Sin cobertura Capítulo 13
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Capítulo 13

Cecilia

Subo a la camioneta y arranca, no miro atrás. Bajo la ventanilla porque necesito aire, necesito el frío golpeando mi cara, quiero algo que borre de mi cabeza lo que acaba de pasar en la tienda de Carmen.

«Ser borde no es un rasgo de personalidad, es mala educación».

Las palabras vuelven, no quiero pensar en ellas, ni darles espacio, ni que ocupen ni un centímetro de mis pensamientos porque mi cabeza ya tiene bastante con lo que tiene: las ovejas que hay que ordeñar, el queso que hay que hacer, la valla que se ha vuelto a soltar, el pedido de pienso que tengo que hacer antes del viernes, la revisión veterinaria de la semana que viene.

Esas son las cosas que merecen sitio en mi cabeza.

No las palabras de una profesora de ciudad que lleva aquí cinco minutos y cree que puede decirme cómo tengo que hablarle a la gente.

Entro en la casa, dejo las llaves y la libreta en la mesa de la cocina.

Me sirvo un vaso de agua y me lo bebo de pie mirando por la ventana.

Desde aquí se pueden ver algunas casas. En algún lugar de ahí abajo está la profesora, probablemente en su casa, quizá comiéndose los tomates que le ha comprado a Carmen y está pensando que ha ganado algo esta tarde.

No ha ganado nada, tampoco hay nada que ganar.

Yo le he contestado como le contesto a todo el mundo, con las palabras justas y sin adornos, porque no veo la necesidad de envolver cada frase en papel de regalo para que la gente se sienta cómoda.

No tengo ni tiempo ni energía para eso. No vine aquí para tener conversaciones de cortesía con desconocidos sobre cómo hago el queso, vine aquí para hacer el queso en paz, venderlo y que me dejen tranquila.

Si eso me convierte en borde, pues lo seré, y me da exactamente igual lo que piense de mí una mujer que lleva aquí un mes y medio y que cree que porque le pregunte a alguien por su trabajo ya le debe una explicación detallada y una sonrisa.

Voy a la sala de elaboración del queso y me pongo a limpiarlo todo, lo hago de forma mecánica porque no soy capaz de que mi cabeza esté en lo que hago, ahora mismo está en otro sitio.

Me molesta lo que me ha dicho, pero no de la forma en que debería.

Lo que me jode es que nadie me lo había dicho antes.

En cinco años en este pueblo, nadie se ha atrevido a decirme que soy maleducada.

La gente aquí me trata con distancia, algunos con cautela, otros con esa resignación amable, esa forma de aceptar las cosas como son sin intentar cambiarlas, Carmen me trata bien, Eloísa me saluda y me deja comida a veces sin pedirme nada a cambio, Ramón me ayudó con la valla el primer año que estuve aquí y no hizo preguntas.

La gente me ha dejado ser lo que soy sin pedirme que sea otra cosa, y yo se lo agradezco precisamente por eso, porque no me exigen nada que no pueda dar.

Y ahora llega esa mujer, esta profesora con zapatos de ciudad, con su voz que se oye desde el otro lado de la calle cuando habla con los niños, con su forma de mirarme cada vez que coincidimos en la tienda como si yo fuera un problema que resolver.

Y me suelta a la cara, sin bajar la mirada, sin que le tiemble la voz, que ser borde es mala educación y nadie le ha pedido su opinión.

Voy a la terraza y me siento, no soy capaz de concentrarme en nada, Drago se sienta junto a mis pies.

—No me mires así, que ya lo sé.

Drago aparta la mirada, como si pudiera entender la batalla que tengo en mi cabeza.

Lo que más me jode es que me ha hecho algo de gracia, no la frase en sí, sino el atrevimiento.

El descaro de esta mujer que mide un palmo menos que yo y que no ha dudado ni un segundo en plantarme cara como si yo no le diera ningún miedo como si mi reputación de borde le diera exactamente igual.

Como si hubiera medido el riesgo de enfrentarse a la antisocial de la montaña y hubiera decidido que le compensaba.

Entro en la casa y me preparo la cena. Como mirando por la ventana, aunque ya no se ve nada porque está oscureciendo y lo único que hay fuera es una noche cerrada, sin luces, sin ruido y sin nada que me distraiga de mis propios pensamientos.

Y ahí está otra vez, la profesora y su cara, ella y su frase.

La profesora y la forma en la que me ha sostenido la mirada sin parpadear, sin echarse atrás, sin amedrentarse.

Como si estuviera acostumbrada a plantarle cara a la gente difícil, que probablemente lo está, porque lleva semanas dando clase a nueve niños en un colegio con goteras y niños que gritan como si los estuvieran matando, y eso requiere un tipo de valor que no es tan diferente al mío, aunque ella no lo sepa.

La profesora tiene agallas. Eso se lo concedo. No me gusta concedérselo, no me gusta reconocer que alguien que me ha llamado borde y maleducada en público me merezca algún tipo de respeto, pero lo tiene, y negarlo sería más deshonesto que admitirlo, y yo soy muchas cosas, pero deshonesta no.

Tiene agallas y tiene razón.

Recojo la cocina y salgo de nuevo al porche y me siento en la silla.

—Lara —susurro.

La profesora se llama así. Sé su nombre porque Carmen me lo dijo, porque Eloísa no para de hablar de ella, se llama Lara, que viene de Tenerife, que ha venido a sustituir a Paco, que le han dejado una casa pegada al colegio.

Sé cosas de ella que no le he preguntado porque aquí la información viaja sola, te llega sin que la busques, y por mucho que yo intente mantenerme al margen del pueblo, el pueblo siempre encuentra la forma de meterse en mi casa.

Lara ha llegado con sus preguntas y sus ojos que no se bajan.

Me cabrea de nuevo estar pensando en ella, me enfada de verdad. Porque no tiene sentido que una conversación de treinta segundos en una tienda me ocupe la cabeza más que cualquier otra cosa. No tiene sentido y no lo voy a permitir.

Entro y me meto en la cama boca arriba mirando al techo. Repaso la lista de cosas de mañana, ordeñar, arreglar la valla, llamar al del pienso, mañana es miércoles y no bajo al pueblo, así que no hay riesgo de cruzarme con nadie que me diga lo que piensa de mí sin que se lo haya pedido.

Drago se sube a la cama y se acurruca a mis pies, que es donde duerme siempre, aunque yo le dije el primer día que no se subiera, y he perdido esa batalla hace cuatro años y once meses.

Cierro los ojos. Los abro.

«Ser borde no es un rasgo de personalidad».

Los cierro otra vez.

—Joder —digo en voz alta.

El sueño tarda en llegar, pero llega, porque el cuerpo cansado siempre gana al final, y el mío lo está de verdad, de ordeñar, de cargar cubos y de mantener esta finca en pie yo sola.

Y eso pesa más que cualquier palabra, más que cualquier mirada, más que cualquier pensamiento que no debería estar ahí, pero está, agazapado en algún rincón de mi cabeza, esperando a que baje la guardia para volver.

Volverá, lo sé, pero esta noche no.