Capítulo 9
Lara
Han pasado tres semanas desde que llegué al Lomo del Palo y todavía no sé si me estoy adaptando o si simplemente he dejado de resistirme, que no es lo mismo, aunque el resultado se parezca.
El caso es que me levanto cada mañana a las seis y media sin despertador, me ducho con agua que ya sale caliente porque Fermín me arregló el calentador sin que yo se lo pidiera.
Desayuno café y tostadas con la mermelada casera que compro en la tienda de Carmen y salgo de casa a las ocho y cinco con una calma que no reconozco como mía, pero que ahí está, instalada en algún lugar entre el estómago y el pecho, como si mi cuerpo hubiera decidido bajar el ritmo sin consultarme.
Los niños siguen siendo los mismos nueve seres diminutos que me pusieron a prueba desde el primer minuto, pero algo ha cambiado, o quizás lo que ha cambiado soy yo.
He aprendido que Mateo deja de llorar si le dejo sentarse a mi lado en la alfombra durante los primeros diez minutos y le paso el brazo por encima del hombro sin decir nada, sin obligarlo a hablar, sin pedirle que pare, solo dejando que se le pase a su ritmo.
He descubierto que Hugo no salta encima de las mesas porque sea malo ni porque quiera volverme loca, sino porque tiene tanta energía dentro del cuerpo que, si no se mueve, explota, así que le dejo que salga al patio cinco minutos cuando veo que empieza a inquietarse y vuelve como nuevo.
He asumido que Adrián va a traer a Pepe la lagartija todos los días y que mi papel en esa negociación es asegurarme de que Pepe se quede en el táper junto a la ventana y no acabe paseándose por encima de las fichas de colores.
Adrián cumple su parte del trato y yo cumplo la mía, y en ese pacto absurdo entre una profesora de treinta y cuatro años y un niño de cinco con una lagartija, hay algo que funciona.
Balti sigue siendo Balti. No hay semana en la que no desmonte algo: un bolígrafo, la grapadora, el afilador.
Le he puesto una caja en una esquina del aula que he llamado «la caja de Balti» y que está llena de cosas rotas que le voy dejando para que las desmonte y las monte: un reloj viejo que me dio Fermín, un teléfono que ya no funciona que encontré en el almacén del colegio y una radio pequeña que Eloísa iba a tirar.
Balti se pasa los ratos libres sentado en su esquina desmontando piezas con una concentración que no tiene para ninguna otra cosa, y cuando termina, me enseña lo que ha hecho con una sonrisa de orgullo que le ocupa toda la cara y me dice que ya es un hacker de nivel dos.
No tengo ni idea de qué significa eso, pero le digo que muy bien y él vuelve a su caja feliz.
Mercedes me dijo el otro día que lo de la caja era la mejor idea que había visto en años.
No le dije que la idea surgió de la desesperación pura y del miedo a que un día Balti me desmontara el interruptor de la luz y nos dejara a oscuras.
Valentina ha dejado de tirar pintura al suelo, no porque se lo haya prohibido, sino porque le he dado el puesto de «encargada de materiales», lo que significa que ella reparte los botes de pintura, los recoge cuando terminamos y los cuenta para asegurarse de que no falta ninguno.
Desde que tiene esa responsabilidad, trata la pintura como si fuera oro y no deja que nadie la toque sin su permiso.
Lucía y Daniela siguen peleándose por los lápices de colores, pero he comprado una caja nueva con lápices suficientes para las dos y el conflicto ha bajado de intensidad, aunque de vez en cuando se pelean por el mismo color solo por costumbre.
Y Nerea. Nerea sigue dejándome un dibujo en la mesa cada mañana.
Ya tengo dieciocho. Los he pegado todos en la pared de mi casa, encima del sofá mutilado, y cuando los miro por las noches, me acuerdo de por qué estudié para esto, que era algo que se me estaba olvidando entre tanto moco y tanta plastilina.
