Sin cobertura Capítulo 18
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Capítulo 18

Lara

Bajo con los niños por el sendero y no me giro, no lo hago porque sé que si me giro voy a mirarla y si la miro voy a querer quedarme, y no puedo hacer eso, porque soy responsable de llevar a cinco niños sanos y salvos al colegio para que sus padres vengan a recogerlos, pero noto su mirada en la espalda, la siento como cuando el sol te da en la nuca, caliente, constante, imposible de ignorar.

Ha dicho, «la próxima vez, avisa», y eso implica que puede haber una próxima vez, que no me ha cerrado la puerta, que algo de lo que ha pasado esta mañana ha movido cosas dentro de ella, aunque probablemente no lo admita nunca, ni siquiera a sí misma.

—Seño, ¿estás contenta? —pregunta Nerea.

—Sí, estoy contenta.

—Se nota —afirma.

—¿Por qué se nota?

—Porque estás sonriendo —dice encogiéndose de hombros, como si sonreír después de ver a Cecilia fuera lo más normal del mundo.

Me muerdo el labio inferior, y no digo nada, porque si abro la boca voy a soltar algo cursi que después me arrepentiré de haber dicho delante de un grupo de niños que tienen una memoria de elefante y que son capaces de repetírselo a sus padres palabra por palabra.

Llegamos al colegio y los padres están esperando.

La madre de Hugo me pregunta qué han hecho y Hugo se adelanta a contarlo todo a gritos, con gestos, con efectos de sonido, con una narración que incluye ovejas, caca de perro, una señora que habla con los animales y una oveja que se llama Canela que es blandita por dentro.

La madre me mira con una mezcla de diversión y horror, sobre todo cuando Hugo llega a la parte de la caca.

—Se lo ha pasado genial —le digo, que es lo único que necesita saber.

El padre de Adrián me da las gracias por sacarlos, me dice que estos niños necesitan estar más en el campo y menos encerrados, que ojalá se hiciera más salidas así.

Asiento sonriendo y por dentro pienso que ojalá fuera tan fácil como él cree, que ojalá organizar una excursión no implicara enfrentarse a una mujer que dice que no antes de que termines de hablar.

Cuando el último niño se va, entro en el colegio y voy a la sala de profesores. Sergio está ahí, con los pies encima de la mesa y un café en la mano, mirándome con esa cara que pone cuando sabe que tiene razón, pero está esperando a que yo se la dé.

—Estás viva —dice.

—Estoy viva.

—¿Se ha montado la gorda? —pregunta.

—No se ha montado nada —respondo y me siento en la silla frente a él.

—¿Nada?

—Bueno, vino y me dijo «te dije que no» y yo pensé que era el momento de coger a los niños y salir corriendo, pero entonces Balti se acercó a una oveja, se tropezó y se llenó de caca de su perro.

—¿De Drago? —pregunta Sergio, con los ojos muy abiertos.

—Sí, y la cosa es que después de eso, no sé, algo cambió. Los niños empezaron a hacerle preguntas y ella… contestó. Se sentó en el suelo y les habló de las ovejas, de cómo se cuidan, de cómo nacen los corderos, todo.

Sergio baja los pies de la mesa y me mira asombrado.

—¿Cecilia se sentó con los niños?

—Sí.

—¿Con las piernas cruzadas, en el suelo? —pregunta como si estuviera procesando todo lo que le acabo de contar.

—Sí.

—Joder —dice, recostándose en la silla—. En el tiempo que llevo aquí no la he visto sentarse con nadie que no sea su perro.

—Pues hoy se ha sentado con cinco niños y les ha explicado que las ovejas reconocen la voz de su dueño.

Sergio se queda en silencio un momento, procesando lo que le estoy contando, y yo aprovecho para servirme un café porque lo necesito, lo necesito más que nunca, porque llevo toda la mañana funcionando con adrenalina y ahora que ha bajado, el cansancio me pesa en todo el cuerpo.

—¿Y al final qué? ¿Os ha echado? —pregunta.

—No, incluso cuando nos íbamos me dijo «la próxima vez, avisa».

—¿La próxima vez? —repite, y ahora se le dibuja una sonrisa en la cara como si algo le divirtiera.

—Eso ha dicho.

—Lara, ¿eres consciente de lo que has conseguido?

—No he conseguido nada, Sergio. He ido sin su permiso, se ha encontrado con cinco niños en su montaña, uno de ellos se ha caído en la mierda de su perro y ella ha tenido la decencia de no echarnos a gritos. Eso no es un logro, eso es suerte.

—No es suerte —dice negando con la cabeza—. Cecilia no hace nada que no quiera hacer. Si se ha sentado con los niños, es porque ha querido y si ha dicho «la próxima vez», es porque quiere que la haya. Eso, viniendo de ella, es mucho.

No contesto, pero sus palabras se me quedan dentro, como las de Carmen cuando me dijo que un «buenos días» de Cecilia era prácticamente una declaración de amistad.

