Capítulo 22
Cecilia
La veo bajar y, después de pisar la caca de Drago, me río con una risa que no puedo controlar, que no mido, que me sale del pecho como algo que llevaba demasiado tiempo encerrado y que ha encontrado la salida.
Sigo de pie en el porche, viendo cómo desaparece por el sendero, y me quedo mirando como si fuera a girar y volver, para seguir hablando del pueblo, de por qué vino aquí, de cosas que no le he preguntado, pero que quiero saber, que necesito saber, y eso me asusta más que ninguna otra cosa.
Entro en la casa y me siento en el sofá, porque siento como si las piernas me pesaran, no de cansancio, es de otra cosa, una que conozco o que conocía y había olvidado: el cansancio de haber dejado entrar a alguien durante un rato, de haber abierto una puerta que lleva cinco años cerrada y de haberla mantenido abierta durante dos horas sin que se cayera el mundo.
Dos horas ha estado aquí, sentada en el porche, bebiendo el vino malo de Ramón, hablándome con esa voz suya que no se calla ni debajo del agua, y yo la he dejado.
Le he permitido quedarse, la he dejado hablar, la he dejado estar aquí, en mi espacio, en el único sitio del mundo que es completamente mío, donde nadie entra, donde no hay nadie más que Drago, las ovejas, el silencio y yo.
Y no ha pasado nada malo, eso es lo que no puedo procesar: que no haya pasado algo malo.
No se ha derrumbado un techo, no se han muerto las ovejas, no se ha acabado el mundo, Lara ha estado aquí y el mundo ha seguido girando.
Lo único que ha cambiado es algo dentro de mí que no estaba ahí antes de que ella subiera por el camino y que ahora está, instalado, como una brasa que alguien deja en un sitio donde yo creía que no había fuego.
—No digas nada —le digo a Drago, que me mira.
Drago cierra los ojos y suspira, que es su forma de decir que no va a discutir conmigo, pero que tiene su opinión y que la realidad es que soy idiota. Lo acaricio detrás de las orejas y él se deja, porque le encanta que se lo hagan.
Me ha dicho que se sentía invisible y yo he entendido esa palabra mejor de lo que ella cree, porque yo sé lo que es sentirse invisible, aunque en mi caso fue lo contrario.
Yo me sentía demasiado visible y se lo he dicho, en voz alta, sin poder controlarlo, ella solo asintió, no me pidió explicación, nada, Lara me dio mi espacio.
En la capital me sentía demasiado visible con Nayra, cuando todo lo que hacíamos era público, cuando nuestra vida era material de conversación para sus amigas, cuando cada discusión, cada reconciliación, cada decisión como pareja pasaba por el filtro de lo que la gente pensara.
Nayra necesitaba que la vieran, que la aplaudieran, que su vida fuera una historia que contar, y yo estaba dentro de esa historia sin haberlo elegido, estaba expuesta, observada y juzgada.
Cuando me dejó, lo peor no fue el dolor, que también, lo peor fue que todo el mundo lo supo, que todos tenían una opinión, que las mismas personas que habían celebrado nuestra relación ahora analizaban nuestra ruptura como si fuera suya, como si tuvieran derecho a decir qué había salido mal y de quién era la culpa.
Por eso me vine aquí, por eso construí el muro, por eso no hablo, no cuento, no dejo que nadie se acerque lo suficiente como para ver lo que hay detrás, porque lo que hay es frágil y lo último que necesito es alguien que vuelva a romperlo.
Y ahora está Lara, que no solo se ha acercado, sino que ha saltado la valla, literalmente, con sus zapatillas de ciudad y su sonrisa de profesora que cree que puede con todo.
Lara que me ha llamado borde en la tienda de Carmen, que ha subido a mi finca con los niños después de que yo le dijera que no, que me ha hecho sentarme en el suelo con cinco críos que me preguntaban cómo se llamaban las ovejas.
Lara que ha subido hoy a darme las gracias por un queso que yo he envuelto en un paño blanco y que le he dejado en la puerta como una cobarde, sin nota, sin nombre, sin admitir lo que estaba haciendo.
Lara que ha dicho «invisible» y me ha mirado a los ojos mientras lo decía, y en esos ojos he visto algo que reconozco, algo que se parece a lo que veo cuando miro los míos en el espejo por las mañanas: la huella de alguien que ha estado sola más tiempo del necesario y que ya no sabe muy bien cómo dejar de estarlo.
Me preparo algo de cenar y como de pie junto a la ventana de la cocina y miro hacia abajo, hacia el pueblo que ya está iluminado por las cuatro luces que se ven desde aquí, y pienso en cuál de esas luces es la suya, si estará cenando también, si estará en el sofá, si estará hablando con alguien, si le estará contando a alguien que ha venido hasta aquí y hemos bebido vino en el porche mientras hablábamos y que al marcharse me ha levantado el dedo corazón después de pisar la caca de Drago.
