Sin cobertura Capítulo 3
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Capítulo 3

Lara

Me despierto y veo la luz entrando por la ventana. Miro el reloj y son las siete y media. En mi vida me he despertado un sábado a esta hora sin un despertador, pero claro, jamás he dormido en un sitio donde a las seis de la mañana ya canta todo bicho viviente del pueblo.

Bajo a desayunar y Eloísa me tiene preparado un café con leche y unas tostadas con mantequilla y mermelada casera que está para morirse.

Me siento en una mesa que da a la entrada.

Mientras desayuno, veo pasar a un señor con una oveja atada con una cuerda, a una mujer con un cesto en la cabeza y un gato cruzando la calle con tanta tranquilidad porque sabe que nadie lo va a molestar.

«Tengo que decirle a Sonia que sí hay gatos».

—¿Quieres más café, niña? —pregunta Eloísa desde detrás de la barra.

—Sí, por favor. Eloísa, ¿usted podría decirme dónde está el colegio? Me gustaría acercarme a verlo antes del lunes.

—Claro que lo sé, está aquí al lado. Sales, giras a la derecha, pasas la casa de Fermín, que es la que tiene la puerta azul, sigues recto y lo verás enseguida. No tiene pérdida, es la casa más grande del pueblo; tampoco es que haya muchas donde elegir.

Le doy las gracias y, después de tomarme el segundo café, salgo a buscar el colegio.

Sigo sus indicaciones y efectivamente no hay pérdida, porque en cuanto paso la casa de la puerta azul, ya lo veo.

Es una casa de una sola planta enorme, con un patio delantero y unas rejas pintadas de verde que necesitan urgentemente otra mano de pintura.

Me quedo mirándolo, ahí dentro va a ser mi vida durante los próximos meses. En ese lugar voy a dar clases a niños de un pueblo que hasta hace tres días no sabía que existía, y voy a descubrir si he cometido el mayor error de mi vida o la mejor decisión que he tomado nunca.

Saco el móvil del bolsillo de la parte trasera del pantalón y busco el número de Sonia para llamarla, pero la cobertura no está a mi favor y no da la llamada. Me pongo a mover el teléfono y levantarlo hacia el cielo, como si eso sirviera para algo, pero a mí en este momento me vale.

—No hay cobertura en esta zona —escucho detrás de mí.

Al girarme, veo a un chico algo mayor que yo, con barba de varios días, una camiseta de un grupo de rock que no conozco y unas chanclas que no pegan con el frío que hace a esta hora. Sonríe al verme hacer la gilipollas con el móvil en la mano y eso me jode más de lo que debería.

—Ya me he dado cuenta —respondo cortante.

—Tú debes de ser Lara, ¿verdad?

—Sí —respondo mirando al chico que sigue con esa sonrisa. ¿Qué le pasa al gilipollas este?

—Hola, soy Sergio —indica extendiendo la mano.

A ver, que a mí no me importa cómo se llame, que yo necesito cobertura para hablar con mi amiga, pero como veo que no baja la mano y que sabe mi nombre, se la estrecho y lo saludo.

—Hola, Sergio, yo soy Lara. Bueno, por lo que se ve, ya lo sabes.

—En el Lomo del Palo todo se sabe. Aquí llega alguien nuevo y, antes de que pise el pueblo, ya lo sabemos todos. Vamos a trabajar juntos en el colegio, los dos somos profesores del centro.

Vale, genial, el chico es compañero y yo mirándolo mal.

—A ver, Sergio, necesito hablar con una amiga. ¿Dónde hay cobertura en este pueblo?

—Vamos, te llevaré a tu nueva casa para que dejes tus cosas y después entramos al colegio, así te enseño todo antes del lunes. Sobre la cobertura, es mejor que te conectes a la red wifi del colegio; es la más estable del pueblo.

—No, espera, hoy es sábado. ¿No puedo ver la casa ya el lunes…?

—Aquí los días son una sugerencia —responde encogiéndose de hombros—. Aparte, conviene que te instales ya. El hostal de Eloísa es muy acogedor, pero tú lo tienes pagado solo hasta hoy.

Al final decidimos ir a ver primero la casa antes de ir a por mis cosas, ya después las sacaré para llevarlas. Sigo a Sergio por una calle que sube junto al colegio. Hay unas casas; un poco más arriba hay una pegada a la otra, con un portón de madera que da acceso a ambas.

