21 #3
—Levántese con calma, General, y acompáñenos a la unidad.
Está detenido por los siguientes delitos: asociación ilícita, conspiración para cometer delitos de terrorismo, revelación de secretos, traición a la patria, trata de seres humanos, entre otros y, por supuesto, de ser el instigador y autor intelectual del asesinato de Diana Martínez Nuñez…
—Me puse en pie. —…la reportera que iba a destapar toda su trama de corrupción y a su organización.
—El General, todavía en shock, se levantó de la silla.
En todo momento de una detención, la presa se convierte en un elemento imprevisible.
En ese momento, Castaño era una bomba de relojería, voluble, inconstante, errático e impredecible.
Valeria continuaba detrás de él, pero dio un paso atrás.
La distancia de seguridad, es siempre, lo más importante.
Te lo repiten hasta la saciedad en la academia.
No dejaba de apuntarle con el arma. Me levanté con él, y amablemente, le pedí que me acompañara a las escaleras de servicio sin armar ningún revuelo.
Todavía pálido, por el golpe moral recibido, hizo el ademán de acompañarnos hacia las escaleras traseras, donde estaríamos al margen de miradas curiosas, pero…
todo animal herido es el doble de peligroso.
En mitad de la cafetería, empujó a Val, agarró a una de las camareras por la cintura y le colocó, a esta, un karambit contra el cuello.
—General… suéltela. Todavía puede salir de esta con un poco de dignidad. —
—La dignidad no me va a salvar. —Mientras sostenía a la pobre chica, iba retrocediendo poco a poco hacia la escalera de servicio.
El problema era que, el resto de clientes, comenzaba a alterarse, gritar, y algunos, incluso, sacaban sus móviles para grabar.
Una puta manía que se había convertido, prácticamente, en una enfermedad social, consistente en grabar todo lo que ocurría a nuestro alrededor, sin pensar en que nuestra propia vida pudiera estar en serio peligro.
Pero oye… moriría siendo “trending topic” en alguna red social de mierda .
—Alfa-0, Judas se ha revuelto, tiene un rehén —Indiqué a mi operadora. —¡SALGAN TODOS DE AQUÍ! —Dije a voz en grito. —Alfa-3 ¿estás conmigo? —La dulce voz de Val tras de mí lo confirmó.
—Afirmativo. —Otra prueba de fuego para ver como funcionábamos en situaciones de alta tensión. Confiaba en que mi operadora hubiera cumplido con su cometido, y eso me daría apenas un minuto para, al menos, no convertirnos en virales en la red.
—Alfa-2 en posición. —Se escuchó por el auricular.
Nada más cruzar el umbral de la puerta, Valeria, tras de mí, cerró la misma, dejándonos ocultos de los que allí trataban de activar sus teléfonos.
Tras las puertas que daban acceso a las escaleras, el General Castaño continuaba pegado a la rehén, caminando lentamente hacia atrás, en dirección a una posible ruta de huida.
No tenía previsto que Alfa-2, la doctora Cruz, se encontraría cubriendo esa salida.
Tenía un pequeño bolso negro en el suelo, junto a ella, donde se encontraban nuestros fusiles de asalto, por si la cosa se complicaba.
Al escuchar los gritos y justo antes de que Castaño entrase por la puerta, había tomado uno de esos fusiles y se había apostado tras una de las columnas que allí había.
Quizás no hubiera sido mi primera opción, pues estaba claro que su intención iba a ser la de huir escaleras abajo.
Pero su decisión, por instinto o por ignorancia, le salvó la vida.
Escaleras abajo se escuchaban ruidos de pasos acelerados en nuestra dirección.
No eran la típica amortiguación de una zapatilla deportiva.
—Eso son botas militares. —Le susurré a Val, que continuaba pegada a mi espalda. —General. Sabe que de aquí no va a salir sino es esposado. —
— Alfa-1, aquí Alfa-0. Veo tres tangos subiendo por las escaleras. Llevan equipo y armamento táctico. —
—¿Creías que vendría solo? Eres un puto ingenuo. No he llegado donde he llegado arriesgándome innecesariamente .
—A vuestra izquierda. —Dijo Elena, indicando donde se encontraba la bolsa con el material.
Valeria se agachó con una agilidad felina y agarró dos G36 cargadas y listas para abrir fuego.
El ahora secuestrador, no pudo reprimir un respingo, al escuchar la voz de Elena.
—Hola General. —Le dijo mientras le apuntaba a la cabeza.
—¿Sería tan amable de soltar a esa pobre trabajadora y arrodillarse para que le podamos detener? —Se giró hacia Elena.
—¿Tú también? Claro… y ¿dónde está Roberto? Seguro que tonteando con Martina en la furgoneta. ¿Verdad? —
—Roberto está en coma. Recibió dos disparos a bocajarro de Daniel. —Por un momento, pude ver un gesto de dolor, de pena, de tristeza en su rostro. Duró unos pocos segundos.
—Es una pena. De verdad. Yo no quería esto. —Dijo.