Hay días buenos y días malos. Los buenos son esos en los que todo fluye, los niños colaboran, consigo hacer lo que tenía planeado y salgo del colegio pensando que quizás esto no fue tan mala idea.
Los malos son los que Hugo decide que no quiere hacer nada de nada y se tumba en el suelo del aula como una estrella de mar.
Mateo llora sin parar porque su madre le ha cortado el pelo y dice que no le gusta y quiere que se lo peguen otra vez.
Balti intenta meter un clip en el enchufe para «ver qué pasa» y yo llego justo a tiempo para evitar una tragedia, y Adrián me mira desde su silla con esa calma suya de niño sabio y me dice que Paco lo hacía diferente.
Paco. Paco sigue siendo el fantasma que me persigue por los pasillos de este colegio, aunque ya no me irrita tanto como al principio.
He aceptado que para estos niños Paco era su referencia, su persona segura, y que yo soy la nueva que tiene que ganarse ese sitio día a día, dibujo a dibujo, moco a moco.
No es justo que me comparen con alguien a quien no conozco, pero la vida no es justa y los niños a esta edad menos.
Ahora estoy sola en el colegio, todos se han marchado y yo sigo aquí sentada en la silla de la sala de profesores. Decido que es hora de que Sonia vea el colegio, ese que me insiste en que le enseñe. Así que saco mi móvil y pulso para hacerle una videollamada.
—¡Por fin! —grita cuando aparece su cara en la pantalla—. Llevas tres días sin llamarme.
—Llevo esos días sin tener un momento para respirar, Sonia, que no es lo mismo.
—Da igual. Enséñame dónde trabajas.
Giro la cámara para que vea la sala, que no es más que una habitación con una mesa, cuatro sillas, una cafetera, un tablón de corcho con horarios y circulares y una ventana que da al patio.
—Qué cutre —dice Sonia.
—Gracias por el apoyo.
—Es la verdad. ¿Eso es una cafetera o un arma biológica? —pregunta.
—Es la cafetera de Juan, y si le dices algo de ella, te mata. Ese hombre quiere más a esa cosa que a su mujer.
—¿Juan está casado?
—Sonia, céntrate, que no te he llamado para hablar de la vida sentimental de Juan —pido.
—Vale, cuéntame. ¿Qué tal con los peques?
Le cuento todo. Le hablo de la caja de Balti, del pacto con Adrián y la lagartija, de que Mateo ya no llora al entrar —bueno, la mayoría de los días no lo hace— de que Hugo necesita moverse como el aire y de que Nerea me tiene la pared de casa llena de dibujos.
Le cuento que hay días en los que termino tan cansada que llego a casa, me tiro en el sofá y no me levanto hasta la mañana siguiente, y otros en los que me sorprendo sonriendo mientras vuelvo caminando los veinte metros que separan el colegio de mi puerta.
Le cuento que Mercedes es una santa que me salva la vida al menos una vez al día con un consejo, una mano o un café, y que Juan habla poco, pero cuando habla dice cosas que tienen más sentido que todo lo que he leído en cualquier libro de pedagogía.
—Espera, espera —me corta Sonia—, ¿me estás diciendo que te gusta?
—No me gusta, Sonia, me estoy acostumbrando, que es diferente —aclaro.
—Claro, como cuando dices que no te gusta una canción, pero la tarareas sin darte cuenta.
—No es lo mismo —me defiendo.
—Es exactamente lo mismo.
Le pongo los ojos en blanco y entonces me acuerdo.
—Espera, que te tengo que enseñar algo.
Me levanto y cojo la bolsa donde tengo la zapatilla con la mierda de Drago; todavía no la he tirado, tampoco limpiado, y no entiendo muy bien el porqué.
—¡No me la acerques! —grita Sonia echándose para atrás—. ¡Que la estoy viendo en alta definición!
