20
Isabella, me acompañaba allá donde iba.
Martina permaneció en el despacho donde se estaba llevando a cabo la reunión, por temas logísticos, justo detrás de la pantalla.
No quedaría bien si ocurría algún tipo de imprevisto y no pudiéramos solucionarlo.
Val estaba en el hospital, asegurándose que Roberto no tuviera visitas inesperadas.
—Parece que lo has logrado. —Me dijo suavemente. Se notaba que había estado llorando, e imaginaba, que no era por la herida que le había dejado el proyectil en el brazo.
—Diana estaría orgullosa de ti. Finalmente, todo su trabajo y esfuerzo, por el que había luchado tanto desde que te retuvieron, va a ver servir de algo. —Las lágrimas volvían a aparecer en los ojos, ya de por sí inundados, de Bella.
—Has acabado… lo que mi hermana… no pudo acabar. —
—No. Lo que a tu hermana no dejaron acabar.
En una semana, todo esto será solo un mal recuerdo.
—Por más que tratara de consolarla, en mi interior sabía que ella no encontraría consuelo tan fácilmente.
—Por cierto. He de informarte que, de lo que ha ocurrido aquí, no puedes postear nada.
No le digas nada a tus seguidores. ¿Eh? —Una risotada, oculta tras la tristeza de su rostro, emergió de golpe.
Al menos, pude sacarle eso, una simple sonrisa.
—Es una pena, sería una historia digna de contar. Y seguro que te introducía en el mundillo. Conseguirías algunos followers sin dificultad. —
—Uff. Que pereza. Todos los días enseñando lo que como o lo que visto…
No. Prefiero mis escaramuzas y mi anonimato.
—Ese sería un toque de complicidad que uniría a dos personas, sin nada en común, en una amistad basada en el respeto y en la gratitud, para siempre.
La gratitud de Bella hacia mí, por un buen trabajo realizado.
Mis respetos hacia Bella, por su fortaleza en una situación tan complicada.
—El coronel Pastor ha pedido unos cuantos favores, y tu avión te estará esperando en Matacán en un par de horas. Te llevará de vuelta a casa. —
—¿Y si vuelven a por mí? —
—Créeme. Esta próxima semana, van a estar más preocupados de otras cosas. —Le dije, convencido, esperando estar en lo cierto.
—Y ¿lo de los cabos sueltos? —interpeló nuevamente preocupada.
—Olvídate de eso. Para mí, ellos son mis cabos sueltos ahora.
Te prometo que no te ocurrirá nada. He hablado con las autoridades del aeropuerto JFK de Nueva York, querrán hablar contigo, pero me han asegurado que no te molestarán demasiado.
Además, hasta que terminemos con todos ellos, tendrás una escolta a tu disposición, siempre que la quieras, por supuesto.
—Las lágrimas, que corrían por sus mejillas como ríos desbordados, no ensombrecían la sonrisa de esperanza que aparecía su rostro.
—Muchas gracias por todo. Nunca olvidaré lo que has hecho por mí y por mi hermana. —
—Mi penitencia será, el de no haber podido salvarle la vida a Diana. Me hubiera gustado que pudierais haber vuelto a tomar uno de esos helados que disfrutabais juntas, otra vez. Pero hay que seguir hacia delante. Continúa con tu vida y nunca la olvides. Te amaba de verdad. Me consta. —
—Lo sé. —Y su sonrisa se hizo más hermosa todavía.
—Por cierto… Bella ¿te importaría hacerme un pequeño favor? —
Acompañé a Bella hasta el aeropuerto local y no la perdí de vista hasta que subió a su jet, el Global 6500 que la llevaría de vuelta a casa.
En la bodega del avión, una urna contenía las cenizas de su hermana.
Tras obtener todos los permisos necesarios, en tiempo récord, gracias a los contactos de Pastor, podría cumplir uno de los deseos de Diana.
Que arrojasen sus cenizas en medio del Triángulo de las Bermudas.
Cuando le pregunté a Bella el motivo, ella no dudó en contestarme tras una enorme carcajada.
—Si alguna vez muero… —Decía —…quiero que me incineréis y tiréis mis cenizas en algún lugar con historia, por ejemplo…
—Imitaba a Diana, colocándose un dedo en la boca y comenzando a darse golpecitos como si estuviera pensando.
—…donde se hundió el Titanic, o donde crean que puede encontrarse oculta la Atlántida, o mejor aún, en el Triángulo de las Bermudas.
Así, aunque no esté viva, podré formar parte de uno de esos grandes misterios de la humanidad.
Y quién sabe, a lo mejor vuelvo de entre los muertos con una buena historia que contar. —
Lo superaría, no me cabía ninguna duda. Y de esto, saldría mucho más fuerte.
Por mi parte, y de regreso al cuartel, nos tocaba lidiar con el operativo más grande que se pudiera haber planteado nunca.
O por lo menos, que yo me hubiera imaginado.
