Sin cobertura Capítulo 4
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Capítulo 4

Lara

El lunes llega demasiado rápido; me despierto a las seis y media sin despertador porque llevo toda la noche durmiendo a ratos, dando vueltas en una cama que no es la mía, en una casa que todavía huele a humedad a pesar de que Sergio y yo pasamos la tarde del sábado y todo el domingo limpiando con lejía, fregando suelos y abriendo ventanas.

Está mejor, eso sé, pero mejor no significa bien.

Me levanto, me ducho con agua caliente, muy caliente, porque tengo frío, y después me visto y voy a la cocina para desayunar algo.

Abro la nevera y veo la mermelada casera que compré ayer en la tienda del pueblo, que no es un supermercado, sino un cuarto con estanterías donde una señora llamada Carmen vende de todo, desde leche hasta pilas.

Desayuno café y me decido por unas galletas que traje de Tenerife y que tenía en la mochila.

Miro el reloj y son las siete y cuarenta. El colegio está al lado de mi casa, así que tengo tiempo, pero los nervios me comen por dentro y no puedo quedarme quieta. Cojo el móvil y le mando un mensaje a Sonia.

Yo: Hoy es el día. Estoy cagada de miedo.

No contesta. Normal, a esta hora estará yendo a su trabajo, donde no habrá unos niños diminutos que seguro me juzgarán con sus pequeños ojos.

Salgo de casa a las ocho y diez; el aire es más frío de lo que esperaba, se te mete en los huesos y te hace arrepentirte de no haberte puesto un jersey más gordo. Camino los veinte metros que me separan del colegio y entro por la puerta lateral.

Entro en el edificio y recorro el pasillo hasta llegar a mi aula.

Abro la puerta, enciendo la luz y me quedo parada en el umbral mirando las mesas bajitas, las sillas diminutas, la alfombra de colores, los nombres en la pared.

Todo exactamente igual que el sábado, pero hoy es diferente porque hoy esas sillas no van a estar vacías.

—Buenos días —escucho a mi espalda.

Me giro y veo una mujer de unos cincuenta años, con gafas redondas, el pelo corto y canoso, y una sonrisa calmada que contrasta con el estado de mis nervios.

—Soy Mercedes, doy clase a tercero y cuarto. Tú eres Lara, ¿verdad?

—Sí, encantada —digo, y el nerviosismo que tengo se me nota demasiado.

—Tranquila, los peques no muerden. Bueno, alguno, sí, pero eso ya lo irás viendo.

No sé si lo dice de broma o en serio, pero antes de que pueda preguntar, aparece otro hombre por el pasillo.

Es mayor, pelo blanco, cara ancha, cuerpo de alguien que ha trabajado en el campo toda su vida.

Se presenta como Juan, el de quinto y sexto, y me da un apretón de manos que casi me deja sin dedos.

—Bienvenida, muchacha. Aquí hacía falta gente joven —dice con una voz tan grave que retumba en el pasillo.

Y antes de que pueda responder, escucho ruido de los niños llegando al colegio: voces, gritos, risas, algún llanto y el sonido de mochilas arrastrándose por el suelo.

Miro el reloj: las ocho y veinte. Todavía faltan diez minutos, pero aquí parece que el horario es tan orientativo como los días de la semana.

Me asomo a la puerta del patio y lo que veo me paraliza.

Hay madres, padres, abuelos y niños de todas las edades formando un grupo que parece más una reunión familiar que la entrada a un colegio.

Todos hablan entre ellos, se saludan, se ríen, y de vez en cuando alguien mira hacia donde estoy yo y le dice algo al de al lado.

Soy el espectáculo del día, la profesora nueva que ha venido de fuera, y lo sé porque noto las miradas como si fueran focos apuntándome directamente.

Sergio aparece a mi lado; hoy se ha puesto zapatillas en vez de las chanclas, lo que interpreto como su versión de ir formal.

—¿Lista? —pregunta con esa sonrisa que ya empiezo a identificar como su estado natural.

—Define lista.

—Capaz de sobrevivir las próximas cinco horas sin salir corriendo.

—Eso no puedo garantizarlo.

Se ríe y sale al patio para recibir a las familias.

Yo lo sigo porque no me queda otra. Sergio me presenta a los padres que se acercan y yo sonrío, doy la mano, digo «encantada» muchas veces y asiento como una de esas figuras que ponen en el salpicadero del coche.

Una abuela me agarra del brazo y me dice que a su nieto le gusta que le canten canciones antes de trabajar.

Un padre me pregunta si soy de aquí y, cuando le digo que, de Tenerife, me mira como si le hubiera dicho que vengo de Marte.

