Sin cobertura Capítulo 11
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Capítulo 11

Lara

El martes empieza como todos los martes desde que llegué al Lomo del Palo: Mateo llora al entrar, pero menos que la semana pasada, lo que ya considero un triunfo; Hugo intenta colarse en la clase de Sergio porque dice que los de primero hacen cosas más chulas, y yo lo intercepto en el pasillo antes de que cruce la puerta; Balti llega con las manos metidas en los bolsillos y una sonrisa que a estas alturas me pone en alerta porque significa que trae algo desmontado de casa o un plan nuevo para hackear cualquier objeto que se cruce en su camino; Nerea me ha dejado un dibujo en la mesa, el número veintitrés ya, en el que salgo yo con lo que parece un gorro de cocinera y algo redondo y amarillo en las manos que no sé si es un sol, una pelota o un queso, pero no se lo pregunto todavía, porque quiero mirarlo después con calma; y Adrián entra con el bolsillo del pantalón moviéndose de una forma que me indica que Pepe viene incluido en el paquete del día, como siempre, como cada mañana desde hace semanas, porque ese niño y esa lagartija son ya un combo inseparable y yo he dejado de luchar contra ello.

La mañana transcurre sin grandes problemas, y eso, en mi clase, es un milagro.

Ahora están con Raquel, cuarenta y cinco minutos de tranquilidad.

Voy a la sala de profesores para prepararme un café y estar un rato en silencio, que lo necesito como el aire que respiro. Mercedes está ahí corrigiendo fichas.

—¿Qué tal la mañana? —pregunta sin levantar la vista.

—Balti ha intentado desmontar el grifo del baño.

—¿Lo ha conseguido?

—Sacó la rosca de donde sale el agua, pero no podía sacar nada más porque no tenía herramientas. Le he quitado la rosca y la he vuelto a poner, pero me ha mirado como si le hubiera arrebatado un tesoro.

—Ese niño va a ser ingeniero —dice Mercedes sonriendo.

Me tomo el café mirando por la ventana y veo el patio vacío, el mismo patio donde hace unas semanas una cabra se comió las hojas de un arbusto mientras Balti le gritaba desde la ventana que le iba a poner un chip GPS.

Pienso en lo rápido que me he acostumbrado a que las cosas raras que pasan aquí, sin que nadie se escandalice, como si una cabra en el patio o una lagartija en un táper fueran tan normales como tomarse un café a media mañana.

Regreso a la clase y los pongo a pintar, es algo que los relaja. Cada uno lo hace a su forma: uno con el dedo, otros salpicando como Hugo, pero le he puesto periódico; otros meticulosos como Valentina. Y está Balti, ese niño siempre intentando algo que no le toca.

—Balti, pinta.

—Es que quiero saber cómo está pegado el pelo al palo —dice él sin dejar de examinar el pincel.

—Se llama pincel, no «palo con pelo», y no se desmonta. Pinta.

A la una y veinte suena la campana y empieza el ritual de siempre: abrigos, mochilas, mocos de última hora, Mateo que se quiere quedar dormido y Adrián que recoge a Pepe del táper y se lo guarda en el bolsillo con un cuidado que no tiene para ninguna otra cosa en su vida.

Los niños salen al patio, los padres y abuelos los recogen, la madre de Balti me pregunta qué ha desmontado hoy y yo le digo que solo ha intentado desmontar un grifo y un pincel, lo que ella recibe como una victoria.

Vuelvo al aula a recogerla cuando veo a Sergio, que aparece y se apoya en el marco de la puerta, creo que quiere comprobar que no me he derrumbado todavía y que no quiero salir huyendo del pueblo.

—¿Sigues viva? —pregunta.

—A duras penas —respondo riendo.

—¿Vas a comer?

—Voy a comprar algo primero en la tienda de Carmen, que no tengo reservas en la nevera.

—Yo me quedo terminando unas cosas, si te apetece después hablar un rato, estoy en casa.

—Luego te digo —respondo mientras recojo la mochila y salgo del colegio.

Voy a la tienda y cuando llego veo la camioneta aparcada fuera y sé que Cecilia está dentro. Es martes, es su día, y a estas alturas ya me sé su calendario de entregas como me sé los nombres de mis alumnos.

Respiro hondo antes de entrar, veo a Carmen detrás del mostrador, con su sonrisa, y ahí está Cecilia, de pie junto al mostrador con una caja de huevos y una caja que no sé qué lleva dentro.

—Buenas tardes —digo al entrar, mirando a Carmen y después a Cecilia.

—Hola, niña —dice Carmen—. ¿Qué necesitas?

—Arroz, unos tomates y algo para cenar.

Cecilia no me ha contestado el saludo, ni siquiera me ha mirado. Está repasando algo en una libreta pequeña que tiene entre las manos.

Voy al rincón de los productos frescos y cojo los tomates, que son los mejores que he probado en mi vida.

Cojo también una lechuga, un par de cebollas y me acerco al mostrador para pagar, y entonces los veo: unos quesos que Cecilia acaba de sacar de la caja.

Son tres distintos, unos más curados que otros.

Recuerdo cuando probé ese queso en el bar y estaba muy bueno.

Pero hoy al verlos me sale la pregunta sin poder contenerla.

