Capítulo 23
Lara
No sé en qué momento exacto empiezo a buscar excusas para subir a la finca de Cecilia, pero sé que lo hago, y sé que las excusas cada vez son más ridículas, y sé que ella lo sabe, y aun así sigo haciéndolo, porque al parecer soy incapaz de parar.
La primera excusa es el proyecto del huerto escolar.
Le he planteado a Sergio hacer un pequeño huerto en el patio, por un lateral, con unos cajones de madera, algo pequeño, para que los niños planten y puedan después recoger la cosecha.
Es un buen proyecto y tiene sentido pedagógico; a Sergio le parece bien y a los padres también.
Ellos están encantados de que sus hijos estén alejados de las pantallas y aprendan cosas como estas.
La cosa es que necesitamos semillas, plantones, tierra preparada y alguien que nos diga cómo no matar todo lo que plantemos en la primera semana, porque entre Sergio, Mercedes, Juan y yo sumamos la experiencia agrícola de un cactus de plástico.
Y es ahí donde mi cabeza, esa traidora que tengo, me dice que la persona perfecta para ayudarnos es Cecilia, porque tiene huerto, porque cultiva de todo, y porque necesito verla, y esto me da un motivo que no es «quiero verte porque me apetece», sino «quiero verte porque los niños necesitan aprender a plantar lechugas».
Subo un martes por la tarde con una libreta donde he apuntado las preguntas que quiero hacerle sobre el huerto: qué plantar en esta época, cuánto regar, qué tipo de tierra necesitamos, si el patio del colegio tiene suficiente sol.
Son preguntas legítimas, profesionales, de profesora responsable que quiere hacer bien las cosas y no veo nada raro en mi lógica.
Cecilia me abre la puerta del cercado sin decir nada, simplemente la abre y se aparta para dejarme pasar, como si hubiera estado esperándome, aunque sé que no lo estaba porque ella no espera a nadie, pero la puerta estaba abierta y eso ya es algo.
Drago viene corriendo y me da dos lengüetazos en la mano antes de irse a tumbarse a la sombra, como diciendo «yo ya te he saludado, ahora arreglaos vosotras».
Le explico lo del huerto y Cecilia me escucha de pie, con los brazos cruzados, mirándome con esa expresión suya que es la de alguien que está evaluando si lo que le estás contando merece la pena o es una pérdida de tiempo.
Cuando termino, hace algo que no espero: va al cobertizo, vuelve con una caja de madera llena de plantones y la deja a mis pies.
—Para el huerto —dice.
—Gracias, Cecilia, pero también necesito que me expliques cómo…
—Riegas por las mañanas, no encharques, y ponlos donde dé el sol al menos seis horas. El resto lo aprenden los niños haciéndolo.
Se da la vuelta para seguir con lo que estaba haciendo, que creo que es arreglar una puerta del gallinero.
Me quedo con la caja de plantones a mis pies, el cuaderno en la mano y la sensación de que he conseguido lo que necesitaba para el huerto, pero no lo que necesitaba para mí, que era estar más tiempo con ella.
Me despido y bajo con la caja, tengo las preguntas de la libreta sin contestar, pero tengo una excusa menos y la necesidad de inventar otra.
La segunda excusa es más patética. El jueves estoy dando clase y los niños están pintando hojas que hemos recogido del patio, estampándolas en papel con pintura, que es una actividad que queda muy bonita cuando la hace un adulto en un tutorial de internet y que es un festival del horror cuando la hacen nueve niños de entre tres y seis años.
Balti ha decidido que, en vez de estampar la hoja, quiere analizarla, así que la está rompiendo con los dedos, arrancando trocito a trocito y separando como si fuera un cirujano en plena operación.
—Balti, la hoja es para estamparla, no para diseccionarla —le digo.
—Estoy investigando la estructura interna —responde sin levantar la cabeza.
—Estás rompiendo una hoja.
—Es lo mismo —asegura.
Y entonces Hugo me pregunta por qué unas hojas son más grandes que otras, Nerea quiere saber por qué las hojas cambian de color cuando se secan, y Adrián pregunta si las ovejas se comen las hojas, que todo lo relaciona con las ovejas desde la excursión.
