Capítulo 14
Lara
Es martes y estamos en clase de conocimiento del medio, y hoy damos los animales.
Entonces es ahí cuando Hugo me pregunta por qué las cabras tienen las pupilas rectangulares.
Yo me quedo un segundo pensando, porque la verdad es que no estoy segura de la respuesta.
Sé qué tiene que ver con el campo de visión, con la capacidad de ver depredadores, con algo relacionado con la supervivencia, pero los detalles se me escapan, y eso me molesta, porque me gusta saber las respuestas, y cuando no las sé, me siento como una impostora con un título universitario que no me sirve para explicarle a un niño de seis años por qué las cabras tienen los ojos raros.
—Es muy buena pregunta, Hugo —le digo, porque necesito unos segundos más para la respuesta—. Las pupilas son así porque les permiten ver casi en todas las direcciones sin mover la cabeza, así pueden detectar a los depredadores mientras comen.
—¿Aquí hay depredadores? —pregunta Nerea.
—Aquí no, boba, aquí solo hay perros y gatos —dice Adrián.
—Adrián, no llames boba a nadie. Nerea, aquí en la isla no hay depredadores grandes, pero las cabras conservan esa adaptación porque la evolución tarda mucho en cambiar las cosas.
—¿Cuánto tarda? —pregunta Hugo.
—Miles de años —respondo.
—Pufff —dice Hugo, y se recuesta en la silla como si le hubiera dado la peor noticia de su vida.
Miro a los nueve, aunque a los pequeños los tengo pintando, ellos atienden cuando alguno de los mayores pregunta.
Los veo observar los animales en fotografías, cuando a unos metros hay cabras, ovejas, gallinas…
Me parece absurdo que esté dando esta clase dentro del aula y no ahí fuera, donde las ovejas pastan y pueden verlas comiendo y cómo se comportan en su medio.
Y entonces la idea me viene, sin aviso, sin ningún plan perfecto, sin que yo tenga la más mínima idea de cómo llevarlo a cabo, solo tengo la certeza de que es buena.
Pienso en una salida por el campo, que los niños vean a las ovejas pastar, después cómo se ordeñan, que tengan contacto con la naturaleza, aunque ya la tienen en su vida, pero esta de verdad, de ver cómo es trabajar con animales y cómo ellos nos dan alimentos, incluso los alimentos de la tierra.
—Vale, chicos —digo, cerrando el libro—. Cambio de planes, ¿a cuántos de vosotros os gustaría ver animales de verdad y no en dibujos?
Todos levantan las manos, incluso los pequeños, que a ellos no los puedo llevar, sería demasiada responsabilidad para mí sola.
—Bien, pues voy a intentar organizar una excursión.
Los niños gritan de alegría, les dejo que celebren durante unos minutos y luego levanto la mano para que todos se pongan atentos, en una señal que acordé con ellos las primeras semanas; a veces funciona y otras no.
—Pero necesito que os portéis bien el resto de la semana para que esto salga adelante. ¿Trato?
—Trato —responden los niños.
Y así, con una promesa que no sé si puedo cumplir y nueve caras que me miran como si acabara de anunciarles un viaje a Disneylandia, me he metido en un lío. Cuando los niños se marchan, voy a la sala de profesores en busca de Sergio, y está ahí, rellenando papeles mientras se come un bocadillo.
—Tengo una idea —le digo desde la puerta.
Sergio levanta la cabeza y me mira entrecerrando los ojos.
—Siéntate y cuéntame esa idea —me pide.
Tomo asiento y le explico. Le cuento que los niños están aprendiendo sobre animales de granja mirando dibujos, que vivimos en el campo y que no tiene sentido tenerlos encerrados en un aula cuando todo lo que necesitan aprender está a su alrededor.
Le explico que quiero una salida escolar, algo rápido, de mañana, llevarlos a una finca donde puedan ver los animales, entender cómo funciona la agricultura en la isla.
Le hablo de lo bueno que sería eso para los niños, que así aprenden a entender desde la realidad y no a través de un dibujo.
Sergio me escucha y, cuando ve que termino y, tras pensarlo un rato, se limpia la boca, yo lo miro con expectación, esperando que la respuesta sea afirmativa.
—Me parece buena idea —dice al fin.
—¿En serio?
—Sí, creo en lo que propones, pero los pequeños se quedan aquí, me los quedo en mi aula.
Asiento con entusiasmo, y Sergio se apoya en la mesa y se inclina hacia delante.
—El problema es dónde.
—¿Cómo que dónde? Estamos rodeados de fincas.
—Estamos rodeados de terrenos, que no es lo mismo.
