Sin cabos sueltos (Hostes 1) 22
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— Dos semanas más tarde —

​ Los informes recabados por las autoridades holandesas, indicaban que el General Castaño fue reclutado por Archor, tras haber aportado los medios de los que la policía no disponía, para capturar a los responsables del asesinato de su esposa e hija.

Asesinos enviados por el mismo Archor, con el único fin de crear una historia, ficticia, en la que el General Castaño le estaría agradecido de por vida y así, poder contar con su fidelidad y obediencia ciega dentro de las altas esferas españolas.

A partir de ahí, se generó una dependencia en la que, si Castaño no colaboraba con la organización O.N.O.

sacaría a la luz una historia de traición que volvería loco a los medios.

La de un General del Ejército Español a su patria, tildándole de traidor, asesino, criminal, traficante de armas, pedófilo y drogadicto.

Si bien, era todo falso, con cada actuación para la organización, el General iba clavando, poco a poco, un clavo más de su particular ataúd.

El problema era que Castaño no veía posibilidad de salir del pozo en el que se estaba metiendo y, el momento decisivo para él, llegó con la aparición de Diana.

Varias conversaciones con ella, en las que, al principio, trató de exponer, él mismo, a O.N.O.

dándole toda la información posible a la periodista.

Hasta el momento en el que, Archor, se enteró de todo.

Con el fin, noble, de no poner en más riesgo a Diana, trató de convencerla, en varias ocasiones, para que desistiera de su investigación.

La última vez, el mismo día de su muerte.

El ultimátum de la cúpula de O.N.O. fue meridianamente claro.

O moría ella, o moría él. Castaño, demostrando ser un cobarde, tomó la decisión más beneficiosa para él.

—En el fondo, creo, que Castaño sabía que descubriríamos la verdad. Y quizás eso… le procuró la, tan anhelada, paz interior que necesitaba. —Intervino Elena.

—Si. Pero yo recibí dos disparos. —Terció Roberto.

—Y ahora vas a pagar las cervezas. —Dijo Val.

—¿Por qué? Recibo dos tiros, tres días de UCI, más de una semana de reposo en el hospital, y la primera noche que salgo… —

—La primera noche que sales… pagas las cervezas. Al fin y al cabo, he tenido mis preciosas manos manchadas con tu sangre durante varios días. Eso no se quitaba, tío ¿de qué estás hecho? —

—Yo le pago las de la doctora. Que, al fin y al cabo, ella era la que sabía lo que estaba haciendo. —

—La verdad que no mucho. Yo solo trabajo con muertos, no con vivos. —La cara de Roberto era un poema.

—¿Gra…cias? —Con una mueca, agradeció que la doctora le salvara la vida.

—Todos estaríais muertos sin mí. —Dijo Martina.

—No me miréis así. Sabéis que tengo razón.

Así que aceptaré vuestra gratitud eterna y las cervezas gratis de por vida.

—Una risa generalizada envolvió el ambiente que se respiraba y que toda la unidad, estábamos compartiendo en una terraza de bar, en la Plaza Mayor.

Un teléfono móvil sobre la mesa emitió una mezcla de notas de música electrónica, pop y clásica, todo ello creado a través de las cuerdas de un violín.

Era similar a la melodía que tenía asignada al difunto general Castaño.

Tomé el teléfono en la mano, pegué un trago a la cerveza y me levanté de la mesa contestando la llamada .

—Hugo Navarro. Dígame. —Un pitido indicaba que se estaba cifrando la comunicación.

— ¿Hugo? —

—Si. ¿Quién es? —

— Disculpa que no haya podido contactar contigo antes. —

—No tiene que disculparse, Majestad. Entiendo que tiene cosas mucho más importantes que hacer. —

— No hay nada más importante que agradecerte lo que has hecho por todos nosotros. —

—Era mi trabajo, señor. —

— He de confesarte que… he pasado unos días raros. Nunca creí que Sebastián… —

—Fueron circunstancias especiales, señor. Como ya leyó en mi informe… parece ser que le tenían coaccionado, y cuando quiso salir, ya fue tarde. —

— Pero podía habérmelo dicho. Le hubiera ayudado. —

—Nunca quiso ponerle en un brete, señor. —

— Si… lo entiendo . —

—Por cierto… agradezco que contestase la llamada. No pude decírselo con anterioridad. —

— La nota que le dejaste al Coronel fue cuanto menos… intrigante, y en mi vida hay demasiada tranquilidad como para dejar pasar algo así. —

—No obstante… se lo agradezco, señor. —

— Soy yo el que tiene que agradecerte todos los sacrificios que has tenido que hacer. Verás… te llamaba por dos motivos principales. En realidad son dos motivos y un favor personal. —

—Usted dirá, señor. —

— El primero, es para informarte que la oferta, que me consta que te hizo el general Sebastián Castaño en su día, sigue en pie. Y he de decir que necesito a un hombre como tú en mi escolta personal. —

