Sin cabos sueltos (Hostes 1) 19 #4
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—Verá, señor… —Volví a respirar. —…creemos, bueno, estamos seguros de que…

el general Castaño, está cometiendo delitos de alta traición.

Ha ordenado el asesinato selectivo de varios civiles, tanto en el extranjero, como aquí.

Y no precisamente por el bien de España sino, por el suyo propio y el de sus superiores, y créame, que no se trata de usted.

—La cara afable y campechana que se veía al otro lado de la pantalla, poco a poco, iba cambiando de semblante.

—La periodista Diana Martínez fue asesinada por tratar de sacar a la luz todo el entramado de O.N.O. y… —

— Un momento ¿O.N.O.? —

—Orbis Novi Ordinis, señor. Es una sociedad muy bien estructurada que está creando un serio problema de seguridad a nivel mundial, pero, sobre todo, en los Países Bajos. El problema que nos concierne es que… —

— A ver, a ver, un momento. A ver si yo me aclaro.

¿Estáis acusando a Sebastián Castaño, mi amigo y compañero de academia, y el tuyo, Damián, no te olvides, de pertenecer a una organización secreta?

Mirad, como broma… estaría muy bien, si no fuera porque hoy tengo un día muy…

—Cuando vi que su intención era la de levantarse e irse, inconscientemente, le di la vuelta a la Tablet.

Ahora no mostraba la pared blanca, impoluta, detrás nuestra que estábamos utilizando como fondo.

Ahora mostraba una pared bastante diferente, manchada de sangre, junto a Elena y Valeria, las cuales estaban trabajando en el cuerpo de Roberto.

Este, a su vez, recostado junto al cuerpo sin vida de Lucas.

Y tras la puerta, se podían apreciar, las piernas estiradas en el suelo de Daniel.

Automáticamente, la reprobación de la que estábamos siendo víctimas cesó y volvió a tomar asiento.

—Majestad, no es ninguna broma. Tras las pruebas obtenidas, descubrimos que tanto el general Castaño, como dos de los miembros de Hostes, estaban implicados en la trama.

Al tratar de detenerlos, no han dudado y han abierto fuego contra todos los aquí presentes, Coronel incluido.

—Me acerqué con la Tablet hacia Elena, haciendo un barrido por toda la habitación, y dejando ver todas las marcas de lo ocurrido allí minutos antes.

—Este es Roberto Medina, miembro de Hostes.

Ahora está luchando por su vida tras recibir dos disparos en el pecho.

La doctora Elena Cruz y Valeria Rossi, están tratando de salvarle la vida operándole de urgencia.

En el suelo, junto a Roberto, se encuentra Lucas Dubois, uno de los infiltrados en la agencia y asesinado, por dos disparos realizados a bocajarro en la cabeza, con un único fin, que no hablase tras la detención.

Los disparos fueron realizados por su compañero, segundo infiltrado y confidente de O.N.O.

Daniel García, el que está detrás de la puerta y, por cierto, mano derecha del general Castaño.

Y aquella de allí, Isabella Martínez Nuñez, hermana de la fallecida Diana Martínez, es a la primera que han intentado asesinar, tras secuestrarla hace unos meses con el fin de esclavizarla sexualmente.

Señor, creo que no es ninguna broma. Han tratado de matarnos a todos porque habíamos encontrado algo.

Mi familia ha tenido que abandonar España en un avión tras ser yo ser víctima de otro intento de asesinarme hace un par de días, y en el trayecto hasta la base aérea, cuando los acompañaba a tomar el vuelo, casi nos matan otra vez.

Créame cuando le digo que, esto no es ninguna broma, señor.

—La cara que se reflejaba al otro lado de la pantalla mostraba una seriedad espasmódica, un cambio radical que tornó de la afabilidad, a la gravedad de la situación, pasando por la molestia de creer que se le estaba haciendo perder el tiempo.

—Señor, no pensamos que el General pueda estar involucrado.

Lo sabemos de primera mano, pero él desconoce que tenemos esa información.

Y debe seguir así, de momento. En unos cuarenta minutos, nos reuniremos con varias delegaciones para entregarles un informe donde está todo detallado.

Es el dosier que realizó la periodista, Diana, y por lo que fue asesinada.

Solicitaremos una acción conjunta e inminente para detener a todos los miembros en el plazo más breve posible. —

—Pero primero, queríamos que tú tuvieras conocimiento. —Intervino el Coronel.

