Sin cabos sueltos (Hostes 1) 18 #5
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​ —No se crea que solo su equipo está investigando en secreto.

Que se cree ¿Qué no me he dado cuenta? Le recuerdo que usted no es más que un simple policía, por muchos contactos que se crea tener.

Mi posición es mucho más influyente que la suya.

Me deben muchos favores a niveles que ni se imagina.

¿Cómo cree que se archivó su expediente tras el incidente del dos mil veintidós?

Así que deje de subestimarme de una puta vez.

Se más de lo que se cree, pero no tengo que explicárselo todo.

—Su tono se terció duro, como si estuviera reprendiendo a un subordinado.

Por otra parte, realmente, era lo que estaba haciendo.

Tras tomar otro trago, se calmó. —Diana, entre todo lo que me dio…

me entregó también esto. —Abrió con llave uno de los cajones de su escritorio, tomó algo en la mano, y lo arrojó sobre la mesa.

Era un grupo de seis fotografías. En ellas aparecía un vehículo que conocía, pues había estado, el día de an tes, jugándome la vida en él, y un lugar que había visto en otras instantáneas.

Era la entrada de servicio de un aeropuerto.

El aeropuerto donde llegó el avión en el que aterrizaron los asesinos de Diana.

Y tres hombres, uno de ellos, bajándose de la parte trasera del coche.

El conductor era Lucas, el copiloto, Daniel, claramente identificables, recibiendo a los sicarios de Misos.

La persona que se estaba apeando de la parte trasera del vehículo, y que en fotografías posteriores reía mientras les tendía la mano a esos asesinos, era el General Sebastián Castaño.

La foto era clara, nítida, no albergaba lugar para la duda. El General Castaño pertenecía a O.N.O.

​ Si la fotografía que me había enseñado Elena hacía unos minutos me dejó sin habla, la revelación que acababa de hacerme el coronel Pastor me había dejado en Shock.

​ —Pero… sus confianzas con Lucas… con Daniel y su sumisión con el General…

—Su explicación, totalmente convincente, respondía muchas de las preguntas que el equipo se hacía, y que, el Coronel Pastor, desconocía que nos hiciésemos.

—El General fue quién me trajo aquí… a esta unidad.

Me estuvo vigilando cuando me atacaron en el centro de datos, incluso antes.

Me ayudo a poner… —Casi le digo lo de mi familia.

—No tiene sentido. —Yo continuaba en Shock.

​ —¿Te dijo que me investigases? O ¿de una manera más sutil?

Te pidió que buscases una oveja negra ¿verdad?

—Joder ¿cómo lo sabía? —Su misión principal es infectar toda la unidad, pero no contaba con que su lacayo, Lucas, era patéticamente predecible.

Daniel lo hacía mejor. Al menos, disimulaba un poco más.

Si tu conseguías encontrar… como decirlo…

personas de dudosa moralidad en la unidad, lo tendría fácil.

La eliminaría de la ecuación y metería a uno de sus acólitos.

Otro miembro de la organización. Las investigaciones serían desviadas hacia temas más mundanos.

Si robasen quince arsenales… encontraríais uno, y eso se vendería como una gran victoria.

—Las confesiones que estaba recibiendo por parte del Coronel me estaban volando la cabeza .

Todo había sido una mentira. Todo era una mentira.

Pero quedaba una revelación más. Una que me sacó del estado de hipnosis en el que parecía que me había quedado.

—Hace dos noches, yo fui quien les envió los refuerzos en la AP-6.

Un convoy militar con doce PM’s [70] se dirigían hacia ustedes para escoltarles hasta la base aérea de Torrejón de Ardoz. —

​ —Pero… ¿Usted como sabía…? —

​ —¿Crees que no sé lo que ocurre en la base?

Unas maniobras nocturnas… De verdad, no sé quién es más ingenuo.

Tú, por pensar que me había creído esa mierda, o el General, por creer que no me iba a enterar.

En cuanto programasteis el vuelo desde Torrejón, su Teniente Coronel, San Silvestre, me llamó para confirmar la operación.

No hacía falta ser muy inteligente para saber que ibas a poner a salvo a tu familia después del intento de asesinato que sufriste.

Yo hubiera hecho lo mismo. Por cierto, San silvestre y yo servimos juntos durante muchos años. Solo para tu información. —

​ —Joder. —No conseguía articular una sola palabra con la que no pareciese un trastornado mental. Fui al despacho del Coronel para sacarle una confesión, pero… lo último que me espera, era esto.

​ —Lo que lamento es que los PM’s no llegaron a tiempo. Se quedaron por la zona, esperando su regreso junto a la Guardia Civil. Por la mañana, cuando San Silvestre me informó que retornaban a Salamanca, les ordené que le escoltaran a una distancia prudencial. No podía mostrar mis cartas. —

​ —Los Hummer… ¿los envió usted? —Continuaba con mi bloqueo mental.

