Sin cabos sueltos (Hostes 1) 14
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—Con las ganas que tenía yo de conducir uno de esos coches, no sé por qué no me han avisado. —

—Usted no es un agente de campo. Quiero evaluar el tiempo de respuesta del equipo y el de ejecución de determinadas situaciones. —Terció el General, que escudriñó su rostro en busca de una mueca de desaprobación. Nada.

Fui el primero en bajar del Mercedes del General.

Los servicios de limpieza de la base aérea habían hecho un muy buen trabajo en los interiores de los vehículos.

Por fuera… era otra historia. Arañazos y leves picotazos aparecían en la carrocería, que junto con la ventanilla rota del coche del Coronel no se podían disimular.

—Buenos días General. Lamento los desperfectos en los vehículos, pero, sus chicos de infantería se lo han tomado muy en serio.

No obstante, las maniobras han sido un éxito.

Hemos conseguido una de las mejores puntuaciones y el equipo ha funcionado como una unidad.

—Veía a Pascual totalmente descolocado y las fosas nasales de Lucas se hinchaban más a cada segundo que pasaba.

Los estábamos tomando por tontos y ellos no podían decir nada.

Dan observaba la jugada, escudriñando nuestros gestos.

Todo normal. —Por cierto, Coronel. Lamento lo ocurrido a su coche.

—No podía dejar de mirar, con un disimulado, aunque aberrante odio, al hombre que había tratado de asesinar a mi familia, a mi equipo y a mí.

—Con el debido respeto General. Me gustaría que el equipo se fuese a descansar. Se lo han ganado. —

—Por supuesto. Eso no hay ni que decirlo. —Apostilló el general Castaño.

—Y si no tiene inconveniente, quisiera revisar las telemetrías de los coches y los resultados de las pruebas antes de darle el informe provisional, a la espera del definitivo. —Dije, para apuntillar la tapadera.

—Las repasaré yo también, si no tiene inconveniente, General. —Interrumpió el Coronel. Quería ver, de primera mano, como salía de aquel aprieto, pues de sobra sabía que no tenía ningún tipo de estadística, ni telemetría, ni informes, ni nada.

—Aquí las tiene Coronel. Me he permitido el lujo de hacer tres copias mientras iban aconteciéndose las pruebas marcadas en cada punto de control, pero no me ha dado tiempo a dejársela en su despacho.

No obstante… —Martina, con una sonrisa de oreja a oreja, triunfal, y dirigiéndome un pequeño guiño inadvertido para el resto, le hacía entrega de un dosier con un montón de folios rellenos de gráficas y anotaciones. —…ahí lo tiene. —

—¡Ah! Gracias señorita Velázquez. —La cara del coronel Pastor era de sorpresa y gratitud envenenada. Había perdido el órdago, por lo que tuvo que darse la vuelta, mientras su resignación ahogaba la furia que sentía en su interior y se encerraba en su despacho maldiciendo su suerte.

—¿Qué es lo que le acabas de dar? —Susurré a Martina, que me contestó en otro susurro casi imperceptible.

—Las telemetrías de la última carrera de Fórmula Uno y un par de mapas del Halo [51] . —Una risa contenida forcejeaba con nuestros serios semblantes.

—Me voy a tomar un café. —Lucas abandonó también el garaje. Susurré a Martina. —¿Como sabías que el Coronel iba a…? —

—¿…Pedir todos los datos de lo ocurrido en su coche esta noche? —El General esbozó una sonrisa.

—Veo que tienes una buena operadora. Has conseguido formar un buen equipo. —

—Hemos, General. Hemos formado un buen equipo. —La doctora Cruz, Valeria, Roberto y Martina se sintieron reconfortados al oírlo. Dan, igualmente, se unió a la felicitación.

—La verdad es que hemos conectado todos bastante bien. —Intervino Daniel, que seguía con su rolplay de compañero guay.

—Daniel, quedas de guardia. Vosotros tres, os envío el informe a vuestros dispositivos.

—Los teléfonos móviles descansaban en nuestras taquillas.

Apagados. Fue la primera medida que tomé cuando iniciamos la misión.

Pero tenía ganas de coger el mío y escribir un mensaje a mis cuatro nuevos ángeles de la guarda.

Solo tendría una palabra, pues todo lo demás, ya estaba dicho. Corto, breve.

“Gracias.”

—Descansad y cuando el cuerpo os lo permita, volved para acabar… —Miré de soslayo a Dan. —…con los informes del caso Diana. —Todos asintieron excepto la doctora.

—¿Te importa si me quedo yo también? —

—Negativo. Conozco perfectamente la sensación que tienes, que tenéis, ahora mismo.

Es una sensación de exaltación por todo lo que ha pasado.

La adrenalina ha excitado cada musculo de vuestro cuerpo, y vuestro cerebro, ahora mismo, parece una rave [52] .

Hacedme caso, id a descansar. Cuando os despertéis, va a parecer que os han estado apaleando el cuerpo durante horas.

Cuando volváis os podré enseñar todo lo que había en el pendrive. Y os lo prometo. Ningún secreto más. —

​ Un par de horas más tarde, Martina exponía el reportaje fotográfico que había encontrado en la memoria USB, al completo, y donde se podía ver claramente a Dan y a Lucas departiendo, en la puerta de desembarco del aeropuerto, con los miembros de Misos.

