Sin cabos sueltos (Hostes 1) 12 #5
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—Necesito el botiquín del maletero ¡RÁPIDO! —Elena trataba de mantener la calma, pero subconscientemente, era una situación que le desbordaba, como a todos los allí presentes. Alicia me apretó la mano, me tiró hacia ella y, al odio, me susurró.

—Ponlas a salvo, sigue el plan. —Un nuevo temor, mezclado con ira y determinación, se apoderó de mí. No me iba a quedar allí parado mientras perdía a Alicia.

—Os pondré a todos a salvo, no me volverá a pasar. —La solté, volví a agarrar mi G36 con más fuerza si cabía que antes. —¿El resto estáis bien? —Miré a mi mujer e hija. —¿Estáis bien? —

Un si generalizado y, sobre todo, el sí de Laura, que al ver que Alicia estaba siendo atendida, se centró en nuestra hija, me devolvió la esperanza en la misión. —Elena… —Esperaba de ella malas noticias.

—La estabilizaré, pero necesitamos cirugía lo antes posible. —

—Veinte minutos, solo te pido eso. —

—Yo me encargo de ella. —Con las mismas, redistribuimos los coches.

Valeria conducía el vehículo del General, irrastreable.

En la parte trasera, Elena, trabajando en el cuerpo de Alicia, y sobre los asientos, Artemisa, ahora inmóvil, en shock por el disparo que se coló por la parte superior del chaleco.

En el ambiente, un hedor a sangre fresca.

Rob se ofreció para hacerse una transfusión de urgencia, ya que Alicia estaba perdiendo bastante sangre y la suya era cero negativo, universal a todos los efectos, por lo que iría en la parte delantera de ese mismo coche.

Los coches de las altas personalidades, a parte de un blindaje de serie, poseían unos botiquines de campaña que, además de ibuprofenos, también tenían vendajes hemostáticos, torniquetes, y cánulas para transfusiones de sangre.

En el otro coche iríamos mi familia y yo, como si fuera una excursión dominical al campo. Tomé el teléfono.

—Operador, comunique con la Base Aérea, llevamos un herido de bala en estado grave. —

—Bravo-1 ¿Que ha ocurrido? ¿Quién es el herido? —El General estaba al otro lado del aparato.

—Señor, es Alicia Rodríguez. Ha recibido una bala en el pecho. Está grave. La doctora está tratando de estabilizarla. Nosotros vamos de camino, bastante rápido. Necesita cirugía. —

—Estarán esperándoles a la entrada. Les envío una escolta… —

—Negativo señor. La misión sigue en los mismos términos que hasta ahora. —En veinte minutos estamos en la puerta de la base.

A partir de ahí, los kilómetros que nos separaban del avión pasaron muy rápido.

Solo pensaba en lo que estuviera ocurriendo en el otro coche, aunque, confiaba plenamente en mi equipo.

Caramba ¿era necesario una situación así para decir que confiaba en mi nuevo equipo?

No me había dado cuenta de lo que había creado.

A la entrada de la Base Aérea de Torrejón nos esperaban seis coches militares para escoltarnos al hangar donde estaba el Airbus A400M.

Cuando estacionamos, salí corriendo hacia el coche donde venía Alicia.

No se movía. Estaba muy pálida. Excesivamente pálida.

Miré a la doctora, que estaba sudando por cada poro de su piel.

—Está viva, pero muy débil. —Sabía que había hecho todo lo humanamente posible por mantener con vida a Alicia.

La miré a los ojos sin poder articular apenas palabra.

Ella sonrió levemente, no había más que decir.

Rob se estaba quitando la cánula de transfusión, ligeramente más pálido que cuando le dejé subido al coche, pero sonriendo mientras Valeria le daba un par de golpecitos en el pecho.

Dos camilleros y un equipo de enfermeras y médicos irrumpieron en escena, haciéndose cargo del cuerpo inmóvil y pálido de Alicia.

Elena les dio un informe de lo que había hecho, confirmando el relevo en el cuidado de la paciente.

Tras ellos, un hombre uniformado, con porte militar, similar al General Castaño, se aproximaba a nosotros hablando por teléfono.

—Les tengo a la vista. No se preocupe. Como si fueran mis propios soldados.

Hasta luego. —Intuía que era el contacto del General.

—Parece que han tenido un viaje movido. Les haremos un chequeo a todos antes de que vuelvan.

Me presento, soy el teniente coronel Marcos San Silvestre.

Acompáñenme. A su agente le van a practicar una cirugía de urgencia.

He dispuesto que en el vuelo vaya un equipo médico para mitigar posibles complicaciones. —

—Con todo el respeto. La mujer herida es la escolta de seguridad de mi familia. ¿Confía en ellos? —

San Silvestre se levantó la levita azul y la camisa, dejando ver una herida de bala en su abdomen. —Ya lo he hecho, y han respondido perfectamente. —El tono de la conversación a partir de ahí se volvió más distendido dentro de la autoridad que marcaba el Teniente Coronel.

Durante las dos horas que duró la operación de Alicia, el resto del equipo estuvo haciéndose el chequeo médico y yo traté de explicarle, más tranquilamente, lo ocurrido a mi mujer, y aproveché para abrazarla, junto con mi hija, todo lo que pude antes de que se fueran.

Les hice un juramento. Yo mismo iría a Fairfax a buscarlas.

Aparecería andando, al alba, con un ramo de rosas en una mano y un peluche de Stich, el muñeco favorito de mi hija, en la otra, y la promesa de que jamás nos separaríamos.

Tras una amarga espera, apareció un médico en la sala de descanso en la que esperábamos noticias.

—Todo ha ido bien. El proyectil no ha dañado ningún órgano vital, pero ha perdido mucha sangre. He de decir que la doctora Cruz hizo un excelente trabajo y la transfusión de guerra de su muchacho, primordial. La paciente ahora está sedada y preparada para viajar. —

Era todo lo que necesitaba oír. Posteriormente, sabría que, si bien, la bala no dañó ningún órgano vital, uno de sus pulmones no volvería a funcionar al cien por cien. Lo importante es que estaba viva y en unas horas, a salvo, en su casa, junto con mi familia.

Un último adiós tras muchas lágrimas derramadas, pues, ninguno sabía, si esa sería la última vez que estaríamos juntos.

Ellas, ya en el avión. Yo, desde la torre de control, aguzaba la mirada a través del ventanal, intentado ver sus caras por los pequeños ventanucos del Airbus, mientras este realizaba un despegue perfecto, pero para mí, el más lento y agónico que me pareció ver nunca en un avión.

Ahora, ya no estaban allí, ya no podían ser mi apoyo moral, pero tampoco serían el dique de contención en mis actuaciones.

Tocaba volver al cuartel. Con el tráfico del amanecer de Madrid, y el rodado de la autopista, no creo que se atrevieran a nada.

No obstante, seguiríamos manteniendo las comunicaciones como hasta ahora. Cogí el equipo cifrado.

—Operadora, paquete entregado, objeto dañado restaurado sin complicación. —

—Recibido. —

Una llamada al General por teléfono, y de vuelta a Salamanca.

—General… —

— Ya he escuchado la comunicación, me alegro. —

—Gracias General. El avión ha partido con éxito de la base. Rodríguez ha sido intervenida del disparo en la clavícula. Se pondrá bien, pero le quedará una cicatriz un poco fea. —

— Me alegra oírlo Hugo. —

—General… Ya sé quién es el topo. Y tengo pruebas. —