Sin cobertura Capítulo 2
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Capítulo 2

Lara

El vuelo es corto, pero el trayecto desde el aeropuerto hasta el Lomo del Palo es otra historia. Primero, un autobús del aeropuerto a la capital; de ahí, otro hasta llegar a Gáldar y después esperar otro que sube a ese lugar entre montañas.

Allí, con más gente en la parada, nos recoge un autobús que parece haber sobrevivido a dos guerras y un conductor que no habla, solo asiente con la cabeza cuando le dices algo.

Llevo cincuenta minutos por una carretera tan estrecha que cada vez que veo un coche de frente cierro los ojos y le rezo a un Dios en el que no creo.

A mi lado, una señora con una bolsa de naranjas me mira como a un bicho raro, y detrás, un señor que se ha quedado dormido nada más salir y que sigue roncando cuando el autobús frena en seco en lo que parece mi parada.

—Lomo del Palo —anuncia el conductor.

Son las únicas palabras que le he escuchado en todo el trayecto.

Me bajo con la maleta, la mochila y una sensación en el estómago que no sé si es por las curvas o por la certeza de que acabo de llegar al sitio más remoto en el que he estado en mi vida.

Miro alrededor y lo primero que veo es exactamente lo mismo que vi en Google: montañas, cuatro casas y ovejas.

Muchas ovejas. Una de ellas me mira fijamente desde el otro lado de la carretera como diciéndome: «Bienvenida, gilipollas».

—Genial —susurro arrastrando la maleta.

El hostal lo encuentro porque es la casa más grande que veo y tiene un cartel.

Bueno, cartel es mucho decir; es un trozo de madera con las letras «Hostal Eloísa» pintadas a mano y medio borrosas por el sol.

Entro y, detrás del mostrador, que parece más la barra de un bar que una recepción, hay una señora con el pelo recogido y una sonrisa que me da más tranquilidad que todo lo que me ha dicho Sonia en los últimos dos días.

—Tú debes de ser la profesora nueva —dice antes de que yo abra la boca.

—Sí, soy Lara.

—Bienvenida, niña. Soy Eloísa. Te tengo preparada la habitación de arriba; es la mejor que tengo, tiene vistas al barranco.

No sé si lo de las vistas al barranco es un halago o una advertencia, pero le doy las gracias y subo arrastrando la maleta escaleras arriba.

La habitación es pequeña, con una cama, una mesilla, una tele que debe de tener más años que yo y, por supuesto, la ventana con vistas.

Está limpia y huele bien, eso es de agradecer, así que no está mal; me lo esperaba peor.

Pongo la maleta encima de la cama y acto seguido saco el móvil de mi bolso.

Necesito hablar con Sonia, decirle que he llegado viva y que el pueblo es exactamente lo que parece en las fotos, solo que algo peor porque en la foto no se puede escuchar el silencio.

Es un silencio al que no estoy acostumbrada, es el que te hace ser consciente de tu propia respiración y de lo lejos que está todo.

Miro la pantalla: sin cobertura. Muevo el móvil hacia la ventana, lo levanto por encima de mi cabeza, lo pongo en horizontal, en vertical, lo agito como si fuera una maraca. Nada. Ni una triste rayita de señal.

—Me cago en todo —protesto tirando el móvil sobre la cama.

Me meto en la ducha porque, después del viaje, lo necesito más que respirar. El agua sale tibia tirando a fría, pero me da igual, necesito quitarme de encima las horas de avión, autobuses y curvas. Cuando salgo del baño envuelta en una toalla, escucho el móvil sonar y voy corriendo a la cama.

Miro la pantalla extrañada y veo el nombre de Sonia reflejado en ella. «¿Cómo cojones ha entrado la llamada?».

—¿Qué quieres, pesada? —pregunto tras descolgar.

—Llegas y ni te dignas a dar señales.

—Estaba en la ducha, Sonia, después del viaje hasta aquí necesitaba un baño urgente —explico.

—Excusas, solo sabes poner jodidas excusas.

—Por Dios, Sonia, te iba a llamar ahora. Es que aquí no hay cobertura; antes de irme a la ducha llevaba un rato agitando el móvil como una gilipollas.

—¿Cómo que no hay cobertura? —pregunta—. ¿Y cómo estamos hablando por telepatía?

