Sin cobertura Capítulo 15
42%

Capítulo 15

Lara

Me despierto sabiendo que hoy tengo que hablar con Cecilia.

Tengo una sensación en el estómago que no se me quita y sé lo que es, claro que lo sé, son nervios, por ir a casa de Cecilia y tener que hablar con ella.

No tiene ningún sentido cómo me siento, pero los nervios no entienden de eso, saben de miedo, y yo le tengo un poco de miedo a Cecilia, aunque me reviente admitirlo.

No es miedo físico, no pienso que pueda agredirme, es miedo a esa forma de mirarme, a esa escasez de palabras que usa como un muro, a esa capacidad de dejarte sin palabras con un monosílabo.

Miedo a que me diga que no y a que eso me haga sentir pequeña, y me enfade conmigo misma por sentirme así, y al final termine diciéndole algo que la haga mirarme con esos ojos de hielo que tiene y que no debería importar cómo me mira, pero me importa.

Doy clase por la mañana, mi mente va entre los niños y la hora de enfrentarme a ella. Cuando salgo, como en el bar de Carmen, porque no tengo ni fuerzas para prepararme algo, y miro hacia donde tengo que dirigirme como si fuera a la guerra.

Subo, el calor aprieta, pero subo igual.

Después me arrepiento de no haber cogido una botella de agua y una gorra, pero ya es tarde para volver atrás, para arrepentirme.

Son dos kilómetros, eso es lo que me ha dicho Sergio, pero cuando eso se hace cuesta arriba, es una mentira, son muchos más, son un castigo disfrazado de paseo rural.

Sigo subiendo y cuando levanto la vista veo la finca y me paro, no porque esté cansada, que algo estoy, sino porque no esperaba ver todo lo que tiene, quizá esperaba un desorden, una casa medio abandonada, todo lleno de maleza, pero no es así.

Hay tres edificaciones, una debe de ser donde guarda los animales, y puedo decir que cualquier familia quisiera eso como casa.

Después está lo que creo que es la casa principal, es de piedra y está bien cuidada.

Estoy impresionada. Veo un invernadero, es que todo es perfecto, es exactamente lo que busco para los niños.

Sigo caminando hasta llegar a un vallado, son palos de madera que hacen que los animales no salgan.

Cuando me acerco, veo a un perro correr desde la casa hasta donde estoy yo.

Es grande, y mi primer instinto es intentar huir, pero ya lo he visto y no parece agresivo.

Se para antes de llegar a mí, comienza a oler y decide que no soy un peligro, porque se acerca y se sienta a mi lado con la lengua afuera.

—Hola, bonito —le digo rascándole detrás de las orejas—. Tú sí que sabes recibir a la gente.

Sigo acariciando al perro cuando la escucho.

—Drago, ven aquí.

La voz viene desde el cobertizo, esa voz la reconocería en cualquier parte, grave, seca, sin adornos. El perro levanta las orejas, me mira un segundo como disculpándose y va obediente hacia ella, y entonces Cecilia aparece en la puerta.

—¿Qué haces aquí? —pregunta.

Respiro, intentando recordar todo lo que anoche preparé para decirle: los puntos del cuaderno, el tono amable, la versión profesional de mí misma que convence a padres y directores.

—Hola, Cecilia. Perdona que me presente así, sin avisar. Vengo a pedirte algo.

—No.

La palabra sale de su boca antes de que yo haya cerrado la mía, así, sin duda, sin un solo segundo de reflexión, sin dejarme terminar. No. Un no rotundo, como si hubiera estado esperándome con esa respuesta preparada desde antes de que yo apareciera por el camino.

Me quedo mirándola, impresionada por su capacidad de ser gilipollas en todo momento, cada vez que nos vemos, cada vez que interactuamos. La rabia me sube por la garganta, pero sé que no puedo explotar, que tengo que calmarme.

—Pero si no sabes lo que te iba a decir —consigo decir.

