quedo de pie con barro en la cara, el sabor de sus labios en los míos y el corazón latiéndome como no me había latido desde hacía años, como no creía que pudiera latirme, como había decidido que no iba a latirme nunca más.
Se va y yo me quedo, que es lo único que sé hacer, quedarme, aquí en esta finca, en este silencio que ahora suena diferente, que tiene un eco que no tenía y que se parece a su risa, a su voz diciendo «genial, nunca he estado mejor» desde el suelo cubierta de barro, a la forma en la que ha dicho «me tengo que ir» con la voz rota y los ojos asustados.
Entro en la casa y me miro al espejo, me da el reflejo de alguien con barro en la cara, pero feliz.
Me quito la ropa y me meto en la ducha, no quiero hacerlo, porque es como si me quitara lo que acaba de pasar, pero tengo que limpiarme, solo el barro, no sus besos, no su olor, no su risa que sigue anclada en mi mente.
Me he dejado besar. No, eso no es verdad, eso es lo que me diría si quisiera engañarme, si quisiera creer que ha sido cosa suya, que ella ha dado el paso y yo simplemente estaba ahí.
Pero la realidad es que yo me he movido también, que mis pies dieron un paso hacia ella, que mi mano fue a su cintura sin que mi cabeza le diera permiso, que mis labios han buscado los suyos con una urgencia que no reconozco como mía porque llevo cinco años sin permitirme sentir.
La realidad es que la he besado tanto como ella a mí, y me ha gustado, me ha encantado probar su lengua, sentir el calor de su cuerpo junto al mío.
Salgo al porche y Drago está ahí, tumbado, mirándome con esa cara que tiene cuando sabe cosas, cuando percibe que algo ha cambiado en mi rutina y está atento. Me siento en la silla y él se acerca, apoya el hocico en mi rodilla y levanta los ojos hacia mí.
—Cállate —le digo.
No ha dicho nada, pero su silencio dice mucho más.
Drago me sacó de la cama muchas mañanas cuando yo había tirado la toalla de salir al mundo, me mostró los amaneceres que me estaba perdiendo por no querer salir de la cama.
Drago, ese perro que adopté cuando alguien los abandonó a él y a sus hermanos en un contenedor de basura.
Él me hizo ver el mundo de otra manera, aunque yo decidiera encerrarme en este lugar.
Pienso en todo lo que ha pasado, en los niños, en las excusas que ha puesto para subir y que a mí me encanta que ponga, si no llega a ser por eso, estaríamos en el mismo punto.
Yo con monosílabos y ella intentando entrar en un lugar que estaba cerrado de par en par o al menos eso creía yo.
Pero hoy eso ha cambiado, por Drago y una oveja, por él querer hacer bien su trabajo y correr detrás de Lara.
La ha tirado y lo que ha pasado después ya no puedo echarle la culpa a Drago, ha sido nuestra, no puedo fingir que no ha pasado, y tampoco quiero fingir nada.
Esta noche no duermo, no lo hago porque cada vez que cierro los ojos la veo, con el barro en sus manos, los ojos brillantes y esa sonrisa suya que me desarma y me ha desarmado desde el primer día, aunque yo no quisiera admitirlo.
Siento sus labios en los míos, su mano en mi cara y ese segundo en el que el mundo se ha detenido por nuestro beso.
El miércoles pasa y Lara no sube, no viene con una excusa nueva sobre el huerto, las plantas o los niños, no aparece diciéndome que pasaba por aquí cuando las dos sabemos que no es verdad. No aparece y la ausencia pesa, mucho más de lo que me esperaba.
El jueves tampoco viene. Hago mis cosas, ordeño, limpio, preparo queso, voy al huerto, recojo unos tomates, todo como siempre, todo en su sitio y, sin embargo, nada está como antes porque hay un hueco nuevo, uno que no existía hace unas semanas, un espacio en la tarde donde antes no había nada y ahora falta algo, falta su voz, el ruido de sus pasos subiendo por el camino, falta el sonido de Drago moviendo la cola cuando sabía que ella venía a lo lejos.
El viernes bajo a la tienda de Carmen porque necesito harina y también necesito salir de este lugar que me está asfixiando, que es algo que nunca pensé sentir.
—Buenas tardes, Cecilia —me saluda Carmen cuando me ve entrar.
—Buenas tardes, necesito harina.
—¿Solo harina? —pregunta con una sonrisa que no me gusta nada.
—Solo harina, Carmen.
Carmen va a buscar la harina y yo me quedo en el mostrador mirando la puerta como si esperara que alguien entrara, y me enfado conmigo misma por mirar la puerta porque no estoy esperando a nadie, no estoy esperando que Lara entre con sus «buenas tardes» que dice mirándome directamente, no estoy esperando nada.
—Lara no ha venido hoy —dice Carmen dejando la harina en el mostrador.
—No me importa —respondo.
—Ya.
Ese «ya» de Carmen es primo hermano del «ya» que yo le digo a la gente cuando sé que están mintiendo. Carmen me conoce, no mucho, pero lo suficiente como para saber cuándo estoy diciendo la verdad y cuándo estoy poniendo ladrillos en un muro que ella lleva años viendo cómo lo construyo.
—No la he visto en todo el día —sigue Carmen—. Mercedes me ha dicho que ha estado callada toda la semana en el colegio, que no es lo habitual en ella, que esa chica normalmente no se calla ni debajo del agua. Incluso me ha preguntado si yo sabía algo de lo que le pudiera pasar. ¿Tú sabes algo?
—¿Y yo qué voy a saber? —digo, y me sale más brusco de lo que pretendía.
—No sé, Cecilia, digo yo que a lo mejor tú sabes algo que yo no sé. Ella estaba subiendo a tu finca —dice mirándome por encima de las gafas, como diciéndome sé más de lo que cuentas.
—No sé nada, Carmen. Dame la harina y deja de mirarme así.
—¿Así cómo? —pregunta.
—Así.
Carmen suspira, me cobra la harina y me da el cambio sin decir una palabra más, pero cuando cojo la bolsa para irme, me pone la mano encima de la mía un segundo, solo un segundo, y dice en voz baja:
—No sé qué ha pasado y no te lo voy a preguntar, pero esa chica ha venido a este pueblo sola y se ha quedado, que es más de lo que han hecho todos los que vinieron antes.
Y tú llevas cinco años sola y puede que eso esté bien, pero puede que no, y solo tú sabes cuál de las dos es.
Lo que sí sé es que si alguien ha conseguido que bajes al pueblo un viernes a mediodía mirando la puerta de mi tienda como si esperaras a alguien, merece al menos que le digas lo que tengas que decirle. A la cara. Como haces tú todo.
Me quedo mirándola, quiero decirle que se equivoca, que yo no estaba mirando la puerta, que he venido a por harina y nada más, pero no puedo porque es mentira y yo soy muchas cosas, pero mentirosa no soy, no puedo serlo, porque Carmen tiene esa capacidad de atravesarte con la mirada y llegar al sitio exacto donde guardas lo que no quieres enseñar.
—Adiós, Carmen —digo.
—Adiós, Cecilia.