Capítulo 10
Lara
Los días pasan y, como me dije, no me rindo. Los siguientes días coincido con Cecilia, la segunda vez es el jueves.
—Buenas tardes —digo al entrar mirándola directamente, porque me niego a dejar de saludar a alguien por el hecho de que no me devuelva el saludo. Me han educado así y no voy a cambiarlo.
—Buenas —responde.
Una palabra. Una sola palabra. Es más que el asentimiento del miércoles, así que técnicamente es un avance, aunque si tengo que celebrar que alguien me dice «buenas» después de que yo le diga «buenas tardes», completo con sus dos palabras, es que el listón está por el suelo.
Veo que Carmen no está atendiendo todavía a Cecilia, así que yo cojo unos tomates que sé que son de su finca y después me acerco a donde está Carmen.
—Ponme también una lechuga —le pido.
—Claro, niña. Estas que acaba de traer Cecilia están recién cortadas, mira qué verdes.
Cecilia sigue en el mostrador esperando a que Carmen le pague. No me mira, no dice nada, simplemente está ahí de pie con la paciencia de quien ha hecho esto mil veces y no necesita llenar los silencios con palabras.
—Tus tomates están muy buenos —digo, y lo digo porque es verdad, no porque quiera iniciar una conversación, aunque una parte de mí sí que quiere, aunque sea solo para demostrarme a mí misma que soy capaz de arrancarle más de una palabra.
Cecilia me mira. Es una mirada breve, de esas que duran un segundo.
—Gracias —dice.
Y se gira otra vez hacia Carmen.
Gracias. Una palabra. Dos sílabas si soy generosa contando. Dos interacciones en la misma semana y el vocabulario total que me ha dedicado esta mujer se resume en «buenas» y «gracias». A este ritmo, para Navidad habremos tenido una conversación entera.
La tercera vez es el sábado.
—Buenos días, Cecilia —digo al entrar, y esta vez la llamo por su nombre a propósito.
Me mira. Esta vez la mirada dura algo más, un par de segundos, y creo ver algo que podría ser sorpresa, o quizás es que le ha molestado que use su nombre como si tuviera derecho a ello, no lo sé, con esta mujer no sé leer nada.
—Buenos días —responde.
Buenos días, completo. Con sus dos palabras y todo. Es un avance que en circunstancias normales sería ridículo celebrar, pero aquí, en este pueblo, con esta mujer, es como si me hubiera dado un abrazo.
Carmen nos mira a las dos desde detrás del mostrador con esa sonrisa suya de «yo sé cosas que vosotras no sabéis» y no dice nada, pero apuesto lo que sea a que en cuanto Cecilia salga por la puerta, me va a soltar algún comentario.
Efectivamente, Cecilia termina, recoge su dinero, se despide de Carmen con un «hasta el martes» y sale sin mirarme. Carmen espera a que el sonido de la puerta del coche se pierda calle arriba y entonces me mira.
—Le has caído bien —dice.
—¿Eso es caerle bien? —pregunto entrecerrando los ojos—. Me ha dicho «buenos días», Carmen. Si eso es caerle bien, no quiero saber lo que es caerle mal.
—Al hombre que sustituyes, Paco, no le dirigió la palabra en dos años. A ti te ha dicho buenos días en tres semanas. Eso aquí es prácticamente una declaración de amistad.
—Carmen, no me jodas.
—Te lo digo en serio, niña. Cecilia no habla con nadie que no le merezca la pena. Si te ha contestado, es porque quiere hacerlo.
No sé qué pensar de eso. No sé si Carmen exagera, que es muy posible, o si de verdad un «buenos días» de Cecilia es el equivalente a una invitación a cenar en el mundo normal.
Lo que sí sé es que me jode, lo hace más de lo que debería, que alguien me trate como si fuera invisible cuando yo estoy haciendo el esfuerzo de ser educada.
Porque yo también tengo mi carácter, yo también puedo ser borde cuando quiero, y si hay algo que me saca de mis casillas es la gente que te mira por encima del hombro sin conocerte, como si supieran todo lo que necesitan saber de ti con solo verte.
Me cabrea porque le he dicho buenos días todas las veces que la he visto, le he elogiado sus tomates, la he llamado por su nombre, y lo máximo que he conseguido es un «buenos días» que ha sonado más a trámite que a saludo.
Por la noche, estoy tumbada en la cama y me vuelve Cecilia y su actitud. Así que para desahogarme le escribo a Sonia.
Yo: He coincidido con Cecilia tres veces esta semana en la tienda.
Las tres veces la he saludado. Las tres veces me ha contestado con lo mínimo imprescindible para no ser considerada una maleducada.
Hoy me ha dicho «buenos días» y Carmen me ha dicho que eso es que le caigo bien. Que a Paco no le habló en dos años.
Sonia tarda un minuto.
Sonia: O sea, que estás progresando.
Yo: Sonia, la tía me trata como si fuera parte del mobiliario de la tienda.
Sonia: Pero un mobiliario al que le dice buenos días. Eso es algo.
Yo: No tiene gracia.
Sonia: Sí la tiene. Te está sacando de quicio una pastora que no te hace caso y no sabes por qué te importa tanto.
Yo: Me importa porque es de mala educación no saludar a la gente, Sonia. Se llama convivencia.
Sonia: Ya. Convivencia. Claro.
Yo: ¿Qué insinúas?
Sonia: Nada. Que duermas bien. Y no te obsesiones con Cecilia.
Yo: No estoy obsesionada.
Sonia: Has contado las veces que la has visto. Eso no es normal.
No contesto, porque no tengo respuesta para eso.
Apago el móvil, me doy la vuelta en la cama y miro la pared.
Cierro los ojos y pienso en la semana que viene, en que volveré a entrar en la tienda de Carmen y Cecilia estará ahí con sus huevos, su queso y sus monosílabos.
Y yo volveré a decir «buenos días» con todas las letras, y ella volverá a mirarme con esos ojos oscuros que no dan nada gratis, y yo volveré a salir de esa tienda con la sensación de que he chocado con un muro que no sé cómo rodear.
Pero voy a seguir saludándola, porque soy cabezota, porque mi madre me enseñó a ser educada y porque, aunque no lo reconozca ni bajo tortura, Carmen tiene razón en algo: si Cecilia me ha dicho buenos días, algo he hecho bien. Y yo quiero saber qué es.