Capítulo 8 #2
—Es maja, ¿sabes? —sigue Carmen mientras guarda los quesos en la nevera—. Un poco perdida, pero maja. Se nota que no ha visto un pueblo en su vida, pero le pone ganas. Los niños le están dando guerra, pero ella aguanta.
—Todos aguantan al principio —respondo.
—Ya, pero esta parece distinta. Tiene algo, no sé, como que quiere estar aquí, aunque no sepa por qué.
No respondo. Carmen tiene esa costumbre de ver en la gente cosas que probablemente no existen, pero es su forma de ser y yo no voy a discutirle lo que ve o deja de ver. Recojo el dinero que me debe de la semana pasada, le digo adiós y salgo.
Al cruzar la calle veo a Sergio salir del colegio y caminar hacia las casas de arriba.
Sergio es de los pocos que me caen bien en este pueblo, no porque hablemos mucho, sino porque cuando nos cruzamos no intenta llenar el silencio con palabras que no hacen falta.
Me saluda con la mano, yo le devuelvo el gesto y cada uno sigue su camino. Así debería funcionar el mundo.
Subo al coche y, antes de arrancar, la veo.
Está saliendo por el portón que da a las casas de los profesores, la que está pegada a la de Sergio.
Lleva una sudadera gris que le queda grande, el pelo suelto y unas zapatillas que no son las que llevaba ayer, que supongo que habrán ido a la basura después de lo del camino.
No la veo molestándose en lavarlas para quitar la mierda de Drago.
Me mira un segundo, como dudando si saludarme o no, y yo arranco sin darle tiempo a decidirse.
La he visto varias veces esta semana. La primera fue el lunes, cuando pasé por delante del colegio con las ovejas y ella estaba en el patio con cara de alguien que acaba de descubrir que la realidad no se parece en nada a lo que esperaba.
La segunda fue en el bar de Carmen, a través del cristal, comiendo con Sergio y mirándome cuando pasé, pensando que yo no me daba cuenta.
Me di cuenta. Siempre me doy cuenta cuando alguien me mira, porque llevo años entrenando el instinto de saber cuándo me observan y cuándo me dejan en paz.
Y la tercera fue ayer, en el camino. La vi antes de que ella me viera, porque conozco cada metro de ese sendero y sé cuándo hay alguien que no es de aquí pisándolo.
Caminaba despacio, mirando el paisaje con esa expresión que tienen los de ciudad cuando ven montañas de verdad por primera vez, como si no se creyeran que exista algo así sin un cartel turístico al lado.
Llevaba unas zapatillas blancas de deporte que gritaban «nunca he pisado un camino de tierra en mi vida» y una sudadera limpia que no iba a seguirlo mucho rato.
Me saludó. «Buenas tardes», dijo, educada, con la sonrisa forzada de quien quiere caer bien a todo el mundo.
Yo la miré y lo que vi fue lo que siempre veo: una persona que viene de fuera, que no entiende dónde está, que cree que esto es temporal y que en unas semanas estará contando los días para irse.
Las he visto pasar muchas veces. Profesores que llegan, se quejan del frío, de la falta de cobertura, de lo lejos que está todo, aguantan un tiempo y se van.
Ninguno se queda. ¿Por qué iba a ser esta diferente?
Le dije que mirara dónde pisaba porque ya tenía el pie encima de la cagada de Drago y no iba a ser yo quien se la limpiara.
Podría haberla avisado antes, pero la vi tan concentrada en el paisaje, tan ajena a lo que tenía bajo los pies, que para cuando abrí la boca ya era tarde.
O quizás no me dio la gana de avisarla antes.
A veces soy así y no me disculpo por ello.
La oí maldecir mientras me alejaba con las ovejas. No me giré. No era mi problema.
Vuelvo a la casa y me pongo a prepararme algo de comer. Cuando lo tengo listo, me siento en el porche a comer, con Drago a mi lado mordiendo un hueso que le acabo de dar.
Pienso en que mañana es lunes, en que la profesora nueva volverá a entrar en ese colegio con su cara de no saber qué hacer, y en que los niños la van a poner a prueba otra vez, porque los niños de este pueblo son así, salvajes en el buen sentido, criados entre montañas y animales, sin filtros ni modales de ciudad.
Pienso en todo eso y no sé por qué lo pienso, porque no es asunto mío. Esa mujer no es asunto mío. Nada que pase en ese colegio ni en ese pueblo es asunto mío mientras no afecte a mi finca, a mis ovejas ni a mi tranquilidad.
Cuando llega la hora, recojo el rebaño, lo meto en el corral, cierro la puerta, le doy de comer a Drago, me ducho con agua caliente del calentador de gas que a veces funciona y a veces no, ceno algo rápido y me siento junto al fuego con un libro que llevo leyendo dos semanas porque solo leo unas páginas cada noche antes de que los ojos se me cierren.
Antes de acostarme, salgo al porche como hago siempre.
El cielo desde aquí arriba es algo que nunca deja de sorprenderme, por mucho que lo mire cada noche.
Sin luces de ciudad, sin contaminación, las estrellas se ven todas, tantas que parece que alguien ha derramado un bote de sal sobre un mantel negro.
Mi abuelo decía que las estrellas son los ojos de los que ya no están, mirándote para asegurarse de que estás bien.
Yo no creo en eso, pero me gusta pensarlo cuando miro hacia arriba y busco las que él me enseñó a reconocer.
Me quedo un rato mirando el cielo, escuchando el silencio y sin pensar en nada. Ni en Nayra, ni en la capital, ni en la profesora nueva con zapatillas blancas, ni siquiera en su sonrisa.
En nada.
Eso es lo que me repito cuando entro en la casa, cierro la puerta y me meto en la cama.
No pienso en nada.