Otra madre me advierte de que su hija no come fruta y que no la obligue, y yo quiero decirle que bastante tengo con no salir huyendo como para obligar a nadie a comer nada.

Tengo delante a ocho niños entre tres y seis años que están esperando en fila para entrar. Muchos de ellos están contentos, tranquilos; solo dos de los más pequeños están llorando. Uno de ellos, el rubio, se ha agarrado a la pierna de su madre como si le fuera la vida en ello.

—Ese es Mateo —me susurra Sergio al oído—, primer año, llora siempre al entrar. Dale cinco minutos y se le pasa.

Cinco minutos, vale, puedo con eso.

Consigo meter a los ocho en el aula después de un proceso que incluye despegar a Mateo de su madre, convencer a una niña llamada Alma de que su mochila de unicornio cabe en el perchero y descubrir que Hugo ha decidido que hoy no quiere entrar y se ha sentado en el suelo del pasillo con los brazos cruzados.

Mercedes pasa por allí, lo levanta sin decir nada, lo mete en mi clase y me guiña un ojo.

Tomo nota: Mercedes es mi persona favorita del pueblo.

Cierro la puerta del aula y me giro hacia mis ocho alumnos.

Ocho caras que me miran con una mezcla de curiosidad, desconfianza y, en el caso de Mateo, lágrimas.

Están sentados en las sillitas, algunos bien, otros de rodillas, uno de pie encima de la silla y una niña debajo de la mesa. Respiro hondo.

—Buenos días, me llamo Lara y voy a ser vuestra nueva profesora.

Silencio. Hasta Mateo ha dejado de llorar. Me miran como si les estuviera hablando en otro idioma.

—Vamos a pasarlo bien juntos —añado con una sonrisa.

El silencio dura exactamente tres segundos. Después, todo se desmorona.

Mateo, que ha parado de llorar durante mi presentación, vuelve a arrancar con un llanto que parece una sirena de bomberos.

Una niña que se llama Valentina se levanta, va hacia la estantería y empieza a sacar todos los cuentos, tirándolos al suelo.

Hugo, el que no quería entrar, ahora no quiere sentarse y está dando vueltas por el aula tocando todo lo que encuentra.

Dos niñas de cuatro años que, según la lista, se llaman Lucía y Daniela, empiezan a pelear por un lápiz rosa.

Y un niño de cinco años, Adrián, me mira desde su silla con una calma que me resulta inquietante y me dice:

—Paco nos dejaba hacer lo que quisiéramos.

—Paco ya no está, ahora estoy yo —respondo con más firmeza de la que siento.

Adrián se encoge de hombros como si mi respuesta no le afectara lo más mínimo y saca algo del pantalón. Algo que se mueve, algo con cola y cuatro patas.

—¿Eso es una lagartija? —pregunto acercándome.

—Se llama Pepe —contesta acariciándola.

Tengo a un niño con una lagartija; solo quiero gritar, pero no puedo, realmente no debo. Ahora es cuando tengo que sacar a la adulta responsable, paciente y seria que llevo dentro. Porque lo único que quiero es que el bicho ese salga de la clase y que los niños se sienten.

—Adrián, no puedes traer una lagartija al colegio.

—¿Por qué? —pregunta mirándome con esos ojos enormes de niño que sabe perfectamente que lo que está haciendo no está bien, pero busca mi límite.

—Porque es un colegio, no un zoo.

—Paco me dejaba.

Otra vez Paco. Empiezo a odiar a Paco.

—Pues yo no te dejo. Guárdala en la mochila y a la salida te la llevas a tu casa —digo, pero hasta yo misma sé que la solución es una mierda.

—Si la meto en la mochila, se ahoga —dice—. Pepe también quiere aprender.

Miro a Pepe la lagartija, miro a Adrián, miro a los otros seis niños que ya están en su propio universo de caos, y tomo la decisión más cobarde de mi carrera profesional; en lugar de imponerme, me veo buscando un táper para hacerle unos agujeros con unas tijeras en la tapa y se lo doy a Adrián para que meta a Pepe ahí hasta la salida.

Adrián hace lo que le pido. Primer incendio apagado.

Pero apenas me doy la vuelta, Valentina ha volcado un bote de pintura azul en la alfombra, que ahora está de un bonito azul.

Valentina, después del desastre, ha ido a su pupitre; yo solo la miro seria, muy seria, pero no soy capaz de decir nada.

Me agacho para retirar parte de la pintura y quitar la alfombra cuando siento que me tiran del pelo.

Me giro y es Mateo, que ha dejado de llorar y que tiene los mocos colgando hasta la barbilla; me mira y dice:

—Tengo pis.

