Capítulo 20
Lara
El sábado voy al mercado que lo hacen en la plaza del pueblo, que en realidad son cuatro puestos con verduras, otro de miel, hay una señora que vende mermeladas y la de higos son las mejores, y un señor que trae pescado.
He comprado caballas para hacérmelas para almorzar, aunque no tengo ninguna gana de cocinar, y mucho menos que todo me huela a pescado, pero tengo la mala costumbre de comer, así que comeré eso.
Llego a mi casa y veo una bolsa en la puerta.
Es algo que alguien ha puesto ahí a propósito, me agacho y la abro, veo los tomates y algo envuelto en un paño blanco, que es un queso.
Reviso la bolsa y no hay nota, no hay nombre, no hay nada que me diga quién ha dejado esto aquí.
Me incorporo y miro la calle a los lados como si así pudiera encontrar a alguien, pero nada, no hay nadie.
Entro en la casa y dejo la bolsa del pescado en la nevera, mientras la otra la pongo encima de la mesa.
Saco el queso, le quito el trapo y veo que es tierno, en ese momento la boca se me hace agua y voy a por un cuchillo.
Cuando lo pruebo, sé que es el mejor que he probado nunca y que alguien le ha puesto mucho amor para hacer algo así.
Después saco los tomates y los huelo, como si fuera una droga, huele a tomate, pero de verdad.
Me siento en la silla y dejo todo encima de la mesa y pienso: ¿quién?
La primera persona que pienso es Eloísa, porque ella me ha dejado cosas antes, pero Eloísa deja nota, y ella no hace queso, tampoco da sus tomates.
Carmen tampoco, ella los vende, no los regala.
Podría ser Ramón, que tiene cabras y de vez en cuando hace algún queso, pero el de él sabe distinto, es más seco.
Queda una posibilidad, pero la descarto inmediatamente porque no tiene sentido. No puede ser que Cecilia baje a dejar un queso a mi puerta sin dejar nota, sin llamar, sin decir nada. No tiene ningún sentido. La mujer que me echó de su finca con un monosílabo no puede ser ella.
Escucho ruido fuera, abro la puerta rápido y veo a Sergio.
—Hola —saludo.
—Hola.
—¿Tú me has dejado algo en la puerta de la casa?
Sergio me mira entrecerrando los ojos sin entender muy bien lo que le estoy preguntando.
—¿Yo?
—Sí, un queso y unos tomates.
Sergio se ríe como si le estuviera contando algún chiste gracioso.
—Yo no regalo un queso ni borracho, y mira que en este pueblo me he emborrachado alguna vez, sobre todo en las fiestas, y ni así regalo yo un queso.
—Me han dejado eso en la puerta.
—¿El queso envuelto en un paño blanco?
—Sí.
Sergio me mira y veo la sorpresa en su expresión.
—Eso es de Cecilia.
—¿Cecilia? —repito su nombre.
—Sí, una vez trajo un queso para probarlo, lo dejaba en el bar de Carmen y lo probamos y siempre los traía así, envuelto en un paño.
—Pero Cecilia no…
—Cecilia no hace eso, pero lo ha hecho contigo —responde encogiéndose de hombros.
Sergio me mira antes de entrar a la casa y sonríe, sigue sin creerse que me han dejado eso en la puerta.
—Sabes, llevo tiempo aquí, y jamás, pero nunca he visto a esa mujer regalarle nada a nadie.
Ni un queso, ni un tomate, ni un buenos días.
Le vende queso a Carmen, le deja algo a Eloísa de vez en cuando porque Eloísa es Eloísa y nadie le dice que no a ella, pero regalos, así, de dejar algo en la puerta de alguien sin que se lo pidan, eso no lo ha hecho nunca, que yo sepa, y sé bastante.
Me quedo callada; Sergio me mira esperando que diga algo, pero no tengo nada que decir.
Algo me pesa en el pecho, algo que no sé definir, que no tiene un nombre claro, algo que está entre la sorpresa, la emoción y la confusión.
Es como la sensación de que alguien ha hecho algo por ti que no tenía que hacer, que no le has pedido, que no esperabas, y que ese alguien es precisamente la última persona del mundo de la que esperarías un gesto así, y eso lo hace más grande, porque un queso y unos tomates no son nada, son una tontería que la gente del pueblo se deja en las puertas cada semana, pero viniendo de Cecilia es como si me hubiera dejado las llaves de su casa, o peor, las llaves de algo que lleva cerrado mucho más tiempo que cualquier casa.
—¿Estás bien? —pregunta.
—Sí, estoy bien.
—Tienes cara de que te pasa algo, pero no sé si eso está bien o no.
—Yo tampoco lo sé.
Sergio pasa la mano por mi hombro y con una sonrisa se mete en la casa y yo hago lo mismo.
Cuando estoy dentro, pienso en la conversación, en cómo me ha asegurado que Cecilia no ha hecho eso con nadie.
Esa palabra se repite en mi cabeza, él lleva años aquí y no lo ha hecho con otras personas de aquí, y yo que llevo tres meses y medio aquí, me ha dejado algo en la puerta.
No sé qué hacer con esa sensación que me produce, con esta cosa en el pecho que no se va, que se queda ahí como una piedra caliente, como algo que no se nota, que ocupa sitio, que me recuerda que está cada vez que respiro.
No sé si es gratitud, ternura, asombro o esa emoción que no tiene nombre que sientes cuando alguien que parece hecho de piedra resulta que no es de piedra, y que debajo de todo eso hay algo blando, algo vivo, algo que puede doler y que por eso ha levantado un muro, y tú lo ves, lo ves asomar por una grieta que no existía ayer, y no sabes si mirarlo directamente o fingir que no lo has visto para que no se cierre otra vez.
No puedo quedarme en mi casa con esta sensación en el pecho y no hacer nada, no soy de no hacer nada, no soy de dejar las cosas sin respuestas, sin cerrar, sin atenderlas.
Si alguien me da algo, le doy las gracias, si alguien hace un gesto, lo reconozco, así me educaron, así funciono, así soy, y además, quiero verla.
Quiero verla y eso me desconcierta porque hace tres meses y medio esa mujer ni me saludaba, y los meses iban pasando e iba sacando poco a poco algo de ella, pero jamás pensé que podía regalarme algo.
Me cambio de ropa y no sé por qué lo hago, quizá sí, y no quiero reconocerlo; quiero que me vea bien.
Me pongo unos vaqueros y una camiseta, me miro en el espejo del baño y me digo a mí misma que no estoy arreglándome para subir a la finca de Cecilia, que simplemente lo hago porque estaba en pantalón corto y es más cómodo así.
Yo misma sé que estoy mintiendo, pero me dejo creer la mentira porque es más cómoda que la verdad.