12 #3
—Por supuesto jefe… —Mi gesto se tornó más serio. La miré más fijamente, y antes de que pudiera decirle algo, dijo… —Lo siento… Hugo. Jefe no. Hugo. —Le di las gracias con la mirada.
—Nos vamos. ¡Cuídanos Operadora! —
—Recibido. —Y salió disparada a la planta superior donde se hallaba la sala de monitoreo y control.
Decidimos ir en un convoy con dos coches.
Los dos tanques que tenía asignada la unidad para transporte del General y del Coronel en sus desplazamientos.
Dos vehículos de la marca Mercedes asignados por el Ministerio de Defensa, GLB´s de trescientos seis caballos de potencia cada uno.
El primero, como vehículo lanzadera y cargado con el material de apoyo, iría ocupado por Roberto y Elena.
En el segundo iríamos mi mujer, mi hija, Alicia, Val y Yo como conductor.
Desde la sala de control, Martina nos dio vía libre para salir del edificio.
—Operadora. Son las cero, dos, quince. Iniciamos misión. —
— Os tengo. Buena suerte. Nos vemos a la vuelta. —
Las instrucciones eran claras. Esos vehículos podían ir a doscientos cincuenta kilómetros hora sin problemas, pero, nosotros no forzaríamos tanto, pues queríamos llegar al destino.
No obstante, convenimos en que una velocidad de crucero de ciento sesenta sería adecuada.
Roberto iba a aprovechar las clases de conducción de seguridad en situación de riesgo que les di.
El mismo curso que me sirvió para que, casi dieciocho horas antes, pudiera salvar la vida.
Dos kilómetros después de abandonar el cuartel, accedimos a la rotonda que permitía el acceso a la autovía hacia Madrid.
Pasamos la ciudad de Ávila escasos cuarenta minutos después.
El viaje se estaba pasando deprisa. Excepto para mí, que, en cada curva o cambio de rasante, puente o área de descanso, creía ver un vehículo sospechoso.
Mi hija iba dormida, Laura iba hablando con Alicia de como era su casa allí, en Fairfax, y de los amigos que iba a hacer Paula.
—La vida allí es mucho más tranquila que aquí.
—Por lo menos… iba distrayéndola. Le expliqué los motivos de tan precipitada decisión, y como siempre, ella lo entendió.
No hubo peros, no hubo reproches, solo un “soluciónalo pronto, cuídate y cuídalos”. Es la mejor.
Cuarenta y cinco minutos de viaje y mi Operadora me informaba que todo seguía perfecto. Si bien, manteníamos el contacto continuo por el equipo de transmisiones, estipulamos que, salvo novedad, cada 5 minutos informase de la situación de la carretera.
— Cuarenta y cinco minutos, sin novedad. Todo tranquilo. —
—Recibido. —
— Cincuenta minutos, sin novedad. Todo tranquilo. —
—Recibido. —
Cincuenta y cinco, no hay comunicación. —Zulú-20, aquí Zulú-10 ¿Novedades? —
—Aquí Zulú-20, negativo. —Elena había contestado. Su tono de voz denotaba una tensión que hasta ahora no había escuchado nunca bajo la seguridad de su liderazgo en los despachos .
—Recibido, contacto con Operador. —No hizo falta, al cortar la comunicación, una llamada al teléfono satélite encendió las alarmas. Val contestó.
—Aquí Zulú 10. —
— …ininteligible… —
De acuerdo, conecto el manos libres. —
— ¿Me escucháis? —
—Si, aquí Zulú—10, adelante. —Contesté. —¿Que ocurre? —
—El Coronel ha llamado porque quería saber quién estaba utilizando su vehículo. —
Pero ¿cómo cojones lo sabe? —¿Como es posible? ¿Qué le has dicho? —
—El General se ha hecho cargo de la llamada. Le ha dicho que se estaban haciendo unas maniobras nocturnas de seguridad con los vehículos oficiales. —
Bien por el General, pero ¿cómo cojones sabe que tenemos su coche? —¿Como es posible? —
Mientras estaba escuchando, Valeria comunicó por radio con el otro vehículo por un canal privado. —Zulú-20, saben que estamos en movimiento. Extremad las precauciones. —
— Recibido. —Se escuchó por el equipo.
La tensión en el vehículo, ya de por sí alta, comenzó su crescendo particular. Por el espejo retrovisor se veía a Alicia colocándose la correa portafusil del G36K y sentí la mano de Laura apretarme el hombro.
— Pero ese no es el problema, entre comillas.
El problema viene porque he estado monitorizando las llamadas de Caín y de Abel, y, tras la llamada al cuartel, ha habido una más, del primero, hace unos minutos, a un teléfono de prepago.
Lo he localizado en Villalva, Madrid. Ese teléfono se dirige a una velocidad, anormalmente elevada, hacia vosotros.
—Se les habían asignado los alias de Caín al Coronel y de Abel a Lucas, para codificar aún más la conexión.
Con el sistema de manos libres del teléfono aún activo, continuábamos escuchando a Martina sin pestañear.
— He adelantado unos diez kilómetros el satélite, hasta las cabinas de peaje de la A6 que vais a pasar, y estoy viendo cuatro vehículos cortando carriles justo en ese punto.
