Sin cobertura Capítulo 26
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Capítulo 26

Cecilia

Voy a subirme al coche y marcharme, pero no lo hago, me quedo ahí anclada, sin poder moverme, mirando hacia el colegio. Dejo la bolsa de la harina en el coche y camino calle arriba hasta llegar a la puerta de Lara, la miro y sin pensarlo demasiado, mis nudillos golpean la puerta.

Pasan unos segundos que se sienten como horas, pero escucho ruido y entonces la puerta se abre y ella está ahí. Tiene los ojos un poco rojos, como si hubiera dormido poco o llorado mucho, o tal vez las dos cosas. Me mira con sorpresa y con una expresión de «¿qué coño haces tú aquí?».

—Cecilia —dice, y mi nombre en su boca suena diferente, suena a algo que quiero seguir oyendo.

—Hola —digo.

Y me quedo ahí de pie, sin más, porque resulta que he sido capaz de bajar al pueblo, caminar por la calle, llamar a su puerta, pero no he sido capaz de preparar lo que iba a decirle cuando la tuviera delante.

He venido sin plan, sin discurso, sin puntos en un cuaderno, he venido solo con las ganas de verla y ahora la tengo delante y las ganas no me sirven de nada porque no puedo convertirlas en palabras.

—¿Quieres pasar? —pregunta Lara y su voz tiembla, porque ya conozco su tono.

—Sí —respondo.

Entro en la casa y es la primera vez que estoy aquí.

Nos quedamos de pie en el salón mirándonos, Lara espera a que hable porque yo he sido quien ha venido, yo he tocado a su puerta, yo he bajado por primera vez para no ir a la tienda de Carmen, sino para verla a ella, porque eso es lo que quería y eso significa que tengo algo que decirle, aunque todavía no sepa cómo hacerlo.

—No cocino bien —digo.

Lara me mira y parpadea extrañada.

—¿Qué?

—No cocino bien. Hago queso, cultivo verduras, ordeño ovejas, pero cocinar, lo que se dice cocinar, se me da mal. Como siempre lo mismo, porque no sé hacer otra cosa y porque cuando vives sola te da igual lo que cenes porque nadie te va a decir nada.

Lara sigue mirándome sin entender qué quiero decir, y la verdad es que yo tampoco lo sé, pero creo que esto es lo más honesto, abrirme a ella como no lo había hecho en todos estos años, y contarle quién realmente soy.

—No veo la tele porque en una tormenta se me llevó la antena y no quise ponerla más.

Leo por las noches, pero me quedo dormida pronto porque mi cuerpo me pesa de trabajar todo el día.

No tengo amigos aquí, no porque no los quiera, sino porque me olvidé de cómo se hace eso, cómo se es amiga de alguien, cómo se habla de cosas que no sean ovejas, queso o el precio del pienso.

Llevo cinco años viviendo como si eso fuera suficiente y lo era, me había convencido de que lo era, hasta que tú apareciste con tus excusas ridículas, tus preguntas que no eran de los niños, y me manchaste la cara de barro y nos besamos.

Lara me mira con los ojos brillantes y los labios apretados, creo que está intentando no llorar o no sonreír, no lo sé muy bien.

—No sé hacer esto —sigo, porque ya que he empezado, no voy a parar—.

No sé cómo se hace lo que estamos haciendo, no sé cómo se vuelve a dejar entrar a alguien después de cinco años sin que me tiemble todo cuando te veo, no sé cómo decirte que lo que siento me da miedo, pero no a ti, sino a lo que me haces sentir, porque es algo que no puedo controlar, y he aprendido que, si no sabes controlar algo, pueden herirte y no quiero eso.

Sé que este miedo está ahí porque me importas, mucho.

Lo que sí sé es que llevas tres días sin subir a la finca y que todos esos días han sido los más largos de mi vida.

Sé que cuando no vienes, las tardes están vacías de una forma que antes no lo estaban.

Sé que hoy he bajado al pueblo y he mirado la puerta de la tienda de Carmen esperando verte, y ella me ha pillado, y me ha dicho que, si tengo que decir algo, que lo diga, y es por eso por lo que estoy aquí.

Lara traga saliva y le cae una lágrima por la mejilla que se limpia con el dorso de la mano, rápida, como si no quisiera que la viera, pero la he visto.

—Cecilia, yo… el otro día, cuando me fui, fue porque pensé que la había cagado. Pensé que te había besado demasiado pronto, que tú estabas empezando a abrirte y yo he ido y te he metido un beso y que iba a destrozar todo lo que habíamos…

—No has destrozado nada —la corto.

—¿No?

—No. Lo que has hecho es lo contrario.

Lara me mira y el amago de sonrisa vuelve, un poco más grande esta vez, un poco menos tímido, y algo en el pecho se me afloja, algo que llevaba tres días apretado, como un nudo que alguien ha estado tirando y tirando y que ahora se suelta de golpe y me deja respirar.

