19 #3
—Estaba en lo cierto. Te calé desde el primer día. Tu presencia, tu forma de moverte, tus pequeños microgestos al escuchar ordenes, tu saber estar, tus, siempre honorables, valores… Eras demasiado bueno, y él nunca te reclutaría para nuestra empresa. Lo supe desde el principio. —
—¿Te refieres al General? —
—Creía en ti. Pero, cuando te acercaste demasiado… —Una tos grave le interrumpió. Le habíamos acertado. Y yo sabía que era grave.
—Estas herido. Deja que Elena te asista. No tiene que acabar así. —Una carcajada se colaba entre la tos expectorante.
—Aún después de tratar de matarte ¿todavía quieres salvarme? —
—No quiero… pero debo. —No quería. Para nada quería. Quería pegarle un tiro entre los ojos, en su puta cabeza y esparcir sus sesos por el suelo. Por venganza, por ira, por rabia.
—Ahí está el fastuoso a la par que embustero caballero de reluciente armadura.
—La tos, cada vez más fea y más fuerte se hacía protagonista en la conversación.
Le hice la señal a Val. Era el momento. Iba a entrar.
Val se colocó para acceder a la sala tras de mí.
Con un ágil movimiento me deslicé al otro lado de la portalada, sin saber si Dan estaría esperando para apretar el gatillo y vaciar el cargador sobre lo primero que pasase por el quicio de la puerta.
La dantesca escena mostraba a Daniel, sangrando abundantemente por varias partes de su cuerpo, mientras sujetaba el arma contra su labio superior encañonando la misma en dirección a su cerebro.
Los cuatro disparos que realizamos impactaron en el blanco.
Noté que Valeria apareció por detrás de mí.
No dejábamos de encañonar a quien apenas le quedaba un aliento de vida.
Dan, al borde de la muerte, sentían el peso del mundo en sus ojos, que amagaban con cerrarse definitivamente en breve.
Sus pupilas, dilatadas, buscaban desesperadamente la figura que tenía en frente.
Su rostro, pálido por el exanguinado que se estaba produciendo en su cuerpo, daba la sensación de estar ante un chupasangre nocturno. Finalmente, pareció enfocar.
—Hola… jefe. —
—Baja el arma Dan. Deja que te ayude. Por favor. —
—… Ininteligible … organización. —
—Dan, pero… ¿Por qué lo has hecho? —Notaba que una parte de mí quería bajar el arma y tratar de ayudarlo.
Aunque solo fuera para que respondiera ante la justicia.
Pero, por otro lado, había algo, la experiencia, quizás…
la intuición… una sensación… que me mantenía en guardia.
No quería otra muerte absurda como la de Adán a mis espaldas.
No había ningún riesgo aparente. Daniel, que estaba con el arma encañonándose a sí mismo, apenas tenía fuerzas para apretar el gatillo.
—Pero me recordarán para siempre… —La voz le volvió, frágil, pero iracunda. —…como el hombre que consiguió… —Me aparté, hacia atrás, un paso más. Valeria hizo lo mismo al verme.
—Dan, no lo hagas. —
—…que el secreto de la organización perdurara… —Su gesto, ahora blanco como la leche, contrastaba entre toda esa sangre que le bañaba. Su arma comenzó lentamente a cambiar de dirección. Su brazo comenzó a tensarse mientras la boca de fuego de la sig sauer me encaraba.
—Dan, por favor… No. —
—…un día más. Es un NUEVO ORDEN MUND… — Un disparo salió de su arma.
Otro salió del mío. El suyo erró por centímetros.
El mío, certero, en el ojo izquierdo, haciendo que Dan luciera parecido a como lo hacía su compañero Lucas.
Por inercia, le retiré el arma de la mano.
Saqué el cargador. No tenía más proyectiles.
Midió bien la cantidad de munición de que disponía para quedarse con una bala.
La última, que en un principio iba a usar para que no le cogiesen, decidió utilizarlo para tratar de cumplir una de las órdenes de su organización.
Acabar conmigo. Tras asegurarme de que el cuerpo inerte carecía de cualquier posibilidad de resurrección, me giré hacia Valeria que continuaba encañonando a Dan.
—Está muerto. —Tras guardar nuestras armas, entramos en la sala de reuniones donde Elena trataba de reanimar a Roberto. Dos impactos en su chaleco habían conseguido dejarle sin respiración y prácticamente noqueado. —¿Todos Bien? —
—Bella tiene un rasguño en el hombro, nada grave.
Martina está recuperándose del impacto. —Martina, muy nerviosa y con respiración rápida y entrecortada, mirando al suelo, y todavía temblando, hizo un movimiento con la mano derecha y pulgar arriba.
Estaba bien. Se le pasará. —El que me preocupa es Roberto.
Respira muy débil y no reacciona. —El Coronel estaba tratando de tranquilizar a Martina, mientras bella, en el sillón, se apretaba el hombro.
Pasados unos segundos, la doctora solicitó que alguien bajase a por material médico.
No dejaba de palpar el abdomen de Roberto con gesto de preocupación.