Es el más vulnerable porque tenéis que reducir la velocidad, ya sea que sigáis por la autopista o salgáis a la carretera. No tenéis ninguna otra salida. —
—Pero ¿cómo es posible que lo sepan y que ya estén allí?
—De mi cabeza solo salía en esos momentos esa pregunta recurrente.
—Llevamos nuestros teléfonos móviles apagados, únicamente llevamos las radios conectadas, que tienen comunicación cifrada contigo y el teléfono.
Nada más. —Mientras, Val estaba poniendo al día al otro coche, el cual, pudimos notar que frenaban ligeramente, haciendo ver que dudaban sobre el qué hacer.
—Dame un segundo. —Cinco kilómetros antes de las cabinas de peaje, sabía que había un área de servicio, pequeña, bastante escondida.
Aceleré, justo a tiempo para sobrepasar al Zulú-20 y meterme en el área de descanso, con la intención de que me siguieran.
Paré el vehículo, apagué las luces, pero continué con el motor en marcha.
Teníamos encima algo que estaba emitiendo una señal GPS de posicionamiento y ninguno de nosotros nos habíamos dado cuenta.
Salí del coche con un HK-417 por delante, con la guardia al máximo, para hablar con Rob y Elena.
Val me siguió, haciendo lo propio con su G36.
—Nos tienen monitorizados. —
—¿Quién? —Dijo Elena
—Operador ha dado a entender que Caín tienen todas las papeletas. El Coronel ha preguntado que quién estaba utilizando su coche, y el General le ha dicho que estamos de maniobras nocturnas ordenadas por él. —
—¿Y cómo lo sabe? —Rob estaba igual que los demás. Hasta que Val, como no podía ser de otra manera, arrojó un poco de luz al asunto.
—Los navegadores de los coches. Solo puede ser eso. Están emitiendo una señal de posicionamiento para con los satélites. —
—¡Joder! —No había caído en esa nimiedad.
Nos habíamos preocupado de apagar todo lo que pudiera emitir una señal más fuerte que la que emitía un tostador, pero no nos habíamos percatado de lo más simple y que llevábamos viendo desde que habíamos salido del cuartel.
Los localizadores de los coches. Las prisas no son buenas para nada, y para planificar una incursión, mucho menos.
Valeria preguntó. —Operadora ¿es posible deshabilitar el GPS de los coches? —
— Dadme un segundo. —De fondo se escuchaba la voz del General.
Parecía que estaba hablando con alguien por teléfono, pero debía de estar moviéndose por la sala, porque apenas se le entendía nada.
Quería pensar que el general Castaño estaba pidiendo refuerzos, pero, no sabíamos más.
— Si lo hacéis vosotros, hay un noventa por ciento de posibilidades de dejar inoperativos los coches.
Estoy tratando de instalar un bloqueador de señal en remoto que es como un inhibidor de frecuencia a nivel individual, pero solo he podido instalarlo en uno de los Mercedes.
El otro me está dando problemas y se queda la instalación al noventa por ciento. —
—Dime cual está bloqueado. —Necesitábamos un plan para salir de allí, y rápido, pues si detectaban que estábamos parados, vendrían a por nosotros hasta aquí, y aquí sí que no teníamos salida.
—Es el Zulú-20. Ese, ahora mismo, no aparece en el mapa. El otro sí. —
—Ok ¿si arrancamos el módulo de navegación del coche? ¿El del interior? —Rob aportaba una solución que a mí me parecía perfectamente válida.
— No estamos seguros que quede deshabilitado. La antena del GPS seguirá alimentada. —
—Joder, Joder ¡JODER! —Mi desesperación por la situación no me estaba dejando pensar en posibilidades operativas.
Menos mal que mi equipo estaba allí. Incluida Alicia.
Esta última salió del coche. Había estado escuchando toda la conversación, pues tenía la ventanilla bajada.
Se acercó al teléfono, que continuaba con el manos libres activado.
—Martina, en la tarjeta que te he entregado, hay una carpeta oculta.
Tiene la denominación “Camaleón”. Es una compilación de código PHP [50] , únicamente tienes que asignar nuestra frecuencia de emisión GPS a otro vehículo, en cualquier lugar, en un radio de diez kilómetros.
El único problema que deberías tener… es el decidir a qué otro vehículo marcar como posible objetivo. —
—No puedo poner a civiles en riesgo. —Mi conciencia me lo prohibía, aunque estaba enfrascada en una encarnizada lucha entre lo que debía y lo que quería hacer.
—¿Aún a riesgo de que nos maten a todos? —Dijo Elena.
—Este coche… —Dije, señalando al que habían traído Roberto y Elena.
—…no tiene ahora mismo señal. Se me ocurren dos opciones, y ninguna de las dos me gustan.
Una, tratamos de dar un rodeo de cien kilómetros, veinte de ellos en sentido contrario en la autopista.
El problema es que seguimos monitorizados.
Dos, un trescientos, pero cuatro coches contra dos… —
—Es un suicidio, no ganamos nada y perdemos todo. — Dijo Valeria.
—Hay una tercera opción. Una mezcla de trescientos y mi software. —