—Creía que te habías arrepentido —dice ella.

—Pensé que te habías arrepentido tú —respondo.

—Yo no me he arrepentido de nada.

—Yo tampoco.

Nos miramos y nos reímos; es una risa de alivio, sabiendo que las dos llevamos tres días con la misma angustia, pensando lo mismo, dejando que el miedo ocupara un espacio que no le correspondía, como siempre hace, y lo hemos dejado hacer.

—He bajado al pueblo —digo, y lo hago porque quiero que sepa lo que significa—.

Por ti, lo he hecho exclusivamente por ti, no por ir a comprar harina, ni por ver a Carmen.

Solo he bajado porque quería verte, porque no podía estar un día más sabiendo que estabas aquí y yo arriba, no podía dejar que pensaras que la habías cagado cuando lo único que has hecho desde que llegaste a este pueblo es romperme en pedazos de la mejor forma, teniendo paciencia, tirando poco a poco ese muro que había construido y que creía indestructible hasta que te vi por primera vez sonreír, ahí supe que tenía un problema y tenía nombre y apellido: Lara Dorta, esa profesora que vino a poner mi mundo patas arriba.

Me importas más de lo que había pensado, mucho más de lo que imaginé.

Lara se queda callada un momento, mirándome con esos ojos que tienen la capacidad de hacerme sentir desnuda, y luego da un paso hacia mí, uno solo, pequeño, como los que he ido dando yo durante semanas sin darme cuenta, acercándome a ella milímetro a milímetro, convenciéndome de que no me estaba acercando cuando la realidad es que lo hacía con todo el cuerpo.

—Dilo otra vez —dice.

—¿El qué?

—Lo que te importo.

—Me importas mucho —afirmo.

—Otra vez.

—Lara.

—Otra vez, Cecilia —exige.

—Me importas —digo, y esta vez la voz me sale más baja, más rota, porque cada vez que lo digo se cae un trozo del muro y debajo de ese muro no hay nada que me proteja, solo estoy yo, entera, expuesta.

Lara da otro paso y está tan pegada que puedo oler su perfume.

Lara levanta la mano y la pone en mi mejilla y cierro los ojos al instante, sintiéndola, queriendo que el tiempo se detenga y este momento se quede en el tiempo.

Llevo cinco años no permitiéndome sentir por el daño que me hicieron, tengo miedo, claro que lo tengo, pero sentir a Lara es lo más maravilloso que me ha pasado en todo este tiempo.

—Abre los ojos —me pide en un susurro.

Hago lo que me pide, y los suyos también están ahí, mirándome, observándome.

—Voy a besarte —dice—, y esta vez no me voy a ir corriendo.

—Más te vale —digo pasando la lengua por mis labios.

Me besa despacio, tanto que es casi insoportable, es como una pregunta que se hace con los labios en vez de con la voz, un «¿puedo?

» que se repite con cada movimiento, con cada cambio de ángulo, con cada segundo y que yo respondo quedándome exactamente dónde estoy, sin moverme, sin apartarme, dejando que pase lo que tenga que pasar.

Le pongo las manos en la cintura porque necesito sujetarme a algo, porque las piernas me están fallando de una forma en la que no lo han hecho antes.

Lara se acerca más, se pega a mí, y la siento contra mi cuerpo, su calor, su peso, su forma de encajar contra el mío como si alguien nos hubiera diseñado para esto, su frente contra la mía, su nariz rozando la mía, sus manos en mi cara sujetándome como si tuviera miedo de que me fuera.

No me voy a ir, no me quiero ir a ningún lado, estoy donde quiero estar.

El beso deja de ser pregunta y se convierte en otra cosa, en algo más urgente, con más hambre, con esa ansia de estos días sin vernos. Le muerdo el labio inferior sin pensarlo y Lara hace un sonido que me despierta algo en el estómago, algo que se extiende hasta mi sexo.

—Cecilia —dice contra mi boca, y mi nombre en su boca suena a una declaración.

—Estoy aquí —respondo, porque es lo único que sé decir.

Me coge de la mano y tira de mí, despacio, guiándome hasta su dormitorio.

Cuando llegamos a la cama, se gira y nos volvemos a besar.

Lara sujeta mi camiseta por los bordes y se separa para mirarme; veo en sus ojos esas preguntas que se hace: «¿Estás segura?

», «¿quieres esto?», «¿no es demasiado pronto?

». Y quiero responderle que llevo semanas segura, que no es pronto, que, si acaso ya es tarde y debería haber bajado de esa montaña hace días y que cada tarde que pasé sola en mi porche mirando el sendero vacío fue un día de más.