—Tendría que pensarlo, señor, pero… —Miré a mi equipo tomando cervezas y riendo en la mesa. —…creo que… nuevam ente, tengo que declinar su oferta. Al menos por el momento. Estoy donde debo estar, señor. —

— Lo entiendo, y tenía que intentarlo, pero quiero que sepas que, en cualquier momento, cuando tú quieras, tienes un lugar esperándote en Zarzuela. —

—Gracias señor, es un verdadero honor. —

— El segundo motivo por el que te llamo es para informarte que he conseguido, que el mando directo de la unidad, recaiga en el Coronel Damián Pastor. Es muy buen hombre, pero necesitará supervisión y un poco de ayuda, aunque no quiera admitirlo. ¿Le echarás un cable? —

—Haré lo que esté en mi mano, señor. —

— Y la tercera. Este es un favor personal que te pido. —

—Dígame. —

— Cómprate un traje de una vez, que hay un par de medallas esperándote, a ti y tu equipo, y no quiero demorar otra eternidad para poder entregártelas en persona. —Una carcajada se escuchó al otro lado de la línea.

—Por supuesto señor. Así lo haré. —Quería estar alegre, por todo.

Por la nueva oferta de trabajo, por ver a mi equipo recuperado y cohesionado, por estar hablando por teléfono con el puñetero Rey de España.

Pero no podía, pues mis pensamientos estaban con todos los que había perdido en el camino.

Todos mis amigos, compañeros y apenas conocidos, que habían sucumbido a mis errores desde que todo se torciera en mi vida hacía más de dos años.

—Ahora… me gustaría pedirle un favor a usted. Si me lo permite. Señor. —

—Esa llamada te ha dejado muy callado. —Dijo Val.

—No. Ya estaba callado mucho antes. Desde que entramos aquí. ¿No te gusta este bar? —Tercio Elena.

—A mí, la verdad, que después de una semanita a caldos sosos, me vale cualquier tasca. —Infirió Rob .

—Será porque ahora tiene una presión extra, al ser el ojito derecho del Coronel. —Martina inundó la mesa con una sonora carcajada.

—Jefe… En serio, estás muy reservado desde que cerramos nuestro primer caso.

¿Qué te ocurre? —Val interrumpió las risas.

Estaba compartiendo un gran momento con el resto, escuchándoles, acompañándoles, pero no me apetecía hablar.

No me apetecía celebrar nada, y eso que había muchas cosas para celebrar.

Nuestro primer caso como Hostes se había resuelto.

Éramos unas superestrellas entre las delegaciones de seguridad a nivel internacional, pues el proyecto piloto del Coronel había demostrado tener éxito.

Había formado una nueva familia policial.

Nuestros puestos de trabajo estaban totalmente asegurados y lo más importante.

Todos, absolutamente todos, los miembros de O.N.O.

estaban muertos o entre rejas. Evidentemente, el noventa por ciento de la facción Dikastis se habían entregado, al igual que, era evidente que, el cien por cien de la facción Misos, murieron en las redadas.

Pero yo me encontraba… apático, deprimido, desolado.

Pensaba en mi familia. Mi mujer e hija, de la que no había tenido noticias desde que subieron a un vuelo con destino incierto y a la que ya iba siendo hora de ir a buscar.

Dos semanas era poco tiempo, pero para mí, un solo día sin mis ángeles de la guarda, era una puñetera eternidad.

También pensaba en el General, y en que la única salida que vio para dejar atrás todos sus problemas fue el suicidio.

Pensaba en la camarera del centro comercial, a la que no pude salvar.

Pensaba en Bella y en lo terriblemente mal que lo pasó, y en la soledad que debía sentir ahora sin su hermana Diana, en la que también pensaba, y a la que no pude ayudar a tiempo.

Pensaba en Alicia, mi Freyja [77] particular, y si habría sobrevivido.

Pensaba en aquellas mujeres valientes, las dos portuguesas, que hacía un año, en el centro de análisis, fueron tan valientes.

Pensaba en que no sabía si el sacrificio de Velasco y de Rafael valió la pena en su día.

Y sobre todo, pensaba en Adán, mi guerrero, y en Victoria, mi Vicky.

Mis eternos hermanos a los que llevaba tatuados justo al lado del corazón.

Cogí el vaso de cerveza con mi mano derecha y la levanté.

—Me gustaría hacer un brindis. —El resto de los allí congregados no dijo nada.

Únicamente alzaron sus vasos y los golpearon con el mío.

—Por los caídos. Por los que hemos dejado atrás en este viaje.

Porque nosotros, inconscientemente, marcamos el destino de mucha gente, y a veces, ellos son los verdaderos héroes.

—La invitación se convirtió en un momento solemne.

Una solemnidad que compartí con ellos. Con mi nueva familia policial.