Sin cobertura
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Capítulo 1
Lara
El móvil suena mientras estoy acostada en el sofá viendo un programa de esos que pones, pero no lo miras, porque tu cabeza está en cualquier otro sitio menos en la pantalla.
Miro el número y no me aparece guardado; dudo en cogerlo porque lo normal es que sea algún comercial intentando venderme otra línea de móvil o un seguro que no necesito para nada, pero el aburrimiento me hace cogerlo.
—¿Sí?
—¿Lara Dorta? —pregunta una voz de mujer al otro lado.
—Sí, soy yo.
—Le llamamos de la Consejería de Educación.
Está usted en la bolsa de trabajo y tenemos una plaza libre para incorporación inmediata, sería el lunes.
Es en un colegio de un pueblo de Gran Canaria, Lomo del Palo.
Le pasaré toda la información por correo electrónico, pero necesitamos una respuesta lo antes posible.
Me quedo callada. No sé cuánto tiempo pasa, pero el suficiente como para que la mujer vuelva a hablar.
—¿Lara? ¿Sigue ahí?
—Sí, sí, perdone. ¿Ha dicho el lunes? —pregunto sabiendo ya la respuesta.
—Así es.
Hoy es miércoles. Miércoles. Me están diciendo que en menos de cinco días tengo que meterme en un avión, irme a otra isla y presentarme en un pueblo que no sé ni dónde queda a dar clase.
Llevo meses esperando esta llamada. Meses actualizando la bolsa, mirando el teléfono como una imbécil cada vez que sonaba, comprobando el correo por las noches antes de dormir, y ahora que me llega, me pilla en pijama a las once de la mañana de un miércoles.
—Me pilla un poco por sorpresa. Necesitaría encontrar alojamiento y…
—Por eso no se preocupe —me interrumpe—. Al tratarse de un pueblo con difícil cobertura de plazas, se le facilitaría vivienda. Le envío ahora toda la información al correo que tenemos en su expediente.
—Vale, perfecto. Acepto.
Lo he dicho. Lo he soltado sin pensar, como cuando le dices que sí a una amiga para salir un viernes y después te arrepientes durante toda la semana. Solo que esto no es un viernes, es mi vida profesional y acabo de aceptar irme a vivir a un pueblo del que no sé absolutamente nada.
—Estupendo, Lara. Le deseo mucha suerte.
—Gracias.
Cuelgo y me quedo mirando el móvil como si fuera la primera vez que veo uno. Trago saliva y noto que el corazón me late más rápido de lo normal. Acabo de aceptar una plaza. En un pueblo. En otra isla. El lunes.
—Joder —susurro dejándome caer en el sofá.
Sé que, si no aceptaba, me caía una penalización de un año, un año entero sin poder optar a nada, y con lo que me ha costado llegar a donde estoy en la bolsa, no puedo permitirme ese lujo.
Pero una cosa es saberlo y otra es que te llamen un día mientras estás en pijama y te digan que en cinco días tienes que estar dando clases en un sitio que probablemente no sale ni en Google Maps.
Busco «Lomo del Palo Gran Canaria» en el móvil.
La primera búsqueda es de rutas de senderismo; la siguiente, de una quesería.
Pero doy con el colegio y el lugar exacto, las imágenes son de montañas, ovejas y cuatro casas.
Amplío la foto con los dedos como si eso fuera a revelarme un centro comercial escondido detrás de alguna montaña, pero no, solo hay mucha vegetación y ovejas.
—Perfecto, Lara, te vas a vivir con las ovejas —me digo a mí misma.
Llamo a Sonia. Si no se lo cuento ahora, me va a dar algo. Se escuchan los tonos: uno, dos, tres. Cuando estoy a punto de colgar, descuelga.
—¿Qué pasa? Estoy en el trabajo —dice con ese tono de que la estoy molestando, pero que en el fondo le da igual porque siempre coge el teléfono.
—Me han llamado de la Consejería.
Silencio.
—¿Sonia?
—Espera, que estoy saliendo al pasillo. A ver, repite eso.
—Que me han llamado de la Consejería, tengo plaza.
—¡No me jodas! —grita y puedo escuchar cómo alguien le dice que baje la voz—. ¿Dónde? ¿Cuándo?
—El lunes. En un pueblo de Gran Canaria que se llama Lomo del Palo.
—¿El lunes? Estamos a miércoles, Lara.
—Mira, no me había dado cuenta —digo expulsando el aire por la nariz—. Gracias por recordármelo.
