12 #2
—No te preocupes, que en cuanto acabe aquí me voy a buscaros. Pero tienes que prometerme que vas a cuidar a mamá. Sabes que ella no sabe estar sin mí. —
—Oye, que te he oído. —
—No os preocupéis, en unos días estaré allí con vosotras dos.
—Al mirar a Alicia, observé por una milésima de segundo que nos estaba observando.
Sabía, de buena tinta, que ella amaba con locura a mi hija, y que quería mucho a mi mujer, pero algo dentro de mí me decía que hubiera dado lo que fuera por haber podido estar en el lugar de Laura.
—Ahora vamos a hacer una cosa, veréis. Vamos a ir a la oficina de papá.
Nos montamos en unos coches super chulos, y nos vamos, muy rápido muy rápido, al aeropuerto.
Allí os dejo en un avión y os vais de vacaciones, a comeros todas las galletas de chocolate que tenga la madrina. ¿Qué os parece? —
La preocupación en la cara de Laura era evidente, pero lo disimulaba muy bien frente a nuestra hija. Sé que no pude escoger mejor madre para mi hija, ni mejor compañera de vida, aunque no sé si ella pensaría lo mismo de mí, con todos los sobresaltos y preocupaciones que le estaba dando últimamente.
Con dos maletas como equipaje, bajamos al garaje y subimos al coche.
La motocicleta de Alicia se quedó allí ya que no la iba a necesitar por una larga temporada.
Nos dirigimos, sin dilación, al cuartel de Hostes.
Nadie nos seguía. Era de noche, por lo que podíamos ver, perfectamente, cualquier movimiento extraño que surgiera en el trayecto.
Para eso, Artemisa, era una especialista.
Ella siempre vigilaba, yo siempre iba hacia delante.
En la entrada del cuartel, los chicos de seguridad no nos dieron ningún tipo de alto.
Ya estaban alerta, pues habían recibido la orden directa del General.
Subí las escaleras, accedí a la sala de reuniones, donde se encontraban la doctora Elena, Valeria, Roberto y Martina, a los que únicamente dije…
—Ahora os informo. —…y que, con gesto de preocupación, sin saber que ocurría, veían como tres extraños, acompañados por mí, accedían a mi despacho.
Sin demora, entraron ellos tras nosotros. Elen a fue la que rompió el hielo.
—Hugo ¿qué ocurre? —
—Vamos fuera. —Salí de mi despacho dejando allí a mi familia. —Mirad. No os puedo pedir nada. Y ni siquiera sé por qué os he escrito el mensaje. Pero… —
—Esas son tu mujer y tu hija. —Valeria las había visto, una vez, en una fotografía que tenía en mi despacho.
Por mi parte, hice acopio de toda la serenidad que pude.
Era muy difícil, pues se trataba de la seguridad de mi esposa e hija de quien estaba hablando, pero entendía que debía de mostrar más sangre fría que nunca.
Inspiré y exhalé todo el aire que pude muy lentamente.
—La investigación en la que estamos metidos transciende más allá de un par de sicarios.
No sabemos quién está metido, cuanto están implicados o hasta donde están involucrados.
—Me acababa de dar cuenta que tenía en la mano el teléfono satélite que estaba en mi despacho y que me asignó el General.
—Esta mañana han tratado de quitarme del medio.
Y no solo a mí. —En ese momento, Alicia salió del despacho.
—Ella es… bueno… os presento a Artemisa.
Artemisa, mi equipo. Ella es mi contacto en el exterior, la mejor operadora de mando que he tenido, y familia.
—Pocas veces había visto ruborizarse a Alicia, pero esta era una de ellas.
—Ha conseguido información bastante importante para el caso. —
—¿Cómo de importante? —
—De un nivel tal que, treinta y tres cuerpos bajo el agua, es una petición de trabajo de lo más normal y por la cual no va a haber consecuencias.
—Las caras iban tornando más oscuras a cada segundo que pasaba.
—Mirad. No sé por qué os he llamado. Bueno, realmente sí.
Quitando a Dan, que no podía ayudarnos, y Lucas, que evidentemente, no le iba a llamar, vosotros sois los únicos que me pueden ayudar a poner a salvo a mi familia.
Ni que decir tiene que os deberé la vida si me ayudáis.
Pero también sé, como he dicho antes, que no puedo pediros nada más allá de Hostes.
—Unos segundos de silenciosa tensión después.
—Que hay que hacer. —Elena fue la primera en responder autorizada por sus otros tres compañeros.
—Gracias. —
—Esto va a costar más que un par de cervezas jefe. —
—Roberto, si todo sale bien, te invitaré a un par de cajas de la mejor cerveza del mundo. —
—¿Como están tu mujer y tu hija? —Val se preocupó por su estado de ánimo.
—Solo saben lo justo. No he querido asustarlas. —
—¿Va a ser igual que lo de esta mañana? —Val quería saber que era lo que nos podíamos encontrar.
—Puede que sí, puede que nada, o puede que peor. Nadie sabe nada de esta operación. —
—Pues… esta va a ser nuestra primera operación táctica ¿no? Así que… mandas tú. —Dijo Elena, mientras Alicia mostraba su admiración.
