Sin cobertura Capítulo 17
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Capítulo 17

Cecilia

Es lunes y estoy limpiando los comederos de las ovejas, ya las he ordeñado y las he soltado en el cerco de arriba para que pasten tranquilamente, mientras yo organizo todo esto, para después ir a hacer el queso.

Cuando escucho un ruido, pienso que es Drago que está haciendo de las suyas, pero cuando miro, está a mi lado, echado, feliz, como es él.

Pero después escucho algo que es inconfundible: voces, pequeñas voces que vienen del exterior.

Me quedo quieta y Drago ahora levanta la cabeza y sube las orejas atento, él también lo escucha.

Me mira y yo lo miro, los dos sabemos que aquí arriba no vienen niños, que aquí no hay nadie más que nosotros y no es fin de semana para que sean excursionistas que se han atrevido a subir sabiendo que hay carteles abajo que ponen «zona de pastoreo».

Dejo la espátula y me limpio las manos en los pantalones y salgo.

—¿Qué coño…? —susurro, cuando los veo.

Están en el camino de arriba, mirando a las ovejas.

Son pequeños, niños que saltan como si tuvieran un resorte.

Cuento y hay cinco, los escucho reír, hablarles a las ovejas como si ellas las pudieran entender.

Están a una distancia prudencial, por eso no han salido corriendo, y entonces la veo; está ahí. La profesora. Lara.

Se me para el corazón un segundo, no de emoción, no de sorpresa, lo que siento es rabia, esa que sube por el estómago, porque lo que estoy viendo no puede ser, porque le dije que no, alto y claro, no, se lo dije mirándola a los ojos sin dejar lugar a la ambigüedad, y ella se fue, la vi irse a pesar de la rabia que tenía.

Creí que mi no era suficiente, pero parece que no, porque aquí está con cinco niños y señalando a mis ovejas.

Drago sale conmigo y ve a los niños y empieza a mover la cola, porque él es un traidor que quiere a todo el mundo y que no entiende que hay gente que no debería estar aquí.

Le pongo la mano en el collar para que no se vaya corriendo hacia ellos y le digo «quieto» con una voz que sabe que hoy no estamos para juegos, y Drago se sienta a mi lado, pero sigue mirando hacia el camino con las orejas levantadas y la cola golpeando el suelo.

Camino con paso firme, a medida que me acerco, los veo mejor.

Los niños están ahora sentados en el suelo del camino, en semicírculo, y Lara está de pie frente a ellos, señalando hacia donde mis ovejas pastan.

Está hablando, está explicando algo, está dando una clase, después de que yo le dijera que no, y lo está haciendo con esa voz suya que se oye desde aquí, clara, animada, llena de una energía que me irrita profundamente porque es la energía de alguien que sabe que está haciendo algo que no debería hacer y que lo hace de todas formas porque cree que tiene razón.

—¿Veis las ovejas de ahí abajo? —está diciendo cuando llego lo suficientemente cerca para entender sus palabras—. Esas ovejas dan leche, y con esa leche se hace queso. ¿Alguien sabe cómo se hace el queso?

—¡Con una máquina! —dice uno de los niños.

—Bueno, se puede hacer con máquina, pero aquí se hace a mano, como se hacía antes. ¿Veis esa casa de ahí abajo? Ahí es donde…

—Te dije que no —la corto.

Lara se gira a mirarme y los cinco niños también, y de repente tengo diez ojos mirándome desde el suelo con esa curiosidad sin filtro que tienen los críos a esa edad, la curiosidad de quien todavía no ha aprendido que hay cosas que es mejor no mirar, personas a las que es mejor no acercarse.

Lara me mira, no hay miedo en su cara, hay algo que se parece a la preparación, como si hubiera ensayado este momento, como si supiera que iba a venir y estuviera lista para esto.

Y hay algo más, una sonrisa pequeña, controlada, que le tira de la comisura izquierda de la boca y que es pura provocación, que lo sabe ella y lo sé yo, y que me enciende la sangre como una cerilla encendida sobre gasolina.

—Estamos en un camino público, no en tu finca —dice, con un tono amable que es peor que si me gritara, porque gritarme sería honesto y esto no lo es, esto es una estrategia, esto es la voz de alguien que ha calculado cada palabra—. Los niños solo quieren ver las ovejas.

La miro, con esa mirada que ha echado a senderistas de esta montaña, con la que ha callado a gente que lleva toda la vida sin callarse, con la que mi abuela usaba para mantener a raya a un marido que le sacaba más de media cabeza.

Le sostengo la mirada sin parpadear y espero que aparte la vista, a que trague saliva, a que le tiemble algo, lo que sea, una señal de que sabe que se ha pasado, de que sabe que esto no está bien, de que mi no era un no, que lo que está haciendo es cruzar una línea.

Pero no aparta la vista, no traga saliva, no le tiembla nada. Me sostiene la mirada con esos ojos marrones que tienen un brillo que no sé nombrar y que me irrita porque no sé qué coño es, y la sonrisa sigue ahí, en la comisura de sus labios, pequeña, firme y absolutamente insoportable.

