21 #2
—Cuando esos dos gilipollas no consiguieron matarte, he de decir que, me sorprendí.
Sabía que eras bueno, pero tanto… En todo este tiempo, y con la rabia que tenías dentro, las decepciones, las dudas…
pensé que podría convencerte para unirte a nosotros.
Pero todo se ha precipitado. Tus amigos, tu familia, te hacían más y más fuerte cada día que pasaba.
Cuando hiciste que matasen a tu primer equipo, la organización puso el ojo sobre ti.
—¿Cuándo hice que mataran a mi equipo? Será hijo de puta.
— Solo le importa demostrar que tiene más cojones que ninguno.
Dijo el jefe. Le gustaste. —Esbozaba una sonrisa siniestra cuando imitaba una voz grave y rota, imagino de su jefe, como dijo él.
—Cuando te pusimos a prueba la segunda vez y volviste a sobrevivir, sabíamos que teníamos que tenerte entre nosotros.
Archor, en persona, conoció de tus hazañas…
—Que puta locura llamar hazañas a las catastróficas intervenciones en las que perdí a tanta gente.
—…quiso que te convirtieses en el nuevo líder y director de Los Misos.
Pero no. Tú tenías que ser el paladín de la unidad.
El puto caballero de brillante armadura que uniese a esta puta mierda de equipo abocado al desastre.
Tenías que ser el puto Rey Arturo con sus caballeros.
¿Eh? Demostrar una moralidad supina y ser tan jodidamente honrado.
—Su tono se agravó más. Su voz, esa que, con cada palabra, denotaba más y más odio, se imbuía en susurros cada vez más oscuros.
Si hubiera que reescribir una obra literaria al respecto de la figura del General, esta, estaría claro, que sería Drácula.
De encantador caballero a monstruo sediento de sangre.
—Has conseguido que quede como un puñetero incompetente.
Dirán que ya no les sirvo para nada, ya que ni siquiera puedo convencer a un simple pelele de que se una a ellos.
Que más vale ser rico y tener el bolsillo lleno que vivir de las miserias que otros te dan, como la puta mierda de medallita esa que decía que eras súper bueno.
—El tono de sarcasmo era colosal en ese momento. Estaba en pleno clímax de su speech.
—¿He de estar alagado porque Archor en persona te pidiera que me reclutases? —Trataba de mantener la calma.
—No lo pidió. No ordenó. —
—Y ¿Quién es ese Archor? —
Una carcajada resonó en la sala. —Eso… no te lo voy a decir. Lo que si te diré es que ni tú, ni tu familia, vais a estar a salvo mientras él siga vivo. —
—Pues eso tiene fácil solución. —
—¿Fácil solución? Cuanta altanería. Pero quien cojones te crees que eres tú. Un juguete roto, desconfiado y solitario. Estás solo, y si yo quiero, estás muerto. —
—¿Quién es Archor? —
—¿No me has oído? Si quiero estás… —
Saqué un folio, perfectamente doblado, del bolsillo izquierdo de mi pantalón.
Ante la atenta mirada de Castaño, lo desdoblé poco a poco, muy lentamente.
El tiempo se detuvo. Cuando la hoja de papel estaba completamente desdoblada, comencé a leer muy despacio.
—Joseph Angeline McGaudy Dutrrue. Encontrado, casualmente, muerto de…
a ver como dice el informe… causas desconocidas…
no, perdón, muerte simulada por causas naturales.
—El rostro del General perdió todo e l color tornando a un pálido enfermizo.
Las autoridades holandesas tenían, en su punto de mira a McGaudy desde hacía tiempo.
Lo que no sabían era que se trataba del cerebro de la organización O.N.O.
, Archor. Ahora estaba confirmado. El órdago que jugamos se ganó, verificando su identidad.
Martina había hecho un buen trabajo con los teléfonos de Lucas y Daniel.
Evidentemente, Archor sería el siguiente al que, una vez identificado, urgiría detener.
Apenas una hora tras la reunión mantenida con el General en la cafetería, la Politie [75] organizaría el operativo.
Lamentablemente, ofrecería gran resistencia y no tendrían otra opción que abatirlo.
La noticia no trascendería hasta que la operación se completase y O.N.O.
estuviera totalmente aniquilada. La versión oficial, muerte natural.
—Eso es del todo… imposi… —
Levanté un dedo antes de que acabase su frase.
—En una cosa sí que le tengo que dar la razón, General.
Soy desconfiado, si, pero no estoy solo.
—Mi temor fingido, mi inseguridad escenografiada, mi postura encorvada, todo cesó de golpe.
