18
El Informe completo era un compendio de todo lo que había investigado Diana, con algunas anotaciones a mano, imagino de última hora, rematado con las fotografías que se presentaban en las carpetas del pendrive.
Se diría que estaba listo para ser entregado.
Las fotografías y los videos, presentaban a personajes de la vida pública, y no tan pública, accediendo a determinados lugares de dudosa moralidad.
En sus vehículos particulares, en sus casas con sus familias…
Algunos de esos coches, motos, y casas, no estaban a nombre de ellos, pero tampoco estaban a nombre de personas que se las pudiera asociar, de manera directa, con la organización, por lo que, por ahí, poco podíamos investigar.
De lo que sí que disponíamos era de la verdadera identidad del asesino de Diana e invitado de nuestra sala de autopsias.
Al fin podía ponerle nombre a ese hijo de puta. Biern Dan Vooter.
Martina, en vista de que no podía comprobar todas y cada una de las fotografías y videos tan rápido como quisiera, decidió dividir las carpetas y enviarnos una parte, en archivos cifrados, a cada miembro fiable del equipo.
Hacía años que no tenía deberes, como los que le enviaban los profesores a mi hija.
Mi hija, espero que no se dé cuenta de lo que está ocurriendo.
Yo, por mi parte, guardé la carpeta que me correspondía en la tablet, pues tenía otro cometido.
Buscar un lugar seguro para que Bella pasara estos días hasta que acabásemos con la investigación, pudiésemos entregarle el cuerpo de Diana y le lograra dar un descanso eterno apropiado.
—Hugo, no te preocupes por mí. Puedo dormir en cualquier sitio. —
—Aquí no te puedes quedar. Hay mucho ajetreo y no vas a poder descansar. Además, está Lucas, que no para de rondar por los despachos. Aunque si quieres, puedes ir a dormir al suyo. Seguro que él estará encantado. —Una mueca de asco retornó al precioso rostro de Isabella.
—No, gracias. —
—Era una idea. —
—Pues muy mala, por cierto. Bueno… ¿Qué hay de tu casa? —
—Imposible, digamos que he tenido paparazzis, y no de los que solo te hacen fotografías. —
—Puedo ir a cualquier hotel. —
—No puedo dejarte dormir sola en un hotel.
Mira lo que le ocurrió a tu hermana. Pero…
creo que tengo una idea. —La dejé en mi despacho y me conduje hasta el segundo sótano.
Tras verificar que no había ninguna práctica de tiro programada para primera hora de la mañana, acomodé un camastro y un colchón hinchable en esa sala.
No iba a ser el Ritz, pero no se oiría nada y podría descansar con la privacidad necesaria.
—¿Esto es una cárcel? Nunca había estado en una. —
—Sé que no es un hotel de lujo, como a los que estás acostumbrada, pero, podrás dormir tranquila. —
Antes de acomodarse finalmente en la galería, pidió ver una última vez el cuerpo de su hermana.
Era imposible negárselo, así que, junto con Elena, accedimos a la pequeña nevera mortuoria que había en la sala de autopsias.
La nevera tenía tres compartimentos, los cuales, casualmente, estaban llenos desde hacía casi dos días.
Fue muy duro para ella ver, como la doctora, abría la pequeña portezuela del espacio que ocupaba Diana.
Las lágrimas retornaron nuevamente al rostro de Bella que, con decisión, se acercó a su hermana uniendo sus mejillas.
Le susurró una bonita canción y le procuró un último ósculo, tan tierno, tan dulce, que no pude aguantar la presión y soltar una pequeña lágrima antes de abandonar la sala y darle la intimidad que necesitaba.
Tras unos minutos en soledad, Bella salió por la puerta de la sala de autopsias, donde la esperábamos.
Elena permaneció unos minutos más en el laboratorio.
Solos, recorrimos la distancia que separaba el cuerpo de su hermana y el lugar donde pasaría la noche, su dormitorio improvisado.
Cabizbajos y en silencio. Un silencio respetuoso, doloroso.
Valeria fue la primera en aparecer en la galería. Tras ella, Roberto, Elena y Martina. Esta llevaba seis pizzas tamaño familiar de diferentes sabores, Rob llevaba la bebida.
—¿Y esto? —
—No todos los días tenemos a una estrella del Pop internacional, y ganadora de un Grammy en nuestras instalaciones. —Dijo Martina con la intención de romper el hielo.
—Y después del día que llevas hoy, creímos que no deberías estar sola. —Terció Elena.
—Y hay que cenar. —Dijo Roberto.
Se notaba una muda gratitud en la mueca de Bella.
No tenía palabras para agradecer aquel gesto, que si bien simple, no dejaba de ser muy significativo.
Aquellas personas no la conocían y, sin embargo, anularon sus planes para no dejar a una mujer, a la que no conocían y que acababa de perder a su hermana, sola. Eran buenas personas.
—¿Y Hugo? —
—Hugo está en su despacho, estudiando. —Dijo Elena.