—Pues ve al baño, está ahí al lado —digo señalando la puerta del aseo que está dentro del aula.

—No sé.

Me levanto del suelo, cojo a Mateo de la mano y lo llevo al baño; primero le limpio los mocos, para que después haga pis.

Cuando vuelvo, Hugo se ha subido encima de una mesa y está saltando a otra mientras los demás lo miran entre asombrados y divertidos.

Daniela y Lucía ya no se pelean por el lápiz rosa porque ahora se pelean por uno verde.

Adrián vigila a Pepe dentro del táper. Y una niña que creo que se llama Nerea está sentada en su sitio, tranquila, coloreando un dibujo como si nada de lo que ocurre a su alrededor fuera con ella.

Nerea es mi segunda persona favorita en este pueblo, después de Mercedes.

La mañana avanza y yo intento, con más voluntad que destreza, seguir algo parecido a una programación.

Consigo que nos sentemos en la alfombra —la parte que no está azul— y leer un cuento.

Bueno, leer es mucho decir: empiezo a leer y Adrián me interrumpe cada dos líneas para decirme que ese cuento ya se lo sabe.

Valentina se levanta tres veces a mirar por la ventana.

Mateo se queda dormido apoyado en mi brazo.

Y Hugo me pregunta si puedo leer más rápido porque se aburre.

Después del cuento, intentamos hacer una actividad con plastilina, que es donde pierdo definitivamente el control.

La plastilina empieza en las manos de los niños y termina en todas partes: en las mesas, en las sillas, en el suelo, en la ropa, en el pelo de Lucía, en la oreja de Hugo y, por algún motivo que desafía las leyes de la física, en mi pelo.

Me llevo la mano a la cabeza y saco un pegote verde del tamaño de una aceituna que no sé en qué momento se ha instalado ahí.

A las once salimos al patio para el recreo y me quedo apoyada contra la pared del colegio mirando a mis alumnos correr como si no hubieran hecho nada en toda la mañana.

Estoy agotada. Llevo dos horas y media y estoy más cansada que después de un día entero con niños de diez años.

En ese momento aparece Sergio en la puerta del colegio.

Se apoya en la pared a mi lado, me mira y tiene la indecencia de sonreír.

—¿Qué tal? —pregunta.

Lo miro y no digo nada. No necesito hablar, mi cara lo dice todo: tengo pintura azul en los dedos, plastilina verde en el pelo, una mancha de moco seco en el hombro que probablemente es cortesía de Mateo y una expresión que es la de alguien que ha visto cómo su vida profesional se desintegra en tiempo real.

—No habrá sido para tanto —dice sin borrar la sonrisa.

—Hay un niño que ha traído una lagartija —digo—. Se llama Pepe.

—¿El niño? —pregunta entrecerrando los ojos.

—La lagartija —respondo poniendo los ojos en blanco.

Sergio se ríe, yo no.

—¿Sabes qué? El primer día siempre es así, incluso peor a veces. Los peques necesitan tiempo para adaptarse a ti y tú a ellos. Dale unos días.

—No sé si tengo unos días, Sergio. Me van a comer viva antes del miércoles.

—Exagerada —dice y se va dejándome sola con mis niños, mi pintura y mi plastilina.

La segunda parte de la mañana es algo mejor, quizás porque ya no me queda energía para estresarme o porque los niños se cansan de probarme y empiezan a colaborar un poco más.

Conseguimos hacer un dibujo de bienvenida todos juntos en un mural, que queda como queda un mural hecho por ocho niños de tres a seis años: caótico, lleno de manchas y con una figura que Adrián dice que soy yo, pero que parece más un espantapájaros con pelo rojo.

A la una y veinte suena la campana y empiezo a preparar a los niños para la salida.

Algunos se ponen el abrigo solos, otros necesitan ayuda y Mateo se ha vuelto a quedar dormido en la alfombra.

Lo despierto con cuidado, le limpio los mocos, le pongo el abrigo y lo llevo de la mano hasta el patio, donde su madre lo espera.

—¿Qué tal se ha portado? —pregunta la madre.

—Muy bien —miento.

Uno a uno van saliendo todos. Adrián es el último y, antes de irse, me mira, levanta el táper donde está Pepe y dice:

—Mañana lo traigo otra vez.

—Ni se te ocurra —respondo.

Se va sonriendo y yo me quedo en el patio vacío con la sensación de haber corrido una maratón.

Entro en el aula y miro el desastre: la alfombra azul, plastilina pegada en sitios imposibles, lápices por el suelo, sillas torcidas y el mural de bienvenida colgado torcido en la pared.

Me dejo caer en la silla —la grande, la mía— y apoyo la frente en la mesa.