Sin cobertura Capítulo 7
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Capítulo 7

Lara

He sobrevivido una semana entera en el Lomo del Palo dando clase a nueve niños que han puesto a prueba mi paciencia, la que sabía que tenía y la que ni siquiera sabía que existía.

He limpiado mocos, he recogido plastilina del suelo, de las mesas, de mi pelo y de sitios que prefiero no recordar.

He convivido con Pepe la lagartija, que Adrián volvió a traer, pero llegamos a un acuerdo: Pepe se quedaba en el táper junto a la ventana y no sale de ahí en todo el día.

He visto a Balti desmontar dos sacapuntas más, un bolígrafo y la tapa de la papelera.

He despertado a Mateo de la alfombra cuatro veces.

He separado a Hugo de sitios a los que ningún niño debería subirse y he descubierto que Nerea me deja un dibujo en la mesa cada mañana antes de que yo llegue, lo que significa que llega antes que yo al aula, aunque no sé cómo ni cuándo.

Hoy es sábado y estoy acostada en la cama mirando el techo de mi casa, que sigue teniendo manchas de humedad, pero al menos ya no huele como el primer día. Me he acostumbrado al olor, o mi nariz ha decidido rendirse, a saber, cuál de las dos opciones es.

Sobre las nueve y media siento que golpean la puerta. No es el timbre, porque no tengo, es alguien dando con los nudillos. Cuando abro, me encuentro a Sergio con un cubo de pintura, un rodillo, un alargador y una bolsa de plástico colgando del brazo.

—Buenos días, dormilona. Hoy toca operación rescate.

—¿Operación rescate? —pregunto medio dormida.

—Tu casa, Lara. No puedes seguir viviendo con esas paredes. He hablado con algunos vecinos y nos vamos a poner con esto hoy.

Antes de que pueda responder, aparece detrás de Sergio un señor mayor que reconozco como Fermín, el de la puerta azul. Lleva una caja de herramientas y una escalera que parece más vieja que él.

—Vengo a arreglarte la luz esa del techo, que me dijo Sergio que tienes una bombilla colgando de unos cables como si fuera una casa de terror —dice sin saludar, entrando directamente como si fuera su propia casa.

—Buenos días, Fermín —digo, aunque él ya está dentro mirando la bombilla con los ojos entrecerrados y murmurando algo que no entiendo.

—Soy Maruca, vivo en la casa de abajo. Te traigo un poco de carne compuesta que hice anoche, que me dijo Carmen que estás comiendo galletas y eso no puede ser, niña.

—Muchas gracias, Maruca, no tenía por qué molestarse.

—No es molestia, es que aquí se come caliente todos los días —sentencia dejando la fuente en la mesa de la cocina.

Y cuando creo que ya no viene más gente, escucho una voz familiar.

—¡Niña! —grita Eloísa desde la puerta de fuera.

Aparece con unas sábanas dobladas, un par de toallas y lo que parece una colcha de ganchillo que pesa más que ella.

—Eso que tienes en la cama no son sábanas, son trapos. Toma, estas son de las buenas, las tenía guardadas en el hostal para cuando viniera alguien importante, y tú eres importante, así que te las quedas.

—Eloísa, no puedo aceptar…

—Claro que puedes, ya me las devolverás cuando te vayas. O no, que me da igual, tengo un armario lleno de ellas —dice entrando y dejándolas encima del sofá mutilado.

Me quedo de pie en medio de mi casa viendo cómo Fermín sube la escalera para cambiar la bombilla por un plafón; Sergio está preparando todo para pintar, Maruca organiza mi cocina como si fuera la suya y Eloísa me está haciendo la cama con las sábanas nuevas mientras me explica que la colcha la hizo su madre y que da calor.

Nadie me ha preguntado si quería ayuda. Nadie ha esperado a que la pidiera.

Simplemente, han venido con sus herramientas, la pintura, la comida y las sábanas, y ahora se han puesto a ello como si fuera lo más normal del mundo.

Cuando vivía en Tenerife en un edificio, no me sabía ni el nombre del vecino de al lado.

Aquí llevo una semana y tengo a cuatro personas dentro de mi casa un sábado por la mañana arreglándome la vida sin que yo haya abierto la boca.

Fermín pone el plafón y, de paso, arregla un enchufe que yo ni sabía que estaba roto.

Sergio y yo repasamos las paredes con pintura blanca que ahora sé que la ha cogido del almacén del colegio, y aunque quedan irregulares y se nota dónde estaban las manchas, la diferencia es enorme.

Maruca limpia la nevera por dentro, la llena con cosas que ha ido sacando de una bolsa que parecía no tener fondo y me deja un caldero de potaje en el fuego que dice que me durará tres días.

Eloísa termina de hacer la cama, coloca las toallas en el baño y pone una planta en la ventana que ha cogido de su hostal.

—Para que tengas algo verde que mirar cuando te despiertes —explica.

Cuando se van, me quedo de pie en el salón mirando lo que ha cambiado.

Ya no cuelga una bombilla del techo gracias a Fermín.

Las paredes están blancas, la cama tiene sábanas de verdad, la nevera está llena, huele a potaje y a lejía en vez de a cueva y hay una planta en la ventana.

Sigue siendo la misma casa pequeña con el sofá mutilado, pero ya no parece un sitio al que llegas por error, sino un sitio donde alguien vive. Donde yo vivo.

Me siento en el sofá y noto algo raro, algo que me cuesta identificar porque no lo esperaba.

