Sin cobertura Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

Las preguntas salen una detrás de otra, sin pausa, sin orden, sin levantar la mano, con esa urgencia que tienen los niños pequeños cuando descubren que un adulto está dispuesto a contestarles.

Quieren saber si las ovejas se pelean entre ellas, si tienen dientes, si les gusta que las acaricien, si saben nadar, si pueden subirse a los árboles.

Algunas preguntas tienen sentido y otras no, pero las contesto todas, porque cada pregunta es una puerta que un niño está abriendo y cerrarle la puerta a un niño es algo que no voy a hacer, que no puedo hacer, que no me sale.

Y no sé cuándo ha pasado, no sé en qué momento he dejado de estar con la rodilla en el suelo, al borde del semicírculo, para estar sentada en el suelo en medio de ellos, con las piernas cruzadas y las manos apoyadas en las rodillas mientras les explico cómo nacen los corderos y cómo los primeros días las madres no dejan que nadie se acerque, cómo hay que esperar, tener paciencia, darles tiempo hasta que confían en ti.

No sé cuándo ha pasado, pero ha pasado, y estoy rodeada de niños que me escuchan como si les estuviera contando el cuento más importante del mundo, y algo dentro de mí, algo que llevaba mucho tiempo cerrado, se afloja.

—¿Podemos tocarlas? —pregunta la niña del pelo rizado.

Miro hacia el cercado y ahí sigue Canela; ella es mansa, no se asusta, está acostumbrada a mí. Me levanto, me acerco a ella despacio y le pongo la mano encima y la guío despacio mientras le hablo hacia el grupo.

—Despacio —digo mirando a los niños—. Sin movimientos bruscos, las ovejas se asustan si os movéis rápido, poned la mano plana y pasadla así suave por la lana.

Los niños se levantan despacio y lo hacen como les he indicado, estoy sorprendida de que, a pesar de la edad, me hagan caso. Están calmados y eso hace que Canela esté tranquila.

—¡Está calentita! —dice uno.

—¡Y es blandita por dentro!

—¡Huele raro!

—Huele a oveja —digo—. Cada animal tiene su olor, y ellas huelen a lana, a hierba y a campo.

—Seño —dice el niño de la caca, dirigiéndose a Lara—, ¿la caca de oveja huele mal?

Lara abre la boca para contestar, pero el niño se adelanta.

—No huele mal, huele a campo.

Me río antes de poder evitarlo, lo hago con una risa que sale de algún sitio que no controlo, de algún rincón del cuerpo que no tiene cerrojo, una risa corta y real que me sorprende a mí más que a nadie porque no recuerdo la última vez que me he reído así, delante de gente, sin calcular, sin contener, sin medir el grado para que no sea demasiado grande ni demasiado visible.

Es una risa que se me escapa como se escapa el aire de un globo cuando lo pinchas, rápida e inevitable, y cuando sale me siento más ligera, como si pesara menos kilos, como si la risa se hubiera llevado algo al salir.

Levanto la vista y Lara me está mirando de una forma que no me ha mirado antes.

No con curiosidad ni con desafío ni con esa provocación controlada de antes.

Me está mirando con algo que parece asombro, como si estuviera viendo algo que no esperaba ver, algo que no encaja con lo que creía saber de mí, y sus ojos están muy abiertos y tiene los labios separados.

Me fijo en su nariz, que tiene pecas, que no sabía que tenía pecas, que no debería estar fijándome en si tiene pecas o no.

Aparto la mirada y vuelvo a los niños, les explico cosas, les digo que la lana se esquila una vez al año, en primavera, cuando hace calor y las ovejas necesitan quitarse el abrigo.

Les explico que las ovejas reconocen la voz de su dueño y que por eso yo les hablo, y el niño de la caca dice «yo también le hablaría a una oveja si tuviera una», y la niña del pelo rizado dice «yo quiero una oveja para mi cumpleaños», y yo no les digo que las ovejas no son regalos de cumpleaños porque no me corresponde decirlo y porque tienen una corta edad y ya habrá tiempo para las decepciones.

La mañana pasa sin que me dé cuenta, como lo hacen las buenas mañanas, esas que no quieres que se acaben.

Lara me ayuda, no me interrumpe, no me corrige, no intenta tomar el control.

Simplemente, está ahí escuchando, limpiando a algún niño que se ensucia; atenta a todo, cuida que los niños no toquen nada que no deben tocar.

Sobre las doce, Lara les dice que es hora de volver.

Los niños protestan, es como si el mundo se acabara porque tienen que volver al colegio.

Les promete que volverán, y me mira al decirlo, lo hace rápido, de reojo, para ver si yo reacciono a esa promesa, y yo no hago nada, o eso creo, porque algo en mi cara debe darle suficiente para que no se corrija.

La niña del pelo rizado se me acerca y me dice «adiós, señora de las ovejas» y me abraza por la cintura, y yo me quedo quieta con los brazos separados del cuerpo sin saber qué hacer, porque nadie me ha abrazado en mucho tiempo, y menos una persona tan pequeña.

Lara organiza al grupo en fila, los cuenta, les dice que no corran, que miren por dónde pisan, que cojan las botellas de agua, que no se separen.

Lara se gira antes de bajar y me mira. Está a diez metros de mí, con los niños en fila detrás de ella, con la mochila en la espalda.

Me quedo donde estoy, la miro de arriba abajo.

—La próxima vez, avisa —digo.

Lo hago seria, sin sonreír. Lo digo con esa voz seca que asusta a cualquiera menos a ella, esa que no admite réplica. Lara me mira y la sonrisa se asoma, esa que provoca, la de la mujer que me ha plantado cara en la tienda, aquí en mi terreno, y que no se ha echado atrás ninguna de las dos veces.

—Te avisé —dice—. Dijiste que no.

Se gira y comienza a bajar, viendo cómo se va alejando poco a poco.

No contesto, porque no tengo respuesta, porque tiene razón, porque le dije que no sin escucharla y ella ha venido igualmente, y ha pasado lo que ha pasado.

Los niños han aprendido cosas, han tocado las ovejas, se han reído y uno se lleva mierda en la ropa, y nada de eso hubiera pasado si yo hubiera dicho que sí cuando vino a pedírmelo.

Sonrío al recordar todo, solo un momento, solo mientras Lara baja y no puede verme. Después me giro y voy al corral donde tengo que terminar lo que estaba haciendo.

«La próxima vez, avisa». He dicho la próxima vez como si estuviera esperando, como si la quisiera.

—Joder.