Capítulo 24
Lara
Yo: Sonia, creo que tengo un problema.
Sonia: Cuéntame. Mejor te llamo, necesito escuchar tu voz.
No tarda nada en llamar y descuelgo al primer tono.
—Ahora sí, dime cuál es el problema —me pide.
—Llevo dos semanas subiendo a la finca de Cecilia con excusas cada vez más ridículas.
Primero le pedí plantones para el huerto del colegio, después le llevé preguntas de los niños sobre las plantas, y hoy he subido diciendo que «pasaba por aquí» y ella me ha dicho que eso no queda de camino a ningún sitio.
—Porque, según me has contado, no queda de camino a nada.
—Ya lo sé —digo.
—Lara, cariño, estás buscando excusas para verla.
—Eso también lo sé —admito.
—¿Y ella qué hace?
—Me deja quedarme, me trae café o vino. Contesta a todas las preguntas, no me echa, Sonia. Hoy hemos estado cuarenta minutos en su porche sin hablar, tranquilas, contemplando el paisaje, y ha sido el mejor rato de mi semana.
—Cuarenta minutos sin hablar y ha sido tu mejor momento de la semana —repite.
—Sí.
—Lara —dice mi nombre mientras suspira.
—¿Qué? —pregunto, aunque ya sé lo que me va a decir.
—Estás enamorada.
—No estoy enamorada, Sonia. Simplemente, me gusta estar con ella —digo.
—Eso es estar enamorada.
—No es lo mismo —rebato, porque me cuesta admitir lo que siento por Cecilia.
—Claro que lo es, porque cuando a alguien te gusta de verdad, incluso sus silencios son bonitos, y querida, a ti te gusta todo de esa mujer, incluso cuando se enfadaba.
No contesto, porque responder implicaría que tiene razón y reconocer eso sería admitir que me estoy enamorando de una ganadera antisocial que vive en una montaña con medio centenar de ovejas, algunas cabras, gallinas, una huerta y un perro.
Admitir eso es saber que mi vida se ha vuelto más rara de lo que jamás imaginé cuando acepté una plaza en un pueblo cuyas calles no salían ni en Google Maps.
—¿Sigues ahí? —pregunta mi amiga.
—Sigo.
—Estás asustada, pero recuerda que las mejores cosas a veces dan miedo.
—Las peores también —respondo.
—Estoy segura de que sabrás distinguir cuál de las dos es. Tengo que marcharme. Te quiero mucho, valiente.
—Deja de decirme así, me hace sentir que estoy a punto de cometer alguna estupidez.
—No tengo dudas de que la cometerás, pero será una estupidez bonita —afirma.
Colgamos y me quedo mirando el techo y sonrío como una idiota, porque lo que siento por Cecilia me hace sentir así.
Es martes por la tarde y estoy en la finca de Cecilia porque me ha dicho que puede darme unas semillas de calabacín para el huerto del colegio, que es una excusa que ha puesto ella está vez cuando me crucé con ella en la tienda de Carmen el lunes al mediodía, y las dos sabemos que es eso, una excusa, pero que ambas la aceptamos como si fuera un motivo válido porque es más fácil que decir lo que estamos haciendo de verdad, que es buscar razones para estar juntas.
Llego y veo a Cecilia bajando las ovejas porque tiene que entrar. Ya es tarde, el sol está empezando a caer. Bajan todas juntas, con Drago al final y Cecilia guiándolas.
—¿Necesitas ayuda? —pregunto desde la valla.
—¿Sabes guiar ovejas?
—No puede ser tan difícil —aseguro.
La veo sonreír y yo salto la valla y me pongo a su lado.
Cecilia me mira de arriba abajo evaluando si le puedo servir de pastora improvisada.
La veo entrecerrar los ojos, creo que ha llegado a la conclusión de que soy un desastre, pero no dice nada, simplemente me señala un lado del camino y me dice que me quede ahí, que no me mueva y que, si alguna oveja intenta irse por ese lado, que la empuje con suavidad hacia el grupo.
