Sin cabos sueltos (Hostes 1) 13
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​ Durante el tiempo que permanecimos en la base aérea de Torrejón, recibí un mensaje cifrado de Martina en el cual, incluía unas fotografías.

Eran archivos que estaban en el USB que descodificó Artemisa.

Siguió al pie de la letra mis instrucciones y, tras verificar que estábamos a salvo con los militares, comenzó a escudriñar los archivos de pendrive.

Las fotos que recibí fueron cuatro. Únicamente cuatro fotos.

En ellas se veía claramente a un hombre, con un tatuaje perfectamente reconocible en la parte anterior de un brazo, justamente en la muñeca, acompañado por otro varón, un poco más bajo y menudo que él.

Eran nuestros invitados en la mesa de autopsias del cuartel.

En una de esas fotografías, se apreciaba perfectamente como, el más alto, salía por una de las puertas de servicio de una terminal aeroportuaria con un par de bolsos de viaje.

En otra de las instantáneas, aparecían hablando por teléfono.

En la tercera, un vehículo negro, que creía reconocer, aparcaba a su lado.

Y en la última, aparecía estrechándole la mano a otro hombre.

Un hombre que acababa de llegar, aparentemente a recogerlo, y con el cual salía departiendo por una de las salidas de acceso restringido al personal del aeropuerto de esa terminal.

El lugar y el aeropuerto no me eran conocidos, el hombre que estrechaba la mano de nuestro sicario particular sí.

Quería sorprenderme, pero, en realidad, no lo hice .

Esperé, hasta que prácticamente, el vuelo se perdió en la lejanía, enjutarme las lágrimas y recomponerme, para enseñarle las fotos al equipo. Sus caras de espanto eran el fiel reflejo de una traición.

—Hijo de Puta —Nunca había oído decir una palabra malsonante a la doctora.

—Lo voy a matar. A él y a su puta madre. —Roberto era más sutil.

—No. Va a sufrir, y luego ya si quieres le matas. —Val fue… Val.

—Nadie va a hacer nada hasta que el General diga que hay que hacer. —Dije yo.

—¿Y si él está pringado también? —Las dudas de Roberto eran totalmente justificadas.

—Te garantizo que no. Os voy a confesar algo.

Mi misión principal en esta unidad… era esta.

—Las caras de estupefacción restallaron en sus rostros como las de un niño que descubre la verdad sobre la Navidad.

—Os debo muchas explicaciones, y os he pedido varias veces que confiéis en mí.

Hasta incluso dar la vida, esta noche, para proteger a mi familia.

—Un silencio cortante se impuso en la sala.

Nuevamente les había ocultado información.

—Como os dije esta noche, solo confío en vosotros.

Y ahora puedo atestiguarlo. Antes de volver, os voy a contar todo.

—Y así lo hice. Incluso, la aparición de la nota manuscrita de Diana en la que aparecía mi número de teléfono.

Ellos no paraban de cruzar sus miradas y… no les culpo.

—Ahora no sabemos si podemos confiar en ti. —Elena, claramente dolida, no dudó en expresar lo que el resto también estaba pensando.

—Os entiendo perfectamente, pero antes de que me deis la espalda, dejadme que os lo explique, y luego decidís. —Val se sentó en una de las sillas de la torre de control. El último de los controladores acababa de irse, por lo que teníamos la sala para nosotros .

—Dale, a ver que cuento chino nos vas a contar ahora. —Era comprensible su enfado.

—Comenzaré por el principio. Aunque no me lo queráis confesar, sé que todos habéis leído mi expediente.

Pues bien. El General se puso en contacto conmigo tras aquel incidente.

Me explico que iba a comandar un grupo de élite y que, intuía, que el grupo no estaba del todo limpio.

Necesitaba un activo para infiltrarse y localizar a una posible oveja negra.

No sé hasta qué punto pensaba que iba a tardar tan poco en encontrarlo.

Incluso, yo diría, que no se pensaba que el equipo que había formado era tan bueno que… —

—No me tienes que adornar los oídos. Al grano. —Valeria no quería escuchar halagos. Quería la verdad. Como todos los demás.

—No son halagos, Valeria, no te equivoques.

Es la verdad. —Suspiré. Ya no veía las luces del Airbus.

Con la cabeza gacha, proseguí. —Los primeros días no quería saber nada de vosotros más allá de si erais unos vendidos o no lo erais.

Me juré a mí mismo, un millón de veces, que no iba a coger confianza con ninguno de vosotros.

Pero, joder… ha sido imposible. Hoy os he sentido como si fuerais mi antiguo equipo.

