Capítulo 6
Lara
Salgo de casa a las ocho y cinco. Entro en el colegio y, cuando lo hago, me encuentro a Mercedes en el pasillo con un termo en la mano y una calma que yo no sé de dónde saca.
—Buenos días. ¿Qué tal dormiste?
—Poco —reconozco.
—Normal, el primer mes se duerme intranquila aquí. Después te acostumbras al silencio y duermes mejor que en tu vida.
—¿Un mes? —pregunto, porque ese tiempo me parece una eternidad.
—O dos. Depende de lo cabezota que seas para resistirte al pueblo —dice entrando en su aula.
Abro mi aula y lo primero que hago es mirar la alfombra. La mancha azul sigue ahí, enorme y acusadora, recordándome que ayer existió y que hoy puede ser peor.
Reviso lo que preparé anoche: fichas de colores para los de cinco y seis, un juego de encajar piezas para los de cuatro y un circuito de psicomotricidad que monté con los cojines de la alfombra y unos aros que encontré en el almacén.
Todo esto lo saqué buscando «actividades infantiles para profesora desesperada», aunque obviamente no puse la última parte en la búsqueda.
A las ocho y veinte empiezan a llegar los niños.
Los reconozco a todos de ayer, lo que ya me parece un logro.
Mateo viene llorando, igual que ayer, pegado a su madre como una lapa.
Alma trae su mochila de unicornio. Valentina entra como si fuera la dueña del aula.
Hugo intenta irse a la clase de Sergio y Mercedes lo redirige al vuelo.
Lucía y Daniela entran juntas y de la mano, Nerea entra callada con su cuaderno de colorear bajo el brazo y Adrián aparece con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, lo que me pone en alerta inmediatamente.
—Adrián —digo mirándolo fijamente—, ¿qué llevas en los bolsillos?
—Nada —responde con esa cara de ángel que ya no me engaña.
—Saca las manos.
Saca las manos lentamente y están vacías. Lo miro con desconfianza, pero no puedo registrarle la mochila delante de todos, así que lo dejo pasar. Tomo nota mental de vigilar esa mochila.
Estoy contando a los niños cuando una mujer que no conozco aparece en la puerta del aula con un niño cogido de la mano.
—Esta es la profesora nueva, Balti, salúdala —dice la madre empujándolo para que entre en el aula.
El niño me mira de arriba abajo con un descaro que me asombra, pero tiene seis años; a esa edad no hay filtros.
—Tú eres más baja que Paco —dice pasando a mi lado.
—No sé cómo de alto es Paco —respondo, y no entiendo qué hago debatiendo esto con un niño de seis años.
—Era así —indica levantando su mano por encima de su cabeza—. Y era gordo. Tú no eres gorda.
—Balti —le llama la atención la madre.
—No pasa nada —digo—. Yo soy Lara, encantada, Balti.
—¿Y por qué se fue Paco? —pregunta sin moverse del sitio.
—Porque se fue a otro colegio —respondo.
—¿Por qué no le gustábamos?
Miro a la madre, que me mira y se encoge de hombros, como diciendo: ahora es tu responsabilidad, está en horario lectivo.
—Claro que le gustabais, pero a veces los profesores tienen que cambiar de colegio, como cuando tú cambias de juguete favorito.
Balti se queda pensando un momento, ladea la cabeza y dice:
—Yo no tengo juguete favorito. Yo soy hacker .
Me quedo mirándolo. Miro a la madre. Miro otra vez a Balti.
—¿Eres… hacker ? —repito despacio, porque necesito confirmar que un niño de seis años acaba de decirme eso en un pueblo donde no hay ni cobertura.
—Sí. Mi primo me enseñó. Sé meterme en los ordenadores —confirma totalmente convencido.
—Aquí apenas hay ordenadores —digo.
—Por eso es más fácil —responde encogiéndose de hombros.
La madre me mira antes de irse y dice, bajando la voz:
—Su primo tiene catorce años y le enseñó a encender el ordenador y a abrir el buscador. Desde entonces dice que es hacker . Cualquier cosa que tenga un botón, la toca. Suerte.
