Sin cabos sueltos (Hostes 1) 19 #2
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Quince minutos antes de la reunión con las autoridades españolas, una hora antes de la videollamada que nos congregaba a toda la unidad para exponer, al resto de delegaciones, la existencia de la organización O.N.O.

, y mientras terminábamos de seleccionar, que partes compartir y cuáles no, apareció por la puerta Daniel, y unos segundos después, Lucas.

El Coronel, que estaba sentado en el sillón central de la sala, hizo un leve gesto con la cabeza, dando luz verde a la primera fase del plan que habíamos trazado.

Valeria y Ron se colocaron junto a Dan, uno a cada lado.

Yo me dirigí a la esquina en la que estaba colocado Lucas.

Le propiné el puñetazo que llevaba ganándose desde el primer día que entré en esa misma sala.

No lo esperaba, y lo recibió con el pómulo izquierdo.

En ese golpe, entregaba toda la ira que tenía contenida desde hacía tiempo.

Al fin y al cabo, este hijo de puta, facilitó que asesinaran a Diana, que casi me mataran a mí, a mi familia y a mi equipo, y porque no decirlo, sus continuas faltas de respeto y consideración, me habían tocado los huevos en incontables ocasiones.

Cuando se incorporó, le empujé contra la pared y le inmovilicé las manos con un lazo.

Daniel estaba paralizado ante la acción.

Todavía nadie le había tocado. Les pedí a Roberto y a Valeria que me permitieran hacer las dos detenciones.

—Si hay represalias, quiero que solo se centren en mí. —

—Somos un equipo. No tenemos miedo a estos dos. —Dijo Val.

—Lo sé. Pero es una orden. —Les dije en el briefing.

Dan hizo un pequeño amago para ayudar a Lucas, pero prevalecía que su tapadera no fuera descubierta.

Tarde. Valeria no dudó en saltarse las órdenes y, al mínimo movimiento que hizo Daniel, le sujetó por el cuello, inmovilizándole.

Apretaba tanto que no podía apenas respirar.

En segundos, cayó al suelo. Un mataleón perfecto.

—Pero ¿QUE COJONES ESTÁS HACIENDO? SUELTAME HIJO DE PUTA.

TE VOY A MATAR. SUELTAME GILIPOLLAS QUE TE VOY A DAR LO TUYO.

¿POR QUÉ HOSTIAS ME HAS DADO UN PUÑETAZO?

—Dirigió una letal mirada al Coronel. —CORONEL ¿QUÉ COJONES PASA AQUÍ?

DIGALE QUE ME SUELTE. ¡YA! —El coronel Pastor se levantó de su asiento y se dirigió hacia la dispensadora de agua.

Tomó tranquilamente un vaso bajo la atenta mirada de Lucas que dividía su mirada entre la situación que estaba viviendo Dan y la parsimonia del Coronel, todo ello, sin dejar de forcejear conmigo.

Terminó el vaso de agua, me miró e hizo otro gesto con la cabeza.

Daniel ya estaba atado e inmovilizado en el suelo.

Valeria le quitó el arma a Daniel, colocándosela en la parte trasera de su pequeña cintura. Yo hice lo propio con la de Lucas.

—¡Lucas! Quedas detenido por pertenencia a banda criminal… —

—QUÉ COJONES… QUE ME SUELTES, COÑO. —

—…asesinato en grado de tentativa, falsificación de pruebas en una investigación criminal, obstrucción a la justicia y resistencia y desobediencia ante una detención policial.

—En todo momento, Lucas no paraba de forcejear tratando de escapar de los lazos que le inmovilizaban las manos.

Dan comenzaba a recuperar el conocimiento.

—¿Que ha pasado? Jo, Val, como práctica de una detención ha estado brillante.

Jeje ¿Me puedes soltar ya? —Dijo Dan. Entregué el brazo de Lucas a Roberto, que se quedó forcejeando con él bajo la atenta mirada del Coronel.

Roberto fue menos sutil que yo y le propinó dos puñetazos en el estómago que lo dejó doblado y sin respiración durante unos minutos.

—¿Pero que estáis haciendo? —Volvió a inferir.

Agarré a Dan y lo levanté. Me aseguré que el lazo estuviera bien apretado.

—Daniel, estás detenido. Se te acusa de obstrucción y de pertenencia a organización criminal. Atendiendo al artículo 520 y siguientes de la ley de enjuiciamiento criminal, voy a leerte tus derechos. Tienes derecho a guardar silencio, tienes derecho a no declararte culpable ni a declarar… —

—Hugo, como broma está muy bien, pero suéltame. El lazo me hace daño. Yo no he hecho nada. Soy… —

—Tienes derecho a un abogado, si no tienes uno, se te asignará uno… —

—¡HUGO! Para ya. No tiene ninguna gracia. No he hecho nada de lo que me estás acusando. —Su cara cambió rotundamente. Dejó de ser el geek y afable perfilador criminal de Hostes en el momento que mostré mis cartas.

—Tenemos pruebas de que tanto Lucas, como tú, facilitasteis el acceso y el transporte a los asesinos de Diana, los que trataron de matarme a mí y probablemente, los que intentaron matar a mi contacto y a la unidad hace dos noches.