—Solo ha entrado tu llamada porque debo de estar en el punto exacto del universo donde llega una rayita de señal.

—Mándame fotos del sitio —ordena.

—A ver, no puedo mantener una llamada, y quieres que te mande una foto —digo riendo.

Sonia bufa al otro lado de la línea y yo me siento en la cama, intentando no moverme del sitio donde mi teléfono ha decidido funcionar.

—Bueno, cuéntame, ¿qué tal? —pide.

—Pues imagínate las fotos que te mandé, quítale el filtro bonito de Google y añádele ovejas mirándote como si fueras la nueva del pueblo. Que es lo que soy, pero no me gusta que me lo recuerden unas ovejas.

—Ay, Lara —se ríe.

—No te rías, Sonia, esto es serio. El autobús que me traía parecía de los años ochenta, el conductor no hablaba, una señora me miraba como si fuera una extraterrestre y una oveja me ha juzgado nada más bajarme.

—Una oveja te juzga —repite intentando no descojonarse.

—No le veo la gracia.

—Yo sí, te lo prometo. ¿Y el hostal? —pregunta.

—Pequeño, limpio, la señora es encantadora. Se llama Eloísa y sabía quién era antes de que le dijera mi nombre; aquí debe de ser noticia que llegue alguien nuevo.

—Normal, deben de ser cuatro gatos.

—Cuatro gatos no, cuatro ovejas. Gatos no he visto ninguno todavía —afirmo.

Sonia suelta una carcajada y justo en ese momento la llamada se corta. Miro la pantalla, y otra vez sin cobertura. Intento llamar, muevo el móvil por toda la habitación, lo pongo en la ventana, encima de la mesilla, lo levanto al techo, pero nada, se ha acabado el milagro.

—Mierda —protesto.

Me visto y bajo a la recepción porque necesito una solución a lo de la cobertura o me voy a volver loca. Eloísa sigue detrás del mostrador, esta vez con unas gafas de leer y un periódico que no parece muy actual.

—Disculpe, Eloísa, ¿no hay cobertura en el pueblo?

—La cobertura aquí es un poco mala, niña. En la habitación donde estás, pillas algo en la ventana si te pegas bien al cristal, pero es mejor que te deje la contraseña del wifi y así puedes conectarte y hablar por esas aplicaciones que usáis los jóvenes.

—Muchas gracias.

—Toma, aquí tienes —me entrega un papelito doblado.

Lo abro y lo leo.

« Wifi hostal»

Contraseña: Eloisa1234.

Alterno la vista entre el papel y ella.

—Es que, si no, se me olvida —explica encogiéndose de hombros.

—Perfecto, muchas gracias, Eloísa.

—A ti, niña, por aceptar este trabajo estando tan lejos de la civilización. Aquí cuesta mucho que manden profesores, y cuando vienen, se van a los dos meses.

«Dos meses», pienso; creo que eso es demasiado tiempo, pero no le digo nada. Le sonrío y subo escaleras arriba hasta la habitación. Me conecto al wifi y le mando un WhatsApp a Sonia.

Yo: La cobertura aquí, como te dije, es una mierda, pero tengo wifi . La contraseña es Eloisa1234 porque la señora dice que, si no, se le olvida.

Sonia: Jajajajajaja. Me encanta Eloísa. Mándame foto de todo.

Yo: Mañana; ahora estoy reventada del viaje.

Sonia: Llámame mañana cuando veas el cole.

Yo: Que sí, pesada.

Sonia: La pesada eres tú.

Dejo el teléfono en la mesilla y me asomo a la ventana.

Eloísa tenía razón con lo de las vistas al barranco, porque lo que tengo delante es impresionante.

El sol se está poniendo detrás de las montañas; puedo ver incluso el Teide.

Todo está teñido de naranja. Es tan jodidamente impresionante que parece que lo que tengo delante de mí es una postal.

Si no fuera porque mañana tengo que ir a un colegio del que no sé nada, a conocer a unos compañeros de los que no tengo ni idea de cómo serán, a dar clases a unos niños de pueblo, hasta diría que el momento es uno de los mejores de mi vida.

Cierro la ventana porque el aire ya empieza a ser fresco y me tumbo en la cama poniendo la televisión. Solo pilla dos canales y en uno dan las noticias. Me quedo con ese canal hasta que el sueño se apodera de mí.