—Mira bien la suela, Sonia. Mira lo que me hizo el perro de la tía esa.
—La tía de las ovejas, Cecilia —dice Sonia con una sonrisa que ya conozco, la de cuando algo le hace tanta gracia que no puede disimularlo.
—Sí, Cecilia, la que va por la vida como si le debieran algo y los demás fuéramos un estorbo en su camino.
—A ver, Lara, te dijo que miraras dónde pisabas —responde poniendo los ojos en blanco.
—¡Me lo dijo cuando ya tenía el pie metido dentro, Sonia, eso no es avisar, eso es informar después de los hechos!
Sonia se ríe a carcajadas mientras yo la miro seria desde la pantalla con la zapatilla en la mano y no le veo la gracia, aunque una parte de mí, una muy pequeña que no quiero reconocer, sabe que, si le estuviera pasando a ella, yo también me estaría riendo.
—Tira esa zapatilla, Lara, por el amor de Dios —dice secándose las lágrimas.
—No puedo, es la prueba del crimen —respondo muy seria.
—¿Qué crimen? Una señora pasaba con sus ovejas y su perro cagó en el camino, no es un atentado.
—Es un atentado contra mi zapatilla y contra mi dignidad.
Sonia se vuelve a reír y yo guardo la prueba del crimen.
Hablamos media hora más, de su trabajo, de su novio, que sigue siendo igual de soso, de mi madre, que me llama todos los domingos para preguntarme si he conocido a alguien, como si en un pueblo de cien habitantes fuera a encontrar el amor de mi vida entre las ovejas.
Por la tarde voy a la tienda de Carmen a comprar y la veo; Cecilia está ahí. Seria, quieta, esperando que Carmen le dé el visto bueno a todo lo que ha dejado.
—Buenas tardes —digo al entrar.
Carmen me saluda con la sonrisa de siempre.
Cecilia me mira un segundo, asiente con la cabeza sin abrir la boca y vuelve a mirar a Carmen.
Un asentamiento, eso es todo lo que recibo.
Ni un «buenas tardes», ni un «hola», ni un gruñido que pueda interpretar como saludo.
Un movimiento de cabeza, seco, breve, como el que le harías a un desconocido en un ascensor, con la diferencia de que aquí no hay ascensores y de que llevamos viviendo en el mismo pueblo tres semanas.
Me quedo en un lado esperando a que terminen mientras finjo mirar las estanterías, pero en realidad estoy mirándola de reojo.
Lleva las mismas botas de siempre, un pantalón de trabajo con manchas de tierra y una camiseta oscura debajo de una chaqueta que parece más vieja que ella.
Tiene las manos grandes, fuertes, con la piel agrietada en los nudillos.
Son manos que trabajan, que no necesitan crema ni manicura, que levantan piedras y a saber qué más hace en esa finca.
Me fijo en que tiene una cicatriz fina en el dorso de la mano izquierda, una línea blanca que cruza desde el pulgar hasta la muñeca, y me pregunto cómo se la hizo, pero obviamente no se lo pregunto porque esa mujer no me ha dirigido una frase entera desde el día que me dijo que mirara dónde pisaba.
—Gracias, Carmen —dice Cecilia cuando termina de entregar las cosas.
Se da la vuelta hacia la puerta y pasa por mi lado sin mirarme. Sin un gesto, sin una palabra, sin nada. Como si yo fuera una estantería más de la tienda.
—No te lo tomes a mal —dice Carmen al ver mi cara—. Cecilia es así con todo el mundo.
—Ya, pero es que yo le he dicho buenas tardes, Carmen. Buenas tardes. Dos palabras. No le he pedido que me cuente su vida.
—Lo sé, niña, pero ella no es de las que hablan por hablar. Dale tiempo.
Compro y me voy a mi casa. En el sofá, después de colocar las cosas que he comprado, me digo que no pienso rendirme, que lograré que esa mujer me salude como es debido.