Sin cabos sueltos (Hostes 1) 12 #4
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—Ya he dicho que no voy a poner a nadie en peligro por…

—Alicia tenía un plan. Cogió el teléfono satélite y comunicó con la sala de operaciones.

—Martina, no podemos bloquear la señal del coche.

Pero hay otra opción que, alguna que otra vez, me ha funcionado.

Primero, bloquea la señal de los teléfonos de quién ha dado nuestra posición y de quien creas qu e puede darla.

Segundo, activa “Camaleón”, clonando la frecuencia de nuestro coche a todos los coches que haya en un radio de diez kilómetros.

Con vuestro nivel de hardware, probablemente te permitirá ampliar el radio hasta quince o veinte kilómetros.

Marcaremos todos los coches y estaremos escondidos a ojos de otros rastreadores en un mar indescifrable de frecuencias clónicas.

Antes de hacer eso, tienes que marcarte el nuestro como vehículo principal y así tú no perderás nuestro rastro. ¿Puedes hacerlo? —

— Recibido, dame un minuto. —

—Otra cosa, corta la comunicación por el equipo cifrado hasta nueva orden.

Únicamente mantendremos la comunicación por el teléfono satélite y quedará también quedará cortada, por el momento.

—El micrófono del teléfono quedó silenciado.

—Vosotros poned el canal trescientos noventa y cinco.

Nuestras comunicaciones internas serán por ahí. Ahora os digo el código de cifrado. —

— Hecho lo primero, recibido lo segundo. —Alicia tomó inmediatamente el mando de comunicaciones, necesitaba aislar todo lo posible nuestros comunicados. ¿Podía haber algo mejor que un operador en una misión? Sí, dos, y yo tenía a las mejores. Artemisa me devolvió el teléfono.

—Operador, nos convertimos en fantasmas hasta nuevo aviso.

Si en media hora no tienes noticias nuestras, considera la misión fallida.

Cierro conexión. —No esperé respuesta. Alicia le había dado instrucciones como ex operadora, yo, como jefe táctico, esposo y padre.

—Artemisa, te quedas en el Zulú—10 hasta nueva orden.

Nosotros nos vamos en el monitorizado. —Miré a mi ex operadora, esperaba la confirmación de comienzo de misión, como en los viejos tiempos. Y lo hizo.

—¡Armaos! Cabeza despejada y dedo en el gatillo.

Nos vemos a la vuelta. —Los viejos fantasmas del pasado asomaban nuevamente, pero esta vez, fui yo quien les cerró la puerta a cal y canto.

No iban a desconcentrarme. Eché un último vistazo a la razón por la que estaba haciendo todo esto.

Un cálido beso atravesó la ventanilla abierta del coche que fue recibido en su interior con esperanza y mucho miedo a una posible perdida.

La táctica que habíamos planteado era una locura en la que la improvisación no era la clave.

Solo quedaba que nada se torciera y todos siguieran las instrucciones dadas a rajatabla.

En un par de minutos estábamos lanzados, hacia lo que sabíamos, era una emboscada en un callejón sin salida.

Ochocientos metros antes de las cajas de peaje de la autopista, dejamos a Valeria con los dos rifles de precisión.

Uno del calibre 260 Remington para neutralizar Tangos, y el DSR-50 para neutralizar objetivos más resistentes.

La idea era que, mientras nos acercásemos al peaje, mi sierra neutralizase los vehículos y una vez comenzase la refriega, hiciese lo propio con algún que otro enemigo.

Cuando todo finalizase, el Zulú-10 recogería a Valeria y nos seguirían hasta el destino.

Contando, claro estaba, con que todo saliese bien.

Con Valeria en posición, y sin comunicación posible, debido al silencio de radio, solo podíamos confiar en ella y en su maestría probada. A nuestra llegada a la línea de peajes, pudimos ver varios vehículos bloqueando tres de los cinco accesos. El cuarto no se veía desde nuestra posición.

Comenzamos a sentir pequeños golpes en la carrocería y en el cristal delantero.

Era como si tirasen pequeñas piedrecillas contra el coche.

Piedrecillas que parecían más gordas a cada metro que avanzábamos.

Una ventaja era que los coches del General y del Coronel tenían el blindaje de serie para altas personalidades.

Nosotros no íbamos a hacernos los cowboys y a sacar las cabezas por las ventanillas, soltando ráfagas a diestro y siniestro, como en cualquier película de acción americana.

Atravesamos una de las calles que quedaban abiertas.

Irónicamente, en el puente que cruzaba por la parte superior de la calle, una flecha deslumbrante de leds color verde, indicaba que esa calle estaba funcional.

Los hijos de puta que estaban esperando, con la intención de cosernos a balazos, eran prueba de que no estaba abierta al público.

Habían colocado unas barreras de pinchos, unos elementos estampados en acero especial templado y unidos con una cadena, con la única misión de reventar los neumáticos, pero, sin suerte para ellos, pues los nuestros estaban reforzados.

