Capítulo 21
Lara
Llego y la veo antes de que ella me vea a mí. Está en el corral, limpiando, tiene las dos puertas abiertas. Me quedo mirándola un momento antes de decir algo. No mucho, solo un instante observándola, lo justo para verla trabajar sin que lo sepa, para verla como es cuando no hay nadie mirándola.
Drago me delata, sale de detrás del corral corriendo y se planta delante de mí moviendo la cola, sabe quién soy, me reconoce. Yo le rasco detrás de las orejas y le digo «hola, bonito» en voz baja, pero no lo bastante, porque Cecilia levanta la cabeza y me ve.
Me ve y hace algo que dura menos de un segundo, pero que yo veo porque estoy mirando y porque llevo todo el día pensando en ella, no reconocería que quizá sea una semana. Se le mueve algo en el rostro, es como si la comisura de la boca se le moviera a un lado. No llega a ser una sonrisa, pero casi.
—Hola —saludo.
—Hola.
Un silencio, solo de miradas. Cecilia deja la pala y va a la puerta, yo me quedo de pie detrás de la valla, separada por unos metros; Drago sigue pegado a mí.
—He venido a darte las gracias —digo.
—¿Las gracias? ¿Por qué?
Lo dice con la cara más inexpresiva que he visto en mi vida, y si no la conociera, pensaría que de verdad no sabe de qué le hablo, pero la conozco.
La estoy empezando a conocer, que es una frase peligrosa porque implica que quiero seguir conociéndola, pero es una realidad que eso es lo que quiero hacer.
—Por el queso y los tomates.
—¡Ah! Eso.
Como si fuera un trámite, como si no hubiera bajado con la intención de dejar eso en la puerta de mi casa.
—Tenía de sobra —dice, y vuelve a coger la pala—. Iba a tirarlo.
Miente, sé que miente como sé que dos más dos son cuatro, con una certeza que no necesita nada más.
Miente porque el queso no era uno que sobraba, era perfecto, fresco, hecho con cuidado, envuelto en un trapo limpio y no en papel marrón como los de Carmen.
Nadie pone en un paño blanco algo que va a tirar, y los tomates están perfectos, pero no le digo que miente, no la desenmascaro.
No le digo «ese queso está perfecto y lo sabes y yo lo sé y las dos sabemos que no ibas a tirarlo», porque si le digo eso la pongo contra la pared y si lo hago se cierra y si se cierra, pierdo el agujero por el que se ha colado el queso y los tomates, pierdo esa rendija que se ha abierto en el muro y que es frágil, que es nueva, que puede cerrarse con un portazo si aprieto demasiado.
Así que le sigo el juego, porque a veces seguir el juego es la forma más generosa de quererla.
—Bueno, pues gracias de todas formas, estaba muy bueno.
Cecilia gruñe algo que podría ser «de nada» o podría ser cualquier otra cosa, es imposible saberlo con ella.
Sigue limpiando con la pala, yo me quedo y me apoyo en la valla, no me voy.
Desde aquí veo a Cecilia trabajar, así que me quedo mirándola sin decir nada, ella tampoco dice nada, solo limpia y yo la miro.
Todo sigue alrededor, las ovejas pastan, Drago está echado tranquilo y yo sigo observándola.
—¿Vas a quedarte ahí mirándome? —pregunta Cecilia sin levantar la cabeza.
—Sí.
—¿No tienes cosas que hacer?
—Es sábado —respondo.
—Las ovejas no saben qué día es.
—Pero yo no tengo ovejas —digo encogiéndome de hombros.
Cecilia no contesta y sigue trabajando, pero la comisura, otra vez, se mueve, ese temblor mínimo que se asoma, que se deja ver un instante antes de esconderse.
Me quedo apoyada en la valla mientras Cecilia limpia el corral completo sin hablarme, sin mirarme, sin darme ninguna señal de que mi presencia le afecta de alguna manera, pero tampoco me echa.
