Capítulo 8
Cecilia
Me despierto antes de que salga el sol porque las ovejas no entienden de domingos ni de despertadores.
Tengo que ordeñarlas antes de sacarlas del corral.
Llevo años despertándome así, sin alarma, sin reloj, solo con el sonido de los animales y la luz que empieza a colarse por las rendijas de las contraventanas de madera que mi abuelo puso hace más de cuarenta años y que yo no he cambiado porque funcionan y porque cambiar las cosas que sirven me parece una pérdida de tiempo.
Me levanto de la cama y me visto: pantalón cómodo para trabajar, camiseta vieja y las botas que están en la entrada porque no las meto en la casa.
Siempre están sucias, y no las limpio porque, ¿para qué?
, si en diez minutos van a estar igual. Salgo al porche y el frío me golpea.
Respiro hondo y el olor a tierra mojada, a hierba y ganado me llena los pulmones.
Hay gente que diría que huele mal. Para mí huele a casa.
Drago ya me espera en la puerta del corral.
Lo primero que hago es ordeñar, antes de soltarlas.
Por suerte, ahora hay maquinaria para hacer ese trabajo; las voy colocando, pero a veces ordeño alguna a mano, como lo hacía mi abuelo.
Es un trabajo que requiere paciencia, manos firmes y una espalda que cada año se queja un poco más.
Me siento en el taburete, coloco el cubo debajo y empiezo.
El sonido de la leche golpeando el metal es un ritmo que me calma, siempre lo ha hecho, desde que era niña y mi abuelo me sentaba a su lado para que viera cómo se hacía.
Yo entonces no entendía por qué elegía vivir aquí arriba pudiendo estar en cualquier otro sitio, y él me decía que la gente que no entiende por qué alguien elige un sitio es porque todavía no ha encontrado el suyo. Tenía razón, como en casi todo.
Cuando termino de ordeñar, abro el corral y las ovejas salen en tropel, como siempre, empujándose unas a otras como si hubiera un premio al otro lado cuando lo único que hay es el mismo pasto de todos los días.
Las cuento sin necesidad de pararme, es algo que hago de forma automática después de tantos años, como respirar.
Cincuenta y tres. Están todas. Las llevo al prado de arriba, el que da al barranco.
Mientras caminan, me quedo mirándolas y pienso que son los animales más tontos y más listos que existen al mismo tiempo: tontos porque se asustan de su propia sombra y listos porque saben exactamente cuándo va a llover, mejor que cualquier parte meteorológico.
Cuando las ovejas están pastando, vuelvo a la finca.
Llevo la leche a la quesería, que es una habitación que tengo al lado de la cocina.
Preparo la cuajada, la trabajo con las manos y la dejo reposar.
Después voy al huerto, donde tengo un invernadero, recojo los tomates que están maduros, arranco unas lechugas y riego las patatas.
Drago me sigue a todas partes sin estorbar, echándose a la sombra cuando me paro y levantándose cuando me muevo.
Mi abuelo murió hace ocho años. Me dejó la finca, las ovejas, la casa y una forma de ver la vida que tardé en entender, pero que ahora es la única que me sirve.
Cuando él murió, yo vivía en Las Palmas.
Tenía un trabajo de oficina en una empresa de distribución que no me gustaba, pero que pagaba las facturas, un piso alquilado en un barrio que no era ni bueno ni malo, y a Nayra.
Nayra.
Estuvimos juntas cuatro años. Cuatro años en los que yo creí que había encontrado a alguien que me entendía, que quería lo mismo que yo, que sabía mirarme sin necesidad de que le explicara nada.
Y durante un tiempo fue así, o yo quise creer que era así, que puede que sea lo mismo.
Vivíamos juntas, hacíamos planes juntas, dormíamos juntas, y yo pensaba que eso era suficiente para que durara.
No lo fue.
Nayra conoció a otra persona. Así de simple.
No hubo peleas épicas, ni gritos, ni platos rotos.
Un día llegó a casa, se sentó en el sofá y me lo dijo con esa calma que tienen las personas que ya han tomado una decisión y simplemente te están informando.
Me dijo que lo sentía, que no era mi culpa, que yo era una persona maravillosa, pero que se había enamorado de otra.
Me lo dijo mirándome a los ojos, como si la honestidad compensara la puñalada, como si decirte la verdad a la cara hiciera que doliera menos.
No lo hace. Duele exactamente igual, solo que encima tienes que mirar a la persona que te destroza mientras lo hace.
Me quedé tres meses más en Las Palmas de Gran Canaria después de eso.
Tres meses en los que no salía de casa más que para ir al trabajo, en los que dejé de comer bien, de dormir bien, de hacer cualquier cosa que no fuera sobrevivir al día siguiente.
Una compañera del trabajo me preguntaba todos los días si estaba bien y yo le decía que sí con una sonrisa que no engañaba a nadie.
