Sin cobertura Capítulo 12
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Capítulo 12

Lara

Llego a la casa y dejo la compra en la encimera y saco el queso.

Lo pongo en la tabla y corto un trozo. Está bueno, está jodidamente bueno, mejor que el que probé en el bar de Carmen, más intenso.

Corto otro trozo y me lo como, todavía de pie, con la mochila puesta, no tengo ganas de sentarme, ni siquiera de hacer las cosas bien, solo tengo ganas de comerme el queso de la mujer que me ha mandado a la mierda por preguntarle cómo lo hace y de sentir que al menos he ganado, aunque no sea una competición, aunque no sepa exactamente qué es lo que estoy intentando ganar.

Paso la tarde enfadada, no entiendo cómo esa mujer hace que me altere de esa forma. Intento sacármela de la cabeza, pero no puedo. Me siento en el sofá mutilado y cojo el móvil.

Yo: He discutido con Cecilia.

Sonia: ¿Cómo? Cuéntamelo ahora mismo.

Yo: Le he preguntado por el queso que hace, cómo lo prepara, porque tenía curiosidad. Me ha dicho que, si lo quiero, que lo compre, y que, si no, que deje de hacer preguntas, que tiene cosas que hacer.

Sonia: ¿En serio?

Yo: Sí.

Sonia: ¿Y tú qué has hecho? O mejor, ¿qué le has dicho? Porque conociéndote…

Yo: Le he dicho que ser borde no es un rasgo de personalidad, que es mala educación.

Sonia: NO.

Yo: SÍ.

Sonia: Lara Dorta, ¿le has dicho eso a la tía de las ovejas? ¿A la cara?

Yo: A la cara. En la tienda de Carmen. Delante de Carmen.

Sonia: Estoy gritando. Estoy literalmente gritando en mi salón. ¿Y qué ha hecho ella?

Yo: Me ha mirado. Se ha quedado callada mirándome como si nadie le hubiera dicho eso en la vida. Carmen me ha confirmado después que efectivamente nadie se lo había dicho. Y se ha ido sin decir nada.

Sonia: Dios mío. Eres mi heroína.

Yo: No soy tu heroína, Sonia. Estoy cagada porque ahora, cada vez que la vea, va a ser peor.

Sonia: O mejor. A lo mejor necesitaba que alguien le cantara las cuarenta.

Yo: O a lo mejor me he ganado una enemiga para el resto de mi estancia aquí.

Sonia: Lara, vives en un pueblo de cien personas. No puedes tener enemigos, no hay suficiente gente para eso.

Yo: Muy graciosa.

Sonia: Espera, rebobina. ¿Cómo te miraba?

Yo: ¿Qué?

Sonia: Que cómo te miraba. Has dicho que se ha quedado callada mirándote. ¿Cómo?

Yo: No sé, Sonia. Me miraba fijamente. Con sus ojos. Cómo mira la gente.

Sonia: Ya, pero no es lo mismo una mirada de «te voy a matar» que una de «me has pillado». ¿Cuál de las dos eras?

Me quedo mirando la pantalla del móvil. Pienso en la mirada de Cecilia y en lo que he sentido cuando sus ojos se han clavado en los míos, y la respuesta me viene sola, clara, sin necesidad de pensarla demasiado.

Yo: La segunda.

Sonia tarda más de lo normal en contestar, lo que es raro en ella, y cuando lo hace, el mensaje es corto.

Sonia: Interesante.

Yo: ¿Interesante? ¿Eso es todo?

Sonia: De momento, sí. Mañana me cuentas si la cabra ha vuelto a meterse en el colegio.

Yo: No tiene nada que ver una cosa con la otra.

Sonia: Ya. Buenas noches, valiente.

Yo: Buenas noches, pesada.

Dejo el móvil y me asomo a la ventana y pienso en Cecilia, de nuevo.

Me pregunto si estará mirando este cielo, si está con ese silencio elegido o pensando en lo que pasó hoy en la tienda.

Me pregunto si alguien que elige estar tan sola como ella no lo habrá hecho por algún motivo que yo no conozco y que quizás no tengo derecho a juzgar.

Me pregunto si lo que le he dicho ha sido justo o ha sido cruel, porque a veces la línea entre decir la verdad y hacer daño es tan fina que no la ves hasta que ya la has cruzado.

Después pienso en su tono, en ese «deja de hacer preguntas, que tengo cosas que hacer», y el cabreo me vuelve, porque yo solo le he preguntado por un queso, saber cómo lo hacía.

Tener una conversación normal con ella, de esas que tienes con cualquier persona en cualquier tienda del mundo, y ella me ha tratado como si mi curiosidad fuera una tontería, como si yo fuera una molestia, y eso no se lo acepto, ni a ella ni a nadie.

Me meto en la cama cabreada. Lo último que pienso antes de dormirme es que mañana es miércoles, que mañana no es día de Cecilia en la tienda, que no la veré, y que eso me da exactamente igual.

Me lo repito para asegurarme.

—Me da igual.