No me dice que me vaya, no me dice «ya has dado las gracias, puedes irte», no me ha ignorado del todo tampoco, porque de vez en cuando me mira de reojo, solo unos segundos, como para comprobar que sigo ahí, para asegurarse de que no me he ido, y cuando lo comprueba, sigue con su trabajo.
Es la situación más rara que he tenido en mi vida, es rara porque no es incómoda.
Debería serlo, debería ser incómodo estar de pie apoyada en una valla mirando a una mujer que no te habla limpiar mierda de oveja de un corral, debería ser extraño, absurdo, y debería querer irme, pero no quiero, estoy bien aquí.
Cuando termina de limpiar, Cecilia sale empujando la carretilla hasta el montón de estiércol que ya tiene, lo vacía, vuelve y deja la carretilla. Se limpia las manos en los pantalones y me mira.
—¿Quieres un vaso de vino?
Lo dice como si estuviera preguntando la hora, pero me está invitando a un vaso de vino. Cecilia, la mujer que no invita a nadie a nada, que vive sola en una montaña, esa Cecilia me está ofreciendo un vaso de vino un sábado por la tarde como si fuera algo que hace todos los días.
—Vale —digo.
Un monosílabo, porque a veces las mejores respuestas son las más cortas, porque si le digo «sí, me encantaría, gracias por invitarme», suena a demasiado, suena a que le estoy dando importancia, y con Cecilia la importancia hay que dosificarla, hay que dársela en cantidades pequeñas.
Salto la valla y vamos hasta su casa, yo me quedo en el porche y ella entra a buscar la botella de vino.
Mientras espero, miro y veo cómo se ve todo el pueblo desde ahí, son las mejores vistas que he visto desde que he llegado a este pueblo.
Cuando sale, sirve el vino en los vasos, las dos seguimos en silencio bebiendo vino.
—¿Es de aquí? —pregunto.
—Es de Ramón, lo hace él, pero no está muy bueno.
—Está bien el vino.
—Está regular —rebate.
—Está bien para un sábado por la tarde.
Cecilia no sonríe, pero hace algo con los ojos, algo como «acepto tu veredicto, aunque no estoy de acuerdo», y bebe del vaso mientras mira al valle.
—¿Por qué aceptaste el trabajo en este pueblo? —pregunta sin mirarme.
—Porque necesitaba un trabajo, y ahora también sé que no podía seguir donde estaba.
—¿Tenerife?
—Sí, la capital. Cuando me dijeron de venir aquí, me pareció una pésima idea, pero necesitaba trabajo y lo acepté. No voy a decir que cuando vine fue fantástico, todo lo contrario, fue un horror, quería irme, pero me di la oportunidad y, bueno, creo que he aprendido a amar este pueblo.
—Al pueblo —repite ella en un susurro.
—Al pueblo y a su gente.
Cecilia me mira, ahora sí lo hace y siento cómo algo dentro de mí se mueve, aunque no quiera, lo hace.
—¿No es complicado dar varias clases en una misma?
—No, creía que sí, discutí con Sergio por eso, pero al tener pocos alumnos, sé lo que necesita cada uno. Sé que a Balti le gusta desmontar cosas, que Hugo tiene hiperactividad y sé cómo gestionarla, que Adrián quiere a Pepe más que…
—¿Pepe? —pregunta entrecerrando los ojos.
—Una lagartija —digo y sonrío—. Sé lo que cada niño necesita, y eso en un colegio grande de ciudad no pasa; aquí sí. También puedo enseñar los animales directamente en el medio, no hay que pasar grandes protocolos para sacarlos del colegio.
—Por eso los trajiste a la finca.
—Sí, por eso.
—¿Y no echas de menos la ciudad? —pregunta Cecilia, y me mira directamente.
—Echo de menos el mar, echo de menos poder bajar a la playa andando, las terrazas, el ruido y el bullicio, solo a veces, cuando llevo mucho rato sola y la casa es muy silenciosa. Echo de menos a mi amiga, que no entiende cómo sigo aquí; echo de menos cosas, pero no echo de menos cómo me sentía.
