Sin cabos sueltos (Hostes 1) EPILOGO
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EPILOGO

​ —Majestad, no le sobraría por ahí un avión para poder ir a buscar a mi familia ¿verdad?

—Era la petición más surrealista y pintoresca que alguien le había hecho alguna vez en su vida.

Y fue la petición más extraña y necesaria que había hecho yo en la mía.

Pero no dudó en poner todos los medios necesarios a su alcance para que yo pudiera cumplir mi promesa en cuanto le conté que necesitaba tomarme unos días libres para ir a buscar a mi familia.

​ El día de antes, recibí por mail, un video grabado por mi hija Paula.

En él se podía ver un barrio de casitas de doble planta, con su jardín delantero y una calle muy tranquila.

Varios niños, en esa misma calle, jugaban con un balón mientras hablaban en un perfecto inglés.

— Mira papá. He hecho nuevos amigos, y me están ayudando muchísimo con mis clases de inglés.

La madrina está bien. Recuperándose poco a poco.

Mañana vuelve a casa del hospital. Mamá está ayudando a los papás de la madrina en las tareas de casa.

¿Y mira, ves aquel coche de allí? —Se podía ver al otro lado de la calle un sedán gris con dos hombres en su interior.

— Dice mamá que son… —y bajando la voz, continuó.

— …policías secretas. Como tú y la tía Alicia.

Dice que nos están cuidando. Se llaman Anthony y Will.

Son muy agradables. Ayer les llevé unas manzanas y me dieron las gracias.

—El video duraba unos diez minutos, en el que continuaba enseñándome el barrio, la casa y me presentaba a los padres de Alicia.

— Por cierto… no te lo vas a creer. Casi se me olvida.

¿Sabes quién ha venido a verme? Y no solo a verme, me ha regalado unas entradas VIP para su próximo concierto.

No sé qué es VIP, pero parece importante.

Por cierto, me ha dado una más y me ha dicho que es para ti.

Nos fuimos mamá y yo con ella a un centro comercial.

Son gigantes. No tienen nada que ver con los de allí.

Y, por cierto, a ti te iban a gustar, porque…

venden pistolas, como las que te gustan a ti.

Me invitó a un helado, y me dijo que, eso era lo que hacía siempre con su hermana.

Que le encantaba. Se puso un poco triste, pero la consolé y se le pasó.

No te lo vas a creer, Bella, papá. La cantante.

Y me ha dicho que te conoce, y que eres el mejor papá que existe.

Y me dijo que me enviabas muchos besos, y a mamá también.

—En ese momento, el gesto de Paula indicaba que estaba sintiendo morriña.

—Papá, tengo ganas de verte y darte muchos besos.

Y cuando vengas, no te voy a soltar nunca más.

—Y tras un beso a la cámara, el video finalizó.

Isabella había cumplido con el favor que le pedí en la misma pista de despegue de Matacán, justo antes de tomar su vuelo para Estados Unidos.

Casi tres semanas después de que me asignaran el caso de Diana, e indirectamente, el de O.N.O.

, ahí me encontraba yo, caminando al alba, con el sol a mi espalda, por Providence Way, rumbo a la casa de los padres de Alicia.

Me encamino al anhelado reencuentro con mi hija, a los deseados brazos de mi mujer, con un ramo de rosas en una mano y un peluche de Stich, el muñeco favorito de mi hija, en la otra, para cumplir la promesa que les hice, el día, en el cual creí que las perdería para siempre.

El día en el que me convertí en el cazador y dejé de ser un cabo suelto.