Capítulo 16
Lara
No duermo bien, me paso toda la noche dando vueltas en la cama, porque mi cabeza no se apaga, porque cada vez que cierro los ojos la veo darse la vuelta después de la respuesta, y la rabia me vuelve.
Es como si acabara de pasar, lo recreo como si estuviera pasando en ese mismo instante.
Intento que mi cabeza no piense en eso, pienso en los niños, en el pueblo, en algo divertido que me haya pasado con Sonia, y es imposible, Cecilia sigue ahí, en silencio, esperando a que baje la guardia para volver a mis pensamientos.
A las cuatro de la mañana dejo de intentarlo. Me pongo boca arriba mirando el techo, aunque esté oscuro, con los ojos abiertos y la cabeza funcionando a toda velocidad, ahora piensa en posibilidades, cada una más loca que la otra y la idea llega, así sin esperarlo.
—No necesito su permiso —susurro.
Yo lo he intentado, he ido a su finca, le iba a pedir el favor educadamente, y ella simplemente no ha querido escuchar.
El «no» lo tenía preparado desde que me ha visto, y eso que no sabía lo que iba a hacer allí, pero no necesito nada.
Puedo ir a estar por el camino y mostrarles los animales a los niños, cómo se comportan, qué comen, todo explicado desde allí, sin entrar a su finca, sin dejar que ella condicione mis clases.
No necesito su permiso para enseñarles a los niños lo que hay ahí afuera. Claro que no lo necesito.
Consigo dormirme con ese pensamiento y me despierto con el sonido de la alarma, me duele todo por no haber descansado bien, pero con una determinación en mente.
Llego antes al colegio y voy a la sala para ver a Sergio, levanta la cabeza cuando me ve.
—¿Cómo fue? —pregunta.
Me siento en la silla justo enfrente de él.
—No me dejó ni hablar.
—¿No? —pregunta, aunque se le ve la sonrisa de «te lo dije».
—En cuanto le dije que venía a pedirle algo, me soltó «no» y se metió en el cobertizo, establo o lo que sea eso que tiene. No me dejó abrir la boca, no me dejó explicarle que era para los niños, no quiso oír ni una sola palabra.
—Ya —responde.
—Pero me da igual.
—¿Cómo que te da igual?
—Que me da igual que me haya dicho que no. Voy a llevar a los niños igualmente —respondo encogiéndome de hombros.
El cambio en la cara de Sergio es inmediato, pasa de la calma a la alerta en unos segundos.
—Espera, espera —dice, levantando las dos manos—. ¿Qué quieres decir con que vas a llevar a los niños igualmente?
—Lo que he dicho, voy a organizar la salida. Los subo caminando por el sendero, les enseño el entorno, los animales, las plantas, la agricultura. Todo lo que hay por esa zona.
—¿Por la zona de la finca de Cecilia?
—Por la zona de la montaña, que eso es público.
—Lara —dice y suena a advertencia.
—¿Qué?
—Eso es un error.
Lo dice muy serio y se inclina hacia adelante en la silla, y me mira directamente a los ojos, y yo le sostengo la mirada, porque no me voy a echar atrás, no ahora, no después de lo de ayer y de la noche que he pasado por culpa de esa mujer.
—Cecilia es muy suya con lo suyo —comienza a decir—.
No le gusta que la gente se acerque, que no pasen por sus terrenos, que molesten a las ovejas, que le pregunten sobre el queso, que le alteren su rutina.
Ella es así, lleva cinco años siendo así.
Y si tú te presentas allí con los niños sin su permiso, sin haberle avisado, pisándole su terreno…
—No voy a pisarle nada, voy a caminar por un camino público con mis alumnos.
—Lara, no la conoces.
—La conozco lo suficiente —le aclaro.
—No. No la conoces. Tú has tenido dos encontronazos con ella, en la tienda y en su finca, y crees que sabes cómo es, pero no sabes cómo se pone cuando siente que le invaden su espacio.
Yo llevo aquí algunos años y he visto cómo echó a un grupo de senderistas que se pararon a sacar fotos a sus ovejas desde el camino.
Desde el camino, Lara. No habían puesto un pie en su terreno y ella salió y les dijo que se largaran con una cara que esos pobres hombres casi corrieron montaña abajo.
Si te presentas allí con los niños, se va a montar una gorda.
Me cruzo de brazos, porque lo que Sergio me está contando debería asustarme y no quiero que me asuste, no quiero que esta noche en vela no haya servido para nada.
—Sergio, los caminos de acceso a esa zona son públicos, ¿sí o no?
Sergio cierra los ojos, creo que busca la paciencia que le estoy quitando.
—Sí, son públicos —afirma.
—Y las ovejas pastan fuera de la finca, porque las he visto. Van a la ladera que hay junto al camino, en el terreno que no está cercado, que no es propiedad de nadie.
—El Cabildo es el propietario y ella tiene permiso para que sus ovejas pasten allí. Técnicamente…
—Nada de técnicamente —lo corto—, son terrenos públicos, los he estado mirando…
—Has estado mirando —repite.
—Sí, eso he hecho.
—A las tantas de la madrugada, imagino —dice él cansado de esta discusión.
—Eso es irrelevante.