—¿Cómo te sentías?
—Invisible.
La palabra sale sola y se queda ahí. Invisible, no se me ocurre otra forma de decirlo.
Cecilia no dice nada, y creo que la conversación ha terminado, que hemos llegado al límite de lo que Cecilia puede soportar en términos de intimidad con otra persona, y que ahora va a decir algo práctico sobre el vino, las ovejas o el tiempo para cambiar de tema, pero no lo hace.
—Yo me sentía demasiado visible.
Lo dice en voz baja, casi para sí misma, casi como si estuviera pensando en voz alta y se le hubiera escapado.
No le pregunto qué quiere decir, no le pido que se explique, no la empujo, dejo la frase ahí, en el aire, entre las dos, como algo que ella ha puesto y que yo no voy a tocar a menos que ella me deje.
—Los atardeceres aquí son bonitos —dice después, con ese tono de quien cierra una puerta suavemente para que no haga ruido.
—Son los mejores que he visto.
—¿Los mejores? —pregunta.
—Los mejores.
—No has viajado mucho —asegura sonriendo, como me gusta cuando su boca se curva y se le escapa esa sonrisa.
—He viajado lo suficiente para saber cuándo un atardecer es bonito.
El tiempo pasa de esa forma en que pasa cuando estás bien en un sitio, rápido, como si el reloj tuviera más velocidad de lo normal. Hablamos un poco más, de cosas pequeñas, del pueblo, de cómo funciona, de los atardeceres, de cómo cada día es distinto.
No le pregunto de qué huía ella, no le pregunto qué significa ser demasiado visible, nada que no pueda responder sin dolor, porque he aprendido eso de ella, he aprendido que con Cecilia la paciencia no es una virtud, sino una necesidad, que empujarla es perderla, que la única forma de entrar es dejar que ella abra desde dentro.
—Me voy, que se hace de noche y no quiero bajar a oscuras.
—Hay una linterna en la cocina si la necesitas —indica.
—No la necesito, todavía hay luz.
—Como quieras.
Me mira desde la silla sin levantarse y con una expresión que no sé leer, pero que quiero aprender a leer si me deja, si me da tiempo, si no cierra el muro antes de que yo encuentre la puerta.
—Gracias por el vino —digo.
—Era de Ramón.
—Gracias por el vino de Ramón, y por el queso y los tomates que ibas a tirar.
No dice nada, simplemente asiente, como muchas veces hace la gente de este pueblo, un gesto que ya he ido aprendiendo, no solo en ella, sino en el resto de la gente.
Camino para llegar a la valla, pero esta vez no saltarla, sino para abrir la pequeña puerta y salir hasta el camino.
Voy pensando en lo que acaba de pasar, en la conversación, en cómo Cecilia me ha dejado pasar hasta el porche de su casa, su lugar.
Y entonces siento algo blando bajo el pie, miro y veo que he vuelto a pisar una caca de Drago.
—¡Ya te dije una vez que miraras por dónde pisas!
La voz me llega desde arriba, desde el porche, me doy la vuelta y la veo de pie mirándome. Ella ha estado mirándome mientras caminaba, ha estado observándome mientras yo pensaba en ella.
Me giro para seguir caminando y le levanto el dedo corazón sin mirarla, mi brazo en alto, y entonces la oigo.
La risa de Cecilia. Una risa de verdad, que me acompaña mientras bajo, mientras camino con la suela manchada de mierda y el dedo ya bajado.
Bajo con la sonrisa más grande que he tenido en tres meses y medio en este pueblo, una que no le enseño porque estoy de espalda y ella no puede verla, una sonrisa que es mía, que me la guardo, que me la llevo cuesta abajo junto con el sonido de su risa.
Ese sonido me sigue hasta que llego a mi casa, me siento en el sofá y siento cómo la cosa esa, la que late; creo que sé cómo se llama, pero no lo digo en alto todavía.
Simplemente, lo dejo ahí en el pecho latiendo, caliente, vivo, porque ya habrá tiempo para ponerle nombre.