—¿Lo tienes todo Operadora? —Una voz metálica, apagada, pero perfectamente audible, salió del bolsillo derecho de mi pantalón.
De un teléfono que, el propio Castaño, me entregó en su día, a mi llegada a Hostes.
— Aquí Alfa-0, lo tengo todo, todito, todo jefe. —
—¿Pero… qué? —Una mujer dejó un teléfono sobre la mesa, en el espacio vacío que había entre los dos.
Colocándose, esta, justamente detrás del General y agarrándole la mano en la que portaba el arma.
A Valeria le sentaba muy bien el uniforme de camarera.
Le resaltaban todavía más sus curvas. Debajo de la bandeja, y tapada con una servilleta de tela perfectamente doblada, su Glock 26 apuntando a su objetivo.
Sin demora, le retiró el arma que no dejaba de apuntarme bajo la mesa .
—Tengo su confesión grabada, General. Ah, y por cierto…
—Una llamada solicitaba respuesta en el teléfono.
El tono, una melodía, “ Eye of the untold her ”, de nuestra compositora preferida.
—…hay una persona que lo ha visto y oído todo, en directo y, seguramente, ya tenga una copia de esta gratificante reunión para guardar en su videoteca particular.
—Castaño, incrédulo y sin pestañear, no apartaba la mirada del teléfono, que continuaba sonando.
—Por si no lo ha notado, es un pequeño guiño a nuestras preferencias musicales, General.
Cójalo. Creo que es para usted. —Se lo acerqué lentamente con la mano.
Castaño, más lentamente todavía, tomó el aparato, desbloqueó el terminal y se lo llevó a la oreja sin decir ni una palabra.
Al otro lado, una voz que él reconoció perfectamente.
— Castaño, pero ¿Qué has hecho? —Los nervios comenzaron a traicionarle, observando que aparecía un leve temblor en la mano que sostenía el terminal móvil.
El destinatario final del mensaje, recibió la anotación que le dejé escrito, al Coronel, en un trozo de papel, justo antes de abandonar la reunión.
Debía contactar con él para concretar ciertos detalles, pero las fichas de dominó siguieron su caminito a la perfección.
En ocasiones, Murphy [76] no tiene su día y la suerte te sonríe a tí, y a mí, ya iba siendo hora de que me sonriera.
“8559881611, Felipe R. recibirá una llamada de ese número que debería contestar.”
Martina debía contactar con él justo en el momento en el que Castaño apareciera por la puerta del centro comercial.
Tras un eterno saludo, pues, Martina… era Martina, le indicó que abriera el link que le acababa de enviar para que pudiera ver lo qu e ocurría en directo, de primera mano, y fuera testigo de una posible confesión del General Castaño.
La primera parte del plan se había cumplido a la perfección, hasta el momento.
Martina había logrado hackear la señal de video de las cámaras de seguridad y hubo activado el micrófono de mi segundo teléfono justo después del primer sorbo de café.
Castaño no articulaba palabra. Se había creído el más listo de aquellos lares, y gracias a su arrogancia, había cometido un error.
Subestimar a quién había podido perderlo todo.
La soberbia, la prepotencia y la vanidad, habían resultado su perdición.
El teléfono golpeó la mesa antes de acabar cayendo al suelo tras resbalar de sus manos.
Estaba en shock pues se sabía descubierto.
Y ahora, no solo quedaría como un inútil a ojos de su organización, sino que se convertía en algo que O.N.O.
no toleraba. El General Sebastián Castaño Ibáñez, condecorado y reputado militar de carrera, se acababa de convertir en un cabo suelto para su propia organización.
Tras unos segundos, eternos para unos, más que para otros, comenzaba la segunda fase del plan. Para mí, la más delicada. La extracción de Castaño para ponerlo en custodia. Valeria me arrojó un auricular que me coloqué inmediatamente. Ahora, podríamos comunicarnos sin altavoces en teléfonos ocultos.
—Alfa-0. Fase dos. Y envía la información obtenida a nuestros homólogos holandeses. Se alegrarán al ver el regalito que les tenémos. —
— Recibido. —Utilizando el software de Artemisa, determinamos que se identificasen todas las señales de los teléfonos móviles en cien metros a la redonda.
Martina apagaría todos los terminales, con el único objetivo de que no se tomasen imágenes de la detención y apareciesen en redes sociales o en los informativos.
Al fin y al cabo, todavía quedaban unos días hasta que se localizasen a todos los miembros del Nuevo Orden Mundial. — Hecho. —