18 #2
—Yo, y mis ideas peregrinas. Pero ¿Cómo iba a tener el despacho abierto? Claro, y las pruebas que le incriminan me las ha dejado encima de la mesa. —Susurré para mí. De Repente, un murmullo me espantó.
—Creo que ese no es tu despacho. —¿Cómo cojones había mirado yo? Tenía un espía y no me había dado ni cuenta. Se trataba de Isabella. A partir de ahí, comenzamos una conversación entre susurros.
—Pero… joder, casi se me sale el corazón por la boca ¿Qué haces aquí? Deberías estar durmiendo. Has tenido un día bastante duro. —
—Creo que… el tuyo ha sido también bastante durillo. Te traía un trozo de pizza. Me han dicho que no has cenado nada. —
—¿Y el equipo? —
—Dormidos, al final se han quedado todos a hacerme compañía abajo. Solo faltabas tú. —
—Si, bueno, tenía trabajo. —Con un gesto de su mano derecha me apartó de la puerta, se quitó un par de horquillas de su pelo, dejándolo suelto, y comenzó a trastear en la cerradura de la puerta del despacho.
—No me mires así. No siempre he sido una cantante pobre e indefensa. —La puerta se abrió.
—Nunca lo he pensado. —Mentira. En la vida me hubiera imaginado que forzar cerraduras fuera una de las virtudes de Isabella.
—Bueno, y ahora… ¿Qué? —
—Ahora, tú te vuelves a dormir. —
—Si, claro. —Y entró en el despacho delante de mí. —¿Qué buscamos? —
Sin apenas tiempo a reaccionar, y realmente, sin saber qué era lo que estaba buscando, la dije que necesitábamos encontrar pruebas que relacionaran al propietario del despacho con O.N.O.
o la implicación en el caso de su hermana.
Como un rayo, comenzó a buscar, casi a tientas, entre los documentos que tenía en la mesa.
Tras examinar la sala durante unos minutos, y casi darnos un infarto al ver que una luz que se movía en el pasillo en dirección a la puerta, íbamos a darnos por vencidos.
—¿Como decías que se llamaba la organización esa que estáis investigando? —
—O.N.O. —
—No, no, el nombre completo. —
—Uff. Era latín. Creo que era algo así como… Orbis Nortis Ordis, o algo así. —
—¿Orbis Novi Ordinis? —
—Si, eso. ¿Qué tienes? —
—No lo sé, pero parece una carpeta con documentos y fotografías. —
—Vale. Vigila la puerta, que no venga nadie.
—Bella se dirigió a la puerta del despacho.
Yo por mi parte, ojeé la carpeta por encima.
Tenía instantáneas de varias personas vistiendo uniforme militar reunidas con un personal del gobierno de Países Bajos, y del gobierno de España.
Unas imágenes de un aeropuerto, y varias instantáneas más frente a una casa, con la fachada morada, de alguien a quien no se le apreciaba bien la cara.
Hice unas cuantas fotografías, pero sin luz, apenas se apreciaba nada.
—Viene alguien. —El susurro, si bien apenas imperceptible, me sonó como si lo hubiera pregonado por un altavoz.
De reojo, en uno de los documentos, pude leer, “ Cuidado con el General ” en una caligrafía perfecta.
¿Qué querría decir? Seguro que se había dado cuenta de que Castaño desconfiaba de él.
Volví a dejarlo todo tal cual estaba, salimos por la puerta abandonando el despacho con la caja de pizza en la mano, y nos dirigimos, nuevamente, sigilosos hasta mi despacho.
—¿Has conseguido lo que buscabas? —
—Realmente… No. Evidentemente no tenía nada que le pudiera comprometer a la vista.
Pero… —Me quedé pensando en ese dosier y en esa nota.
Estaba seguro de que había extremado las precauciones porque el General estaba detrás de él.
Nadie del equipo ha podido facilitarle el nombre de esa asociación secreta.
Como cojones sabía de ella. Cada minuto estaba más convencido.
Él pertenecía a O.N.O. Sus lacayos, Lucas y Daniel recibieron a los asesinos de Diana en el aeropuerto, pero este dato no se lo podía dar a Isabella, pues dejaría de confiar en nosotros, o peor, nos delataría nada más que viera a Lucas ya que intentaría vengarse.
—He de acabar de inspeccionar las fotografías que sacó tu hermana.
A ver si encuentro algo. Tú deberías descansar. —
—Y tu deberías comer algo. Si no, no tendrás fuerzas para resolver el asesinato de mi hermana. —
Sabía que el asesino de su hermana estaba muerto, pero no que estaba en la planta de abajo, en una cámara frigorífica, junto al cadáver de Diana.
Pero no era el momento. Simplemente, sonreí.
Una sonrisa vacía. La muerte de su hermana estaba vengada, pero faltaban respuestas, y la que más me preocupaba era ¿quién había ordenado su asesinato?
Pues, tras ver el informe que había creado y su investigación, el por qué estaba más que claro.
—De acuerdo. Me comeré la pizza que has traído. Pero tú, vete a descansar. —
—Me quedaré aquí. En tu sofá, si no te importa.