—Con suavidad —repite—. No las asustes.
—No voy a asustar a unas ovejas, Cecilia.
—Tú haz lo que te digo.
Las ovejas empiezan a entrar en el corral y todo va bien durante los primeros minutos.
Van pasando una a una por la puerta, obedientes, en fila, como si supieran exactamente lo que tienen que hacer, que probablemente lo saben porque llevan haciéndolo todos los días de su vida.
Yo estoy en mi puesto, orgullosa de mi papel de guardiana del flanco izquierdo, sintiéndome útil por primera vez en una situación que no involucra plastilina ni mocos.
Y entonces pasa. Una oveja, la última del grupo, la que va rezagada, la que probablemente es la oveja negra del rebaño en sentido literal porque tiene una mancha negra en la cara que la hace parecer enfadada, decide que no quiere entrar al corral.
Se para en seco, mira la puerta como si fuera la entrada al infierno, se da la vuelta y ahora me mira.
—No te muevas —dice Cecilia.
No sé de dónde sale, pero Drago llega corriendo y, al pasar justo por detrás de mí, me desequilibra y me caigo de culo en un charco que prefiero no saber de qué es, porque lleva unos días sin llover.
Y cuando me veo mirándome las manos y Drago guiando a la oveja, la escucho, no es una risa contenida, claro que no.
Cecilia se está riendo a carcajada de mi desgracia.
La veo cómo se agarra el estómago mientras se ríe.
Me quedo observándola, ya no es la granjera seria, ni la mujer que me responde con monosílabos.
Es la cara de alguien que está viva, que siente, que se permite sentir, aunque sea solo por un instante, solo porque una profesora de ciudad ha acabado de culo en un charco que posiblemente sea de mierda después de que el perro pasara justo por detrás y me desestabilizara.
Es la cara de alguien que tiene arrugas alrededor de sus ojos que solo aparecen cuando se ríe, una cara que tiene luz, que tiene todo lo que lleva años escondiendo detrás de ese gesto duro que le muestra al mundo.
La miro desde el suelo, embarrada, humillada, con el culo mojado y pienso con una claridad que me asusta que esa risa es lo más bonito que he oído en mucho tiempo.
Más que la risa de los niños cuando les cuento algo que les hace gracia, más que el sonido del mar que echo de menos, más que cualquier otra cosa que haya escuchado en mis treinta y cuatro años que llevo en este mundo.
Esa risa, la de Cecilia, la que nadie oye, la que ella no le da a todo el mundo, esa risa es lo más bonito que existe y estoy sentada en un charco de mierda pensando eso y no me importa, no me importa el barro, ni los pantalones, ni la dignidad que he perdido, porque lo único que me importa ahora mismo es que Cecilia se está riendo y que yo estoy aquí para verlo.
—¿Estás bien? —consigue decir entre carcajadas.
—Genial —respondo desde el suelo—. Nunca he estado mejor.
Cecilia termina apoyándose en la valla para seguir descojonándose de mi desgracia.
Me levanto y camino hacia ella, con las manos embarradas y, antes de que pueda reaccionar, le paso las manos por la cara y sonrío.
Ella se queda paralizada, la risa se le corta de golpe y me mira con los ojos muy abiertos, con barro en la cara, con una expresión de incredulidad, como si nunca alguien se hubiera atrevido a tanto, como si yo acabara de cruzar una línea que nadie se había atrevido a cruzar.
—¿Acabas de…? —empieza a decir.
—Sí —respondo sonriendo.
Cecilia me mira con la cara llena de barro y entonces hace algo que no me espero.
Mete sus manos por debajo de mi camiseta y ese roce me hace estremecer, mi respiración se agita, limpia sus manos en mi piel y después su cara en mi camiseta.
Cuando se aparta, nos miramos; es como si todo a nuestro alrededor se detuviera, como si la tarde no estuviera cayendo y no estuviéramos en medio del campo llenas de barro.
Da un paso, solo uno, seguro que medio porque yo también me he movido.