Habéis seguido las instrucciones, disparado con precisión, cuidado unos de otros y sobre todo, habéis confiado en quién teníais a vuestro lado para cubriros las espaldas.

Habéis trabajado por un objetivo común como uno solo.

Esa era mi misión secundaria. Y estoy muy orgulloso de haberla cumplido con éxito. —

Val seguía sentada en el sillón mientras miraba, escudriñándome, por si observaba un atisbo de mentira en mí. —Vale, lo hemos hecho bien. ¿Qué pasa con lo otro? Tu súper misión súper secreta. —

—Veréis. En parte, me he llevado la misma sorpresa que vosotros, pero, como os he dicho, solo os llamé a vosotros, por una sencilla razón.

Intuía que el Coronel no estaba limpio. Fue recomendado por personal…

digamos… sin referencias naci onales, según dijo el general Castaño.

Lucas es su perro guardián, su lacayo particular.

No hay nada más que ver sus continuos intentos de desviar nuestra investigación. —

Roberto me quitó el teléfono de las manos y volvió a mostrar la última fotografía. —¿Y este hijo de puta? —

—Ese… me costó un poco más. Lucas se ha dejado ver demasiado pronto y, quizás, eso me cegó un poco.

El Coronel sabe que no confiamos en él, pero bueno, lo tiene ahí porque le hace el trabajo sucio.

Pero ese… ese era su as escondido en la manga.

Su joya de la corona en la unidad. Dan tiene acceso a toda la investigación, sin restricciones.

Nos ha estudiado uno a uno y, toda esa información, se la ha aportado a Pastor, nuestro maravilloso Coronel en jefe.

—Observé como Val no daba crédito a mis palabras.

—Me juego el cuello a que el conductor del coche que aparece en esas fotografías era Lucas. —

—Por cierto ¿De dónde han salido esas fotografías? —Elena hizo una muy buena pregunta, pues, de la existencia de la memoria externa del teléfono, solo teníamos conocimiento tres personas.

—Hace tres días… —Joder, no llegaba a tres días desde que encontramos a Diana en el hotel.

—Cuando subí a azotea de aquel edificio donde tuve mi primera cita con el turista de la foto, encontré algo más, aparte del teléfono.

Era un USB cifrado, o al menos, sus restos, ya que estaba bastante dañado.

Martina analizó el teléfono y descubrió todo lo que os comentamos en el briefing, pero…

también vi algo a lo que ella no prestó mucha atención.

Era una fotografía… que… —Allá va. —…podía comprometerme en la investigación.

Era una fotografía de mi antigua unidad. —

—Joder. —Rob se desesperaba por momentos.

—¿No pensabas contárnoslo? —Val seguía indignada, pero esta vez, no encontraba atisbo de mentira en mis palabras.

—Un momento. Una foto de una unidad policial, aun siendo la tuya, en el teléfono de una periodista no implica a nadie. Podía… —

—Ahora te has dado cuenta. Podía estar investigándome, o Podía ser una casualidad. Pero no necesitaba poneros en la tesitura de que dudarais de mí. —

-La madre que te p… — Valeria estaba muy cabreada.

—Antes de que acabes la frase, espera. Hay algo más.

Mi teléfono apareció en la escena del crimen.

Escondido, tras la nevera bajo el escritorio.

—Levanté las manos significando que no tenía nada que ocultar.

—No sabía por qué estaba allí. Lo juro. Podéis creerme o no.

Martina lo descubrió, sin todavía darse cuenta, más tarde, en el laboratorio.

De todas formas, ese tema es algo que… sinceramente…

no me ha dado tiempo a resolver. —Sus caras, al saber de la nota, denotaban una total desconfianza, que se volvía por momentos en una mezcla de decepción y expectación.

—Explícate. —Elena utilizó el tono más grave que le había escuchado hasta ahora. Denotaba un despecho y un recelo esperando mis próximas palabras.

—¿Recordáis el audio de uno de los últimos mensajes de Isabella a su hermana? ¿Aquel en el que decía que, si no sabía nada de ella, llamaría al amigo de Victoria? ¿Qué le solicitaría protección? —

—Si. —Confirmó Roberto.

—¿Tú eras ese amigo? —Interpeló Valeria.

—Victoria era mi… compañera en el Grupo que lideraba hace tiempo.

Parece ser que, en su día, le dio mi número de teléfono a Isabella, pues sabían que hacíamos algún trabajillo de seguridad, bajo cuerda, para ganarnos algún sobresueldo.

Y parece ser que… si necesitaron de ello, pero nunca me llamaron.