Tenemos sobradas pruebas… —Esta vez me dirigí a los dos.

—…que pertenecéis a una de las ramas de la organización Nuevo Orden Mundial.

—Su gesto se relajó y una sonrisa apareció en su rostro.

Una sonrisa siniestra. Una sonrisa maligna.

La misma sonrisa que presentó, días atrás, un hombre al que le atravesó un proyectil y que antes de morir, dijo algo que, aún hoy, no puedo olvidar.

Y con una tranquilidad extrema, como ido, como si estu viera en un trance, susurró.

—Vas a morir. Todos… vais a morir. —Se giró uno por uno.

—Doctora, usted va morir. Val, preciosa, tú vas a morir.

Roberto… —la sonrisita se convirtió en una sorda carcajada.

—… ya lo creo que vas a morir. Coronel… Usted va a morir, lentamente.

Y tú, jefe… Geen losse eindjes. —La carcajada fue en aumento, y, esa puta frase, otra vez.

Ellos no dejan cabos sueltos. Nuevamente, la amenaza directa que consiguió que un escalofrío me recorriera la columna.

—…no lo dudes. —Miró a Isabella. —Ella será la primera en morir, pero tú, serás el siguiente.

—De repente, inesperadamente y con un fuerte tirón, rompió el lazo que le sujetaba las manos.

Dan estaba mucho más fuerte de lo que parecía, y no se movió como un simple analista friki.

Se abalanzó contra Rob y Lucas, con la única intención de obtener el arma que, él sabía, tenía el acceso más fácil.

La que Lucas ocultaba en el tobillo y no se le había encontrado.

Era una pequeña Sig Sauer P365 del calibre 9 milímetros.

Sus dos primeros disparos, ágiles y veloces, me buscaron como objetivo, pues, al notar su movimiento, mi acto reflejo fue colocarme delante de Bella.

Solo me encontró uno de ellos. Una punzada de dolor asaltó mi abdomen.

Los siguientes nos sorprendieron a todos por su objetivo.

Nadie lo esperaba. La lógica indicaba que debía de acabar con cualquiera de nosotros, o por lo menos, tratar de ralentizarnos para facilitar su huida.

Nada más lejos de la realidad. Dos detonaciones con un único destino, certero, implacable, imprevisible, concreto.

La cabeza de Lucas quedó abierta en dos trozos y la masa cerebral esparcida por el suelo y pared junto a su cuerpo inerte.

La habitación, de un blanco quirúrgico, se había convertido en la sala de despiece de un matadero, con sangre y masa gris esparcida sin patrón ninguno.

El olor a pólvora, sangre y víscera se mezclaba con el de lavanda y vainilla que envolvía inicialmente la sala.

Los dos siguientes fueron dirigidos al pecho de Rob, que quedó tendido en el suelo, sobre el cuerpo de Lucas.

Valeria y yo desenfundamos nuestras HK al mismo tiempo y comenzamos a disparar hacia la puerta donde se encontraba Daniel, que, en esta ocasión, dirigía su cañón hacia Martina, errando el primero de los disparos, acertando con el segundo.

Y sin miedo a ser abatido, su siguiente objetivo fue el Coronel, que tenía su Glock 19 en la mano.

Un único disparo, aparentemente certero, y el coronel cayó detrás de la mesa.

Valeria y yo habíamos realizados cuatro disparos cada uno cuando Dan se parapetó detrás de la pared.

Protegidos tras unas sillas y la mesa, no dejamos de apuntar a la única salida que había.

Las carcajadas se oían tras la puerta, abierta, localizando a Daniel tras el quicio de la misma, en el lado derecho.

Su risa continuaba siendo siniestra, pero, esta vez, exhibía cierto aire de dolor, de molestia, de… sufrimiento.

—¿Sigues vivo, jefe? —

Con dificultad, pues el disparo me había dejado sin aliento, le hice señas a Valeria indicando que tomase posición detrás de la pared.

Me incorporé, pudiendo observar que el segundo de los disparos, dirigidos a mí, y que no acertó, había impactado, superficialmente, en el hombro derecho de Bella.

Elena ya estaba taponando la herida. Yo me incorporé, como pude.

No era el primer disparo que recibía en mi vida, por lo que sabía que debía mantener la calma.

El proyectil de la nueve milímetros no había traspasado.

El chaleco, que afortunadamente determiné que nos pusiéramos todos antes de realizar las detenciones, fueron una decisión acertada.

Si bien, el proyectil no había perforado el chaleco, el impacto a menos de ocho metros duele, bastante, y el recuerdo que te deja en forma de hematoma es importante.

Sin bromear, un disparo así puede provocar fácilmente un hemotórax [71] , neumotórax [72] o contusiones cardíacas serias .

Sin dejar de apuntar a la entrada, tomé el otro lado. Ahora, Valeria y yo teníamos ganada la posición tras la puerta. No sin esfuerzo al hablar, respondí.

—Si, aquí sigo. —

—Es una pena. Me caías bien, y prefería matarte yo a que lo hicieran otros. —

—Explícame ¿Por qué tenéis tantas ganas de quitarme del medio? —