—No podemos moverle. Necesito hacerle una toracotomía [73] de urgencia.
—No sabíamos lo que era eso, pero sonaba grave.
Bajé corriendo al piso inferior donde sabía que la doctora tenía su maletín de campaña.
Cuando volví a entrar en la sala, Valeria estaba quitándole el chaleco antibalas con extremo cuidado a Rob mientras, simultáneamente, Elena le cortaba la camiseta interior, dejando a la vista un hematoma bastante feo.
Dejé a los pies de la doctora su maletín, del cual comenzó a sacar guantes de nitrilo que entregó a Val.
—Hugo, quedan cinco minutos para la reunión.
Aquí no haces nada. —Su concentración era máxima.
La mirada, firme y decidida, como la que apareció cuando tuvo que intervenir a Artemisa de urgencia, volvió a aparecer.
Acababa de sacar un bisturí que estaba esterilizando mientras Valeria vertía, sobre el abdomen de Roberto, media botella de Betadine.
Como dijo Elena, ahí no aportaba nada. Confiaba plenamente en la capacidad de la doctora y si ella estaba segura de poder realizar la cirugía allí, o por lo menos, aliviar la presión para poder reanimarle antes de trasladarle al hospital, no sería yo quien la detuviera.
La atmosfera era surreal, pues la normalidad que se pretendía aparentar a través de una cámara y una Tablet, en un lado de la sala, colisionaba frontalmente con la realidad perturbadora que mostraba el lado opuesto de la misma y lo que estaba ocurriendo en ese momento.
Una operación a vida o muerte, para salvar a Roberto.
Pastor había salido indemne, pues los dos disparos apenas le rozaron el chaleco.
Aun así, sus pulsaciones no bajaban de los ciento cincuenta ritmos por minuto.
Más o menos, la misma cadencia que se me puso a mi cuando vi al otro lado de la pantalla a quién iba a entrevistarse con nosotros.
— Buenos días Damián. ¿Cómo te va? He salido hace un rato de la reunión con Castaño y me informa que todo va bien en la unidad.
De hecho, todavía no habrá salido del parking ¿Quieres que le haga llamar?
—Traje negro, formal y diplomático de corte clásico.
Rostro anguloso con facciones bien definidas, mandíbula pronunciada y ojos marrones mostrando seguridad en sí mimo.
Tez clara y una barba recortada con sumo cuidado mostrando una mezcla de juventud y veteranía. El rostro era inconfundible.
—Buenos días Majestad. Disculpe que haya reclamado su audiencia tan precipitadamente, pero no sabía a quién acudir, y creo que esto es un problema de Estado del que usted debe tener conocimiento a la mayor brevedad.
—Pastor cursó estudios de secundaria en el Lakefield College School de Canadá, donde hizo muy buenas migas con el, por aquella época, Príncipe Felipe, debido a que eran de los pocos españoles que, por decisiones militares, estudiaban allí.
Posteriormente, volvieron a coincidir un curso en la Universidad Autónoma de Madrid y posteriormente, durante unos meses en la Academia General Militar de Zaragoza.
—Déjate de formalismos. Te noto muy preocupado, Damián. Mañana voy a Salamanca ¿no puede esperar? —
—Me temo que no. —
—¿Tan grave es? —
—Si. —
—De acuerdo, un momento. —Sabiendo que la conexión era segura, desde el otro extremo de la pantalla se pudo ver como el interlocutor hacía un movimiento con la mano, indicando a alguien en su sala que le diera privacidad. — ¿Qué ocurre? y… ¿Eso es sangre? —
—Si, pero no te preocupes por eso, ya está controlado. Verás, quiero presentarte a Hugo Navarro, creo que ya le conoces de oídas. —En ese momento, el Coronel, con un agarrón fuerte por el brazo, hizo que yo apareciese en el plano.
— Si, he oído, demasiado, hablar de él en los últimos meses. Buenos días, Hugo ¿cómo estás? —La emoción me embargaba. Me estaba saludando la persona por la que hace años, juré dar mi vida y proteger la suya. Era como si un niño de cuatro años conociese al puñetero Papá Noel.
—Buenos… días, señor, majestad. —
—No me dejes en ridículo, por favor. —Espetó en un leve susurro Damián.
— Tranquilo Hugo, trátame como a cualquier otra persona. —
—Si, Majestad, señor. —¿Qué cojones me pasaba? Martina me miraba como si no me reconociese, echándose una mano a la cabeza. Respiré hondo.
— Mañana os veré, y ahora… —miró su reloj — …apenas tengo unos minutos. Pero contadme eso que es tan urgente. Cuando he visto tu mensaje, Damián, debo decir que me he preocupado un poco. —
—Tenemos una situación bastante jodida. —Comenzó a decir Pastor como si fuéramos colegas de toda la vida.
Bueno, realmente ellos si lo eran. —Tenemos pruebas contundentes que relacionan a un alto mando, con el que acabas de estar reunido, con una organización que aboca por un nuevo orden mundial, realizando auténticas mierdas por todo el mundo.
—El Coronel me dio un golpe con la pierna, dándome paso.