Sin cobertura Capítulo 5
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Capítulo 5

Lara

—Arriba, que te invito a comer —dice Sergio asomando la cabeza por la puerta.

—No me puedo mover.

—Sí puedes. Vamos al bar de Carmen y te cuento todo lo que necesitas saber para sobrevivir aquí. Y por lo que veo, lo necesitas urgente.

Levanto la cabeza de la mesa y lo miro. No tengo fuerzas, pero necesito entender cómo funciona esto si quiero aguantar más de una semana. Me paso la mano por el pelo, encuentro otro trozo de plastilina que no había visto y lo tiro a la papelera, con la dignidad que me queda, que es poca.

El bar de Carmen está a cuatrocientos metros del colegio, lo que en el Lomo del Palo equivale a estar en el centro del pueblo.

Es el garaje de una casa; hay una barra, cinco mesas con manteles de hule, una televisión pequeña puesta en un canal de deportes sin sonido y una cocina de la que sale un olor a comida casera que me reconcilia con la vida.

Carmen es la misma señora de la tienda donde compré la leche y las galletas, porque aquí, por lo que voy entendiendo, la misma persona es tendera, cocinera y camarera.

—La profesora nueva —dice Carmen al vernos entrar—. ¿Qué tal el primer día?

—Intenso —respondo, y Sergio resopla detrás de mí aguantando la risa.

Nos sentamos en la mesa que está junto a la ventana y Carmen nos trae sin preguntar dos platos de potaje de berros con gofio que huelen a gloria. Sergio pide también pan y queso, y antes de que pueda darme cuenta, tengo delante una cantidad de comida que podría alimentar a una familia entera.

—Aquí se come así —explica Sergio al ver mi cara—. Carmen no entiende las raciones pequeñas.

Empezamos a comer y el potaje está tan bueno que durante unos segundos me olvido del desastre de la mañana. Sergio aprovecha el momento de calma para explicarme cómo funciona todo y yo escucho mientras como, asintiendo entre cucharada y cucharada.

—A ver, como te dije el sábado, somos cuatro fijos: tú con infantil, yo con primero y segundo, Mercedes con tercero y cuarto y Juan con quinto y sexto.

Luego, los dos itinerantes: Raquel, que es la de inglés, viene los martes y los jueves, y David, que es de educación física, viene los lunes y miércoles.

Hoy lo has tenido fácil porque David se ha llevado a tus peques un rato, si no, habrías estado toda la mañana con ellos.

—¿Eso ha sido fácil? —pregunto poniendo los ojos en blanco.

—Mañana no tendrás a David, y vendrá un niño que no vino hoy, se llama Baltasar, le gusta que le digan Balti, y es un personaje.

—¿Un personaje?

—Tú tranquila, ve cogiendo ritmo. Mercedes es una santa, si necesitas algo, pídeselo a ella.

Juan es más suyo, lleva aquí quince años y tiene sus manías, pero es buen tipo.

Los padres son majos en general, aunque hay un par que son complicados.

La madre de Hugo te va a decir que su hijo es muy listo y se aburre, y el padre de Valentina te va a pedir reuniones cada dos semanas. Con el resto no tendrás problemas.

—¿Y Paco? El que estaba antes, ¿por qué se fue?

—Paco pidió el traslado. Llevaba dos años aquí y decidió que quería volver a Las Palmas.

Es un buen profesor, pero el pueblo se le hizo pequeño.

Eso pasa mucho: la gente viene, aguanta un tiempo y se va.

Mercedes y Juan son los únicos que llevan años, yo llevo cuatro años y me ocupo un poco también de la administración y la dirección del centro.

—¿Y no te dan ganas de irte? —pregunto con curiosidad, porque no entiendo cómo alguien elija quedarse en un sitio sin cobertura y con una sola tienda.

—A veces, pero luego me levanto, miro por la ventana y veo las montañas, y se me pasa. Esto no es para todo el mundo, Lara, pero si le das una oportunidad, te sorprenderá.

No contesto. No sé qué decir, porque todavía estoy en la fase de querer salir corriendo, pero asiento y sigo comiendo.

Sergio me explica también cómo funciona el pueblo en relación con el colegio.

Aquí el colegio no es solo un sitio donde los niños vienen a estudiar, es el centro de todo.

Las fiestas del pueblo se organizan desde el colegio, las reuniones de la comunidad se hacen en el salón de actos, que es en realidad el comedor, y cualquier problema que haya, desde una carretera cortada hasta un vecino que necesita ayuda, se comenta primero en la puerta del colegio a la hora de entrada o salida.