—La puerta de la derecha es mi casa y la tuya es la de la izquierda —indica sacando unas llaves del bolsillo.

Cuando abre esa puerta, no sé si salir corriendo o pegarme un tiro directamente.

El olor a humedad me golpea en la cara como una bofetada, un olor denso que se te mete en la garganta y te hace arrugar la nariz sin poder evitarlo.

Sergio pulsa el interruptor y se enciende una bombilla que cuelga de unos cables del techo, y la luz amarilla solo hace que todo se vea peor.

Las paredes están con la pintura caída y algunas manchadas de moho; hay una cocina diminuta con una nevera que parece de museo y un salón que es más bien un pasillo con una mesa, dos sillas y un sofá al que le falta un cojín.

Me quedo parada. No puedo hablar, no puedo avanzar, solo miro todo aquello como si hubiera cometido el mayor error de mi vida. Sergio me habla a mi espalda, pero mi mente no procesa lo que está diciendo, solo veo humedad, una triste bombilla y un sofá mutilado.

—A ver, Lara —dice, llegando hasta donde estoy yo petrificada—, te ayudaremos a organizar la casa.

Hemos conseguido que nos manden a otro profesor para sustituir a Paco.

Llevamos semanas pidiéndolo, y nos informaron el jueves por la tarde de que vendrías.

Vale que yo debería haber aireado la casa, pero las llaves las tenía Fermín y acababa de recogerlas cuando te encontré parada mirando el colegio.

Somos cuatro profesores contigo y hay dos itinerantes más que vienen algunos días.

Si te han ofrecido la casa, ha sido porque después de hablar con el Ayuntamiento se decidió que se daría vivienda por las prisas de encontrar a alguien.

Aquí no hay pisos de alquiler, esto es lo que hay.

Es demasiada información de golpe. Sabía que venía a un pueblo, pero no pensé que esto sería así. ¿Dónde cojones me he metido?

—Necesito aire fresco —digo saliendo de la casa casi corriendo.

—¡Espera, Lara! —grita Sergio detrás de mí.

Me paro en medio del camino y respiro hondo, el aire limpio de la montaña me llena los pulmones y, por un segundo, me olvido del olor a humedad y de las paredes desconchadas.

Miro el paisaje que tengo delante, las montañas verdes, las casas del pueblo y un rebaño de ovejas pastando tranquilamente en una explanada como si el mundo no tuviera prisa por nada, y quizás aquí es así.

Miro el reloj. Son casi las nueve de la mañana; el lunes a las ocho y media tendré que estar dentro de ese colegio con mis alumnos y yo todavía no sé ni qué curso me toca, ni dónde voy a vivir hasta que ese lugar sea habitable.

—Lara, siento que no te hayan dicho a dónde venías —dice Sergio a mi lado—.

Hagamos algo: vamos al colegio, te enseño tu aula y te explico todo, y cuando terminemos, te invito a comer algo y hablamos de lo que quieras saber.

Después limpiamos la casa entre los dos para que esta noche puedas quedarte ahí. ¿Te parece?

Mi respuesta es asentir, porque si abro la boca en este momento, lo mismo lo mando a la mierda a él, al colegio y a todo el pueblo.

Sergio cierra el portón grande que da acceso a nuestras casas y entramos al colegio por una puerta lateral que conecta directamente con el patio.

Por dentro, aunque pequeño, está mucho mejor de lo que esperaba.

Los pasillos están limpios, hay dibujos de los niños colgados en las paredes y huele a desinfectante de limón.

Al menos el colegio no parece abandonado como mi futura casa.

—Te explico por encima, ¿vale? —empieza Sergio mientras caminamos por el pasillo—. Hay cuatro grupos: los de infantil, primero y segundo, tercero y cuarto y, por último, quinto y sexto.

—Vale, yo le doy clase a los grandes. ¿Cuál es mi aula?

Sergio se ríe a carcajadas y yo lo miro sin entender qué le hace tanta gracia.

—No sé qué te resulta tan gracioso, la verdad.

—Tu aula es aquella —indica señalando la puerta que tengo a mi lado—, y tus alumnos son los peques.

Me quedo mirándolo, esperando que diga que es una broma, pero no lo dice. Sigue ahí con su sonrisa de idiota mientras yo proceso que voy a dar clase a niños de tres, cuatro y cinco años.