Las preguntas son buenas, son preguntas de niños curiosos que quieren entender el mundo, y yo no tengo todas las respuestas, porque sé lo básico de botánica, lo justo para pasar un examen de la universidad, pero no lo suficiente para explicarle a un niño de seis años por qué la clorofila se degrada.
Y mi cabeza, esa traidora, me dice: Cecilia sabe de plantas, ella tiene un huerto y sabe por qué unas hojas son más grandes que otras y qué pasa cuando se secan. Cecilia puede contestar las preguntas que tú no puedes.
Subo el viernes con la libreta de nuevo llena de preguntas de los niños. Cecilia esta vez está en el porche, me ve y se acerca.
—Los niños tienen preguntas sobre plantas —digo, levantando la libreta como si fuera una prueba judicial de que mi visita tiene un propósito legítimo.
Cecilia termina de llegar frente a mí, sonríe y ladea la cabeza.
—¿Los niños tienen preguntas o las tienes tú?
—Los niños —respondo rápido.
—Ya.
Ese «ya» tiene dentro más significado del que debería tener una sola sílaba, pero con Cecilia cada palabra es un mundo y cada silencio es un continente entero.
Me contesta las preguntas de los niños, una por una, con una paciencia que no tenía hace unos meses conmigo, pero que ahora con las preguntas de los críos es distinta.
Me explica que las hojas cambian de color porque dejan de producir el pigmento verde cuando les falta luz y agua, y que debajo del verde siempre estuvieron los amarillos y los rojos, solo que no se veían.
Me quedo mirándola mientras habla y pienso que eso se parece mucho a ella, que debajo de esa capa que le muestra a todo el mundo hay colores que no se ven, pero que están ahí, y que yo los he visto, el día del porche, cuando se rio, cuando me ofreció el vino, cuando dijo que se sentía demasiado visible.
Me quedo más tiempo del necesario. Cuando se me acaban las preguntas, invento sobre la marcha, le pregunto por las plagas, por el riego, por los ciclos lunares que Carmen dice que influyen en las cosechas, y Cecilia me contesta cada una de las preguntas con paciencia.
La tercera vez ni siquiera me molesto en buscar una excusa con sentido.
Es domingo por la mañana y me digo a mí misma que voy a dar un paseo, que necesito estirar las piernas, que he estado toda la semana encerrada en el colegio y la casa, que caminar me viene bien.
Salgo de la casa sin ningún destino concreto, o eso me digo, pero mis pies suben por el sendero que lleva a la finca de Cecilia como si tuvieran memoria propia y supieran exactamente dónde quieren ir, aunque mi cabeza finja que no lo sabe.
Cuando llego, Cecilia está en el porche sentada y tiene a Drago al lado, me ve y me hace seña para que entre y me siente en la misma silla de cuando me tomé el vino.
—Pasaba por aquí —digo.
—Esto no te pilla de camino a ningún sitio —responde.
—Estaba dando un paseo.
—Cuesta arriba, un domingo —razona.
—Me gusta caminar cuesta arriba.
—Ya —dice.
Y no dice nada más, y yo tampoco, nos quedamos ahí las dos mirando al frente en un silencio que ya no es incómodo, uno que se parece a algo que no sé nombrar o no quiero.
Cecilia me trae una cerveza sin que se lo pida, simplemente la pone en la mesa y se sienta, y las dos seguimos mirando al frente, pero ahora bebemos y pienso que estoy jodida, que estoy muy jodida, porque cada vez que subo aquí me cuesta más bajar, y cada vez que me voy se me queda algo enganchado, como un hilo que sale de algún lugar del pecho y que se estira a medida que me alejo, tirando, recordándome que hay algo aquí, en esta finca, es este porche, es esta mujer, que me está esperando, aunque ella nunca lo admitiría.
—¿Necesitas más plantones para el huerto? —pregunta.
—No, ya tenemos suficientes.
—¿Los niños tienen más preguntas?
—No, hoy no —respondo.
—Entonces vienes a dar un paseo.
—Vengo a dar un paseo —confirmo.
Cecilia asiente como si mi respuesta le pareciera razonable, como si una mujer que sube dos kilómetros cuesta arriba un domingo por la mañana sin motivo aparente fuera algo normal, y quizá para ella lo es, o quizá está empezando a acostumbrarse a mis excusas.