Cecilia se limpia las manos en los pantalones y me mira con esos ojos oscuros que no dicen nada, que son como una puerta cerrada con llave y con mil candados.

—Da igual lo que sea. No.

Tras decir eso, se da la vuelta y camina hacia el interior del cobertizo, ignorándome, como si yo no estuviera allí, como si la conversación, si se puede llamar así, no hubiera existido.

El perro la sigue y desaparecen los dos; yo sigo ahí, de pie, con las zapatillas llenas de tierra y la camiseta sudada y los cuatro puntos que anoté anoche ardiendo en mi cabeza.

—¡Eres…! ¡Aaarrrhhhh! —grito.

La rabia me está consumiendo y salto la valla para ir a cantarle las cuarenta a esa idiota, decirle las verdades a la cara, las mismas que el pueblo no se atreve a decirle.

Quiero obligarla a escucharme, agarrarla del brazo y decirle que no puede tratar así a la gente, que no puede decirle que no a alguien sin siquiera dejarla hablar, que lo que yo vengo a pedirle es para los niños, que ella puede tener la capacidad de enseñarles algo valioso si se dignara a quitar ese muro que ha construido a su alrededor.

Suspiro antes de poner un pie en el interior del cobertizo y me doy cuenta de que no vale la pena, no ahora; estoy demasiado enfadada como para poder tener una conversación con ella sin gritarle.

Así que me quedo parada en la puerta, mirando el interior, con la rabia dentro de mí que me pide que le grite, que intente tirar ese muro, pero no lo hago.

Me trago la rabia, aprieto los puños y me giro para marcharme de allí.

Bajo al pueblo con pasos rápidos que no son de prisa, sino de furia; tengo la mandíbula apretada, los ojos fijos en el sendero y las manos cerradas en puños que no voy a usar contra nadie, pero que necesito mantener así para canalizar la energía que recorre mi cuerpo.

Llego a mi casa con la cara roja del calor que hace a pesar de las fechas, entro y me siento en el sofá, me quedo ahí respirando, mirando la pared de enfrente, siento cómo el mal humor va bajando poco a poco.

Siento una pequeña derrota, la de haber intentado algo razonable y haberme estrellado contra alguien que no quiere razonar.

Me doy cuenta de que hay personas a las que no puedes llegar por mucho que lo intentes, personas que han decidido evadirse de todo, y que yo no tengo ni el derecho ni la obligación de hacerlas cambiar de opinión, o meterlas en un sistema al cual no quieren entrar.

Los niños son lo que más me duele, y lo hacen porque mañana voy a llegar y me van a preguntar si ya he podido organizar la excursión y mi respuesta es que no, y no puedo decir que es por culpa de esa mujer que vive sola y que no quiere interactuar con nadie.

Voy a ver la decepción en sus caras, una única promesa y les he fallado, a todos, incluso a los que no pueden ir, aunque ellos no lo sepan.

Me quito los zapatos y me acuesto en el sofá, cojo un cojín y me tapo la cara gritando contra él; grito todo lo que puedo, mientras la tela amortigua el sonido.

Lo hago por la frustración que siento, aunque algo dentro de mí sabe que también es por no derribar esos muros que Cecilia ha puesto.

Me lo quito e intento calmar toda esa rabia que me está consumiendo.

—¡Es insoportable! —grito.

Insoportable, egoísta y una cobarde, porque esconderse detrás de un no rotundo es cobardía, es la forma más fácil de no tener que enfrentarse a nadie ni a nada. Es construirte una fortaleza de monosílabos y miradas frías, para convencerte de que eso te protege cuando lo único que hace es aislarte.

Lo que hago importa, y quiero hacer esa excursión, así que lo voy a seguir intentando. Mañana, pasado mañana, las veces que hagan falta, hasta que esa mujer me deje terminar lo que le voy a decir. Hasta que deje de decir ese no sistemático que tan bien tiene aprendido.

Esa mujer es insoportable, pero yo soy más pesada y eso Cecilia no lo sabe.