El General estaba con nosotros, pues nos indicó que realizásemos la inspección de la memoria en su despacho.

Ella estaba sentada en el sillón del General, y nosotros dos, uno a cada lado, no perdíamos imagen en retina.

​ —Ahí tiene su prueba, General. —

​ —Esos dos van a ir a prisión por mucho tiempo. Pero a una turca, en la que no tengan registros informáticos, y les den a beber su propia orina. —Espetó el General, visiblemente enfadado.

​ —Estaría bien, pero, ahora mismo, creo que no sería una buena idea, General.

Verá. Les necesitamos, por lo menos a uno, para establecer una conexión con…

—Dudaba si continuar la frase, pues esa sería la constatación oficial de una acusación formal.

—…el coronel Pastor. Estoy totalmente convencido de que Pastor está implicado, y diría que es un cargo importante en la facción armada de la organización O.N.O.

​ Habíamos visto un esquema, realizado por Diana, en la que, claramente se definían los estratos de una pirámide de poder, con sus escalas bien diferenciadas.

Una pirámide, coronada por una punta en forma de tridente en la que rezaba el aserto “cúpula”.

En el diente derecho se leía Ásteros, en el izquierdo, Basi, y en el central, ligeramente elevado respecto de los otros, Archor.

Cuatro estratos por debajo del tridente, nombrados como Dikastis, Ephytimia, Fysia y Misos.

Junto a la pirámide, unos bocetos dibujados a mano, de los cuales, yo ya había visto físicamente uno de ellos.

Concretamente, el de la luna creciente atravesada por una espada.

​ Pedí a Martina que me enviara a mi tablet el archivo donde Diana llevaba todas las anotaciones de su investigación, con el fin de leerlo más tarde.

Continuamos viendo imágenes. Imágenes que se encontraban en una carpeta nombrada como Miembros.

En ella, unas ciento veinte fotografías de diferentes individuos y distintos ángulos, en las que se observaba como accedían todos por la misma puerta blanca, la entrada de un hotel, con forma de antiguo palacio de justicia.

Exteriormente reformada en madera y de color violáceo, que no desentonaba nada con el resto de casas del entorno.

Creaban una imagen idílica, de lugar romántico para unas vacaciones en pareja, por sus flores, canales y carriles bici.

​ —Joder. Eso es Ámsterdam. —Dije sin reparo.

​ —Como estás tan seguro. —Dijo Martina.

​ —¿Dónde, si no en Ámsterdam, la gente utiliza tanto la bici como para que haya un carril especifico frente a un hotel?

Añádele, un canal acuático a su izquierda.

Si te fijas, eso son barcas de pequeña eslora y bajo calado, perfectas para navegar por la red de vías acuáticas que atraviesan ciudades como Venecia o Ámsterdam.

No se ve el agua, pero si se intuye al fondo de esta, esta y esta fotografía.

—Señalé las tres fotografías que abarcaban mayor escena.

​ —Puede que tenga razón. ¿Será esa su sede? —Insinuó el General.

​ —Puede ser. Tendríamos que localizar ese lugar para… —

​ —Hotel Bobbsterbloker, en Ámsterdam. Tengo la dirección, teléfono, incluso tiene página web.

—Martina había vuelto a hacer magia. Yo no pude por menos de apretarle el hombro con mi mano derecha, como leve gesto de felicitación por un excelente trabajo.

El General se incorporó mostrando su preocupación por cómo se estaba complicando, a pasos agigantados, el caso, en el cual parecía que, estaban involucrados, personal de la unidad, y sabe dios, cuantas y cuales otras personas.

​ —Vayan a descansar. Tómense el día libre, mañana estarán más frescos. Hugo, manténgame al día de las novedades. —El General se despidió de nosotros, y tras darnos un fuerte apretón de manos, abandonamos su despacho seguido por él.

​ —Martina, déjame un segundo con el General, por favor.

​ —¿Te espero para llevarte a tu casa? —Se ofreció.

​ —No gracias. No quiero ponerte en peligro a ti también. Ten mucho cuidado. —Me entregó la memoria y me dio un beso en la mejilla.

​ —Me alegro que todo haya salido bien, jefe. —

​ —Martina… —

​ —Hugo, señor, perdón, Hugo. Adiós. —Y se fue.

​ Quería pedirle consejo al General, ya que todo esto se escaba totalmente a mis capacidades y a mi entrenamiento, y, por si fuera poco, no podíamos investigar libremente, pues no dos, sino tres, de los miembros de la unidad, estaban corruptos y, como poco, estaban tratando de ocultar todo rastro posible, obstaculizando la investigación.

​ —Hugo, jugamos con la baza de que no saben la información que tenemos en nuestro poder. Saben que tenemos algo, pero no saben el qué. —

​ —General. Si fuera usted quien tuviera que continuar con la misión… que haría. —

​ —No te equivoques, Hugo. Yo tengo que seguir con la misión. Estoy con vosotros. Ahora debo hacer unas llamadas y pedir alguna que otra… explicación. —

​ Finalmente, salí de su despacho. Deshecho y muy cansado, no tenía lugar a donde ir. En mi casa no iba a estar seguro, pues probablemente, estaría vigilada. Por suerte, mi despacho tenía un sofá bastante cómodo para dormir.