—Vaya, vaya. Al final era verdad que te habían puesto al mando de un equipo. —Una ligera sonrisa apareció en mis labios.
—Es bueno. —Asintió Valeria.
—El mejor. —Confirmó Artemisa.
Minutos más tarde y, tras indicar al equipo que se equipasen con chalecos tácticos y armamento de intervención, así como que trajeran dos chalecos más y un equipo completo para Alicia, el general Castaño entraba por la puerta.
—Navarro ¿su familia? —
—Está en mi despacho, junto con… mi hermana. —El General me apartó un poco del resto del equipo.
—Hugo, estoy viendo a Alicia Rodríguez equiparse. No es su hermana. No me tiene que mentir. ¿Qué hace ella aquí? —
—Lo siento señor. Alicia es mi contacto exterior. Ha conseguido extraer información muy importante de la memoria que le enseñe. Y al igual que a mí, también han tratado de asesinarla esta mañana. —
—Sabía que había habido otro tiroteo, pero al no reportar ningún otro incidente con ningún otro miembro del equipo, no le di la suficiente importancia.
—Vi, por sus gestos, que ahora se estaba arrepintiendo de ello.
Siempre decía que la información era poder, y que nunca había que menospreciar cualquier tipo de información.
—El personal residual en la base cree que van a hacer unas maniobras nocturnas.
Tienen un Airbus A400M esperándote en la pista dos de la base aérea militar de Torrejón de Ardoz.
He hablado con su teniente Coronel y lo tienen todo preparado para el viaje. —
—Irán a… —El General me paró en seco y rebajó el tono de mando.
—No quiero saberlo Hugo. Cuanta menos gente lo sepa mejor. El avión está cargado. Tú solo dile al piloto donde queréis ir. Confío en tu criterio, aunque viendo a la señorita Rodríguez aquí… puedo intuirlo. —
—Ya no sé, desde que le conozco, cuantas veces le he dado las gracias, General. —
—No se preocupe por eso. —Castaño observó su reloj —Tenéis tiempo, que coman algo.
El viaje, aunque corto, puede ser algo intenso.
Sobre todo, para la niña. —Asentí, me estrechó la mano con fuerza.
—Estaré acompañando a su Operadora. Ella tendrá el otro teléfono satélite.
Será una comunicación punto a punto encriptada.
—Y se dirigió a su despacho. Yo comencé mi ritual de preparación para la misión más importante de mi vida. Poner a salvo a mi familia.
—Martina… —Aunque alagada por la demostración de confianza, no entendía que hacía allí, ya que ella no era experta en técnicas de combate. Sus puntuaciones en la galería de tiro eran… cuestionables, sin embargo, con arma larga, las cosas camb iaban. —…necesito que seas mi Operadora. —
Martina respiró. —Por supuesto. Pensaba que me ibas a poner a pegar tiros. No me malinterpretes, yo iría con vosotros, pero iba a ser más un estorbo que una ayuda. —
—Lo sé, por eso te necesito donde nos ganas a todos por goleada. Entre monitores, ordenadores y cachivaches electrónicos. —
—No os perderé ojo. —
—No lo dudo. Necesito que monitorices en tiempo real el tráfico, posibles controles de Guardia Civil, radares, incidencias en la circulación… todas esas cosas. Serán doscientos cincuenta kilómetros en hora y media. —
—Subiré a la sala de operaciones y me haré con uno de los puestos. Pero me va a llevar un buen rato hacerme con un satélite libre. —
Alicia se metió en la conversación, sacó una tarjeta SD de su bolsillo y se la entregó a Martina —Usa esto.
Tendrás los satélites que quieras en el momento.
—Martina sostuvo con las yemas de los dedos la pequeña tarjeta, con tanto cuidado como si estuviera sosteniendo un diamante de miles de millones de euros.
—Te dije que era la mejor. —
—Pero esto… —Preguntó Martina.
—Cuando termines de ejecutar el programa, acuérdate de no dejar la tarjeta metida en el lector. No conviene que cualquiera se haga con este programa. Considéralo un regalo por ser… su nueva Operadora. —Luego de este gesto, continuó colocándose el Chaleco.
—Toma esto también. —Le entregué el USB.
—Intuyo que esto era lo que buscaban cuando mataron a Diana, y cuando trataron de matarme esta mañana.
No sé lo que habrá, y después de Artemisa, tú vas a ser la única que va a conocer de su existencia hasta que vuelva.
—Con la otra mano, Martina sostuvo el dispositivo USB que había conseguido recuperar Alicia.
— Repito. No sé lo que hay. Pero necesito que lo analices, si hay algo que yo debiera saber, no dudes en llamarme.
Y, por cierto. ¿Puedes monitorear los teléfonos del personal? —La advertencia era clara.
—¿Móviles o fijos? —
—Los dos. —
—¿De alguien en particular? —Nuestra mirada tornó rápidamente hacia el despacho del Coronel. —Hecho. —
—Martina, la vida de lo que más aprecio está, ahora, también en tus manos. ¿Lo entiendes? —
—Sí. —
—Sobre todo, que no trascienda nuestra posición. —