—Cecilia —digo, y noto que ella se tensa ligeramente al oír su nombre—. Estos quesos los haces tú, ¿verdad?

No me mira, apunta algo en la libreta. Carmen nos observa detrás del mostrador con esa cara que pone cuando sabe que algo va a pasar, la misma cara que pongo yo cuando Balti se acerca a un enchufe.

—Sí —responde Cecilia sin levantar la vista.

Una palabra, pero no me rindo, porque soy cabezota y porque hoy me he levantado con ganas de pelea, aunque no lo sabía hasta ahora.

—¿Con leche de tus ovejas?

—Sí.

—¿Y cómo los preparas? Me refiero al proceso, porque probé uno en el bar de Carmen y estaba increíble, y tengo curiosidad por saber cómo se hace un queso así.

Se lo he dicho con interés de verdad, sin ironía, sin doble intención, simplemente con la curiosidad honesta de alguien que ha probado algo bueno y quiere saber cómo se hace, como cuando te gusta un plato en un restaurante y le preguntas al camarero qué lleva.

Cecilia levanta la vista, no me mira a mí, mira al frente, a un punto indefinido entre mi cara y la estantería de detrás, como si estuviera procesando lo que acabo de decir y calculando la respuesta mínima para quitarme de encima.

—Si lo quieres, cómpralo. Si no, deja de hacer preguntas, que tengo cosas que hacer.

Me quedo parada, notando cómo las palabras me golpean en el pecho como cuando una puerta se te cierra en la cara, esa sensación que tienes cuando estiras la mano hacia alguien y te la apartan de un manotazo sin motivo.

El silencio en la tienda es denso, Carmen no dice absolutamente nada, solo observa.

Miro a Cecilia y noto que el calor me sube por el cuello, ese calor que te viene cuando estás cabreada de verdad.

—¿Sabes qué, Cecilia? —digo, y mi voz sale más firme de lo que esperaba—. Ser borde no es un rasgo de personalidad, es mala educación.

El silencio se hace en la tienda y Cecilia me mira.

No como las otras veces, no de reojo, no de paso, no con esa mirada breve que te dedica alguien que no merece más de un segundo de atención.

Me mira directamente, clava su mirada en mí, sus ojos oscuros en los míos con una intensidad que no me esperaba y que me pilla desprevenida, porque llevo semanas intentando que esa mujer me mire y ahora que lo hace no sé qué hacer.

Nos quedamos así, mirándonos, y no sé por cuánto tiempo. Siento el corazón latiéndome en las sienes y el calor del cabreo mezclándose con algo más que no identifico, algo que se parece al vértigo, como cuando estás al borde de un sitio alto y no sabes si dar un paso adelante o uno hacia atrás.

Cecilia no dice nada. No responde, no se defiende, no me devuelve la bofetada verbal que yo le acabo de dar. Simplemente, me sostiene la mirada y después mete las manos en los bolsillos de la chaqueta y camina hacia la puerta.

Me quedo de pie en la tienda con el pulso acelerado, las manos ligeramente temblorosas y una mezcla de satisfacción y culpa que no sé cómo gestionar.

Satisfacción porque se lo he dicho, porque alguien tenía que decírselo, porque no puede ir por la vida tratando a la gente como si fueran transparentes y esperar que nadie le diga nada.

Y culpa porque la mirada que me ha dedicado antes de irse no era la de alguien que se siente atacado, era la de alguien que se siente descubierto, y eso es muy diferente, y no sé qué hacer con esa diferencia.

—Niña —dice Carmen rompiendo el silencio—, eso no se lo había dicho nadie en los cinco años que lleva aquí.

—Pues ya iba siendo hora —respondo.

—No digo que no tengas razón —continúa Carmen—, pero Cecilia es Cecilia y hay cosas que una no sabe de la gente…

—Carmen, le he preguntado por un queso, no por su vida personal. Me ha contestado como si le hubiera pedido un riñón.

Carmen me mira y suspira.

—¿Me pones un trozo de ese queso? —digo ante de que lo guarde.

Carmen me mira alzando una ceja.

—¿Del queso de Cecilia?

—Sí.

—¿El queso de la mujer a la que acabas de llamar maleducada? —pregunta con incredulidad.

—Le he dicho borde, no maleducada. Y sí, quiero un trozo de ese queso, porque que sea borde no quita que el queso esté bueno.

Carmen corta un trozo y me lo pone en una bolsa. Después me cobra todo lo que he comprado, y cuando me da el cambio, me aprieta la mano un segundo más de lo necesario.

—Ten cuidado con Cecilia —dice, y no suena a advertencia, suena a otra cosa que no sé descifrar.

—No le tengo miedo —respondo guardando el cambio en el bolsillo.

—Ya lo sé, por eso te lo digo.

Salgo de la tienda con la bolsa de la compra en la mano y el corazón todavía acelerado.

Camino hacia mi casa recordando lo que acaba de pasar: mi pregunta, su respuesta, mi réplica, su mirada.

Sobre todo, su mirada. Esos ojos que me han mirado como si yo fuera la primera persona en mucho tiempo que le hablaba de frente, sin rodeos, sin la distancia respetuosa con la que todo el pueblo la trata, como si fuera un animal salvaje al que no conviene acercarse demasiado.