Mañana tendría que detener al General, y mantenerlo incomunicado, al menos, hasta que todas las delegaciones confirmaran que tenían identificados, localizados y vigilados a todos los miembros de la organización.
Había que tener en cuenta que, dos de los tres miembros de la cúpula de O.N.O.
, continuaban sin ser identificados, el tercero, Vladmir Schecov, estaba en paradero desconocido.
—¿Cómo estaba? —Elena me preguntó a mi llegada.
—No sabría decirte. Triste, cansada, pero… creo, que liberada. Saber que el trabajo de su hermana va a ver para algo y que su asesino ya está muerto, le ha dado un pequeño halo de esperanza y quitado un peso de encima. Pero todavía le quedan días duros. —
—Me alegro por ella. Su secuestro, frustrado, sirvió para sacar a la luz a esos hijos de… mala madre. —Era muy difícil ver a la doctora perder las formas. Cierto también era que, mejor no verla perder las formas, y si no, que se lo preguntasen a Lucas. Bueno, ya no.
Martina utilizó uno de los programas que le dejó Artemisa para tratar de localizar a Ásteros, ya que era, el único, del que conocíamos algún dato.
El programa, al que Alicia llamó “TBO”, y creado por ella, era capaz de rastrear cada movimiento en línea de una persona objetivo.
Redes sociales, datos bancarios y otros recursos on-line que aprovechaban la tecnología del anonimato y seguridad para acceder a la información recogida en la red oscura, posibilitaba la recopilación de una amplia gama de datos sin dejar rastro.
Una vez obtenida toda la información, TBO identifica patrones y conexiones entre los diferentes conjuntos de datos, posibilitando al programa, trazar una zona de intervención, una posible ubicación, movimientos de la persona, comprender su comportamiento en línea, identificar posibles relaciones e incluso, conseguir, como fue el caso, una fotografía, completamente nítida, de quien se hacía llamar Ásteros.
A la mañana siguiente, esa fotografía fue enviada a todos los dispositivos móviles de la unidad, junto con un mensaje.
“HOSTES, ST—1 Y ST—2, ÁSTEROS LOCALIZADO.”
Elena salió de su despacho y yo del mío, con la misma intención.
Ir a buscarnos el uno al otro. Val, apenas estaba entrando por la puerta de la sala de reuniones, cuando miró a su derecha, donde todavía se podían ver las señales de violencia, del día anterior, en la pared. Una pared, todavía teñida de rojo.
—Buenos días. —
—¿Que tal Roberto? —Preguntó Elena.
—Estable. Los médicos creen que se recuperará al cien por cien. Pero necesita reposo. —
—Genial. —
—Joder. Esto huele peor que un matadero. —Arrugó la nariz Valeria.
—Si, en mi despacho no huele mucho mejor. —Dijo la doctora.
—Trucos de patrullero. —Y les mostré una botella blanca con difusor que tenía en mi sala.
—Eliminador de sudor y malos olores. Elimina cualquier resto de mal olor en sofás, moquetas, ropa y zapatillas.
Especialmente ese olor a queso mohoso que se crea en las botas de trabajo después de estar ocho horas de servicio, a cuarenta grados a la sombra, en las calles de Madrid.
A la venta en cualquier supermercado e imprescindible en la taquilla de cualquier policía.
—La cara de sorpresa de Elena no dejó a Val indiferente. —
—¿Este tío no va a parar de sorprendernos con sus truquitos?
Madre mía, es el MacGyver de la unidad. —Tras mi sonrisa de suficiencia, mi cerebro funcionaba a mil por hora.
Todavía no sabía cómo iba a detener al General, y quedaban apenas unas horas para que se presentara allí, con la intención de presentarle la unidad al Rey de España y a varias de las delegaciones que finalizaban hoy su estancia en la ciudad debido al Foro Internacional de Turismo celebrado.
El General quería presumir de la seguridad que tiene España con sus unidades de calle, sus unidades más especializadas y su Capilla Sixtina particular.
—Tenemos un problema. —Martina, aparecía por las escaleras y se dirigía corriendo hacia el grupo. —Los móviles. Los móviles. LOS MÓVILES… —
—Si, los móviles ¿Qué pasa con los móviles?
—Se refería a los teléfonos de Daniel y Lucas, los cuales, habían quedado en custodia del laboratorio, para ver si Martina conseguía algún tipo de información.
Estaba azorada por la carrera que se había dado desde el piso inferior.
Aunque Martina era delgada, no tenía la forma física de un activo, y se le notaba.
—Han recibido hace cinco minutos un mensaje del General. Los dos teléfonos. A la vez. —
—¿Y los has leído? —Le espeté.
—No. Creí que, si los abría para leerlos, tendría que contestar. —Pensó bien. Elena cogió los dos y me entregó uno a mí. Lo abrió ella primero.
—¿Por qué no lo abres tú también? —
—Quedará muy raro si los abrimos los dos a la vez ¿No? —Le dije.
—Tienes razón. A ver… —Accedió a mensajes del teléfono y abrió el último. —Voy de camino, novedades. —