Sin cobertura Capítulo 19
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Capítulo 19

Cecilia

El problema de vivir sola es que no tienes a nadie que te distraiga de ti misma y, cuando vives así y tu cabeza se engancha en algo, estás perdida.

Llevo cuatro días así, cuatro días desde la excursión, desde los niños, desde la mierda de Drago en uno de los niños.

Cuatro días en los que he ordeñado, he limpiado, he arreglado algunas cosas que tenía pendientes, he preparado el queso, he bajado un pedido a Carmen, he hecho todo lo que tenía que hacer como siempre, pero mi cabeza no es la de siempre, está en otro sitio, está en un camino de tierra con ella y los niños.

Intento pararla, como lo hago con todo lo que no me conviene: con trabajo, con rutina, con la disciplina que me he impuesto desde que llegué aquí y que consiste en no dejar que nada que no sea productivo ocupe espacio en mi día.

Me levanto a las cinco, ordeño las ovejas, después las suelto para que pasten, limpio, miro el huerto, elaboro el queso, me preparo la comida, vuelvo al trabajo y, una vez termino, me hago la cena, me baño y a la cama.

Eso es mi día durante cinco años, desde que decidí que nadie más me haría daño.

Cada cosa que hago ocupa tiempo y por eso no hay hueco para nada que no esté en la lista, no hay grietas por las que se pueda colar nada que no haya autorizado.

Su imagen se cuela sin permiso; lo hace mientras limpio, cuando ordeño, cuando hago queso, ella está ahí y sonrío, al recordarla, al ver esa sonrisa.

Recuerdo cada cosa que hizo ese día, cómo limpiaba al niño, cómo me miraba cuando explicaba las cosas, cada gesto. Me ha hecho algo que no quiero nombrar.

Dejo lo que estoy haciendo y me apoyo en la pared del corral con las manos en la cintura y la cabeza echada hacia atrás mirando las vigas del techo.

Respiro, o al menos lo intento, pero no logro calmarme, porque ella sigue ahí, en mi cabeza taladrándome.

Vuelvo al trabajo, y la imagen vuelve otra vez; esta vez son sus ojos, no los de cuando me provocaba en la tienda, no los de cuando me ha dicho «estamos en un camino público» con esa sonrisa de quien sabe que te ha ganado la partida.

No esos ojos, los otros, los de después, los de cuando me he sentado en el suelo con los niños y les he explicado cómo se llaman algunas de las ovejas, cómo nacen los corderos y cómo hay que tener paciencia con ellas hasta que confían en ti.

Los ojos que tenía Lara mientras me escuchaba hablar, de pie al otro lado del semicírculo, sin decir nada, sin interrumpir, solo mirando.

Esos ojos brillaban cuando veía que cada niño aprendía algo, cada vez que uno de los críos abría la boca asombrado para tocar a Canela, cada vez que se hacían preguntas entre ellos y se contestaban con esa lógica disparatada que tienen los niños de esa edad.

No puedo fingir que no lo he visto porque sería mentira, y he visto a una mujer que ama lo que hace y eso me duele, sé que no debería, porque ver a alguien que ama lo que hace debe de estar bien, porque yo también amo lo que hago, con las ovejas, con la finca y con mi soledad.

Sé que debería alegrarme y no dolerme, pero me duele porque me recuerda algo, algo que yo antes tenía.

Conectar con la gente. Hubo un tiempo en que yo sabía cómo estar con personas sin que me costara, sin que me doliera, sin que cada interacción fuera un ejercicio de supervivencia emocional del que salía agotada.

Hubo un tiempo en que yo sabía mirar a alguien a los ojos y dejar que me mirara sin sentir que me estaban robando algo, que tenía amigas con las que me reía, compañeras con las que hablaba, gente a mi alrededor que sabía cosas de mí y a la que yo dejaba saber cosas de mí, y eso no me parecía peligroso, me parecía normal, me parecía lo que era: vivir.

Eso cambió cuando aprendí que dejar entrar a alguien es darle la llave de un sitio que luego puede destrozar. Aquí aprendí a desconectar de todo, incluso de la gente, de que no va a haber conversaciones incómodas a las tres de la mañana con un «tenemos que hablar».

Pienso en la frase que le dije antes de marcharse, la he soltado sin pensarlo: «La próxima vez, avisa», y en lo que significa, en lo que he dejado entrar con esas cuatro palabras.

Porque esa frase implica que habrá una próxima vez, implica que lo acepto, que la puerta que tenía cerrada ahora tiene una rendija y que la he abierto yo, con mi propia voz, con mi propia boca, sin que nadie me obligara. Y lo peor es que no quiero cerrarla.