Abro la boca. No sé lo que voy a decir, pero sé que va a ser algo que va a romper esta situación, algo que va a dejar claro que aquí mando yo, que este es mi terreno, mi montaña, mi espacio, y que nadie, nadie, tiene derecho a…

—¡Seño, mira, una oveja!

El grito viene de mi lado izquierdo, me giro y veo a uno de los niños, se ha levantado sin darnos cuenta y ha bajado acercándose al vallado.

Está de pie, cerca de una de las ovejas que ha subido a pastar, ella no tiene miedo porque la cogí desde pequeñita y se crio conmigo.

Es canela, así le puse, por su color, ella no se asusta, excepto que haga algún movimiento brusco.

El niño va a tocarla y se tropieza con tan mala suerte que, al caer, se llena de mierda que hay tanto de las ovejas como de Drago, y esta creo que es del perro.

Veo cómo Lara va a ir corriendo, pero se para y lo observa, todos lo hacemos. Se limpia las manos en los pantalones y parte de la camiseta, que la pone totalmente perdida de mierda, y sonríe, como si no hubiera pasado nada.

—Seño —dice—, me he llenado de caca.

Nadie dice nada durante unos segundos, los otros lo miran, Lara lo mira, yo lo miro y él está ahí tranquilo, calmado a pesar de tener mierda en las manos y parte de la ropa.

Lara se mueve, saca algo de su mochila y veo que son toallitas húmedas y va hacia el niño para limpiarlo.

Intenta limpiar el desastre, pero la mancha de la ropa no sale, porque es mierda de Drago y eso no se va con toallitas húmedas.

Ella sigue empeñada en que va a salir, pero veo que intenta contener la risa, porque la escena fue graciosa, no cuando el niño se cayó, sino cuando nos dimos cuenta de que estaba bien, pero lleno de caca.

Muerdo mis labios, fuerte, para no reírme, para controlar esa risa que quiere salir, porque yo no me río delante de la gente, no lo hago en público, yo no me río donde puedan verme porque reírse es abrirse y eso es peligroso, y he aprendido en estos años que yo no quiero hacer más cosas peligrosas; yo hago queso, ordeño ovejas, vivo sola y no me río.

Pero no lo estoy haciendo bien, lo de contener la risa.

Lara levanta la cabeza y me pilla, con la boca torcida y el labio entre los dientes, los ojos me brillan de una forma que me delata, y ella me mira y yo la miro y, por un segundo, no somos la ganadera antisocial y la profesora entrometida, no somos la mujer que ha dicho que no y la mujer que no ha escuchado, no somos nada de lo que hemos sido hasta ahora.

Somos solo dos personas que han visto algo y que están intentando no reírse de lo mismo, y eso, ese segundo de complicidad involuntaria se siente como una grieta en un muro que yo creía impecable.

Lara desvía la mirada y yo puedo respirar, le dice algo al niño y se ríe, para después marcharse hasta donde está el resto y Lara lo sigue.

Yo decido acercarme un poco más a la valla que da al camino, no es por decisión, esto no lo he pensado, simplemente muevo mis pies y me acerco.

Veo a los niños mirándome, no soy capaz de mirar a su profesora, solo a ellos.

—¿Tú eres la señora de las ovejas? —pregunta una niña con el pelo rizado.

Ahora sí miro a Lara y ella me observa, no dice nada, simplemente está expectante, observándome, como si fuese alguien que todavía no sabe descifrar.

—Sí —respondo a la niña—. Soy la señora de las ovejas.

—¿Y cómo se llaman? —pregunta la misma niña.

—¿Las ovejas? —digo entrecerrando los ojos.

—Sí, ¿tienen nombre?

Me agacho, lo hago sin pensarlo, me pongo a su altura, con una rodilla en el suelo para que me escuchen bien. Me pongo a la altura de sus ojos y la niña me mira seria.

—Muchas tienen números —digo—. Pero algunas tienen nombre.

—¿Cuál es esa? —pregunta por la que está más cerca, la culpable de que el niño se cayera al querer tocarla.

—Esa es Canela, le puse ese nombre por el color de la lana, la críe yo en la casa, por eso no se asusta como las otras.

—¿Y esa? —pregunta otro niño señalando a una que está acostada bajo un árbol.

—Esa es la más vieja, era de mi abuelo, yo la había dado, pero pude recuperarla. Ahora tiene once años.

—Eso son muchos años —dice la niña de pelo rizado.

—Sí, es mucho para una oveja, ellas suelen vivir entre diez y doce años si las cuidas bien.

—¿Y tú las cuidas bien? —pregunta el niño de la caca.

—Intento cuidarlas lo mejor que puedo.

—¿Y qué comen? —pregunta otra niña, no la del pelo rizado.

—Hierba, pienso, algo de cereales y agua, mucha agua.

—¿Y duermen en tu casa? —pregunta ahora un niño que ha permanecido muy atento.

—No, duermen en el corral. Es esa casa de ahí abajo, la del tejado rojo, ahí duermen por la noche para que no pasen frío ni les pase nada.