Todo en esta mujer se mide con una escala diferente, como si las cosas que para el resto del mundo son normales, un saludo, una conversación, una sonrisa, para ella fueran actos enormes que le cuestan un esfuerzo que nadie ve.

Llego a mi casa y dejo la mochila en la entrada.

Pienso en lo que ha pasado, en cómo me ha sorprendido la risa de Cecilia porque no me la esperaba, porque ella no se ríe delante de nadie y eso lo sé no porque me lo hayan dicho, sino porque llevo semanas observándola y lo único que he visto en su cara ha sido seriedad, indiferencia y, en el mejor de los casos, un asentamiento que equivale a un «buenos días».

Pero hoy se ha reído, de verdad y realmente le ha cambiado la cara, tanto que parecía otra persona, una que no conocía y me ha encantado verlo, aunque después se haya escondido de nuevo tras esos muros que ha levantado.

Pienso en esos malditos ojos oscuros que no dan nada y que hoy han dado algo, un destello, una rendija por la que he podido ver algo que está detrás, algo que ella no quiere enseñar y que se le ha escapado igual que la risa, sin permiso, sin control, sin posibilidad de recuperarlo una vez fuera.

Cojo el móvil necesito escribirle a Sonia, necesito a mi amiga.

Yo: Sonia, hoy ha pasado algo.

Tarda unos minutos, pero no contesta, me llama directamente.

—Cuéntamelo todo —exige cuando descuelgo.

—Subí con los niños a la finca de Cecilia, a pesar de que ella me había dicho no.

Cuando nos escuchó salió y yo pensaba que nos iba a echar, pero entonces Balti se ha caído en una caca de perro y después de eso Cecilia se ha sentado en el suelo con los niños y les ha hablado de las ovejas durante más de una hora. Se ha reído, Sonia, la he visto reírse.

—Espera, ¿la tía que no te habla, que te dijo que no, que te mandó a callar en la tienda, se ha sentado en el suelo y se ha reído?

—Sí.

—¿Y qué ha pasado después? —pregunta con curiosidad.

—Al irnos me dijo que la próxima vez avisara —digo sin todavía creerme que oí eso.

—O sea, que quiere que haya una próxima vez.

—Eso parece —respondo.

—Lara.

—¿Qué?

—¿Cómo te has sentido? —pregunta y su voz se suaviza.

—¿A qué te refieres?

—Cuando la has visto reírse. ¿Cómo te has sentido?

Me quedo en silencio pensando en la respuesta, no quiero mentirme, no quiero adornar la realidad y, sobre todo, no quitarle importancia como hago siempre que algo me asusta.

—Como si hubiera algo que nadie más ha visto, algo que ella no quería que viera.

—Lara, cariño, te voy a hacer una pregunta y quiero que pienses antes de responder.

—Vale.

—¿Te gusta Cecilia?

Trago saliva, pienso en la pregunta, aunque sé que no tengo que hacerlo mucho, porque algo dentro de mí sabe la respuesta, pero estoy confundida, por todo.

—No lo sé —respondo.

—Eso no es un no.

—Tampoco es un sí.

—Lara —comienza a decir—, llevas semanas hablándome de esa mujer.

Me has contado cómo camina, cómo te mira, cómo no te mira, cómo te habla, incluso descrito sus manos, cómo va vestida, el color de sus ojos.

Tú y yo sabemos que has subido a su finca como excusa, y ahora me dices que verla reírse te ha hecho sentir como si hubieras visto algo que nadie más ha visto.

Eso no es un «no lo sé», Lara. Eso es que estás acojonada, que no quieres admitirlo.

Me muerdo los labios, porque es verdad lo que dice, y cuando alguien que te conoce te la dice sin adornos, no puedes mirar hacia otro lado por mucho que quieras.

—Sonia, es una mujer que vive sola en una montaña con ovejas y que no me habla, eso no es un escenario romántico que digamos.

—Esos escenarios están sobrevalorados. Aquí lo único que importa es lo que sientes cuando la miras.

—Siento ganas de estrangularla y abrazarla al mismo tiempo —admito.

—Eso, querida, es el principio de todo.

—O el principio de un desastre —replico.

—A veces es lo mismo. Ahora te tengo que dejar. Buenas noches, valiente.

—No me llames valiente, porque estoy aterrorizada.

—Eso es ser valiente, admitirlo —asegura—. Te quiero.

—Yo también, pesada.

Dejo el móvil y miro al techo. No me gusta Cecilia, no puede gustarme, no tiene sentido que me guste, es una mujer que me trata como si fuera un estorbo, que habla con monosílabos, que vive rodeada de ovejas y que me ha mandado a callar delante de Carmen por preguntarle por un queso.

Pero la realidad es que también es otras muchas cosas que he visto hoy.

No me gusta Cecilia, me lo repito lavándome los dientes, mientras me pongo el pijama, mientras me meto en la cama y apago la luz.

No me gusta, me lo repito una última vez antes de cerrar los ojos.

—No me gusta —susurro.

Lo que pasa es que no me lo creo.