Sin cabos sueltos (Hostes 1) 16 #2
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​ —Un asesinato. He accedido a las fotos del escenario y al informe forense, y tiene mucha similitud con el nuestro.

Su ordenador estaba borrado y según los trabajadores de la finca, nadie había accedido al interior de la casa.

Pero no pudieron verificarlo porque las cámaras de video vigilancia fallaron. —

​ —Bueno, puede ser una casualidad. —Volví a decir.

​ —Si, pero entonces apareció… redoble por favor…

—Hizo el sonido de un redoble con su boca, mientras Bella, trataba de incorporarse.

—Alexander Alfaro, estudiante de informática por la universidad de Berlín.

Que ¿Tampoco? —Directamente negué con la cabeza.

Miré a Valeria que estaba tan desconcertada como yo, y a Elena, que estaba más pendiente de la paciente que de lo que Martina estaba diciendo.

—Quizás le conocíais por @Hashashin43. Mismo chat, misma conversación, misma falta de actividad, mismas circunstancias de la muerte.

—Han sido ellos. —Susurró nuevamente Bella, esta vez, ya consciente. —

​ Me agaché para que mi rostro fuera el primero que viera nada más abrir los ojos.

No tardó en incorporarse, todavía con lágrimas rodando por sus rosadas mejillas.

Había escuchado todo el informe de Martina, pero no tenía fuerzas suficientes como para haberse incorporado antes.

Llegado el momento, hice la pregunta que tocaba.

​ —¿Quiénes son ellos, Bella? —

​ —Toma un poco de agua. —Acercó Val.

​ —Ellos son los que me… los que… —No podía decir nada pues las palabras no le salían de la boca. Un silencio que pesaba como el plomo se apoderó de la sala, hasta que Valeria rompió el silencio con una voz extremadamente dulce y suave.

​ —Los que trataron de secuestrarte en tu casa en Estados Unidos.

¿Verdad? —Todos nos quedamos estupefactos pues, al menos yo, no esperaba ese comentario que, para mí, en ese momento, estaba fuera de lugar.

Sin embargo, Bella asintió levemente con la cabeza.

Volvió a preguntar, esta vez más tranquila, junto a Elena y a Valeria, por lo ocurrido a su hermana.

Quise explicárselo yo, pero Elena, utilizando su buen criterio y su mayor tacto, le explicó lo ocurrido.

Las lágrimas asomaban nuevamente en sus apesadumbrados ojos, derramándose por sus marcados pómulos y golpeando finalmente sobre sus manos.

Cuando Elena finalizó el relato, Bella me miró.

​ —Encontré una nota con el número de teléfono que le enviaste.

Mi número. Estaba escondida. No le dio tiempo a llamarme.

—Su cuerpo tembloroso, ahora se mecía al compás de los sollozos que rompían el silencio de la habitación.

Sus manos aferraban con fuerza un pañuelo de papel que acababa de darle la doctora.

Las lágrimas, como un torrente ininterrumpido, deslizaban por su cara cual ríos buscando una desembocadura.

—Pero, sabiéndose en peligro, y para no ponerme a mí en el mismo, ocultó la nota para que nadie la encontrara. —

​ —Isabella ¿sabes quién hizo esto a tu hermana? —Ella asintió con la cabeza.

​ —Creo que sí. —

​ —¿Fue alguno de estos? —Una mueca de espanto, horror, miedo e ira brotó en su rostro. No cabía duda. Los conocía. Señaló sin género de dudas a la fotografía que había en la tablet que le mostraba Martina. Era mi sicario particular.

​ —El mismo que trató de matarme a mi ayer. —Dije.

​ —¿ESTÁ POR AQUÍ? —El miedo al ver la fotografía, dio paso al terror más absoluto al saber, de la posibilidad, de que ese impresentable estuviera por allí.

​ —Si, pero no tienes que preocuparte por él.

Está muerto. —No tenía que saber más. Al saberse a salvo entre el equipo, y que el protagonista de su pesadilla recurrente desde hacía unos meses, estaba muerto, se tranquilizó.

Un par de tilas y la compañía reconfortante de las tres mujeres del equipo, ayudaron a ello.

​ —Isabella, ahora sabes porque estaba tan serio. No sabía cómo decírtelo. —

​ —Te acompaño al aseo, para que puedas espabilarte un poco con agua. —Martina se ofreció a acompañarla al baño. Al volver, sin apenas llegar al sillón para sentarse, se acercó nuevamente a mí y dijo.

—Lamento que tu familia haya tenido que irse por lo ocurrido. —

—Pero ¿quién…? —Martina cruzó la mirada conmigo y puso cara de circunstancia.