—Básicamente, eres profesora, trabajadora social, organizadora de eventos y mediadora vecinal. Todo en uno —resume Sergio.

—Qué chollo —digo con ironía.

Mientras Sergio sigue hablando de los itinerantes y de un programa de huerto escolar que quiere poner en marcha, yo miro por la ventana distraída. Y entonces la veo.

Una mujer pasa por la calle con un rebaño de ovejas.

Lleva unas botas de goma que están llenas de barro, un pantalón de trabajo ancho, una chaqueta verde oscura que le queda grande y el pelo recogido de cualquier manera con lo que parece un trozo de cuerda, no lo distingo bien desde aquí.

Camina con paso firme, sin mirar al bar ni a nadie, como si la calle fuera suya y el resto del mundo no existiera.

Las ovejas la siguen sin necesidad de que les grite ni las arree; simplemente caminan detrás de ella como si supieran exactamente adónde van.

Un perro blanco y marrón va al final del rebaño.

La miro unos segundos más de los necesarios, quizás porque es la primera persona que veo en este pueblo que no me ha sonreído, no me ha preguntado si soy la profesora nueva y no parece tener el más mínimo interés en nadie que no sea ella misma y sus ovejas.

—¿Quién es? —pregunto señalando con la barbilla hacia la ventana.

Sergio se gira, mira un momento y vuelve a su plato.

—Cecilia —dice como si eso lo explicara todo.

—¿Y quién es Cecilia?

—Tiene una finca a las afueras del pueblo, vive sola ahí arriba con las ovejas y su perro. Tiene treinta y ocho años, creo, aunque parece mayor por el sol y el trabajo. Ella es un caso aparte.

—¿Un caso aparte? —insisto.

—Pues aparte. No baja mucho al pueblo, no habla con mucha gente, va a lo suyo. Lleva aquí toda la vida, bueno, se fue un tiempo y volvió. La gente del pueblo la respeta, pero no es de las que se paran a charlar en la puerta del colegio.

Miro otra vez por la ventana, pero Cecilia ya ha doblado la esquina y solo veo las últimas ovejas del rebaño desaparecer.

—Bueno —digo volviendo la mirada al plato ya vacío—, cada una con su vida.

—Exacto —asiente Sergio sirviéndose más agua—. ¿Quieres postre? Carmen hace un bienmesabe que quita los males.

—¿Todos los males? —pregunto tocándome el pelo y sacando un último resto de plastilina.

—Bueno, casi todos.

Acepto el bienmesabe, que lo sirve con helado, porque a estas alturas del día necesito azúcar, consuelo y algo que me haga creer que mañana va a ser mejor.

Carmen me pone un plato en el que casi me puedo bañar y yo me lo como entero sin rechistar, mientras Sergio me mira con una mezcla de asombro y respeto.

—¿Qué? —pregunto con la boca llena.

—Nada, que me caes bien.

—Pues eres el único.

Cuando salimos del bar, camino hacia mi casa junto a Sergio y, antes de separarnos en el portón, le digo:

—Gracias por la comida y por la información, y también por no reírte de mí, bueno, no reírte mucho.

—De nada. Mañana será mejor, te lo prometo.

—Eso espero, porque peor es difícil.

Entro en mi casa, cierro la puerta, me quito los zapatos, me dejo caer en el sofá mutilado y me quedo mirando el techo. Cojo el móvil y veo que tengo un mensaje de mi amiga.

Sonia: ¿Cómo ha ido? Cuéntame todo.

Yo: Ha venido un niño con una lagartija que se llama Pepe. He limpiado mocos, he tenido pintura azul en las manos todo el día, plastilina en el pelo y un niño se ha dormido encima de mí. Ah, y mañana va a ser peor porque no viene el de educación física y hay un niño más.

Sonia:  Ja, ja, ja. Espera, que lo estoy leyendo otra vez. ¿La lagartija se llama Pepe?

Yo: Sí.

Sonia: Te quiero.

Yo: Yo también, pero ahora déjame morir en paz.

Dejo el móvil, cierro los ojos y pienso en el potaje de Carmen, en la sonrisa de Mercedes, en la calma de Nerea coloreando su dibujo, en Adrián y su lagartija, en Hugo saltando de mesa en mesa, en Mateo durmiendo en la alfombra azul.

Y sin quererlo, sin esperarlo, sin que tenga ningún sentido, sonrío.

Solo un poco. Y solo un segundo.

Pero sonrío.