Intento empezar la mañana con la asamblea, que es como se llama al rato en el que nos sentamos todos en círculo en la alfombra y hablamos sobre qué día es, qué tiempo hace, cómo nos sentimos. En la práctica, es un caos controlado, o más bien un caos sin controlar.
—Hoy es martes —digo señalando el calendario de la pared.
—Mi abuela hace potaje los martes —dice Balti.
—Muy bien, Balti, pero ahora estamos hablando del día de la semana.
—Y del potaje de mi abuela. Cuando sea mayor, voy a hackear la receta para que esté en internet y la vea todo el mundo.
Valentina se ríe. Hugo se ríe. Adrián sonríe con esa sonrisa suya de medio lado que ya me sé. Mateo no llora, lo que es un avance, pero tampoco habla; simplemente me mira con esos ojos enormes y la nariz llena de mocos.
—¿Qué tiempo hace hoy? —pregunto señalando la ventana.
—Frío —dice Nerea, que es la única que levanta la mano antes de hablar y que me hace creer que hay esperanza.
—Muy bien, Nerea. Hace frío y…
—Y hay una cabra en el patio —interrumpe Hugo señalando la ventana.
Me giro y, efectivamente, hay una cabra en el patio del colegio. Una cabra marrón con cuernos que está comiendo tranquilamente las hojas de un arbusto que hay junto a la verja. Los nueve niños se levantan de golpe y van corriendo hacia la ventana gritando como si hubieran visto un dinosaurio.
—¡Es la cabra de Cecilia! —grita Adrián pegando la cara al cristal.
—¡Se ha escapado otra vez! —añade Balti.
—¿De quién es la cabra? —pregunto, aunque ya he escuchado el nombre.
—De Cecilia —repiten tres niños a la vez.
—Se escapa siempre —explica Adrián sin despegar la cara de la ventana—. Cecilia tiene la finca ahí arriba y a veces se le escapa alguna cabra y baja al pueblo. Una vez se metió una en la iglesia.
—En la iglesia —repito, porque no puedo con esta información a las nueve menos cuarto de la mañana.
—Si la cabra tuviera un chip con GPS, no se escaparía —dice Balti cruzándose de brazos—. Yo le puedo poner uno.
—Tú no le vas a poner nada a ninguna cabra —respondo.
—Es que nadie me deja hackear nada en este pueblo —protesta volviendo a su silla, indignado.
Salgo al pasillo para buscar a alguien que me ayude con la situación de la cabra y me encuentro a Sergio, que ya viene hacia mi aula con las manos en los bolsillos y la calma de siempre.
—Ya la he visto —dice antes de que yo abra la boca—. No hagas nada, ahora la sacamos. Pasa de vez en cuando.
—¿Pasa de vez en cuando que una cabra se meta en el colegio? —pregunto, porque necesito confirmar que esto es real y no una alucinación.
—En el patio, no en el colegio. Aunque una vez sí se metió dentro. Fue antes de que yo llegara, pero Juan lo cuenta siempre.
Sergio sale al patio, se acerca a la cabra con naturalidad, la agarra por los cuernos con una habilidad que delata que no es la primera vez y la saca por la verja. La cabra no opone resistencia, se deja llevar como si supiera que la fiesta ha terminado.
—¡Adiós, cabra! —grita Balti desde la ventana—. ¡La próxima vez te pongo un chip!
Vuelvo al aula e intento retomar la asamblea, pero los niños solo quieren hablar de la cabra, de Cecilia, de las ovejas de Cecilia, de los perros de Cecilia y de aquella vez que una gallina entró en el restaurante de Carmen.
Dejo que hablen un rato porque, al menos mientras hablan de animales, no se pegan, no lloran y no tiran pintura.
Después de la asamblea, pongo a los niños a trabajar con lo que he preparado.
A los de cinco y seis les doy las fichas, a los de cuatro el juego de piezas y a los de tres los siento en la alfombra con unos bloques de construcción.