Gratitud, sí, pero también otra cosa, algo más parecido a que el estómago se te encoja un poco, como cuando alguien hace algo por ti sin pedirte nada a cambio y tú no sabes qué hacer con ese gesto porque no estás acostumbrada a recibirlo así, sin condiciones, sin expectativas, solo porque sí.

Es tan diferente al día a día en la ciudad.

Después de comer el potaje de Maruca, que efectivamente está para morirse, y de hablar un rato con Sonia contándole todo lo de la mañana, decido salir a caminar.

Necesito estirar las piernas, despejarme y ver algo que no sea la pared de mi casa ni el aula del colegio.

Me pongo las zapatillas de deporte, una sudadera y salgo sin rumbo fijo.

Camino durante veinte minutos, subiendo por el sendero sin saber muy bien adónde lleva, pero sin importarme demasiado porque el paisaje es tan bonito que me da igual perderme.

Desde aquí arriba se ve todo el barranco, las casas del pueblo parecen de juguete y, al fondo, muy al fondo, se adivina el mar, una línea azul que parece pintada en el horizonte.

Me paro un momento para mirarlo y pienso que, si alguien me hubiera dicho hace dos semanas que estaría aquí, sola en una montaña mirando un barranco un sábado por la tarde, me habría reído en su cara.

Las escucho antes de verlas. Un tintineo suave y constante que se mezcla con el balar de algunas y el sonido de sus patas sobre la tierra. Levanto la vista y las veo bajar por la ladera: un rebaño de ovejas que se mueven juntas y, detrás de ellas, el perro y Cecilia.

Lleva las mismas botas llenas de barro, el mismo pantalón ancho y una chaqueta que hoy es marrón en vez de verde, pero igual de grande. Camina con paso firme como si cada metro de este camino fuera suyo.

El rebaño se acerca y yo me aparto a un lado para dejarlas pasar, porque no sé qué protocolo hay que seguir cuando te cruzas con medio centenar de ovejas en un camino de tierra, pero imagino que la prioridad la tienen ellas.

—Buenas tardes —digo cuando Cecilia llega a mi altura. Lo hago porque soy educada y porque mi madre me enseñó a saludar, aunque la otra persona tenga cara de que le da igual que existas.

Cecilia se para. Me mira de arriba abajo, despacio, sin prisa, con unos ojos oscuros que parecen evaluar si merece la pena responder o seguir andando.

Es más alta de lo que parecía desde la ventana del bar, tiene la cara morena por el sol y unas arrugas alrededor de los ojos que le dan un aspecto serio.

—Cuidado dónde pisas —dice señalando el suelo con la barbilla.

Y sigue andando. Sin un «buenas tardes», sin un «bienvenida», sin nada más. Solo esa frase y el sonido de sus botas alejándose por el camino detrás de las ovejas.

Al bajar la vista, mi zapatilla derecha está hundida en una plasta enorme, oscura, blanda, que no es de oveja. Miro hacia delante y veo al perro que va trotando tranquilamente al final del rebaño, sin saber lo que ha dejado en el camino.

—¡Me cago en la puta! —suelto levantando el pie y viendo cómo un pegote marrón se queda en la suela.

Arrastro el pie por la hierba del borde del camino intentando limpiar lo que pueda, pero solo consigo extender el desastre. La zapatilla está perdida. La dignidad también, pero esa la perdí el martes cuando saqué una pieza de sacapuntas de la boca de Adrián.

Vuelvo al pueblo y, cuando llego a mi casa, me quito las zapatillas en la puerta y las dejo fuera. Entro, me lavo las manos, me siento en el sofá y cojo el móvil.

Yo: He salido a pasear, me he cruzado con una tía que tiene ovejas, le he dicho buenas tardes, no me ha contestado el saludo, me ha dicho que mirara dónde pisaba y he metido la zapatilla en una mierda de perro. Es enorme lo que puede cagar ese animal.

Sonia tarda menos de un minuto.

Sonia: JAJAJAJAJAJAJA. Perdona, es que necesito un momento. ¿La tía de las ovejas no te ha dicho ni hola?

Yo: No. Me ha mirado como si fuera un extraterrestre y me ha dicho lo de pisar. Y luego se ha ido.

Sonia: Me encanta. Es mi persona favorita de ese pueblo y no la conozco.

Yo: Te odio.

Sonia: ¿Cómo se llama?

Yo: Cecilia.

Sonia: Cecilia. Nombre de señora con carácter. Me cae bien.

Yo: Pues ella me ha dejado meterme en una mierda de su perro sin inmutarse.

Sonia: A ver, te dijo que miraras dónde pisabas. Técnicamente, te avisó.

Yo: Me avisó DESPUÉS de que ya mi pie estuviera metido en ella.

Sonia: Son detalles.

Yo: Te odio mucho.

Sonia: La gente del pueblo es buena, te cuidan.

Yo: Sí, excepto la de las ovejas.

Sonia: Dale tiempo a Cecilia. Seguro que es de las que tardan en abrirse.

Yo: No creo que quiera abrirse. Creo que está bien cerrada y con el candado puesto.

Sonia: Como tú cuando llegaste, ¿no?

No contesto a eso, porque Sonia tiene esa maldita costumbre de decir cosas que se te quedan dando vueltas en la cabeza cuando menos te lo esperas.

Me paso el resto de la tarde en el sofá.

Mañana será domingo. El último día antes de otra semana de mocos, lagartijas, sacapuntas desmontados, cabras fugitivas y un hacker de seis años.

Pero el día que he tenido hoy, con la gente del pueblo ayudándome por la mañana, no se borrará tan fácilmente de mis pensamientos, incluso con Cecilia y su carácter.