Me convertí en una persona que ocupaba espacio sin estar presente, y una mañana, mientras miraba por la ventana de la oficina el tráfico de la ciudad, pensé en la finca de mi abuelo, en las ovejas, en el silencio, y supe que tenía que irme.
No fue una decisión valiente. Fue una huida.
Lo sé. Cogí las pocas cosas que quería conservar, metí todo en el coche, conduje hasta el Lomo del Palo con la certeza de que no quería volver a poner mi vida en manos de nadie que pudiera destrozarla con una frase dicha en un sofá un martes por la noche.
Eso fue hace cinco años. Cinco años en los que he reconstruido esta finca piedra a piedra, literalmente.
Cuando llegué, la casa estaba deteriorada, el corral se caía, las tierras estaban abandonadas y lo único que quedaba en pie era el almendro del patio que mi abuelo plantó cuando nació mi madre.
Trabajé sola durante meses: arreglé el tejado, levanté muros, limpié las acequias, planté el huerto.
Compré las primeras ovejas con el dinero que me quedaba y aprendí a ordeñarlas viendo vídeos en el móvil cuando bajaba al pueblo y pillaba wifi , porque aquí arriba no llega nada.
Aprendí a hacer queso. No porque fuera un sueño de toda la vida ni porque tuviera una vocación quesera escondida, sino porque tenía leche de sobra y necesitaba una forma de ganar dinero que no implicara depender de nadie ni tener jefe ni horario.
Probé y fallé muchas veces. Los primeros quesos que hice eran incomibles, duros como piedras o blandos como papilla, sin punto medio.
Los tiraba y volvía a empezar. Hasta que un día di con el punto, con la curación exacta, con la proporción de cuajo y sal, y el resultado fue un queso que Carmen probó en su bar y me pidió más.
Ahora vendo en la tienda, en el mercado de Gáldar los sábados y en una tienda ecológica de Las Palmas que me hace pedidos cada quince días.
No me hago rica, pero pago lo que tengo que pagar y me sobra para lo que necesito, que no es mucho.
También cultivo. Tengo un huerto que me da patatas, tomates, lechugas, cebollas, calabacines y hierbas aromáticas que uso para cocinar y para vender cuando hay excedente.
Todo ecológico, sin químicos, como hacía mi abuelo, que decía que la tierra sabe lo que necesita y que lo único que tienes que hacer es escucharla y no envenenarla.
La gente del pueblo me compra verduras cuando bajo, y algunos restaurantes de la zona me llaman de vez en cuando para pedirme producto.
No tengo página web ni redes sociales ni nada de eso, funciono con el teléfono fijo y con el boca a boca, y me va bien.
Mi vida es esta. Me levanto antes de que salga el sol, trabajo con las manos hasta que el cuerpo me dice basta, como lo que cultivo o lo que compro en la tienda de Carmen, leo por las noches junto al fuego y duermo con Drago a los pies de la cama.
No salgo, no quedo con nadie, no busco compañía.
La gente del pueblo me saluda cuando bajo y yo les devuelvo el saludo porque no soy maleducada, pero no me paro a hablar, no voy al bar a tomar café, no participo en las fiestas ni en las reuniones del colegio ni en nada que implique sentarme en un sitio a hablar de cosas que no me interesan.
No es que odie a la gente, es que no la necesito.
Hay una diferencia, aunque la mayoría no la entienda.
Sé lo que dicen de mí. Que soy rara, que soy borde, que estoy amargada, que vivo como una ermitaña, que es una pena que una mujer joven se encierre en una finca con ovejas pudiendo estar en la ciudad viviendo la vida.
Lo sé porque en un pueblo como este todo se sabe, hasta lo que no se dice, y porque Carmen, que es la única persona con la que hablo algo más de dos frases seguidas, me lo cuenta a veces sin que yo se lo pida.
Yo la escucho, asiento y cambio de tema, porque lo que la gente piense de mí dejó de importarme el día que entendí que da igual lo que hagas, siempre habrá alguien que tenga una opinión sobre tu vida sin saber nada de ella.
A media mañana bajo al pueblo con el coche.
Llevo quesos para Carmen y unas cajas de verdura que me ha pedido.
Aparco frente a la tienda, descargo y entro.
Carmen me recibe con esa sonrisa que tiene siempre y que a mí no me molesta porque Carmen es de las pocas personas que no me hacen preguntas que no quiero responder.
—Buenos días, Cecilia. ¿Qué me traes hoy?
—Tres quesos curados, dos semicurados y una caja de tomates y lechugas —digo dejándolo todo en el mostrador.
—Los tomates están preciosos —dice, cogiéndolos en las manos como si fueran joyas—. La profesora nueva me compró ayer una lechuga y me preguntó si era ecológica. Le dije que aquí todo es ecológico porque aquí no llega ni la química.
No digo nada. No me interesa lo que compra ni lo que pregunta la profesora nueva.