Durante diez minutos, todo funciona. Diez minutos de paz que me hacen creer que puedo con esto.
Al minuto once, Balti se aburre de las fichas y decide que lo que realmente quiere hacer es desmontarle el sacapuntas a Adrián para ver cómo funciona por dentro.
Adrián lo mira fascinado. En treinta segundos, el sacapuntas está en cuatro piezas encima de la mesa y Balti las examina con la concentración de un cirujano.
—Balti, ¿qué has hecho? —digo acercándome.
—Lo estoy hackeando —responde sin levantar la vista.
—Eso no se hackea, eso es un sacapuntas y lo has roto.
—No está roto, está desmontado. Es diferente —afirma.
—Pues monta lo que has desmontado. Ahora.
—No puedo, me falta una pieza.
Miro el suelo. Miro debajo de la mesa. Miro a Adrián, que tiene la boca cerrada de una forma sospechosa.
—Adrián, ¿tienes algo en la boca?
Adrián niega con la cabeza. Lo miro fijamente, con esa mirada que aprendí de mi madre y que hasta ayer no sabía que tenía. Adrián abre la boca lentamente y ahí está la pieza metálica del sacapuntas descansando en su lengua.
—Dame eso —digo extendiendo la mano.
Adrián la escupe en mi palma. Miro la pieza llena de baba. Nerea, sentada al lado, los observa, niega con la cabeza y vuelve a su ficha, que ya tiene terminada y perfecta.
Cuando he limpiado la pieza, se la doy al hacker ; al final le cambiaré el nombre a Balti. Unos minutos después la muestra orgulloso.
—¿Ves? Arreglado. Soy un hacker .
—Eso no es hackear, Balti, es montar un sacapuntas.
—Es lo mismo —dice, y lo peor es que lo dice convencido.
El resto de la mañana pasa entre peleas menores, mocos, un intento de circuito de psicomotricidad que acaba con Hugo chocando contra Valentina y los dos llorando en el suelo.
Balti intentando abrir la carcasa del interruptor de la luz con las uñas porque quiere «ver los cables de dentro», y un momento en el que Nerea me tira de la manga de la sudadera y, cuando me agacho para ver qué quiere, me da un dibujo que ha hecho de mí.
Salgo con pelo rojo —mi pelo es más castaño tirando a cobrizo, pero se lo perdono—, una sonrisa enorme y algo que creo que son estrellas alrededor.
Me quedo mirándolo y siento que se me forma un nudo en la garganta que no esperaba.
—Gracias, Nerea, es precioso —digo.
Cuando suena la campana a la una y veinte, saco a los niños al patio. Los padres y abuelos esperan en la puerta y el ritual de recogida empieza. La madre de Balti se acerca a mí con una sonrisa que ya conozco, la de «¿qué ha hecho ahora?».
—¿Qué tal se ha portado? —pregunta.
—Muy bien, muy… ingenioso —digo, eligiendo las palabras como si pisara un campo de minas.
—Ingenioso —repite ella asintiendo lentamente—. ¿Ha intentado desmontar algo?
—Un sacapuntas.
—Solo uno. Estamos mejorando —dice llevándoselo de la mano.
Por la tarde estoy en la casa, en el sofá mutilado, y me levanto porque el olor a humo me llega.
Miro por la ventana y veo algo de humo lejos del pueblo y pienso que puede ser de la finca de Cecilia.
Y las palabras de Sergio vuelven: «Es un caso aparte».
Pienso en cómo caminaba por la calle ayer, como si nadie más existiera, como si el pueblo entero fuera un decorado por el que ella simplemente pasaba de largo.
Pienso que debe de ser raro vivir así, sola en una montaña con animales y silencio, y después pienso que yo llevo dos días aquí y ya me siento sola, así que quizás no soy la más indicada para juzgar cómo vive nadie.
Pienso en que mañana ya será miércoles, en que es posible que la cabra de Cecilia vuelva a meterse en el patio, al menos Balti ya tiene un plan para solucionarlo. Uno absurdo, imposible y con un chip GPS, pero un plan, al fin y al cabo.