Val ya estaba equipada. Enfundé mi arma y coloqué el fusil con la correa sobre mi pecho, dejándolo caído, pero listo para disparar si hiciese falta.
Cubierto por Val y la doctora, intenté esa táctica que tantas veces me había funcionado cuando me acompañaban Adán y Victoria.
Levanté ligeramente las manos para demostrar que no era una amenaza, mientras los pasos, cada vez más cercanos, no cesaban en las escaleras.
En tono suave pero firme, jugué mi última carta.
—General. Estoy seguro que no es tan horrible como ha querido aparentar.
Si lo hubiera sido, usted no habría tratado de evitar, hasta el último momento, que Diana entregase su informe.
Directamente, la habría ejecutado en cuanto se enteró de lo que estaba haciendo.
Sin embargo, la llamó en varias ocasiones para intentar convencerla.
Eso no lo hace un desalmado. —Sus ojos continuaban fijos en mí.
—También estoy seguro que, por muy buen actor que se crea, no pudo actuar durante tanto tiempo, en el que realmente vi en usted cierta bondad y preocupación por mí, cuando estuve en el hospital tantos meses.
Incluso hace unos segundos, cuando se ha enterado que Roberto se debate entre la vida y la muerte.
He podido ver que le importaba. Por mucho que usted se niegue a mostrarlo o que tenga que dar una imagen de impenetrabilidad, o que realmente, pertenezca a una organización que solo busca lucrarse con el crimen.
—Pude notar cómo, la mano que sujetaba el cuello de la camarera, aligeraba la presión levemente.
—¿Estás intentado ablandarme, muchacho? —
— Alfas, están llegando. —Informó Martina.
—Estoy intentando no tener que matarle, señor.
Lo que ha ocurrido hasta hoy no lo podemos obviar, pero si podemos afrontar juntos lo que nos depara el futuro.
Ayúdenos a acabar con toda la organización.
Eso influiría muy positivamente sobre la Fiscalía y podría, incluso continuar con su puesto.
—Traté de mantener un tono más humilde, casi implorando su cooperación.
—Jefe. Si acabamos con O.N.O., ya no estará a sus órdenes.
No podrán extorsionarle con nada, porque simplemente, no existirán.
Yo estaré ahí con usted. Nosotros estaremos con usted. La unidad entera no le va a… —
—Ellos no lo van a permitir. —La mano que sostenía el cuello de aquella trabajadora se soltó, eliminando toda sujeción de su cuerpo contra el de Castaño.
—Tú mismo lo dijiste. Soy un cabo sue… —De repente, varias detonaciones precedieron a unos restos de pared que nos golpeaban ligeramente en la cara.
Tres hombres, armados con subfusiles, no dudaron en abrir fuego contra todo lo que allí había.
Murphy volvió a errar, y la decisión de Elena de parapetarse tras aquella columna que yo no hubiera elegido, le salvó la vida.
La pobre chica, que no tendría más de veinticuatro años, cayó al suelo con dos disparos en la espalda.
Valeria tiró de mí, haciendo que probásemos el suelo que se encontraba un metro a nuestra derecha.
Al caer, pude ver la expresión de horror en el rostro de Castaño.
Estaba claro que él no quería eso, aunque sabía que era una opción y que podía ocurrir.
Los tiradores llegaron a la altura del General, al que le entregaron una pistola.
—Dadme un par de minutos, luego desapareced. —
Perderíamos al General, sino perdíamos también la vida.
—Alfa-0, sigue al objetivo por las cámaras.
—El repiqueteo de objetos metálicos contra las paredes era incesante.
Elena, desde su posición, comenzó a disparar, no muy acertadamente, hacia el hueco de la escalera, pero suficiente como para darnos un par de segundos para volver a la verticalidad.
—Venga equipo. Como lo hemos entrenado. —Debajo el bolso que contuvo nuestras armas de apoyo, y que acertadamente dejó, nuevamente la doctora, tras la puerta, Elena también había dejado un escudo balístico.
Llevemos esto por lo que pudiera acontecer, dijo.
Tenía que darle la razón. Cogí el escudo con mi brazo izquierdo y coloqué mi pistola HK en el lateral derecho.
Por detrás de mí, Valeria y Elena, con las G36 apuntando hacia el frente.
Era hora de avanzar. El escudo, con un peso de casi veinte kilos, aguantó bastante bien los primeros impactos, dándonos el tiempo suficiente para abatir a los tres atacantes.
— El objetivo está llegando al garaje del sótano dos. El personal de seguridad está evacuando el centro comercial. Un par de vigilantes de seguridad suben hacia vosotros por las escaleras. —
—La rehén ha muerto, envía sanitarios a la planta superior. Nosotros vamos a por el General. —
—Veo otros tres tangos en el sótano, junto al coche del objetivo. —
—Recibido. —Tiré el escudo al suelo, pues tras varios impactos, su integridad había sido dañada. Me libraba de 20 kilos de peso. Tenía que reconocer que valía cada uno de los tres mil euros que costaba.