Parece ser que, mientras la acompañaba al aseo para mojarse un poco la cara y despabilarse, le contó lo ocurrido en la noche anterior.

Imagino que para que entendiera que las últimas cuarenta y ocho horas, habían sido muy duras para todos.

—No te preocupes por eso. Por cierto, me dijiste en el avión que tenías un objeto que te envió tu hermana. ¿Lo sigues teniendo? —

​ —Si, lo llevo en mi bolso. —

​ —Se que es mucho pedir ahora mismo, pero, me gustaría que nos contestaras a algunas preguntas y me prestases el corazón que te envió Diana y que, tantos quebraderos de cabeza, nos ha dado durante estos dos últimos días.

—Sin demora, agarró su bolso de mano y me entregó una memoria USB, recubierta por una funda protectora de goma y colores azul, rosa y amarillo, que emulaba un pequeño corazón con unos brillantes incrustados.

​ —El mío es verde, rosa y blanco. —Apuntó con una denotada nostalgia.

​ Entregué el USB con la funda de corazón a Martina que, de inmediato, se dirigió al ordenador del despacho y se puso a teclear.

​ —Mierd… coles de ceniza. —Se le escapó a Martina.

​ —¿Qué ocurre? —Pregunté.

​ —Evidentemente, está cifrado. Necesito una contraseña. Tiene una protección de 512 bits. Tardaría siglos en descifrarlo. —Bella se levantó del sofá, se dirigió hasta donde se encontraba Martina, tomó, con permiso de esta, el teclado y colocándoselo de frente a ella, comenzó a teclear.

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El USB emitió un pitido e inmediatamente, todo el contenido del mismo se abrió, en una suerte de cascada, en la pantalla del ordenador.

Informes de casos, fotografías, carpetas con fechas concretas, chats, carpetas con nombres en clave, grabaciones…

Horas y horas de contenido para visualizar y estudiar.

Había una carpeta que contenía varios casos en los que estuvo investigando Diana y que se entendían como finalizados, pues cada caso, iba acompañado de una grabación y la fecha de emisión de la misma en televisión.

La carpeta más interesante y la que nos concernía en ese día, era la que estaba marcada con el nombre de “ Investigación ONO ” pues al acceder a ella, catalogaba otras carpetas que ya habíamos visto antes, solo que incompletas.

O.N.O., Fotos, Incidente 1, Black Chats y Confidentes.

Estas carpetas servían como base de datos del archivo denominado Expediente O.N.O.

, el cual estaba repleto de hipervínculos, fotografías, videos indexados y un largo réquiem de datos similares.

—Carai, esto sí que es una investigación a conciencia. —

Un hilo de voz apareció entre los rosados y delicados labios de Bella. Su tono ahora distaba mucho de ese que utilizaba para grabar sus grandes éxitos musicales. —Ese es el día que me secuestraron. —Aquella revelación confirmaba las hipótesis del grupo. Rob entró por la puerta del despacho.

—Lo siento, me quedé dormido, he venido en cuanto he visto el mensaje. ¿Qué ha pasa…? —Miró a Isabella fijamente, lu ego miró al resto del equipo. —Es la hermana de… —Bella dio un respingo y me apretó fuerte el brazo. Yo traté de calmarla con un apretón en la mano.

—Este es Roberto, puedes llamarle Rob. Es miembro del equipo y un compañero de mi total confianza, al igual que todos los que están aquí.

Quiero que sepas una cosa Isabella. —La agarré suavemente pero firme, con las dos manos.

—Míralos, Roberto, Valeria, Martina y Elena.

Son los mejores en sus respectivos campos.

—Val tosió. —Bueno, alguno en más de uno.

—Val asintió. —Daría mi vida por cualquiera de los que están en esta sala ahora mismo y, aunque sé que es mucho pedir, te pido que confíes en ellos como lo hago yo, como Vicky confiaba en mí.

A tu hermana no me dio tiempo de salvarla, pero a ti, no voy a permitir que te ocurra nada.

Lo prometo. —Elena me miró sorprendida, al igual que Val y Martina.

Rob estaba desubicado, pues desconocía el motivo de hacer esa revelación en ese instante.

¿Obré mal? Seguramente, pues en este trabajo, nunca se han de prometer ese tipo de cosas, pero en ese momento, tras implicarme en un asesinato, tratar de matarme a mí, a Alicia, a mi familia y a mi equipo…

aquello ya era personal. Después de esa interrupción, Elena le pidió que continuara.

—Has dicho algo de tu secuestro. ¿Podrías contarnos lo ocurrido? —