—No seas borde, que te estoy preguntando con cariño. ¿Y qué pueblo es ese? ¿Está cerca de la playa al menos?
—Está cerca de las ovejas, Sonia. He buscado fotos y solo he visto montañas, cuatro casas y mucho ganado.
—Mándame una foto —exige.
Le mando la captura de pantalla y espero. El silencio que viene después lo dice todo.
—Lara.
—Dime.
—¿Hay supermercado? —pregunta y debe de estar muy seria.
—No lo sé.
—¿Hay cobertura? —sigue con sus preguntas.
—Tampoco lo sé.
—¿Hay gente de tu edad?
—Sonia, no sé nada, solo sé que el lunes tengo que estar allí dando clase y que me dan casa para vivir.
—Te dan casa, eso está bien —dice para justificar su ristra de preguntas.
—Sí, algo es algo.
Se queda un momento en silencio y puedo oírla respirar. La conozco lo suficiente como para saber que está pensando en cómo decirme algo sin que me enfade.
—Dilo ya, Sonia.
—¿Estás segura? No es que no me alegre, que sabes que me alegro, pero es que un pueblo perdido en la montaña… Tú te agobias cuando el wifi va lento.
—No tengo opción, si digo que no, me penalizan un año entero.
—Ya, eso lo sé, pero…
—Pero nada, Sonia —la corto—. Llevo meses esperando, no voy a rechazarlo porque las fotos de Google no me convenzan. Peores sitios he visto.
—¿Dónde? —pregunta con una risa que intenta contener.
—Cállate.
Sonia se ríe al otro lado y, aunque me jode un poco que se descojone de mi desgracia, me relaja escucharla, porque si ella se ríe, es que no es tan grave. O eso me digo.
—Tengo que colgar, que me van a pillar. Llámame esta noche y hablamos bien, ¿vale? Y no te agobies, que siempre dices que querías un cambio.
—Quería un cambio, no una expedición a lo desconocido —respondo resoplando.
—Es lo mismo. Te quiero, tonta.
—Yo también, pesada.
Cuelgo y me quedo mirando el techo. Treinta y cuatro años, soltera, sin hijos, sin hipoteca, sin mascotas y a punto de irme a vivir a un pueblo donde seguramente conocen hasta el nombre de las ovejas del vecino.
Mi madre me va a matar cuando se entere.
O peor, me va a decir que es una señal del universo y que quizás allí encuentre marido, porque mi madre sigue creyendo que lo que me falta en la vida es un hombre, como si eso fuera a solucionar algo.
—¿Qué cojones se lleva una a un pueblo de montaña? —me pregunto en voz alta.
Saco la maleta grande del altillo y la dejo abierta encima de la cama. Empiezo a meter ropa: vaqueros, camisetas, un par de sudaderas, zapatillas de deporte, ropa interior. Me paro en seco cuando saco unos tacones que compré hace un año para una boda.
—Esto no creo que lo necesite.
Abro el correo y ya tengo el email de la Consejería con toda la información: nombre del colegio, dirección, teléfono de contacto de un tal Sergio, que es el coordinador del centro, horarios y un documento con las condiciones de la plaza.
Leo todo dos veces y cada vez que leo la palabra «Lomo del Palo» se me encoge un poco el estómago.
Hay una línea que me llama la atención: «Centro educativo unitario con agrupación mixta».
Eso significa que es un colegio pequeño, muy pequeño, de los que juntan varios cursos en una misma clase.
Busco más información y encuentro que el centro tiene menos de treinta alumnos en total.
Menos de treinta. En mi último colegio tenía veintiocho solo en mi aula.
Respiro hondo. Esto es lo que hay. Llevo demasiado tiempo esperando como para echarme atrás ahora, y sé que, si lo rechazo, me pasaré el próximo año arrepintiéndome y mirando el teléfono otra vez como una gilipollas.
Así que cierro el correo, termino de hacer la maleta y busco vuelos para el viernes.
Cuanto antes llegue, mejor, así al menos tengo el fin de semana para situarme.
Me siento en la cama y miro otra vez las fotos.
Las montañas son bonitas, eso tengo que reconocerlo.
Verdes y enormes, con barrancos que parecen sacados de una película.
Si no fuera porque me van a mandar a trabajar allí, hasta diría que es un sitio al que molaría ir a hacer alguna caminata, incluso quedarte un fin de semana. No meses.
—A la mierda —susurro cerrando la maleta—. Allá vamos.