18 #4
—¿Sabe que puedo alegar que la puerta estaba abierta, venía a verle y que todavía no he revelado nada?
—Con la misma mirada asesina, pero esta vez, con cara de resignación, se sentó en su sillón tras la mesa.
Volvió a mirar en dirección a la puerta y me pidió que me sentara, esta vez, de forma, ligeramente, más educada.
Intuía que, iba a revelar algo que le llevaba martirizando desde hacía varios días.
Quizás, una semana. Tras un suspiro de evidente conformismo comenzó su diatriba.
—La señorita Martínez se puso en contacto conmigo a través de un contacto, que teníamos en común, en el Ministerio de Defensa. —
—¿Quién? —
—¿Importa? —
—A estas alturas, importa todo. —
Otro suspiro. —Julia Robles, directora de comunicaciones y redes sociales del Ministerio, secretaria personal mía desde hace más de veintisiete años, y persona de mi máxima confianza.
¿Contento? —Estaba fuera de lugar preguntarle si se la tiraba.
Era evidente que sí, dada su maravillosa presentación.
Con haber dicho que era del servicio de comunicación del Ministerio había valido.
—Si. —
—Me dijo que tenía información relativa a una organización criminal que estaba robando armas de nuestros cuarteles.
Como militar, eso me escandalizó, hasta cierto punto, pero continuó.
—¿Hasta cierto punto? Joder ¿hasta qué punto es normal que roben armas de instalaciones militares en España?
—Dijo que se estaba institucionalizando en el gobierno, y que…
esa organización blanqueaba el tráfico de seres humanos y el tráfico de drogas además de, por supuesto, el tema armamentístico.
Yo tenía conocimiento de una investigación que se estaba llevando acerca de la desaparición, en varios acuartelamientos españoles, de diverso arsenal.
—¿Cómo? —
—Hace tres meses, los ministros de defensa de la Unión tuvimos una reunión en Bruselas.
En ella y, en petit comité, Vlaugran, ministro alemán, informó que había tenido varios robos en instalaciones militares.
Armas que todavía no tenían patente. Experimentales, si lo desea.
Al oírlo, McGrant, ministro sueco, dijo exactamente lo mismo.
El comandante suizo Grand, El coronel en jefe Myers, del ejército belga, y mi buen amigo de Portugal De Souza…
tres cuartos de lo mismo. Nos pareció un problema a nivel global, pues, con las guerras activas de Ucrania y Rusia, Israel contra Hamás en Gaza, la tercera guerra civil de Sudán, y demás en pleno auge, los países europeos necesitaban rearmarse, y no al contrario.
Y si, además, se filtraba a los medios, que las grandes potencias estaban perdiendo armamento a diestro y siniestro…
la reputación internacional de esos países caería a una velocidad alarmante, afectando a la economía de la zona euro y alentando a posibles invasores a ejecutar su yihad particular.
Tras todo ese catastrofismo, se habló de crear una unidad especial con inmunidad y medios suficientes en cada país para investigar y actuar en este tipo de misiones.
Una unidad que no tuviera frenos burocráticos, y si tuviera una capacidad de intervención a nivel mundial, y yo, me postulé para llevar a cabo ese proyecto. —
—Pero eso ya existe. La Interpol tiene a sus IRT [69] que se pueden desplegar con todo el equipo necesario en doce horas. O puede que… —
—No. Eso no existe. —De forma pausada, continuaba hablando.
—Interpol es pura burocracia y sus IRT son tortugas que necesitan de doce horas de burocracia hasta que autorizan el despliegue de algún equipo.
Eso, siendo extremadamente rápidos, y únicamente lo son cuando hay alguna crisis medioambiental y que haya ocurrido con extrema repercusión social.
Necesitábamos equipos locales. Un equipo que realmente se integrase bien, que fuera autónomo y al que no le hiciera falta recurrir a autorizaciones, peticiones especiales ni mierdas de ese calibre.
Una llamada y todo aprobado, un “Drop and Engage”, sin demoras, sin restricciones de ningún tipo.
El primer equipo en funcionar, el equipo Alfa, sois vosotros.
No se os había dicho nada de esto por el tema de la presión y esas mierdas, pero estáis bajo el ojo de todos los países de la Unión Europea. —
—Se ha ido del tema. ¿Qué cojones hacía con mi fallecida tomando café y por qué no nos lo había dicho? —Otro suspiro exhalado por Pastor que, se secó el sudor de la frente con un pañuelo, y prosiguió.