Sergio se pasa las manos por la cara, sabiendo que esta discusión no la va a ganar, pero que siente que tiene la obligación moral de que no cometa un error.
—A ver, Lara, escúchame por un momento. Tiene razón en que los caminos son públicos, en que las ovejas pastan en algo de todos, en que legalmente no estás haciendo nada malo, todo eso es verdad.
Pero una cosa es la ley y otra Cecilia, y a ella le da exactamente igual lo que diga la ley sobre los terrenos, si ella ve a niños cerca de sus ovejas, porque pueden estresarlas, de su finca, de su huerto, va a reaccionar y no lo va a hacer bien, y la que va a estar en medio eres tú, y yo no quiero tener que lidiar con las consecuencias de eso.
—¿Qué consecuencias? ¿Qué va a llamar a la Guardia Civil? ¿Denunciarme por dar una clase de ciencias naturales en un camino público?
—No va a llamar a nadie, va a ser peor que eso —afirma—.
Va a ir y te lo va a decir a la cara, delante de los niños, con esa forma que tiene de decir las cosas que te deja sin respuesta, y tú te vas a enfadar, porque te conozco y sé que lo vas a hacer, y vas a responderle, y se va a montar un espectáculo delante de los niños que no tienen culpa de nada, y eso sí que no me parece bien.
Abro la boca para contestar y la cierro, porque ahí tiene razón, en eso la tiene.
Los niños no tienen la culpa de nada y no merecen presenciar una discusión entre dos adultas que no se soportan.
Eso es algo que tengo que considerar, que no puedo ignorar por mucho que mi cabezonería me pida que lo ignore.
No puedo renunciar. He visto las caras de esos niños cuando les he dicho lo de la excursión y no puedo quitarles eso, no puedo llegar y decirles que no hay excursión porque una señora que vive sola en una montaña ha decidido que nadie se acerque a sus terrenos.
—No voy a montar ningún espectáculo —digo, y lo digo en serio, o al menos con la intención de que sea en serio—.
Si Cecilia aparece, seré educada. Le explicaré lo que estamos haciendo, le diré que estamos en un camino público, que no estamos tocando nada suyo y que simplemente estoy dando una clase.
Si aun así quiere discutir, recogeré a los niños y nos iremos.
No voy a pelearme con ella delante de los críos. Te lo prometo.
Sergio me mira y creo que se da por vencido en esta batalla porque suspira, es como si toda esa resistencia que estaba teniendo se estuviera soltando.
—No puedo prohibírtelo —dice—. Es una actividad al aire libre en un espacio público, pedagógicamente tiene sentido. Los permisos de los padres los puedes gestionar tú. El seguro cubre las salidas en un radio de cinco kilómetros.
—¿Entonces?
—Haz lo que quieras, Lara, pero que conste que yo te he avisado.
—Consta. Muchas gracias, Sergio —respondo feliz.
—Gracias —dice riendo—. Que conste que cuando Cecilia te mate, no cuentes conmigo para el funeral.
Sé que esto le divierte, puedo ver esa sonrisa debajo de la seriedad, y le divierte porque yo no me rindo, porque existe la posibilidad de que Cecilia pueda abrirse y deje de estar encerrada, porque hay la posibilidad de que alguien cambie la dinámica de este pueblo donde todo lleva muchos años siendo exactamente igual. No lo va a admitir, pero le divierte.
—Si me mata, me enterráis en el huerto del colegio —le digo levantándome de la silla—. Así al menos serviré de abono.
—Vete a recoger a los niños, anda.
Doy clase por la mañana y los niños preguntan si van a ver a las ovejas, a lo que respondo que sí, me preguntan por la señora de la montaña y sonrío al pensar cómo la llaman.
—¿Y la señora de la montaña? —pregunta Adrián.
—Puede que la veamos, y si la vemos, seremos educados y respetuosos con ella. ¿Entendido?
—¿Es verdad que habla con las ovejas? —pregunta Hugo.
—Eso no lo sé —respondo.
—Mi madre dice que habla más con esos animales que con las personas —dice Balti, y varios se ríen, y yo me río, pero me muerdo los labios porque probablemente sea verdad.
—Bueno, cada uno habla con quien quiere. Lo más importante es que cuando estemos allí arriba, vamos a respetar su espacio, no vamos a entrar en su finca, no vamos a tocar nada y vamos a comportarnos como personas civilizadas. ¿Trato?
—¡Trato! —gritan todos.
El resto de la semana hablo con los padres, algunos están reticentes, a otros les parece genial, incluso alguna madre se ofrece a ayudarme con los niños.
El viernes tengo todo listo, al final son cinco los niños que van, y puedo con ellos.
Un padre se ha ofrecido a subirnos hasta casi llegar, tendremos que caminar muy poco.
Después le he dicho que podríamos bajar caminando despacio, que si necesitábamos algo, lo llamaría.
Así que el lunes será la excursión, ese día iré con los niños a enseñarles esas montañas y el ganado.
Llevaremos agua, algo de comida, una gorra y la esperanza de que todo saldrá bien.
Lo que no voy a llevar es miedo; me niego a ello. El lunes está ahí y, con su bendición o no, subiré con los cinco niños a dar una clase en la montaña.