—¿Él no cena? —
Todos se miraron entre sí. Hasta que Roberto habló. —Digamos que… necesita su espacio. Ha pasado las últimas cu arenta y ocho horas más complicadas que, cualquiera de nosotros, ni siquiera hubiéramos imaginado. Casi le matan… —
—Dos veces. —Interrumpió Martina.
—Dos veces, cierto. Ha tenido que despedirse de su familia, sin saber cuándo podrá volver a verla… y parece ser que tú le has revuelto… un poquito más, al traer de vuelta los recuerdos de esa tal Vicky. —
—¿Os lo ha contado? —
Volvieron a mirarse todos. Esta vez fue Elena la que habló.
—Le costó mucho contarlo. Nosotros le investigamos cuando llegó a la unidad, pero su expediente era… como decirlo, el más difícil de desclasificar. Cuando por fin lo conseguimos, y casi como si nos hubiera leído la mente, nos contó su historia. Muy por encima, he de decir. —
—Pobrecillo. No sabía nada. —
—Es el mejor en lo suyo. Nos ha enseñado a ser más que un equipo, y ahora… —
—Ahora, nos quiere dar la lección final. O eso creo. —Val miró a Elena. La había interrumpido, pues no creía que fuera muy tranquilizador para Bella el que se le insinuase, la primera noche que se encontraba allí que, en el equipo, no todos eran tan buenas personas.
—Si, exactamente. Solo sé que, cuando recuerda tiempos pasados o le preguntamos por alguna intervención, en concreto, de sus épocas pasadas, su cabeza, durante unos segundos se evade y evoca un incidente que ocurrió hace un par de años, más o menos. —Dijo Elena.
—Tu conocías a una compañera suya, ¿verdad? —Preguntó Martina.
—Vicky, sí. La mejor amiga que pude tener.
Pero de repente, un día dejé de tener contacto con ella.
Espero volver a saber de Victoria algún día.
—Un silencio tenso se apoderó del momento.
Debía ser Hugo el que le contase la verdad de lo ocurrido.
—Siempre me hablaba de Hugo y de Adán. No me contaba nada que no debiera saber, pero sí que eran muy buenos amigos.
Que nunca dudaba en poner su vida en manos de Adán o de Hugo y, que este último, Hugo, tenía un corazón enorme.
Era muy bromista, carismático y encantador.
Que ayudaba a todo el mundo que podía. —Miró hacia arriba, como si con su mirada pudiera atravesar los cuatro pisos que nos distanciaban.
—Sin embargo, hoy, cuando le he visto por primera vez, no he podido ver esas cualidades en él.
Quiero decir… se ve que es bondadoso y altruista, pero…
no es feliz. Tiene un gran lastre que le está martirizando. —
—Como ya te hemos dicho, no está en sus mejores horas. Pero te puedo garantizar que es muy bueno. —Dijo Rob con un trozo de pizza en la boca.
—Y vale ya de hablar de Hugo. Háblanos de ti.
Que se siente al ser una súper estrella.
—Martina quería distender el ambiente. Abrió una de las pizzas que permanecían fuera del ataque de Roberto, uno de los refrescos, y comenzó a escuchar cual colegiala que conoce a su estrella de Pop favorita.
El resto la acompañó, y así pasaron buena parte de la noche.
Entretanto, en uno de los despachos de la segunda planta, una pantalla deslumbraba en la oscuridad mientras se reproducía un video de unos catorce minutos a pantalla completa.
Se trataba de la presunta sede de O.N.O.
en Ámsterdam. Durante los catorce minutos, se produjeron infinidad de cortes.
No se trataba de un video contínuo sino, más bien, una recopilación de varios momentos a lo largo de lo que parecía un par de semanas de grabaciones en las que aparecían multitud de personajes públicos, incluidos los ministros de varios países, Alemania, Suecia, Finlandia, Holanda… y como no, España.
—Estos hijos de puta se apuntan a todas. —
Cantantes emergentes, que imagino, en su día necesitaban un pequeño empujón, y ahora tienen millones de fans por todo el mundo…
A juzgar por lo que estaba viendo, se trataba de una reunión de la sección Dikastis de la organización.
Ahora, la pregunta era, ¿Estarían entre ellos los tres miembros de la cúpula?
Si era así, iba a ser imposible distinguirlos de los demás.
En el edificio reinaba la calma. Ni un alma rondaba por aquella zona.
Únicamente Toni, el chico de la limpieza que se encargaba del turno de noche, y que estaba, en estos momentos, departiendo con la militar que se encargaba de la recepción, a la que hoy le tocaba el mismo turno.
Me levanté del escritorio, bebí un trago de mi té, y me dije…
—¿Por qué no? —
Verificando que no había nadie por allí, me adentré en la sala de reuniones, atravesándola lo más sigilosamente que pude, hasta llegar a la puerta del despacho del coronel Pastor. Presioné ligeramente y, cómo no, cerrada.
—Joder. —
Allí parado, sin un plan B. ¿De verdad era tan inocente? ¿De verdad pensaba que iba a ser tan fácil?