Por eso, no tenía conocimiento de nada, hasta que escuché el mensaje, vi la foto, y pude crear una conexión.

Decidí recurrir a mi contacto, Artemisa, para descifrar la memoria, ya que, si aparecíamos alguno de nosotros, tendríamos capacidad de actuación antes de que la unidad interfiriese. Pero… todo se ha precipitado. —

—¿Y no era más fácil explicarlo desde el principio? —Val continuaba enfadada.

—Puede que sí, pero os repito. No sabía en quién podía confiar, hasta ayer al mediodía, cuando trataron de quitarme del medio.

Sé que no es excusa, y que probablemente no valga para nada, pero os pido perdón, de corazón.

—Val, en silencio, se levantó del sillón, se acercó hacia mí, y me propinó un derechazo, duro como un martillo de cantera, en el pecho.

—Que sea la última vez que me ocultas información. —En su reproche, totalmente justificado, dejaba entrever un halo de lástima por la situación que, claramente, me sobrepasaba. La doctora, serenando su rostro y su tono de voz, ahora de espaldas a mí, trató de poner un punto y aparte a todo aquello.

—Vale. Tú tenías tus razones y lo hecho, hecho está. Y ahora qué hacemos. —

—Ahora… toca volver a la pantomima. Ya sabéis lo que hay con Dan, Lucas y el Coronel. Necesitamos pruebas para poder detenerlos al tiempo que resolvemos el caso. —

—El caso está resuelto. A Diana la asesinó el del tatuaje ¿no es así? —Dijo Roberto.

Elena volvió a intervenir. —Ese no es el caso. Las preguntas del caso son ¿Quiénes son los que ordenaron su muerte? Y ¿qué era eso tan importante, que sabía Diana, como para que la mataran? —

—Creo que… tengo algunas respuestas a eso. —Farfullé y Valeria volvió a dejarse caer en el sillón.

—Más sorpresas. Y no es mi cumpleaños. —

—Esto no lo he sabido hasta esta noche. Veréis.

Cuando esta tarde abandoné el cuartel, era porque había quedado con Artemisa para que me diera el pendrive descifrado y así, poder ver qué información contenía.

Me estuvo contando que Diana había descubierto algo muy jodido.

Una organización súper secreta o una… mierda similar.

Tíos con muchísimo dinero y ne gocios muy sucios.

—Les conté lo poco que sabía, pues no había podido ver todo lo que contenía el USB.

El equipo, en ese momento, tomó consciencia de la gravedad de mi tono, y comenzaron a cuestionarse todo.

—Y del General. ¿Podemos fiarnos? —Añadió nuevamente Roberto.

—Ya os lo he dicho. Creo que sí. De hecho, me consta que lo que quiere es que la unidad funcione. Y lo que ha hecho por mí hoy… estoy seguro que lo hubiera hecho por cualquiera de vosotros también. —

—Cuando, previamente, has dicho que todo se ha precipitado. Te referías a… —

—Me refería a que alguien quiere quitarnos del medio porque saben que tenemos algo que los expone, les compromete y los involucra en numerosos delitos, aunque todavía no sepamos ni que información es esa.

Por eso fueron a por mí. Porque el tío con el que me enfrenté en el edificio, sabía que tenía en mi poder esa información.

Al quedar esa noche con Artemisa en mi casa, no sabían cuál de los dos tenía el dispositivo, por lo que lo más fácil era… —

—Quitaros del medio a los dos. —Terció Rob.

—Solución salomónica. —Completó la doctora.

—Correcto. Y al fallar, el paso natural era extorsionarme para que se la entregara. ¿Cómo? —

—Con tu familia. —Replicó Val.

—Correcto. No les hemos dado tiempo. Nos hemos adelantado y ahora, al no tenerla, irán a por todos nosotros, mi segunda familia. Y lo tienen muy fácil, pues, si mi instinto no me falla… —

—Tienen gente dentro que les mantienen al tanto de toda la investigación, y de nuestra actividad. —Elena volvió a dar en el clavo.

—Así que tenemos que cerrar esto cuanto antes. —Dije. Valeria se levantó del sillón donde se encontraba .

—Alguien quiere matarnos. Quieren algo que no sabíamos que existía.

Demasiadas variables no definidas. —Me volvió a golpear, esta vez, a la altura del hombro.

—La última vez que me ocultas información.

¿Te ha quedado claro? —Me miró a los ojos, sin decir nada.

Vi reflejado en ellos su perdón, su compasión, su lealtad. Vi a Vicky junto a mí, nuevamente.