Recuerdo cuando me ha dado las gracias por el queso que iba a tirar, lo ha dicho con esa media sonrisa, sabiendo que mi excusa era mala, que sabía que eso no era para tirar, pero que iba a dejarme mantener esa mentira porque entiende que es lo que necesito, y me ha respetado.
No me ha obligado a admitir nada, no me ha puesto contra la pared, no me ha dicho «sé que ese queso era para mí y que te importo», simplemente ha dicho «el queso que ibas a tirar» con esa sonrisa, y yo he entendido que ella entiende, y eso es peor que si me hubiera obligado a decirlo, porque cuando alguien te entiende sin pedirte explicaciones, no tienes dónde esconderte.
Con Nayra siempre tenía que explicarlo todo.
Cada gesto, cada silencio, cada decisión pasaba por un interrogatorio que parecía un juicio: «¿Por qué no me has llamado?
», «¿En qué piensas?», «¿Qué te pasa?», «¿Por qué no hablas?
». Y yo hablaba, explicaba, me vaciaba por dentro para llenar sus silencios, y nunca era suficiente, nunca era lo correcto, siempre faltaba algo, una palabra, un tono, una emoción que ella necesitaba que yo mostrara y que yo no sabía cómo mostrar porque nadie me había enseñado a abrir lo que tenía cerrado.
Lara no me ha pedido que explique nada. Me ha preguntado cosas, sí, pero no como Nayra, no con esa necesidad de diseccionar cada rincón de mi cabeza.
Me ha preguntado como quien se asoma a una ventana: mira lo que hay dentro y, si la ventana está cerrada, no rompe el cristal, simplemente espera a que la abra.
Y yo hoy la he abierto, un poco, lo justo para que entrara el aire, y ha entrado algo más que aire, ha entrado ella, con su voz, sus pecas y su forma de beber el vino de Ramón como si fuera bueno cuando las dos sabemos que es una porquería.
Me meto en la cama y miro al techo. La casa está en silencio, ese silencio que he elegido, que he construido, que he defendido durante cinco años como si fuera lo único que me mantenía viva.
Y esta noche, por primera vez en mucho tiempo, el silencio me pesa, no me reconforta, no me protege, no me envuelve como una manta.
Ocupa el espacio donde hace dos horas estaba su voz, y la ausencia de esa voz es más ruidosa que el silencio, y eso no tiene ningún sentido, pero aquí estoy, a las diez de la noche de un sábado, en la cama, mirando un techo que he mirado miles de veces, y esta vez es distinto porque el techo es el mismo, pero yo no.
Algo ha cambiado. Algo que empezó cuando dejé el queso en su puerta y que ha crecido esta tarde en el porche, entre el vino de Ramón, la palabra «invisible», el dedo corazón levantado de espaldas y mi propia risa que me ha sorprendido más a mí que a ella.
Algo que no puedo controlar, que no puedo meter en un molde ni dejar curando en una estantería, algo que no tiene proceso, ni protocolo, ni receta.
Sé lo que es. Llevo días sabiéndolo, quizás semanas, quizás desde el día que la vi por primera vez en la tienda de Carmen con sus zapatillas blancas y su sonrisa de persona que cree que puede caerle bien a todo el mundo.
Sé lo que es y no quiero nombrarlo porque nombrar las cosas es hacerlas reales y si esto es real, entonces tengo que hacer algo con ello y no sé qué hacer, no sé cómo se hace esto, ya no me acuerdo, se me ha olvidado cómo se me olvidó reír hasta que ella me hizo hacerlo.
Puedo hacer dos cosas. Puedo cerrar la grieta mañana, puedo bajar al pueblo, cruzarme con ella y no mirarla, volver a los monosílabos, al muro, al silencio que me protege.
Puedo hacer como si esta tarde no hubiera existido, como si el vino, el porche y la conversación fueran un accidente, un tropiezo, una debilidad que no se va a repetir.
Puedo hacerlo, sé hacerlo, llevo cinco años haciéndolo o puedo no hacerlo.
Puedo dejar la grieta abierta, dejar que entre el aire y lo que venga con él.
Puedo aceptar que algo se ha roto dentro del muro y que repararlo me costaría más esfuerzo que dejarlo roto, porque para repararlo tendría que fingir que no he sentido lo que he sentido esta tarde, y fingir es más agotador que sentir, y estoy cansada, llevo cinco años cansada de fingir que no necesito a nadie.
La realidad es que no sé cuál de las dos opciones me da más miedo.
Pero eso es problema de la Cecilia del futuro; mañana sabré si lo que siento es real o solo es por el vino de Ramón, que estaba malo, pero que Lara ha dicho que estaba bien y que, por un momento, un solo momento, bebiendo el mismo vino malo en el mismo porche mirando el mismo valle, me he creído que estaba bien. Que todo estaba bien.