—No me he ido del tema y, te pido, que no me interrumpas.
—Continuó. —Días después, en la reunión celebrada en Zarzuela con Su Majestad Felipe VI, los ministros de defensa e interior, y los altos mandos policiales y militares, se expuso el problema que habíamos detectado.
Grandes cantidades de armas estaban desapareciendo de los arsenales militares, y porque no decirlo, alguna ya había sido utilizada contra nuestros Guardias Civiles en la zona del estrecho de Gibraltar.
Todos pusieron el grito en el cielo. Todos, excepto el general Castaño, que aprovechó para lanzar mi proyecto del equipo único de acción rápida.
Un equipo de siete miembros con eficacia demostrada en cada campo, todos seleccionados por mí.
Incluso tú. —Eso no me lo esperaba. —Se que eso no te lo ha dicho Castaño.
Evidentemente, todos querían hacerse cargo del equipo, pero…
—su voz tornó en un oscuro susurro. —He de decir que ese hijo de puta tiene muchas tablas y lo lucho muy bien.
—En estos momentos, parecía que se encontraba en una divagación de sus pensamientos, pero cuando se dio cuenta, volvió a su modulación normal.
—En fin. Tras hablar unos minutos en un tono…
no muy agradable, con el Ministro de Interior y posteriormente, con un deje halagador y lisonjero, con Su Majestad, se acercó y me informó que había conseguido la autorización necesaria y que él dirigiría la u nidad sin dar descuentos a nadie.
No contaba con que yo me guardaba un as en la manga.
—Esa reunión es a la que se refirió en su día Castaño, en la cafetería aquel centro comercial, mientras me entregaba una medalla.
Solo que, Damián me la estaba contando con un trasfondo totalmente diferente.
Estaba dando a entender que, el general Castaño se la había jugado.
Se había apoderado de su proyecto, expulsándole del mismo y dejándole como un simple asesor. O tal vez, ni eso.
—Sigo sin ver ¿Qué tiene eso que ver con su cita con Diana? —
—Mi as en la manga venía marcado por mi amistad con el resto de mandatarios y personal de alto rango militar en Europa.
Al exponerles el proyecto del equipo único, ellos obligaron a que, en cada equipo, debería de haber dos mandos, uno operativo y otro de gestión, y que ejerciera de enlace con el resto de equipos.
Por lo que, en vista de lo ocurrido en Zarzuela, me recomendaron a mí para el puesto. —
—Enhorabuena. Pero que… —
—Ahora va. —Se levantó del sillón y se dirigió a un pequeño armario, junto a la impresora que tenía en su despacho, próxima al ventanal que daba a la sala de reuniones.
Ahí no solo escondía los paquetes de folios.
Abrió una botella que tenía a medias. Un Macallan 18 años que sirvió en dos vasos.
Los acercó a la mesa y continuó. —Cuando Diana se puso en contacto conmigo, me habló de una organización que, entre muchos otros graves delitos, se dedicaba a la venta de armas robadas.
La verdad es que la tía los tenía bien puestos.
Quería venganza por lo que le hicieron a su hermana o algo así.
Tampoco dio muchos detalles de lo ocurrido.
Aún no he podido localizarla para explicarle lo sucedido.
—No sabía que la hermana de Diana estaba allí.
¿Ni Lucas ni Daniel le habían puesto al corriente todavía?
¿Cómo era posible? —Me dijo que, en la organización, estaban involucrados políticos de este país, y gente importante.
Un par de ministros que formaban parte de una sección de esa organización y que se estaban haciendo muy ricos… —Nada que no hubiésemos descubierto ya.
—Si, si, ya vi las fotografías. —
—No has visto todas las fotografías. —
—Le sorprendería. —
—¿Lo dices por Lucas y Daniel? —¿Acaba de confesar que sabe que Lucas y Dan trabajan para la organización? Solo me falta relacionarlo a él y lo tenía.
—Quiere decir… ¿que ya lo sabía? ¿Y por eso escribió en el lateral del informe que tuviera cuidado con el General? ¿Por si lo descubría? Usted quería hacerse con el control de la unidad para corromperla y que fuera otro activo más de su organización. —
—¿Que yo escribí…? —Y una carcajada estalló en el despacho. Tomó otro trago del vaso. —Eso lo escribió Diana. No yo. Y si piensas eso… Realmente estás mucho más perdido de lo que yo pensaba, aunque… tampoco me extraña. —
—¿Cómo? —En ese momento no podía creer lo que estaba escuchando. —Eso es mentira. Quiere justificarse… —