No quiero cerrar esa rendija, no quiero fingir que el lunes no existió, que no me he sentado en el suelo con los críos que me hacían preguntas sobre ovejas, que no me he reído con la risa más pura que he tenido en cinco años, que no he visto a una mujer mirarme con asombro cuando me ha oído reír, como si mi risa fuera algo valioso, algo que merecía ser presenciado, algo que ella quería guardar.

No quiero cerrarla, pero no sé cómo abrirla más sin que todo se caiga.

Porque eso es lo que pasa cuando abres puertas: se cae lo que hay detrás, se cae todo lo que has apilado contra ella para mantenerla cerrada.

Todos los años de silencio, de distancia, de monosílabos que he usado como ladrillos caen y lo que queda eres tú, desnuda, sin muro, sin protección, solo tú y lo que sientes, y lo que siento me da miedo.

No a Lara, no a los niños, el miedo es a lo que me han hecho sentir, que es algo mucho peor, porque a Lara puedo evitarla, a los niños puedo no verlos, pero lo que siento está dentro de mí y no puedo evitarme a mí misma por mucho que lleve cinco años intentándolo.

Algo se ha movido, algo dentro de mí, y no puedo volver a ponerlo donde estaba.

Hoy es sábado, lo que significa que hay mercado, que la gente va a comprar, vender y a hablar, eso es lo que más les gusta hacer en este pueblo, hablar, intercambiar información sobre quién ha hecho qué, quién ha dicho qué y quién ha visto a quién.

Yo normalmente evito los sábados por la mañana precisamente por eso, porque yo no hablo y ellos lo saben.

Pero hoy tengo que bajar porque necesito comprar café y porque tengo que dejarle unos quesos a Carmen.

Esas son las razones oficiales, las que me digo a mí misma mientras cargo la camioneta con los quesos, esas son las razones prácticas y productivas que justifican el viaje y que no tienen que ver con nada más.

Bajo y llego a la tienda de Carmen, donde dejo la mercancía y compro lo que necesito.

Vuelvo al coche, me subo, pero no lo enciendo, no arranco, no voy a mi casa, donde todo es mío, todo está en orden y nada me confunde.

No me voy porque antes de bajar he hecho algo.

Después de cargar todo lo de Carmen, he vuelto a coger un queso tierno, uno que hice el jueves, y no lo he envuelto en el papel de estraza como los de Carmen, lo he envuelto en un paño de algodón blanco.

También he cogido seis tomates de la huerta, de los buenos, de los que no llevo a la tienda, porque los dejo que se maduren directamente en la mata, de esos he cogido.

Todo lo que he cogido no es lo que normalmente vendo, el queso también lo había hecho para mí, eso me dije mientras lo apretaba.

La realidad es que no son para mí, saco la bolsa de al lado del copiloto y camino por la calle principal hasta llegar a la casa de Lara.

Sé cuál es porque en este pueblo se sabe, aunque no lo preguntes.

Paso por delante y tiene las ventanas cerradas, pienso que quizá ha salido, que fue a la ciudad o que está haciendo cualquier cosa que hago los sábados por la mañana.

Me paro en su puerta y miro a mi alrededor, no hay nadie, nadie me ve.

Estoy sola delante de la puerta de Lara con un queso y seis tomates, mi corazón late más rápido de lo que debería latirme para estar haciendo algo tan sencillo como dejar una bolsa en el suelo.

Dejo la bolsa y no dejo nota, no pongo mi nombre en ningún sitio, porque si pongo mi nombre es un regalo y si es un regalo es algo personal y si es así significa algo y no quiero que signifique nada.

Quiero que sea un queso y tomates en una puerta, quiero que sea lo que es y nada más.

Aunque ambas sepamos que, es más, aunque ella va a saber que soy yo porque nadie más en este pueblo hace queso fresco envuelto en un trapo blanco.

Lara va a llegar a su casa y va a ver la bolsa y va a saber que soy yo, y no sé qué va a pensar, qué cara va a poner, no sé si va a sonreír o va a extrañarse.

No sé cómo se va a sentir, y no quiero saberlo.

Llego a la casa y Drago me recibe moviendo la cola y golpeando mi muslo con el hocico; yo le pongo la mano en la cabeza acariciándolo y diciéndole «ya estoy aquí, pesado», como siempre.

—No me mires así —le digo.

No sé qué me está diciendo su mirada, pero sé que me está diciendo algo, porque Drago siempre sabe cosas que yo no quiero que sepa.

Sigo en el porche y pienso en lo que he hecho. Hoy esta soledad tiene un agujero, uno pequeño, por donde entra un aire que no entraba antes y que huele a algo que había olvidado cómo olía. Huele a la posibilidad de que las cosas cambien, y eso me aterra, pero no quiero cerrar ese agujero.