Sin cabos sueltos (Hostes 1) 16 #3
74%

16 #3

—El día que me secuestraron, yo estaba en mi casa.

Diana había cogido el coche para ir a un restaurante que había a dos manzanas de allí.

Podíamos haber pedido la comida a domicilio, pero ella dijo que sería más rápido así.

Yo me estaba preparando un baño, cuando…

—la voz temblorosa y entrecortada revelaba su lucha interna.

—…alguien me tapó la boca y me colocó algo en la cabeza.

Yo traté de zafarme. Sé que golpeé, braceé, pataleé, y traté de gritar, pero no salía voz de mi garganta.

—Parecía vacilar y las palabras se le escapaban con dificultad.

—Pensé que me iban a violar o peor. No noté ningún golpe, pero…

de repente… perdí el conocimiento. No recuerdo nada más hasta…

—Se le nota ba que estaba navegando por unos recuerdos harto dolorosos.

—Cuando desperté, estaba en la habitación de un motel.

Lo sé porque apestaba a sudor y la moqueta estaba asquerosamente pegajosa.

Los dos hombres que me tenían secuestrada, únicamente, me daban agua por una pajita de plástico, a través de un agujero en la mordaza.

No podía gritar por más que quería. El agua sabía rara, y cada vez que bebía, creo que volvía a perder el conocimiento, pues comenzaba a sentir mareos, vértigos y al final, me sumergía en un mar oscuro y tenebroso en el que no podía mover ninguna parte de mi cuerpo, pero, si podía escuchar.

Y era casi peor. —A partir de ahí, cada palabra parecía ser cuidadosamente seleccionada, como si temiera desencadenar un torrente de emociones y recuerdos que no pudiera controlar.

—Escuchaba sus respiraciones junto a mi oído.

—Su voz, aunque firme, poco a poco se quebraba por sollozos reprimidos.

—Me violó varias veces. El otro trató de que parara.

Le decía que ellos la querían sin daños, que cuando llegásemos a Ámsterdam habrían cumplido.

Que era un encargo personal de un miembro de La Cúpula, pero eso, a él, le daba igual.

No paraba. ¡Que se joda Basi! Decía. O algo así.

—La angustia y un dolor desgarrador, se apoderó de su voz.

—¿Quieres parar? — Le dijo Valeria. Pero ella estaba en trance, no escuchaba, no atendía, parecía que solo quería escupir todo eso, a ver si, de una vez por todas, dejaba de dolerle. El problema era que, a mí y a alguno más de los presentes, también nos estaba doliendo.

—¡Es yanqui! está acostumbrada a que se la metan bien metida ¿verdad que sí, putitaaaa?

—Tomó unos segundos en los que nuevamente, las lágrimas hicieron acto de presencia.

—Me quitó lo que fuera que me tapaba la cabeza.

Pude abrir los ojos mientras aún le tenía encima.

Le miré a la cara. —Elevó su vista y me miró.

Supe enseguida quien había sido y un cálido rastro de felicidad irradió mi cuerpo alejando levemente la ira y el malestar que me estaba dejando ese relato.

Ese hijo de puta ya había tenido su merecido.

—Se pelearon, hubo golpes, mucho ruido y revuelo y, después apareció la policía.

Ellos desaparecieron. Habían pasado tres días.

—Le acerqué el vaso de agua, del que tomó un buen sorbo.

Se dirigió al sillón, dejando atrás el ordenador, donde tomó asiento.

Respiró hondo y continuó. —La policía me llevó a mi casa.

Resulta que no estaba a más de una hora y media de ella.

No quise presentar denuncia, pues… mi manager insistió en que ese hecho…

perjudicaría mi carrera. Mi hermana se quedó conmigo varios días.

Yo quise ser fuerte y pasada una semana desde que entraron en mi casa, decidí volver a mi rutina, pero, como muchos de mis seguidores pudieron notar…

yo… ya no era la misma. Debía seguir adelante, por mi carrera y por mis patrocinadores y seguidores.

Yo… quise dejar todo atrás. Mi cuerpo estaba bien y mi mente…

bueno, estaba en tratamiento continuo. Pero Diana…

lo llevó peor. Se sentía responsable de lo ocurrido.

—Miraba al techo, buscando las palabras exactas.