Abajo… hay mucha gente. —Y sonrió. Se acercó y me dio un beso en la mejilla.
—Hasta mañana Hugo. —Era un beso maternal.
Era un beso de compasión. Era un beso de gratitud.
Un beso de hermana pequeña. Un beso que yo también agradecí y, por qué no decirlo, necesitaba.
—Hasta mañana. —
A la mañana siguiente, amanecí con un par de folios din A4 pegados en la frente, y un dolor de cabeza descomunal. Cuando me incorporé, vi a Elena con dos tazas de café humeante. Posó una sobre la mesa y en un susurro dijo.
—Imaginé que estaba aquí. —Haciendo un gesto con la cabeza en dirección al sofá.
Abrí despacio el cajón derecho de mi mesa, y saqué un blíster de ibuprofenos. Me tomé una y seguidamente, un sorbo del café.
—Muchas gracias. —
Sin darle mucha importancia al hecho de que tuviera a Isabella tumbada en el sofá, tapada con una manta, Elena hizo uso de mi ordenador, apartándome de la silla con su cadera.
Accedió a un acceso directo que había en él.
Uno que no tenía nombre. Un acceso directo a una nube encriptada, a la que únicamente teníamos acceso Elena y yo.
Accedió a un subgrupo de carpetas en las que se leía “ONO_Esp”.
Llevó el dedo índice de su mano izquierda hasta sus labios, indicándome, claramente, que no debía decir nada. Pero no pude evitarlo.
—Joder. —Susurré en un hito de sorpresa. Durante los últimos días, había demasiados susurros en ese edificio.
La cara de incredulidad que tenía en ese momento era digna de fotografiar para el recuerdo.
Bella hizo ademán de despertarse, pues se le cayó la manta que la cubría, dejando ver, su delgado cuerpo, encogido en aquel sofá.
Yo no podía dejar de mirar la fotografía.
Esto trastocaba todas las teorías posibles.
O no. Volví a mirar a Elena, que me hizo un gesto de asentimiento, dando a entender que lo que teníamos tan claro, quizás ya no lo estuviera tanto.
—Buenos días. ¿Qué hora es? —Bella se había despertado y Elena, con un acto reflejo, minimizó la fotografía que, hasta hace un instante, me había dejado con la boca abierta.
La doctora dio un sorbo a su café. Impresionaba ver la seguridad y tranquilidad con la que actuaba tras ver esa instantánea.
—Buenos días dormilona. ¿Cómo estás? —Dijo.
—Bien. Agotada. No he podido dormir hasta que Hugo me acogió en su despacho. —Elena me miró.
—A mí no me mires. Yo he estado trabajando toda la noche. Por cierto. Tengo que contarte algo. —
—Anoche entramos en el despacho del Coronel. —Isabella se me adelantó. Elena me miró con desaprobación. Quizás por haber incluido a Bella en los planes de incursión en el despacho, quizás por no haberlo hecho con ella.
—No. No fue así exactamente. Estaba tratando de entrar en el despacho, y ella, tras escaparse de vuestra custodia, apareció justamente, cuando iba a forzar la puerta. —
—No te adjudiques méritos que no son tuyos. Yo abrí la puerta. Tu no pudiste. —
—No me dio tiempo a intentarlo. —
Elena nos cortó. —Y ¿qué encontraste? —
—Tiene un dosier en el que figura el nombre de la organización. El nombre completo. Varias fotografías, que me parecieron las de la casa morada, y un par de apuntes personales. Ah, y una de esas anotaciones me llamó especialmente la atención, “Cuidado con el General” . —
—Interesante. Bueno. Tenemos que ponernos a trabajar. Isabella, si quieres, tienes unos aseos con ducha al final del pasillo. Cuando acabes, puedes volver y te pondremos al día. Tienes café recién hecho en la sala de reuniones, según sales del despacho a la izquierda. —
Isabella asintió y tras realizar un par de estiramientos, dobló la manta, dejándola perfectamente colocada en el sofá. Salió del despacho. Una vez solos, Elena maximizó la fotografía, volviendo a mostrarla a pantalla completa en el ordenador.
No dio tiempo a que se cerrase del todo la puerta cuando oí tras ella un par de saludos. Acto seguido, Valeria y Roberto entraban al despacho.
—¿Ha dormido aquí? —Dijo Val.
—Jefe… —
—Menos coñas, estabais de custodia y se os escapó. A los tres. —Al menos uno debió de estar de guardia. —
—No ha pasado nada. Y estaba dentro de las instalaciones. —Dijo Valeria.
—Imaginaos que se la hubiera encontrado a solas Lucas o Dan. —No pudieron rebatir mi argumento. Afortunadamente, se presentó en el momento justo y en el lugar justo. —Yo hablaba con ellos, pero no podía dejar de mirar la pantalla que tenía en frente.
—¿Qué ocurre? ¿Qué miras con tanto interés?
—Dijo Roberto, que, al acercarse y mirar la fotografía, se quedó con la misma cara de asombro que había tenido yo hasta hacía un instante.
Al ver su cara de sorpresa, Val rodeó el escritorio y tuvo la misma reacción que Rob.
No daban tampoco crédito a lo que veían en el monitor. Elena explicó.