—Es usted, quién, de manera involuntaria, facilita cierta información a uno de los miembros de esa facción.

Un miembro de los altos estamentos de la organización, y que ahora mismo tiene el poder suficiente como para ordenar asesinar a una periodista sin que salga en ningún noticiero, permitir el paso sin vigilancia de sicarios por las aduanas de Madrid o, incluso, pudrir desde dentro una unidad como esta.

Y créame, con lo que he leído de esta organización, no descarte que usted pueda convertirse en un objetivo si ya no le gusta como le trata.

Señor. —El sistema de audio enmudeció sepulcralmente tras mostrar cómo se encontraba la sala de reuniones, apenas roto por unos golpecitos lejanos en una puerta. Por fin, nuestro interlocutor habló.

— Espera fuera. — Indicó a quién había golpeado la puerta.

Con tono muy serio, acorde a su semblante actual.

Finalmente, dijo en un susurro perfectamente audible.

—Si es cierto esto que me habéis dicho, y no digo que lo sea, pero…

si es cierto, hay que tomar medidas urgentes. ¿Tienen un informático en el lugar? —

—Si, señor. La mejor. —Martina, que no había aparecido en pantalla hasta ahora, se ruborizó.

— Enviadme el dosier, cifrado. Damián, ya sabes cómo.

— Parecía que, entre ellos, tenían un sistema personal de cifrado para sus envíos particulares.

—Y en cuanto comencéis la reunión con el resto de delegaciones, conectad conmigo.

Ahora os doy mi número de conexión personal.

Si es cierto todo lo que pone ese informe, tienen mi aprobación para hacer lo que sea necesario y solucionar esto.

¿Hay alguien más, que deba saber, que está involucrado? o ¿en esa organización? —

—Un par de ministros y personas de menor rango. —

— Entendido. Pastor… ¿confías en tus hombres? —

No sabía que iba a decir, pues hasta hacía una hora más o menos, éramos nosotros los que no confiábamos en él. —Por supuesto señor. Son los mejores. —

Cuarenta minutos más tarde, Una ambulancia del Sacyl trasladó el cuerpo de Roberto al hospital.

La doctora consiguió mitigar los efectos del hemotórax por lo que, únicamente, quedaba la recuperación y observación en la UCI del hospital.

Tras cambiarse de ropa, Elena, junto con el Coronel y conmigo, nos encontrábamos sentados tras una mesa con una gran pantalla frente a nosotros, dividida en varias secciones, donde se fueron conectando uno a uno, las distintas delegaciones.

La joya de la corona, nunca mejor dicho, fue la incorporación a la reunión nuestro representante, desde su despacho, con un informe impreso entre las manos.

Evidentemente, la reunión la inició él, dándonos paso, casi de inmediato.

Se veía que había leído las partes importantes del dosier, junto con los anexos que le acompañaban.

De una forma tácita, dio autorización para que se compartiera la investigación con el resto de delegaciones.

La reunión duró unas tres horas, en las que se puso de manifiesto la buena predisposición y gratitud, por parte de Países Bajos, por obtener aquella información.

Rápidamente se habló de un operativo a nivel internacional para la detención y puesta a disposición judicial, y, en determinados casos, incluso, presentación en el TPI [74] de La Haya, por posibles crímenes de lesa humanidad…

Ahí era donde comenzaba a aparecer, nuevamente, la puta burocracia que lo hacía todo más lento.

Italia fue la primera que quiso co menzar con las identificaciones y detenciones.

Un golpe mediático así, sería estupendo para su propaganda de “tolerancia cero” con la corrupción y la delincuencia.

Se trazó un plan de acción conjunto, dando como margen un plazo de siete días, una semana, para la identificación y localización de todos los miembros de la organización. Acerqué mi cara a la de la doctora.

—Esto no es lo mío. Os dejo. Voy a ver cómo está Roberto. —Les dije a Elena y al Coronel. Elena me contestó en un susurro.

—¿Estás loco? Tienes que estar. Eres el que más sabe del caso. —Yo le contesté en el mismo tono susurrante.

—Elena, este es territorio burócrata. Yo no pinto nada aquí.

¿Recuerdas? Y tú eres la líder en cuestiones de análisis e información.

Yo no, además, tengo que pensar en la detención del General.

—Antes de irme, le entregué una nota manuscrita al Coronel.

Este la cogió sin entender nada, y mientras yo abandonaba la sala, leyó la nota para sí.