La mayoría de las fincas de aquí son trocitos de tierra donde la gente cultiva para comer, y otras ni siquiera para eso; están abandonadas.
No hay animales o alguno tiene dos gallinas, lo que tú pides es una granja con animales, con huerto, con algo que enseñar.
—¿Y no hay ninguna finca así por aquí?
Sergio se recuesta en la silla, cruza los brazos y me mira con media sonrisa que no me gusta ni un pelo.
—Hay una —dice.
—¿Dónde?
—Subiendo, a unos dos kilómetros del pueblo. Tiene ovejas, tiene huerto, tiene gallinero, elabora quesos y otros productos. Está bien cuidada y hay espacio para los niños.
—Perfecto. ¿De quién es?
La media sonrisa de Sergio se convierte en una sonrisa entera, se incorpora como si lo que me va a decir fuera un secreto.
—De Cecilia.
—No —digo recostándome en la silla—. No puede haber solo esa.
—Es la que hay.
—No puede ser la única, Sergio, esto es grande.
—Es la única accesible, hay otras, pero están a una media hora y llevar a los niños hasta allí es complicado. La finca de Cecilia está ahí mismo, se puede subir andando o incluso pedir ayuda a algún vecino para los niños, que son pocos, pero sacarlos más lejos que eso no lo voy a permitir.
Me quedo mirándolo, pensando en algún otro plan, pero no lo tengo.
—Así que lo único que tienes que hacer es pedírselo —dice.
—Pedírselo a Cecilia —digo.
—Correcto. Hay que pedirle permiso.
—Tengo que ir a ver a la mujer que me mandó a callar en la tienda de Carmen por preguntarle por su queso.
—Esa misma —responde Sergio.
—A la que le dije que ser borde era mala educación y que me miró como si quisiera enterrarme en su finca.
Sergio asiente mientras no se le borra la sonrisa de gilipollas, y tengo muchas ganas de tirarle la carpeta que tengo delante para borrarle esa cara que ha puesto.
—Buena suerte con eso —dice, y se vuelve a recostar en la silla como si estuviera disfrutando con esto.
Salgo del despacho y me doy razones para tener que ir a ver a esa mujer y pedirle que me deje entrar a sus tierras y ver lo que hace con los niños.
Porque lo fácil sería dejarlo, perder la oportunidad de educar mientras ven animales de verdad, pero voy a hacerlo, voy a subir a esa finca y pedírselo.
Hoy no, porque sé que puedo llegar con una energía equivocada, a la defensiva, con el cabreo que tengo cada vez que pienso en lo que pasó en la tienda.
Si quiero que Cecilia me diga que sí, o al menos que me escuche antes de decirme que no, necesito ir tranquila, con un plan, con argumentos, con la mejor versión de mí misma, la que convence a directores de que es buena idea sacar a niños de un aula para hacer una actividad y la misma que convence a niños de seis años de que las matemáticas son divertidas.
Paso la tarde preparando lo que voy a decirle, como si fuera una presentación de un trabajo de fin de carrera importante y me estuviera sometiendo a un jurado.
Uno: el beneficio educativo de los niños.
Dos: que sería solo una mañana, un par de horas como mucho.
Tres: que yo me encargaría de organizarlo todo; ella solo tendría que dejarnos estar ahí y, si quiere, enseñarnos algo sobre las ovejas y cómo se elabora el queso.
Cuatro: que los niños serían respetuosos y no tocarían nada sin permiso.
Este último punto lo subrayo porque sé que es lo que más le puede preocupar, y también porque no estoy del todo segura de que pueda pasar de verdad, sobre todo por Balti, que toca todo lo que existe.
Leo lo que he escrito y me parece razonable, que tiene lógica, que mis argumentos son difíciles de rechazar si la persona que los escucha tiene un mínimo de disposición a escuchar. El problema es que estamos hablando de Cecilia.
Me voy a la cama pensando en cómo empezar la conversación; no puedo llegar de frente, como lo hice en la tienda, porque no me escucharía.
Debo tener una estrategia y empezar con algo neutro, un saludo amable, quizás un comentario sobre la finca, algo que le muestre que respeto lo que hace y vengo en son de paz.
Me duermo repasando el discurso como si fuera una obra de teatro y yo la actriz principal.
En mi cabeza todo sale perfecto, fluido, convincente, y Cecilia me escucha y al final asiente con la cabeza y dice «vale, tráelos el viernes», y los niños ven las ovejas y aprenden de dónde viene la leche, y yo me siento como la mejor profesora del mundo.
En mi cabeza todo sale bien; el problema es que la vida no es como pasa en mi cabeza.