Tiene la respiración agitada tanto como la mía, me observa y ladea su cabeza sonriendo.
No sé quién se mueve primero, pero ahora su boca está pegada a la mía y nuestras lenguas se mueven la una contra la otra, mientras las manos van a la cintura de la otra.
Cecilia sube una mano hasta mi nuca y me pega más a ella.
Todo esto es lo menos romántico del mundo: dos mujeres llenas de barro y posiblemente mierda, besándose con desesperación.
Dos mujeres que llevan semanas buscando excusas para poder verse y que se han besado de la forma más absurda posible, y esto lo hace perfecto.
Nuestras lenguas siguen jugando, se escucha el ruido de los besos entre el silencio del campo.
Nos separamos, no sé cuánto tiempo hemos estado besándonos; me aparto despacio y nos miramos, las dos tenemos barro en la cara, la respiración agitada y los ojos dicen cosas que la boca no sabe cómo decir.
Y entonces me entra el miedo, es el de haber hecho algo mal, de haber cruzado una línea que no tenía que cruzar, de haber roto algo frágil y que quizás necesitaba más tiempo, más cuidado, más paciencia de la que yo he tenido.
El miedo de que Cecilia se arrepienta, de que mañana me mire como la primera vez, de que el muro que se ha caído vuelva a levantarse el doble de alto esta vez porque yo he sido una impaciente, porque yo he querido correr cuando ella apenas estaba aprendiendo a caminar.
—Me tengo que ir —digo.
Lo digo porque no sé qué más decir, porque el silencio que se ha instalado después del beso es demasiado grande. Necesito bajar, respirar y la distancia para procesar lo que acaba de pasar.
Cecilia me observa y no dice nada, su cara sigue siendo la misma, no se cierra, no se endurece, simplemente me mira con los mismos ojos de hace un momento.
Asiente solo una vez, como hace siempre, no me pide que me quede, no hace preguntas de por qué me voy.
Me da espacio, el mismo que necesité darle yo durante semanas, el espacio que ahora necesito que me dé a mí, y lo hace sin palabras, sin dramas, sin nada que no sea ese asentimiento.
—Vale —dice.
Me giro y me voy hasta cruzar el vallado; no miro atrás porque si lo hago, voy a volver y si vuelvo voy a besarla y si lo hago nunca me voy a ir y necesito marcharme, necesito pensar y entender qué coño acabo de hacer.
Llego a mi casa y me meto en la ducha, toco los labios y todavía puedo sentir los de Cecilia, su lengua en mi boca, y mi cuerpo se estremece al recordarlo.
La he besado, he besado a Cecilia, en su finca, contra la valla, después de que Drago me tirara al suelo.
Si alguien me hubiera dicho que pasaría así, le diría que jamás daría yo el paso, pero lo hice, la besé; aunque en un principio pensé que fue ella quien se acercó, fui yo, yo la besé y ella me siguió.
—La he cagado —susurro mientras el agua cae por mi cara.
Lo que más miedo me da no es haberla besado, sino lo que sentí al hacerlo.
Quiero volver a hacerlo, que su lengua vuelva a estar dentro de mi boca, que mis manos puedan recorrer su cuerpo, sentir a Cecilia con cada parte de mi cuerpo, dejar que sean nuestras manos las que hablen y no las palabras, pero tengo miedo de haberme precipitado.
Me fui como una cobarde, porque no quería esa conversación, no quería que me dijera que solo es un beso, porque para mí es mucho más que eso.
Y ahora estoy aquí en la ducha pensando que he sido una cobarde por salir corriendo, que no sé qué pasará la próxima vez que la vea, si va a volver a hablarme en monosílabos, si me va a decir que fue un error o simplemente me va a ignorar.
Lo único que tengo claro es que sé lo que quiero, lo sé desde hace semanas, y lo que quiero tiene el pelo recogido con una cuerda, unas botas llenas de barro y una risa que nadie oye, pero que yo sí he tenido el placer de escuchar.
—No la he cagado —susurro mientras me seco.
O eso espero.