Sin cabos sueltos (Hostes 1) 15
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“Llegamos perfectas. Alicia despierta y fuera de peligro. Acaba pronto. Te queremos. Te quiero.”

Estaba tan exhausto que había olvidado la hora de llegada del vuelo a la base aérea militar de McGuire.

Era un mensaje indicando que ya no debía preocuparme por ellas y que el plan de escape había sido un éxito.

No me iba a comunicar con ese número por el momento, por seguridad.

Ahora sí lo podía decir. Envié un mensaje a Elena, Valeria, Martina y Roberto. Solo tres palabras.

“Misión cumplida. Gracias.”

Me dirigí a la nevera, abrí un par de esos cafés expresos preparados que tenía en ella, los vertí en una taza y al microondas, un minuto.

Listo. Cuando la campanita sonó, abrí la puerta, recogí la taza y un sorbo de eso, que no sabía ni a café ni a nada que se le pareciese, recorrió mi garganta, despejándome un poco más.

Era hora de ver quién había querido perturbar mi sueño con la llamada, pero antes… otro sorbo de café.

​ Se trataba de un número de teléfono que no conocía, un número que no tenía agendado ni me sonaba su cadencia numérica. Nuevamente, AC/DC volvía a restallar mis oídos. Otra vez ese número. Esperaba que fuera mi mujer.

​ —¿Dígame? —

​ —… —Ningún sonido.

​ —¿Hola? —

​ —… —Una leve respiración entrecortada, pero nadie respondía.

​ —Oiga, no estoy para bromas. Si no contesta, voy a colgar. Que pase un buen día. —

​ — No. —Era una voz de mujer. Tensa, nerviosa, acompañada nuevamente de la respiración entrecortada.

​ —Oiga… ¿Se encuentra bien? Si necesita ayuda debería llamar al 112. —

​ —¿Eres… es usted… Hugo Navarro? —La voz femenina me resultaba muy familiar. Detrás de esa respiración tensionada, se intuía una dulzura rota. Hablaba en castellano, pero tenía un acento… Yo ya la había escuchado antes. Pero ¿Dónde?

​ —Puede ser ¿de parte de? —

​ —¿Es usted o no? Necesito ponerme en contacto lo antes posible con Hugo Navarro. Por favor. —Su voz se tornó decidida, rabiosa, aunque seguía sin ocultar su dulzura tensionada.

​ —Si. Soy yo, pero ¿usted quién es? —

​ — Mire… usted no me conoce. Soy Isabella Martínez.

Era amiga de Victoria Fuentes. Creo que era su compañera.

Verá, me dijo que si alguna vez tenía… un…

problema grave, podría llamarle a usted para que me aconsejara.

—Mi tez tornó a un color que últimamente conocía demasiado.

Los folios de la impresora con la que tanto me peleé a mi llegada al despacho tenían, ahora, más color que yo.

​ —¿Isabella Martínez? —Me moría de ganas de preguntarle donde se encontraba, si estaría bien y si sabía algo de su hermana.

​ — Si. Disculpe que le haya llamado tantas veces.

Imagino que, como no conocía el número, no ha querido contestar…

—Miré la pantalla. El icono superior, que asemejaba un auricular de un teléfono antiguo, no indicaba ningún número de llamadas perdidas, pero al acceder al registro, encontré unas siete llamadas del mismo número de teléfono.

Este con el que estaba hablando ahora mismo.

​ —No, no, para nada. Discúlpeme usted. He pasado las últimas horas un poco liado. Pero dígame. ¿Como ha contactado conmigo? —

​ — Como le he dicho, tenía muy buena relación con Victoria Fuentes.

Yo la conocía como Vicky… —Yo también. — Ella me dijo que, si alguna vez tenía un problema y ella no estaba, podía contactar con usted para…

—La interrumpí. En ese momento, mi cerebro procesaba datos a toda velocidad.

¿Y si era una trampa? ¿y si la persona, al otro lado del teléfono, no era quien decía ser?

—Discúlpeme un segundo, señorita Martínez.

Le importa que, en vez de hablar vía telefónica ¿realicemos una videollamada? Me gustaría verificar… —

​ — Vicky me dijo que haría esto. Que para usted la seguridad era lo primero. —

​ —Lo segundo. —Susurré sin darme cuenta, pero ella lo escuchó.

​ — Cierto, Vicky me dijo… que lo primero era su familia.

—Aún atónito por la situación, a mi cuerpo le costaba reaccionar debido al cansancio y, sin embargo, mi cerebro iba a más revoluciones de la que acompañaba al resto de mi ser, le indiqué un número y una clave de acceso para una videollamada cifrada.

Tardó un minuto, tras colgar la llamada, en tintinear el aviso de videollamada entrante en la tablet que se encontraba sobre mi mesa.

​ Inicié la aplicación, apareciendo en la pantalla el hermoso, suave, armonioso y cautivador rostro de Isabella.