—“Si no hubiera ido al restaurante como yo quería, y hubiéramos pedido unas pizzas, como querías tu…” Esa era la frase recurrente que me decía todos los días y siempre que hablaba con ella. —

—Pero, no apareció en las noticias. —Dijo Rob.

—No. Como he dicho, no quise denunciarlo para no darle más importancia.

—Su tono, en ese momento, retomó la fuerza y el vigor que veía en sus actuaciones.

—Veréis… El movimiento ese, el Metoo [54] , está muy bien visto en las redes sociales…

cuando les ocurre a otras. La realidad es que, en cuanto se enteran que has sido víctima de un abuso, agresión o una violación, y lo denuncias, pierdes contratos, pierdes referidos, y ya estás estigmatizada como una feminista con ideología anti hombres.

Yo no quería eso. Yo quería seguir con mi vida.

Una vida normal. Y se lo dije a Diana, pero ella no me hizo caso.

Comenzó a indagar qué relación había entre Ámsterdam y alguien llamado Basi.

No lograba nada. Hasta que un día, me comentó que había conseguido contactar con alguien en internet y que podía tener información.

La avisé de que no se fiara de la gente que se mueve por ese tipo de webs.

Descubrió que había una red de trata de mujeres, por encargo, que las llevan engañadas hasta Europa y que, probablemente, había podido ser mi caso.

—Otra vez, aunque fuerte, su voz volvía a entrecortarse.

—Tras pedirle millones de veces que lo dejara, ella continuaba investigando más y más, casi a un nivel enfermizo, hasta que un día dio con un nombre.

Era alemán, holandés… no lo sé, muy raro. —

—¿Te lo dijo? ¿Te dio el nombre? —Interrumpí.

—Si, pero no lo recuerdo. —

—Puede ser que fuera… —Miré la tablet. —¿Bobbsterbloker? —

—Si. Si puede ser, y si no lo era, se le parecía mucho.

Insinuó que estaba a punto de descubrir lo que me había pasado, y que lo iba a exponer a la luz pública para que todos los culpables pagasen por sus pecados.

Lo que ocurrió después… —Nuevamente, vacilaba a cada palabra, desconociendo si por precaución, miedo o inseguridad.

—Diana tuvo varios sustos con su coche. Un conductor casi la saca de la carretera, por dos veces, que me dijera.

Le entraron a robar en su piso otra. Comenzó a recibir amenazas veladas, incluso me decía que se estaba acercando tanto que, personas influyentes, estaban vetando su trabajo.

Ahí fue cuando recordé que tenía el teléfono tuyo.

—Repuso señalándome. —Y se lo di. Eso ocurrió la última vez que nos vimos.

Después de eso, traté de hablar con ella a través de mensajes, llamadas, y al no contestarme, me preocupé.

En principio pensé que estaba haciendo uno de los reportajes asignados por su programa, pero tenía un mal presentimiento, así que me cogí el avión para ir directamente a su casa en Madrid, y fue cuando… te llamé.

—Eso resuelve muchas incógnitas, pero nos crea otras nuevas. —Inquirió Roberto. Val permanecía callada. Elena también, al igual que Martina. Entendía que después del relato que nos había contado, ellas la estaban admirando como algo más que una cantante internacional.

​ —Hugo. ¿Te puedo pedir un favor? —

​ —Por supuesto. Lo que quieras. —No creía que nada de lo que pudiera pedir fuera más duro que lo que ella había contado, o puede que sí.

​ —Necesito saber ¿cómo murió mi hermana?

y ¿por qué? —Miré a la doctora que, con un gesto probatorio, dio su visto bueno.

Me adelanté a lo que pudiera pasar y le acerqué nuevamente el vaso de agua.

Posteriormente, y midiendo mucho mis palabras, le conté todo lo acontecido desde que descubrimos el cadáver hasta que nos fuimos de la habitación del hotel.

Como era de esperar, la tristeza y desesperación dio paso a un agotamiento emocional que nuevamente dejaba en estado de shock a Bella.

Tras un par de sorbos de agua, me miró fijamente a los ojos.

Veía tristeza, emoción, soledad, pero habían aparecido nuevos sentimientos.

Ira, venganza, justicia y puede que… esperanza.

—¿Lo mataste tú? —Miré a Val, pues ella había colaborado, y porque no decirlo, había contribuido, salvándome la vida. Ella asintió sin que Bella lo viera.

​ —Si. —