Haciendo una leve analogía deportiva, conseguimos atravesar la línea defensiva, por lo que, en ese momento, nos convertimos en los atacantes.

Frenamos en el lateral de la autopista, cruzando el coche, y saliendo del interior del mismo, con los fusiles de asalto preparados, comenzando a disparar.

Ahora sí. Descolocamos a los tiradores, quienes salían de la cobertura que les proporcionaban sus vehículos, las dos furgonetas y uno de los todoterrenos que Martina veía por satélite, y de las casetas de pago de la autopista.

​ Se podía ver que, las dos furgonetas, expulsaban vapor por la parte delantera, justamente donde se encontraba el motor, y, el tercero, aunque parecía intacto, tenía los cristales estallados y se apreciaba una mancha oscura que bloqueaba la visión en el lado del conductor.

Imaginaba una bala certera atravesando la luna trasera, el reposacabezas del conductor y la propia del mismo, esparciendo la sesada en la luna delantera, y justo en medio de esa mancha, un agujero de unos cinco centímetros de diámetro, indicando la trayectoria de salida del proyectil.

Valeria había cumplido con su misión principal, ahora le quedaba la secundaria. Sierra debía abatir a los atacantes.

Por nuestra parte, y tras cinco minutos de intercambio de disparos, los cuales, estallaban finalmente una de las lunas laterales del Mercedes del Coronel, acabamos con todos los enemigos.

Dieciséis soldados, bien entrenados, a juzgar por su forma de batallar.

O eso creíamos, que eran todos. Por más que mirábamos, no conseguíamos encontrar el cuarto coche.

¿Se habría ido? Accedí al interior del Mercedes y cogí el teléfono, finalizando el silencio de radio .

—Operador, nos falta un vehículo. ¿Dónde está? —

—Ha tomado el desvío por la carretera hace unos minutos. Tiene intención de alcanzaros por vuestra retaguardia. —Joder, el otro coche estaba allí. Roberto me leyó el pensamiento y por el equipo de transmisiones se dirigió al Zulú-10.

—Fase dos, recoged a Sierra, van a por vosotras. —

Un par de minutos después, el coche del General, con lo más valioso que tenía, se acercaba a gran velocidad, perseguido por otro vehículo negro. Elena propuso utilizar su propia táctica contra ellos. Dejaríamos pasar el Mercedes y colocaríamos los pinchos para el segundo.

El primer vehículo pasó a toda velocidad sin detenerse.

El Toyota Rav 4 azul oscuro que tenía el rol de perseguidor, acabó empotrado contra el guarda raíl izquierdo tras las cajas de peaje, al perder sus cuatro neumáticos.

Comenzaron a salir uno a uno del coche. Cinco sombras, que, sin reparo, fueron abatidas y neutralizadas, una a una, hasta que quedó asegurada la zona.

En la distancia se escuchaban las sirenas de los refuerzos que entendíamos, había enviado el general Castaño.

Solo se encargarían de recoger cuatro coches destrozados y varios cadáveres.

Los que intentaron matarnos a nosotros. Como tapadera, habría sido un ajuste de cuentas entre narco bandas rivales.

El General tenía suficientes contactos como para que la versión oficial fuera totalmente plausible.

Casualmente, se informó a las autoridades y medios de comunicación que las cámaras de tráfico de la zona estuvieron de mantenimiento, por lo que, sin poder probar otra cosa…

la versión oficial sería la buena. La realidad fue, que las cámaras de seguridad de la línea de peajes funcionaron perfectamente, y esas grabaciones, únicamente estaban disponibles en los servidores internos de HOSTES.

Subimos a nuestro coche y aceleramos para llegar a la altura del otro indicativo, y, al observar por la ventanilla quebrada de nuestro coche, algo me helo la sangre.

Precisamente eso era lo que había en el interior del otro Mercedes, sangre.

Les sobrepasamos y frené delante de él. Alguien estaba herido, o peor.

Cuando abrí la puerta trasera, me sobrecogí.

Los fantasmas a los que antes les di con la puerta en las narices, cerrando perfectamente el acceso a mis recuerdos, se habían hecho con un ariete, habían reventado la puerta, y corrían y bailaban libremente por mi cerebro.

Laura estaba presionando, con sus manos, la zona bajo la clavícula izquierda, inundada de un rojo intenso, de Alicia.

Mi hija, agachada entre el asiento del conductor y el asiento trasero no paraba de llorar.

Y Val, jadeando, imagino por la tensión del momento y la carrera previa hasta su puesto de vigía y su posterior vuelta al coche, trataba de salir del mismo.

Elena, con un fuerte empujón, me retiró para, inmediatamente, tratar de estabilizar a Alicia, que me miraba, con palidez mortecina y expresión de miedo, terror, pánico, pero sin perder la esperanza. Estiró el brazo hacia mí.

—Hugo, se interpuso entre la bala y nosotras. Nos estaban disparando, y ella… —Laura contó lo ocurrido.