Es cierto que había visto alguna de sus actuaciones musicales, pero ahora, su perfil lucía diferente al de sus videoclips, incluso, al de las fotos de sus redes sociales.

Sus ojos, de un color almendrado, como los de su hermana, profundos y radiantes, ahora revelaban angustia, miedo e incertidumbre por algo. Y ese algo, yo sabía lo que era.

​ — Es usted, tal cual como le describió Vicky. —

​ —Y usted, tal cual aparece en tus miles de fotografías de Instagram. —

​ — Por favor, tutéame. ­—

​ —Lo mismo digo. —

​ — Gracias. —Un silencio incómodo brotó tras ese…

gracias. — Verás… mi hermana no me contesta los mensajes ni mis llamadas desde hace varios días.

—Y yo sabía por qué. — Hará cosa de una semana, recibí un paquete certificado.

Me lo enviaba ella. Era una memoria USB en la que guardaba una copia de seguridad de todo lo que hacía, su día a día, sus contactos, sus viajes, sus investigaciones… era como su diario particular. —

​ —Y eso es raro, ¿Por qué? —

​ —Porque ella siempre ha sido muy hermética con sus investigaciones y sus contactos. Nos movíamos en círculos muy distintos y nuestras agendas tienen multitud de… digamos… —

​ —VIP’s, para abreviar. —

​ — Sí, perdón. Ella nunca me facilitó algún teléfono de ningún… VIP, como dices tú. Por más que se lo pidiera. Al igual que hacía con sus investigaciones periodísticas. Nunca sabía los motivos de sus viajes a… sabe Dios que país, ni que estaba investigando. —

​ —Y te extrañó recibir, de la noche a la mañana, y sin ningún tipo de explicación, todo eso.

¿Me equivoco? —Estaba visto que, en este punto, yo manejaba bastante más información que ella, así que debía de verificarla, al igual que la hipótesis de lo ocurrido hacía un mes. —¿Lo tienes ahí? —Le pregunté.

​ — Lo llevo siempre encima. —Levantó la mano para mostrarlo a la cámara. Lo que estaba viendo me sacó una leve sonrisa, que debía de aplacar, pues ella no sabía que habíamos leído sus conversaciones.

​ —Un corazón. Muy original. —

​ — Si, de pequeñas nos encantaban los corazoncitos.

Cierto día, mientras paseábamos por un pequeño centro comercial en Nueva York, vimos un par fundas para memorias USB con forma de corazoncito.

Nos gustó la idea de llevar, las dos, nuestra vida en un corazón, y desde entonces, las hemos llevado así.

—Ahí estaba el término “corazón”. Cuando se lo cuente a Martina se va reír.

Por lo pronto, yo debía de darle la noticia del fallecimiento de su hermana, pero me parecía muy frío hacerlo por videollamada.

​ —Entonces estás preocupada por tu hermana. —

​ — Si, y me preguntaba si… puedes intentar localizarla o, por lo menos, saber que está bien. —

​ —¿Tu dónde estás ahora mismo? —

​ — Pues me dirijo a España en estos momentos. —

​ —Y ¿tienes conexión telefónica en el avión? —

​ — Si, verás, es un vuelo privado. La discográfica quiere que promocione mi último single en España, así que aprovechando la ocasión… —

​ —¿El vuelo se dirige a Madrid, Barcelona…? —

​ — A Madrid, sí. —No tenía ni tiempo, ni ganas de ir a Madrid otra vez. Acababa de volver de allí.

​ —Una pregunta ¿Puedes aterrizar en cualquier aeropuerto? O tiene que ser Madrid. —

​ Puso cara de incertidumbre. — Un momento. —Se levantó y pasados unos segundos se volvió a sentar en el mismo asiento de cuero blanco. — El capitán de vuelo dice que, mientras nos faciliten espacio aéreo y una pista, podemos aterrizar donde queramos. —

​ —Genial ¿Cuánto os queda para llegar a Madrid? —

​ — Pues según veo en la pantalla… cuatro horas. —Tiempo de sobra para corregir rumbo.

​ —Perfecto. Dame ahora, tú, un segundo a mí.

—Llamé por teléfono al General, que no lo cogió.

Necesitaba una pista libre en el aeropuerto de Matacán para que aterrizase el avión.

—Envíame un mensaje con la matrícula de la aeronave, y el modelo.

Voy a hacer una gestión y ahora te vuelvo a llamar y te explico. —

​ —Ok. —Y se cortó la comunicación.

​ A los pocos segundos, un mensaje.

“ Global 6500 – Matrícula N15686NY”

​ El General no contestaba la llamada en la que necesitaba pedirle autorización para utilizar una pista del aeropuerto de Salamanca.

La única opción que me quedaba, y no me apetecía nada, era que lo autorizara Pastor, al cual estaba viendo desde mi despacho como rondaba por su puerta, mientras hablaba por teléfono.

Pero no quería informarle acerca de quién venía en el avión.

Me dirigí hacia su despacho, con decisión.