—No puede ser, Sergio. Yo siempre he dado clase a niños de tercero, mi experiencia es con los mayores, no con infantil.

—Pues es hora de que aprendas a dar clase a los peques, lo pasarás genial, ya verás —dice encogiéndose de hombros—. Ahora hay que preparar unas cosas para el lunes, tus alumnos los he llevado yo estas semanas junto con los míos y necesitas saber dónde está cada cosa.

—Tiene que haber una forma de que nos podamos cambiar. Yo quiero los mayores.

—Mira, guapa —dice, parándose en seco y girándose para mirarme—, acabas de llegar. He llevado todo esto durante estas semanas sin rechistar, hasta que he conseguido que me manden a alguien, y encima ahora te pones exquisita. Te tocan los peques y no hay discusión. Aparte, verás que es mejor.

—Sí, claro, mejor. Los tuyos mean y cagan solos, yo tengo que ponerme a limpiar culos.

A Sergio se le escapa una carcajada que intenta controlar mordiéndose los labios.

Yo lo miro con cara de pocos amigos mientras él abre la puerta de lo que será mi aula.

Es un espacio luminoso con mesas bajitas, sillas diminutas, estanterías llenas de cuentos, una alfombra de colores en el centro y los nombres de los niños pegados en la pared con letras de goma eva.

Me quedo mirando los nombres y de repente todo se hace real.

Esos nombres son niños que el lunes me mirarán esperando algo de mí.

Niños que no me conocen, que tendrán que acostumbrarse a una profesora nueva, que seguramente echarán de menos a Paco, el que estaba antes que yo.

Y yo tendré que ganarme su confianza en un pueblo donde todo el mundo se conoce y yo soy la forastera.

—¿Cuántos son? —pregunto sin dejar de mirar los nombres, porque me he olvidado hasta de contar.

—Nueve. Dos de tres años, tres de cuatro y cuatro de cinco. Son buenos niños, un poco brutos algunos, pero buenos. Te van a adorar.

—O me van a comer viva —susurro.

—También es una opción —reconoce Sergio riéndose.

Me giro para mirarlo y, por primera vez desde que lo conozco, no me parece tan insoportable. Sigue cayéndome mal, eso sí, pero al menos se le ve a alguien que sabe lo que hace y que se preocupa por este colegio. Y por muy borde que yo esté, es el único aliado que tengo en este pueblo.

—¿Me vas a dar la contraseña del wifi o qué? —pregunto sacando el móvil—. Llevo desde ayer incomunicada y mi amiga va a mandar a la Guardia Civil a buscarme.

Sergio se ríe y me lleva a una pequeña habitación, busca en unos papeles algo y me pasa la contraseña; la introduzco y puedo conectarme de nuevo al mundo.

Yo: Sonia, estoy viva. Estoy en el colegio. Todo es muy pequeño y me han puesto con los de infantil. INFANTIL. Yo. Con niños de tres años. Mándame fuerza o un billete de vuelta.

Sonia tarda exactamente ocho segundos en contestar.

Sonia: JAJAJAJAJAJAJA. Tú, cambiando pañales. Necesito una foto de tu cara ahora mismo.

Yo: Te odio.

Sonia: Yo también te quiero. Llámame cuando tengas un rato y cuéntame todo.

Miro a Sergio, que está en la otra punta de la sala sirviéndose un café como si fuera un sábado cualquiera y no el día en el que tiene que lidiar con una compañera nueva al borde del colapso.

Guardo el móvil y respiro hondo. Dos días.

Tengo dos días para limpiar la casa que huele a cueva, aprender los nombres de nueve niños que van a depender de mí y mentalizarme de que mi vida durante los próximos meses va a ser esto: montañas, ovejas, wifi inestable y un compañero en chanclas que piensa que ponerme con niños de tres años es «lo mejor».

—¿Quieres un café? —pregunta Sergio levantando la cafetera.

—Lo que quiero es volver a la cama y que esto sea un sueño.

—Eso no puedo dártelo, pero el café no está malo.

Suspiro y acepto la taza que me ofrece.

—Bienvenida al Lomo del Palo —dice Sergio, chocando la taza contra la mía.

—Que Dios me pille confesada —respondo antes de dar el primer sorbo.