Dejo que me quite la camiseta y la beso con todo lo que no sé decir, con todos los años que he pasado convenciéndome de que no necesitaba esto, que estaba bien sola, de que mi vida con las ovejas, el queso y Drago era suficiente; la beso para demostrarle y demostrarme que estaba equivocada, que hay cosas que no sabía que me faltaban hasta que las tienes delante y entonces ya no puedes vivir sin ellas.

Me da miedo reconocer esto, pero es la realidad, no sabría ahora mismo cómo poder vivir sin lo que me hace sentir Lara.

Le saco la camiseta y nos quitamos los pantalones para acostarnos en la cama.

Lara está encima de mí, me besa la boca, después baja hasta mi cuello.

Mi cuerpo tiembla debajo de ella; lo hace por lo que me hace sentir, por lo delicada que es, por sentirla, no por sentirme vulnerable, porque ahora mismo no es vulnerabilidad lo que siento.

—Estás temblando —dice separándose para mirarme.

—Lo sé.

—¿Estás bien? —pregunta.

—Sí.

—¿Segura?

—Lara, bésame y no preguntes más. Quiero esto, necesito esto…

No termino porque vuelve a besarme como le he pedido. Se separa de nuevo, apoya sus manos a cada lado de mi cabeza y su pelo cae, es preciosa, ella lo sabe, yo lo sé. Le aparto un mechón de pelo detrás de la oreja y ella gira la cabeza y besa mi mano.

—Eres preciosa —dice mirándome a los ojos.

Sujeto sus nalgas, porque no logro que me salgan las palabras, me incorporo un poco y tiro de ella para que vuelva a besarme.

Sus manos se mueven por mi cuerpo, mi respiración se agita igual que la de ella.

Bajo por mis pechos con su boca, lame un pezón mientras que con la otra mano aprieta el otro, un gemido escapa de mi boca, uno que no puedo controlar y que tampoco quiero controlar.

Sigue bajando hasta llegar a mi pubis y tira de mis bragas hacia abajo, despacio, tanto que me desespera.

Me muevo buscando contacto, una que ella está evitando, porque me he dado cuenta de que Lara, esa profesora, quiere tener el control y yo simplemente me dejo, me dejo porque sé que en sus manos estoy a salvo.

Su boca llega a mi sexo y yo dejo de respirar, me olvido de cómo se hace y siento que se separa de mí, que abandona ese lugar y me mira a los ojos para después acercarse hasta mi oído.

—No te reprimas —susurra—. Quiero escucharte.

Y eso. Eso me rompe la última defensa. Porque Cecilia Gil no hace ruido, no se expone, no se deja ver ni oír ni tocar, lleva cinco años construyendo un silencio alrededor de su cuerpo como una armadura y ahora Lara me lo está quitando pieza a pieza, con paciencia, con cuidado, con esas manos suyas que no saben plantar, pero que saben exactamente dónde tocarme para que se me olvide quién soy.

Nos besamos, no hay prisa, ella se deja quitar sus bragas mientras nuestras manos hablan por nuestros cuerpos. No hay prisa, porque esto es algo que no quiero que termine, que no quiero dejar ir y cuando las dos estamos completamente desnudas, nos abrazamos.

Lara vuelve a bajar, y yo la dejo, la dejo que recorra mi cuerpo con sus manos y su boca, simplemente me entrego, porque con ella el muro ya no solo tiene una grieta; ella ha hecho que ese muro se esté rompiendo, con paciencia y cabezonería.

—Mírame —me pide desde mi pubis, y abro los ojos para verla, entre mis piernas, mirándome con el deseo en sus ojos.

Y entonces su boca se hunde en mi sexo, y dejo de pensar, porque no puedo, porque mi cerebro se desconecta y lo único que queda es dejarme llevar por las sensaciones, por su lengua en mi clítoris que se mueve despacio, y mi sexo sin darme cuenta se eleva pidiendo más y ella me lo da.

El placer va subiendo poco a poco y no puedo estar callada, mis gemidos se escuchan en la habitación, muevo mis caderas al mismo compás y ella me sujeta, porque estoy a punto de llegar y lo nota.

Mi respiración cada vez es más agitada, tanto que ya no la controlo, no controlo nada.

—Lara —jadeo su nombre.

El orgasmo me llega de golpe, como cuando una pared que llevaba años sosteniendo cede de pronto.

Me tenso entera, mis puños aprietan las sábanas, cierro los ojos y los sonidos salen de mi boca sin poder controlarlos.

Y entonces me quedo temblando debajo de ella, con los ojos cerrados, respirando como si hubiera subido la montaña corriendo, y Lara me besa en la frente, en la cara, en la comisura de los labios, despacio.

Las lágrimas resbalan por mi cara sin poder controlarlas, siento como si un peso enorme se hubiera desplomado.

—Estoy aquí —repite las mismas palabras que yo le dije.

Abro los ojos y la veo sonriendo, y en ese instante sé que estoy donde quiero estar, y por primera vez en todos estos años no siento miedo.