El Coronel cortó la llamada y con toda la educación que pude, le dije.

​ —Coronel, necesito autorización de aterrizaje en pista en el aeropuerto de Matacán. Antes de molestar al General, he pensado que usted debía saberlo. —El coronel Pastor, con una denotada desconfianza, respondió.

​ —Que trae esa nave. —

​ —Material para la unidad. Dijo que quería estar al día de todo lo que tuviera que ver con la armería. He pensado que abarataría costes evitando desplazamientos innecesarios hasta Madrid y Barcelona. Solo necesitaría su firma en la solicitud. —

​ —¿Qué material es ese? —Su desconfianza y recelo iba en aumento.

​ —Munición especial y varias armas de las que, el General en persona, recibió informes positivos para la unidad, por lo que realizó, personalmente, el pedido.

Yo volvería a llamar al General para que lo autorizara, pero entiendo que, después de las maniobras, estará descansando y, no considero que sea algo tan urgente como para tener que molestarle en su domicilio… —

​ —Está bien. Está bien. Envíeme la solicitud y se la firmaré ya mismo. —

​ De vuelta en mi despacho, no tardé en rellenar una solicitud, un tanto, ambigua, en relación a la carga que traía el vuelo.

Una vez firmada, la envié a la secretaría del aeropuerto, no sin antes llamarles directamente para informarles de la solicitud de autorización para el uso de una de sus pistas y del espacio aéreo.

​ Diez minutos más tarde, fui yo quien llamó a Isabella.

Esta vez por teléfono, para indicarles que se desviaran al aeropuerto de Matacán, así como que, en un par de horas, estaría allí para recogerla.

No quise darle más información hasta que llegase, pues quería hacerle preguntas de las que necesitaba una información espontánea y real.

No podía darle tiempo a inventarse ninguna excusa.

​ Tras una hora delante de la Tablet, tratando de encontrar fallas sobre el papel, en relación a la nueva operación que se avecinaba, decidí enviar un mensaje a la unidad.

“ST-1, ST-2, NOVEDADES. ST-1, ST-2”

​ Esta vez no iba a levantar la liebre e iría yo solo. Quizás era una mala decisión, pues el Coronel sabía de mis movimientos, pero no podía arriesgar nuevamente a la unidad al completo. Martina apareció, de repente, en mi despacho.

​ —¿Hola? —

​ —Joder, que susto. ¿No sabes llamar? —Al no esperar que nadie estuviese en el complejo, más que el Coronel, me sorprendió la entrada de mi Operadora. —Por cierto ¿Qué haces aquí? —

​ —He dormido en el laboratorio. Sinceramente, tenía miedo de irme a mi casa. —

​ —¿Por eso me dijiste ayer que si me llevabas a alguna parte? —

​ —Si, por lo menos me acompañabas un rato. ¿Y tú? —

​ —Bueno, yo… tenía que pensar. Por cierto, me viene perfecto que estés aquí. He enviado un mensaje al equipo, excepto a los ST-3. ¿Quieres volver a hacer de Operadora? —

​ —Por supuesto. —

​ —Esta vez será más sencillo. Me dirijo a Matacán a por un paquete, pero nadie, y digo, nadie, debe saber mi ruta. —

​ —Me encerraré en mi despachito y utilizaré el regalo de Artemisa para que así sea. —

​ Cerré la puerta de la oficina e informé a Martina tanto de la llamada de Isabella como del plan que tenía para recogerla y traerla sana y salva. Sabía que aquí nadie podría hacerle nada. La pega, que sería un arresto domiciliario hasta que arrojásemos un poco más de luz al caso.

​ —Por cierto. Estuve revisando el informe y las fotos que había en la memoria. Y me surge una duda. —Dijo Martina.

​ —Dispara. —Mi cerebro continuaba repasando punto por punto la ruta que iba a seguir.

​ —El informe… está a medias. Es como si… estuviera incompleto… pero a propósito. —

​ —¡Cómo? —Dejé la ruta y comencé a prestar más atención a Martina.

​ —Si. Mira. —Me mostró la última página del informe en su Tablet.

—Cuando finaliza la parte en la que habla de la sede principal y la estructura de la organización…

aparece esto. —se veía el número dos, en la parte inferior central de la última hoja del informe.

—Este dos se trata de un hipervínculo que lleva hasta otra parte en el documento.

Una parte que ha desaparecido. Así que no tenemos el informe al completo.

Al igual ocurre con las fotografías. Dentro de la carpeta de las fotos, hay dos enlaces, los cuales remiten a otras carpetas, que no se encuentran en este dispositivo. —

​ —Puede… que tenga solución a eso. —Martina se quedó descolocada, pues, no suponía que yo tuviera las habilidades necesarias como para localizar hiperenlaces perdidos, y tenía razón.

Lo que no sabía era que, intuía que las respuestas se encontraban en un simple “corazón” que, en una hora, estaría de camino al cuartel.