​ —Llevo martirizándome dos días por no haber tomado la decisión de enviárselos antes. Por eso… le pido disculpas. —

​ Me había descolocado. El General no me dijo nada de unidades militares en la zona.

Martina no los había, tan siquiera, localizado en las inmediaciones.

Habíamos confundido la señal del teléfono de los militares con la que pudieron utilizar las personas que nos estaban esperando para acribillarnos.

Habíamos prejuzgado al Coronel y eso nos daba una predisposición de que todo lo que hacía era contra nosotros, y que el General era nuestro máximo aliado.

Yo le expuse mis dudas en relación al posicionamiento del coronel Damián. Pero… —Hay una cosa que no entiendo. —

​ —¿Solo una? Al final vas a ser más inteligente de lo que yo pensaba. —Tenía toda la razón para estar tan subidito. No había dado ni una. Y todo, por no ser objetivo con las pruebas.

​ —¿Por qué me ayudo a… poner a salvo a mi familia? —

​ —No te enteras… ¿Verdad? —La cara de desconcierto, incertidumbre y preocupación por mi familia, que Pastor veía en mi rostro, hizo que se apiadase un poco de la situación.

—No ibais a llegar ninguno vivo a coger el vuelo.

Castaño ha jugado sus cartas, ha representado su papel a la perfección.

Él es el bueno. ¿Salvaría a tu familia? sí, de cara a la galería, al menos lo intentaría.

Supuestamente cogerían un vuelo, siempre y cuando, saliesen vivos de la encerrona.

Te tendría comiendo en la palma de su mano por haber hecho todo lo posible por salvarles.

La realidad era que solo pretendía mataros a todos, cuatro bajas de activos sustituibles por cuatro miembros de O.N.O.

que él mismo elegiría. Tu familia… daños colaterales.

En un par de meses se cerraría la investigación sin resultados, et voilá.

De la ecuación final, solo quedaría yo por eliminar y que España tuviera un equipo Alfa totalmente controlado y manipulable.

—En mi cabeza, los pensamientos y las imágenes se sucedían, unas tras otras, a una velocidad escalofriante.

Si eliminásemos la variable de la confianza con el general Castaño, la versión de Pastor tenía mucho más sentido y contestaba a todas las preguntas que nos habíamos hecho.

Tras tomarme un par de segundos, en los que se podía sentir como procesaba toda la información, miré a los ojos al Coronel, tomé el vaso de whisky y lo acabé de un trago.

Me l evanté de la silla, no daba crédito a lo que había escuchado, y en silencio, me dirigí hacia la puerta.

Un calambre me recorrió la espalda, un aviso de mi cerebro sobrerevolucionado, indicando que hiciera una pregunta más.

Una que podía esclarecer el motivo de la estancia de Diana en aquel hotel.

Me detuve, con el tirador de la puerta en la mano y me giré hacia Pastor.

​ —Entiendo que a Diana la asesinaron porque, finalmente, decidió sacar a la luz toda la información. ¿Verdad? —

​ —Si y no. Iba a darla a conocer, pero no a los medios de comunicación.

Piensa. No voy a hacer todo el trabajo por ti.

—Mis pensamientos iban a mil por hora. ¿A quién iba a dárselo?

Si no era a la prensa ¿a quién? No a la prensa no.

Ella era la prensa. ¿A quién? ¿Por qué eligió ese hotel para reunirse con quién fuera?

Estaba todo rodeado de policías, todo estaba controlado, y en los informes de acceso no aparecía nadie ajeno al hotel o a la delegación…

La delegación. ¿Qué delegación estaba en ese hotel?

¿Países Bajos era la delegación que estaba allí?

El embajador y el primer ministro holandés estaban allí.

Era a ellos. —Iba a dárselo a la delegación holandesa.

Toda la información, el dosier completo, para que acabasen con la estructura de la organización, su centro de reuniones, sus miembros…

solo tendrían que localizar a los tres jefes… —

​ —Ya sabes la verdad. Ahora ¿Cómo vas a actuar? ¿Qué vas a hacer? —Me acababa de lanzar la pelota a mi tejado. ¿Debía recogerla? Tenía que recogerla. Tenía que cerrar el caso. Solo me quedaba confirmar la verdadera identidad de Judas y, por qué no, acabar con lo que Diana había empezado.

​ —Debo de comprobar un par de cosas antes de hacer nada, pero le advierto, por su bien…

espero que lo que me ha dicho sea cierto.

—Agarré el tirador con más fuerza si cabía y tiré de él.

La ráfaga del aire acondicionado del edificio me golpeó en la cara.

A ver si con suerte me despejaba un poco de aquella ensalada de noticias que acababa de recibir.

Me encontraba ligeramente aturdido. Como si en vez de información, hu biera estado recibiendo hostias sin saber de dónde venían.